Pan y Rosas

Teresa Flores

Somos Pan y Rosas Teresa Flores

La agrupación de mujeres Pan y Rosas (Teresa Flores) nace a principios del año 2009, con compañeras de Clase contra CLase junto a estudiantes, pobladoras y trabajadoras independientes, con quienes discutimos y decidimos dar la lucha por el derecho al aborto y los derechos de las mujeres trabajadoras. Pan y Rosas -Teresa Flores considera que la lucha contra la opresión de las mujeres es, también, una lucha anticapitalista, y que por eso, sólo la revolución social encabezada por millones de trabajadoras y trabajadores en alianza con el pueblo pobre y todos los sectores oprimidos por este sistema, que acabe con las cadenas del capital, puede sentar las bases para la emancipación de las mujeres.

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Marxismo y Familia

Posted by Pan y Rosas On Octubre - 16 - 2009

Parte I: Los orígenes

Cuando nos hablan de “familia” –en la tele, en la escuela, en la Iglesia y en la propia familia- enseguida relacionamos esto con amor, comprensión, cuidados y cariño. A pesar de los problemas de la convivencia, de que no todas las familias son iguales e, incluso, a pesar de la existencia de la violencia doméstica, nadie se atrevería a cuestionar que el fundamento de la familia es el amor y, mucho menos, cuestionaría su existencia en todos los tiempos, desde “que el hombre es hombre”. ¿Pero esto es realmente así? ¿Cuáles fueron los fundamentos de la organización familiar en sus orígenes?

Hasta la época de los antiguos griegos y romanos, los seres humanos se habían organizado de diferentes maneras para la reproducción y producción de sus vidas, predominando las formas de relación basadas en los lazos sanguíneos de línea materna. Las mujeres, enaltecidas por su posibilidad de engendrar vida y el misterio que esto encerraba para los seres humanos, ocupaban un lugar privilegiado en las sociedades primitivas. Una de las razones por la cual, también, nos encontramos con numerosas diosas y otras divinidades femeninas en este período.
Luego se descubrieron la técnica de la agricultura, la fundición de metales y la domesticación de animales, entre otras cosas. Todos estos grandes descubrimientos permitieron aumentar las riquezas sociales y entonces, ya no fue necesario que todos los miembros de la comunidad trabajaran para garantizar su supervivencia: mientras la mayoría trabajara, un sector minoritario podía eximirse de esta carga y ser mantenido por los productores. Se originan, así, las clases en las cuales se divide la sociedad y la propiedad privada. Pero no sólo se descubrieron las técnicas que permitieron aumentar la productividad del trabajo, sino que también se descubrió la relación que existía entre el coito y la reproducción, lo que permitió entender el papel que tenía el varón en la procreación. “Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno”, dice Engels y agrega: “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción.” [destacado en el original].
Si sólo nos detenemos a analizar el término “familia”, descubrimos que, en latín, quiere decir “conjunto de esclavos”. Es que la familia, entre los romanos, remitía a la esposa, los hijos y los esclavos que poseía un ciudadano. Como este conjunto de esclavos era un objeto de propiedad del padre, el mismo tenía derecho de vida y muerte sobre la familia (patria potestad) y la cedía en herencia a través de un testamento, a sus hijos.
De pronto, las mujeres eran una fuente de riqueza igual que los esclavos, la tierra o el ganado, porque eran las que permitían aumentar la cantidad de hijos de una familia, es decir, la cantidad de fuerza de trabajo disponible para aumentar aún más las riquezas de su propietario. Su papel independiente en la producción social, pasó a un segundo plano: lo que se requería primordialmente de ellas era su capacidad reproductiva. Y poseer el dominio sobre esta capacidad, garantizaba que la descendencia fuera “legítima”, por eso –dicen los marxistas-, la monogamia en el matrimonio se estableció como una obligación para las mujeres, pero no para los varones. “La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en unas mismas manos –las de un hombre- y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro. Para eso era necesaria la monogamia de la mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la primera no ha sido el menor óbice para la poligamia descarada u oculta del segundo.” A este dominio del varón adulto en las relaciones sociales para la reproducción de la especie, los marxistas lo denominaron “patriarcado”.
Claro que los modos de producción fueron cambiando, desde aquellos tiempos remotos en que surgieron las clases sociales: amos y esclavos, señores y siervos, burgueses y proletarios… Y en cada modo de producción y en cada clase social, los mecanismos patriarcales también fueron distintos. No obstante, podemos decir que las relaciones patriarcales existen en todos los modos de producción, aunque las formas específicas que asuman sean diferentes.
¿Qué función cumple la familia, entonces, en nuestros días? Esto es tema para la próxima semana.

Parte II: Casados con hijos

Parece que, desde que se instituyó la familia en los tiempos de la Antigüedad –como señalamos en el número anterior de LVO-, el padre se convirtió en una figura indiscutible de poder sobre esposa e hijos. ¡Cuántas veces escuchamos o dijimos “en casa mando yo”, “ya vas a ver cuando venga tu padre” y otras frases por el estilo! Y si no hay un varón adulto en la familia, también se habla de “quien lleva los pantalones” ¡Hasta en las encuestas y los planes se habla de “jefes” y “jefas” de hogar! Como si en la familia existieran las mismas jerarquías que en la fábrica, en la empresa y en otras instituciones de la sociedad… ¿Por qué existen estos roles dentro de la familia?

Con más o menos amor, de maneras más explícitas o sutiles, a veces brutales, la familia ayuda a moldear el carácter de niños y niñas, desde la infancia, educándolos en la obediencia a la autoridad, imponiéndoles disciplina y castigando la rebeldía. En la familia se aprende lo que es correcto y lo que no, para la vida social.
¿Y quién decide lo que es correcto y lo que no? En general, todos los comportamientos que permitan adaptarse y desenvolverse en esta sociedad, serán estimulados, mientras que los comportamientos que choquen con las normas y las costumbres sociales, serán reprimidos. Por eso, antes que en la escuela, en la familia se enseña cuáles son los comportamientos “adecuados” para un varón o para una mujer. La familia educa a las niñas desde temprano para que después sean esas “buenas esposas y madres” que se espera de ellas y a los niños les enseñará que “los hombres no lloran” y que deben comportarse como machos fuertes, protectores o autoritarios.
En el número anterior, decíamos que Engels hablaba de la monogamia sólo como una obligación para las mujeres, mientras los varones gozan del “privilegio” de “hacer lo que quieran”. ¡Esa conducta basada en la desigualdad todavía se ve en nuestros días! Sucede que las mujeres, consideradas sólo en su capacidad reproductiva, son un preciado tesoro para la reproducción de la fuerza de trabajo; su sexualidad sólo interesa siempre y cuando se asocie a la reproducción. ¡Qué importa su deseo! Por eso también resulta que un varón que hace gala de sus “conquistas” (¡vaya término!) es estimado por sus congéneres; pero una mujer que hiciera lo mismo sería calificada negativamente.
Por eso, esta sociedad fundada en la explotación del trabajo asalariado, también reprime la sexualidad que no está ligada estrictamente con la función reproductiva, como por ejemplo, la homosexualidad, el lesbianismo, etc. Y en esto, la familia cumple un papel importantísimo, “amoldando” a los pequeños a lo que la sociedad “espera de ellos”.
Y aunque hay padres más permisivos que otros, o madres que crían solas a sus hijos, el ejemplo que todavía nos transmiten en la escuela, en la Iglesia y en los programas de televisión se parece mucho a este tipo de familia “modelo”, que ya está bastante en crisis en estos tiempos.
Mientras tanto, el mismo sistema capitalista que reproduce estos estereotipos de sumisión y obediencia para las mujeres y control y dominación para los varones, expone los cuerpos femeninos como objetos de consumo y disfrute para los demás. Y no es casualidad, entonces, que la violencia doméstica sea ejercida, en la inmensa mayoría de los casos, por los varones contra las mujeres. No se trata de ninguna predisposición congénita maligna, sino de uno de los productos más aberrantes de esta sociedad que –desde la más tierna infancia- nos inculca estos papeles, estos roles, estas normas y reglamentos: “que ella me engaña con otro”, “que se vistió con ropas provocativas”, “que no cuida a los chicos y no se queda en casa todo el día”, “que no me hace caso”, “que así va a saber quién manda”…
Como señalaba Engels, la familia es la institución de esta sociedad de clases que determinó y mantiene la opresión de las mujeres. En las familias trabajadoras y de sectores populares, las mujeres y las niñas son, mayoritariamente, las que se encargan de las tareas domésticas: uno de los aspectos principales que adquiere esa opresión. En la mayoría de los casos, esas mujeres que realizan las tareas del hogar, además trabajan en fábricas, empresas, hospitales, escuelas o en los hogares de otras familias. Por eso, los marxistas, hablamos de la doble opresión de las mujeres trabajadoras. Pero eso es tema para la próxima semana…

Parte III: Amas de casa desesperadas

La semana pasada decíamos que la familia es la institución de esta sociedad de clases que determinó y mantiene la opresión de las mujeres. Sin embargo, la familia no cumple esta función del mismo modo entre las clases dominantes que entre las clases subalternas.

Para la pequeñoburguesía (los pequeños comerciantes, propietarios de pequeñas parcelas de tierra, etc.), la familia es una unidad productiva en la que todos sus miembros cooperan. Para los explotadores, la familia es, fundamentalmente, aquella institución a través de la cual transmiten hereditariamente su riqueza de una generación a otra.
Pero los capitalistas obtienen otros beneficios de la familia… ¡de los trabajadores!: la familia del obrero es el mecanismo básico por el cual, el empresario, se exime de garantizar la reproducción social de aquellos cuya fuerza de trabajo explota. ¡Es un mecanismo muy barato para la burguesía! Por eso, los capitalistas nos siguen inculcando la idea de que cada familia debe hacerse responsable por la vida de sus integrantes. La familia es responsable del cuidado de todos aquellos que no están en condiciones de ser explotados y “ganarse el pan con el sudor de su frente”: niños, ancianos y enfermos.
Además, a través de la familia, se garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo con las tareas domésticas gratuitas que permiten a los trabajadores volver a la fábrica, al día siguiente, para seguir vendiendo su fuerza de trabajo al capitalista. Si los trabajadores tuvieran que comprar su comida hecha o tuvieran que comer siempre en restaurantes, si tuvieran que recurrir todos los días del año a los lavaderos automáticos y las tintorerías, si tuvieran que pagar modistas, niñeras y personal de limpieza para el aseo de la casa… ¡tendrían que cobrar salarios mucho más altos que los que cobran! Por eso el capitalismo, aunque no “inventó” la opresión de las mujeres, se aprovecha de ella en gran escala, fomentando los prejuicios de que las mujeres tienen que estar en la casa fregando, mientras los varones trabajan para “traer el sustento”.
¡Pero, al mismo tiempo, el capitalismo empujó a las mujeres a la producción social! Incorpora su fuerza de trabajo a fábricas, talleres y empresas; pero no las exime de las tareas domésticas. Por eso, los marxistas hablamos de la doble jornada laboral de las mujeres trabajadoras: por un lado, vende su fuerza de trabajo al patrón –como el resto de los obreros–; pero, además, usa el tiempo libre restante en las tareas domésticas que no son consideradas “horas de trabajo” por la patronal, aunque le resulten altamente beneficiosas.
El resultado para las mujeres está claro: stress, abatimiento, embrutecimiento y múltiples enfermedades y accidentes producidos por la excesiva fatiga. Es lógico que el amor familiar, entonces, se vea trastocado por la discordia, el malhumor, el desgano y la irritabilidad.
Los reaccionarios de toda laya dicen que los marxistas –cuando denunciamos esto– queremos destruir a la familia. ¡Pero es el mismo sistema capitalista el que, al mismo tiempo que glorifica la unidad familiar, hunde en esta situación a las familias proletarias! Pero eso ya será tema de nuestro próximo artículo.

Parte IV: Las superpoderosas

A pesar de lo que venimos sosteniendo en los últimos números de La Verdad Obrera, la familia es defendida por la mayoría de los trabajadores y trabajadoras, porque es el único lugar en el que se intentan satisfacer algunas necesidades humanas, como el amor, la compañía, etc. ¡Quien desintegra a la familia, trayendo sufrimiento y soledad, no es el marxismo sino el propio sistema capitalista!

El sistema capitalista ha moldeado enormes contradicciones: nos dice que las mujeres debemos quedarnos en el hogar al cuidado de los niños, pero nos obliga a trabajar fuera de la casa, porque con un salario no alcanza para sostener a la familia; nos dice que los varones tienen que proveer el sustento, pero después azota a los trabajadores con el látigo de la desocupación, provocando depresión y angustia junto con la miseria. En el capitalismo, nos dicen que debemos criar a nuestros niños, pero ni el Estado ni los capitalistas nos proveen de guarderías gratuitas en nuestros trabajos, para estar cerca de ellos, que quedan en manos de otras trabajadoras –si podemos pagar este servicio- o al resguardo de sus hermanas mayores, de las abuelas u otros familiares. ¡Incluso nos despiden cuando quedamos embarazadas!
A los jóvenes se les dice que deben ser libres, independizarse de sus padres y progresar, pero después se encuentran con el trabajo precario, la flexibilización, los sueldos de miseria y la inestabilidad de los contratos temporales… ¡Así que tienen que quedarse a vivir con los padres hasta muy grandes! Nos dicen que debemos soñar con el amor romántico, pero después nos imponen los turnos americanos, los horarios rotativos, el trabajo nocturno… ¿Y cuándo nos vemos con nuestra pareja?
También nos dicen que las mujeres somos débiles, pero cada vez son más los hogares mantenidos por mujeres solas. Pero además, cuando el capitalismo descarga sus grandes crisis sobre las familias obreras, ¡las mujeres están en la primera fila de la lucha y son de temer para los patrones, para los jueces, para las fuerzas represivas y para los políticos del régimen! Trotsky decía que “la crisis social, con su cortejo de calamidades, gravita con el mayor peso sobre las mujeres trabajadoras. Ellas están doblemente oprimidas: por la clase poseedora y por su propia familia.” Pero agrega: “Toda crisis revolucionaria se caracteriza por el despertar de las mejores cualidades de la mujer de las clases trabajadoras: la pasión, el heroísmo, la devoción.” Así lo mostraron las mujeres pobres de París, en 1789, cuando se movilizaron contra los precios del pan y dieron inicio a la gran Revolución Francesa. Así lo mostraron, también, las obreras textiles de San Petersburgo, en 1917, cuando se movilizaron reclamando “pan, paz y libertad” y dieron el puntapié inicial de la primera revolución proletaria triunfante, la Revolución Rusa. Pero también así lo mostraron, más recientemente, las obreras de Brukman y las mujeres de los movimientos de desocupados, enfrentando la crisis del 2001. Y en estos últimos meses vimos cómo las jóvenes de la Comisión de Mujeres de Jabón Federal estuvieron al frente de la lucha por la reincorporación de los despedidos, imprimiéndole su fuerza, como apoyo moral de sus compañeros. Ellas dijeron que no eran las “chicas superpoderosas”. Sin embargo, su compañía y su fortaleza fueron indispensables para que la patronal no quebrara el ánimo de los trabajadores.
Las mujeres, durante la dictadura militar, fueron las que encabezaron las denuncias contra el terrorismo de Estado. Y también son mujeres las que siempre están adelante en las movilizaciones contra el gatillo fácil, convirtiendo su dolor en una lucha contra las fuerzas represivas, la corrupción y la impunidad.
Por eso, creemos que un análisis materialista del origen histórico y del rol que cumple la familia en la sociedad capitalista y una visión marxista de la opresión de la mujer en la sociedad de clases son esenciales para desarrollar un programa revolucionario que se plantee desplegar esta enorme energía de las mujeres trabajadoras y de los sectores populares en la lucha por la revolución social y la emancipación de todos los oprimidos. A este tema, dedicaremos el artículo de la próxima semana.

Parte V: Libres e iguales

Decíamos la semana pasada, que un análisis materialista del origen histórico y del rol de la familia en la sociedad capitalista y una visión marxista de la opresión de la mujer en la sociedad de clases son esenciales para desarrollar un programa revolucionario, que se plantee desplegar esta enorme energía de las mujeres trabajadoras y de los sectores populares en la lucha por la revolución social y la emancipación de todos los oprimidos. ¿Qué debería plantearse ese programa?

A los marxistas muchas veces nos acusan de estar en contra de la familia. A decir verdad, es el propio capitalismo el que destruye a las familias proletarias con la superexplotación, la desocupación, la marginación, el hambre, la miseria y todas las consecuencias de la descomposición social. Lo que planteamos es que debe abolirse la familia como estructura económica privada, sobre la que descansan las tareas relativas al abastecimiento de alimentos, abrigo, comida y cuidados necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo; para dar paso a relaciones establecidas libremente, sin coerción económica ni de ningún tipo, y basadas en el amor. Pero sabemos que esto no puede acontecer “por decreto”.
Para ello es necesario plantearse, en primer lugar, la industrialización y socialización de las tareas necesarias para la reproducción. Esto liberaría a las mujeres de lo que Lenin denominó la “esclavitud doméstica” y permitiría que se incorporen a la producción socializada en las mismas condiciones que los varones, sin cargar con las dobles cadenas que impone la doble jornada laboral.
Esta enorme tarea es inseparable del derrocamiento de la propiedad privada de los medios de producción. Sólo sobre la base de un estado obrero, basado en los organismos de democracia directa de la clase trabajadora que planifiquen la economía, se podrán dar estos primeros pasos para erradicar, definitivamente, la opresión que pesa sobre las mujeres.
Pero con esa perspectiva, sabiendo que esta emancipación sólo puede conseguirse sobre las bases de una revolución socialista que acabe con el dominio de una clase sobre otra, llamamos a la más amplia movilización de las mujeres para luchar con un programa que permita desplegar la energía revolucionaria de la clase trabajadora en alianza con el pueblo pobre y otros sectores oprimidos. Exigimos un salario destinado al trabajo doméstico necesario, en una familia, para su propia reproducción; denunciando que ese trabajo “invisible” y no remunerado –que recae mayoritariamente en las mujeres de la familia- es vital para el Estado y los capitalistas ya que, en nuestro país, equivale a más del 33% del Producto Bruto Interno. Exigimos la inclusión de guarderías pagadas por la patronal y el Estado en las fábricas, empresas y demás lugares de trabajo.
Con la incorporación de las mujeres a la producción social, exigimos igual salario por igual trabajo, igualdad de oportunidades en el empleo, contra la discriminación de las mujeres en cualquier rama de la actividad económica y derechos especiales para las mujeres embarazadas y que están amamantando.
Junto a esto, el derecho de las mujeres a decidir y tomar control de su propio cuerpo, su sexualidad y sus funciones reproductivas. Por eso luchamos por el derecho al aborto libre y gratuito, pero también por la educación sexual y la distribución gratuita de anticonceptivos, al mismo tiempo que defendemos el derecho a la maternidad elegida libremente.
Consideramos que sólo la más amplia autonomía –desde la independencia económica hasta el control del propio cuerpo- permitirá que las personas se relacionen con libertad, amor y respeto mutuo, basándose exclusivamente en sus deseos y no presionados por las necesidades acuciantes de la supervivencia cotidiana.
Para esto es necesario, también, enfrentar los prejuicios que la clase dominante recrea entre las filas de los explotados. Sabemos que, tampoco con decretos o “buenos deseos” se puede acabar con el machismo y la opresión. El feminismo plantea la necesidad de desarrollar nuevas “culturas” y “estilos de vida” que enfrenten las actitudes patriarcales de los varones. Para los marxistas, por el contrario, la salida no es individual. Y no culpamos a los varones de la opresión sexual, sino a la sociedad de clases y sus instituciones. Es ésta la que reproduce y legitima estos comportamientos machistas entre los sectores oprimidos, fortaleciendo el dominio de los explotadores.
Sin embargo, que no se trate de un problema de “educación” o “estilo de vida”, no significa que los marxistas, los obreros concientes y las mujeres que toman su destino en sus propias manos no debamos enfrentar estas presiones y que, en ocasiones, nos conducen a reproducir las peores miserias humanas que luchamos por desterrar. Parafraseando a Marx, podemos decir que no puede liberarse quien oprime a otros. Por eso, ¡desterremos el sexismo de nuestras filas! ¡Por la unidad de la clase trabajadora en lucha contra la explotación y la opresión! ¡Paso a la mujer trabajadora!

Cronología Comentada del Movimiento de Mujeres en Chile

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

1810 Protagonismo social de mujeres que luchan por la Independencia: Javiera Carrera, Paula Jaraquemada, Luisa Recabarren, Rosario Rosales.
1812 José Miguel Carrera dicta decreto el 21 de agosto sobre la necesidad de fundar escuelas para mujeres.
1835 - 50 La escritora Carmen Arriagada tiene amores con el pintor Rugendas a través de “Cartas de una mujer apasionada”, rompiendo con los convencionalismos de la época.
1845 La Iglesia Católica acusa de delincuente a Carmen Blest por haberse atrevido a casarse con un protestante.
1859 Rosario Ortiz, apodada “La Monche”, nacida en Concepción, una de las primeras periodistas integró con Ursula Binimelis la redacción del periódico “El amigo del Pueblo”, de avanzada liberal, órgano de las Revoluciones de 1851 y 1859 en las cuales participó Rosario Ortiz, con fusil en mano, alcanzando el grado de capitana.
1876 Mujeres votan por Vicuña Mackenna en las elecciones presidenciales, especialmente en La Serena y San Felipe. Ante los reclamos de los Conservadores, el ministro Ignacio Zenteno sostuvo que las mujeres podían votar porque la Constitución de 1833 y la ley electoral de 1874 sólo decían que votaban los chilenos, sin distinción de sexo.
1884 Una Reforma Constitucional estableció taxativamente que sólo podían votar los hombres. De todos modos, este paso de la mujer chilena, en momentos en que recién apuntaba el movimiento sufragista femenino europeo, constituye el primer antecedente mundial de ejercicio ciudadano de la mujer por su derecho al voto.
1877 Ministro Miguel Luis Amunátegui dicta decreto que permite a las mujeres obtener títulos profesionales. Motivada por esta resolución jurídica, Pinochet Le-Brun escribe “Breves consideraciones acerca de la mujer” (Septiembre 1891). En 1877 ingresaba a la Escuela de Medicina de la Universidad Eloísa Díaz, quien en 1883 se recibía de Doctora.
1887 Primera Sociedad Mutualista Femenina (Valparaíso) con el nombre de Sociedad de Obreras 0 1, presidida por Micaela Cáceres, con 150 socios. -Lucrecia Undurraga dirige un periódico “destinado a despertar la conciencia de la mujer”. 1888 Sociedad Emancipación de la Mujer (Santiago)
1890 Se reciben nuevas profesionales: Ernestina Pérez de doctora, Matilde Troup de abogada.
Paulina Starr de dentista, Glafira Vargas de farmacéutica y Rosario Madariaga de agrónoma.
1891 Sociedad Unión y Fraternidad de obreras.
1893 Mujeres logran ingresar al Instituto Pedagógico Ciencia y Progreso de la Mujer (Valparaíso)
1894 Se funda la Sociedad Internacional Protectora de Señoras (Iquique) y la Sociedad de Obreras
Sudamericanas de Iquique.
1895 Se crea el Primer Liceo Femenino N0 1. A fines del siglo XIX había 1.717 niñas en la
Enseñanza Secundaria, 669 en Escuelas Normales y 394 en Carreras Técnicas. - 58.204 trabajaban como lavanderas, 13.325 empleadas domésticas, 24.000 en el comercio y129.150 costureras.

1900 Sociedad Progreso Social de Señoras
1901 Sociedad de Emancipación de la Mujer (Iquique)
1903 Se crea la Federación Cosmopolita de Obreras en Resistencia
1904 Clotilde Ibaceta, delegada sindical de Valparaíso, elegida en el Primer Congreso Nacional de
las Mancomunales, que eran organizaciones de carácter territorial, que agrupaban a los gremios
por provincia.
1905 Periódico feminista “Alborada”, dirigido por Carmela Jeria. En esta temprana fase del
Movimiento de Mujeres se empieza a producir una embrionaria conciencia de clase combinada con una conciencia aún más embrionaria de género, sobre todo en las mujeres afiliadas a las Mancomunales y a las Sociedades en Resistencia.

1906 Unión en Resistencia de Tejedoras. -Sociedad en Resistencia de Sombrereras -Sociedad Estrella Chilena de Señoras -Sociedad de Protección Mutua de la Mujer -Asociación de Costureras “Protección, Ahorro y Defensa”. -Sociedad El Triunfo Ilustrado Femenino 1907 Sociedad en Resistencia de Operadas de la Casa Matus. -Carmela Jeria habla en el acto del j0 de Mayo y es despedida del trabajo.
1908 Periódico “La Palanca” de mujeres asalariadas.
1910 María Espíndola Núñez. delenada Chilena a la Primera Federación Interamericana de Mujeres. Se informa que las mujeres de Nueva Zelandia han obtenido en 1906 el derecho a Voto, que 400.000 sufragistas inglesas han desfilado en Londres en 1908, que las uruguayas conquistaron en 1907 el divorcio y que las brasileñas han creado un Partido Femenino.
1913 Ley de la Silla obliga a los patrones a poner asientos para los y las empleadas que permanecían todo el día de pie.
-Belén de Sárraga inicia sus conferencias en Santiago. Luego es invitada por Recabarren para dar charlas a la zona del salitre. Su influencia fue decisiva para elevar la conciencia de género en las mujeres asalariadas. Ese mismo año se formaron Centros Femeninos “Belén de Sárraga” en Iquique, Antofagasta y Negreiros, dirigidos por Teresa Flores, María Castro, Luisa de Zavala, Juana de Guzmán, Adela de Lafferte, Ilia Gaete. La joven Rebeca Barnes fue expulsada del Liceo de Niñas de Iquique por adherir al Centro Feminista “Belén de Sárraga”. Influenciadas por Belén, fundan la Liga de Mujeres Librepensadoras de Valparaíso.
1914 Nace periódico “El Despertar de la Mujer Obrera”.
1915 Surgen nuevos “Centros Feministas Belén de Sáraga” en el Norte Grande. Teresa Flores escribía en “El Despertar de los Trabajadores”: “en Antofagasta se ha organizado un Centro de Mujeres Librepensadoras. Invito a mis amigas y compañeras de ideas a organizar otro aquí en Iquique”.-Se funda en Santiago el Club Social de Señoras y el Círculo de Lectura.
1916 Conferencia de Luis Emilio Recabarren en Punta Arenas titulada “La Mujer y la Educación”,
como muy pocos hombres de su época, Recabarren comprendió la significación histórica del movimiento feminista. Reconocía que la mujer es más oprimida que el hombre trabajador, “ha sido y es aún considerada y tratada como un ser inferior.., tiene que aspirar a ser en la sociedad un miembro investido de iguales derechos que el hombre”.
1917 Se crea el Consejo Federal Femenino adherido a la FOCH (Federación Obrera de Chile) primera central sindical.
1918 Se funda el Centro Psíquico Femenino. Club de Señoras de Talca y Concepción, donde daba conferencias Martina Barros de Orrego, autora de un importante artículo sobre el voto femenino.
-Huelga de “las cocinas apagadas” en el salitre. Los hombres en huelga cuando llegaban a almorzar se encontraban que sus compañeras se habían ido al sindicato y ellos tenían que seguirlas.
1919 Activa participación de las organizaciones femeninas en la Asamblea Obrera de la Alimentación contra el alza del costo de la vida y la municipalización de las panaderías. La Asamblea Obrera de la Alimentación fue un Frente Amplio donde se unieron por primera vez en Chile los Sindicatos, las organizaciones de mujeres de empleados/as, estudiantes de la FECH, pobladores de los conventillos y trabajadores de la cultura. Agrupados todos los movimientos sociales se pudo convocar a concentraciones que superaron las 100.000 personas, donde se hicieron presente el Consejo Federal Femenino de la FOCH y el Consejo Nacional de Mujeres.
1919 Consejo Nacional de Mujeres, orientado por Amanda Labarca.

1920 Gran Federación Femenina prosigue las actividades del Consejo Femenino de la FOCH. Obreras costureras crean el primer sindicato de Trabajadoras de la Aguja, presidido por Micaela Cáceres.
1921 Federación “Unión Obrera Femenina”, apoyada por la IWW, central sindical mundial de inspiración anarquista. El movimiento de mujeres tuvo un aliado permanente en el anarquismo que, al mismo tiempo que respaldaba al feminismo, se preocupaba por consolidar la conciencia de clase tanto de hombre como de mujeres.
1922 Partido Cívico Femenino, orientado por Graciela Mandujano, Ester La Rivera y Eloísa Rojas. Recibieron influencia y experiencia de los Partidos Femeninos de Brasil (1910), Argentina (1919).Editó la Revista Acción Femenina con un tirale de 10.000 ejemplares, que informaba sobre los avances del movimiento de emancipación de la mujer, como la conquista del derecho a voto de las inglesas en 1918, de las alemanas en 1919, de las norteamericanas en 1920.
-Comité Pro-Derechos de la Mujer, respaldado por la FOCH.
-Círculo Femenino de Acción Social (Valparaíso)

-Celinda Aguirre, chilena, una de las organizadoras del Congreso Panamericano de Mujeres, donde se informa de una “huelga de vientres” de la francesa Nelly Roussel en 1920 y de que en Francia había 200.000 mujeres sindicalizadas. Asimismo, que las cubanas han conquistado en 1917 el derecho al divorcio y la colombiana María Cano había sido elegida vicepresidenta de una Central Sindical.
1923 Teresa Flores es elegida para el Consejo Ejecutivo de la FOCH, constituyéndose en la primera mujer dirigente nacional de una Central Sindical Chilena.
1924 Se crea la Unión de Empleados con participación apreciable de mujeres.
1924 Partido Demócrata Femenino
1925 En la Asamblea de Obreros e Intelectuales, el Movimiento Cívico Femenino plantea, por intermedio de Bertina Pérez, Isabel Díaz y Berta Recabarren, el derecho al voto femenino.
-Decreto Maza que otorgó a las madres la patria potestad de sus hijos en caso de muerte o inhabilidad del padre, la libre administración de sus bienes y el derecho a ser testigo. En esta década comienzan a ser reconocidas las esculturas de Rebeca Matte, las pinturas de las hermanas Mira y los libros de Iris (Inés Echeverría de Larrain), Shade (Mariana Cox), Sara Hubner, Lily Iñiguez, Amalia Errázuriz y Teresa Prats. Los escritos de Teresa Wilms serán conocidos posteriormente.
1925 Se acepta jurídicamente la nulidad del matrimonio por declarar falso domicilio.
1926 Asociación de Mujeres Universitarias, impulsada por Ernestina Pérez, Irma Salas y Elena
Hott.
1927 Hasta este año habían logrado graduarse 49 doctoras, 476 farmacéuticas, 115 dentistas, 18 abogadas y 644 profesoras.
1928 Unión Femenina de Chile (Valparaíso), donde se destacaron Graciela y Elisa Lacoste, Mary Carr Briceño, Elena Picart y Aurora Argomedo.
1930 Trabajaban como asalariadas 269.619 mujeres.
1931 Liga Femenina de Acción Cívica (Iquique) -Se conquista el derecho a voto de la mujer a nivel municipal.
1933 Comité Nacional Pro-Derecho a la Mujer, presidido por Felisa Vergara.
1934 Agrupación Nacional de mujeres de Chile.
-Amanda Labarca publica “¿Adónde va la Mujer?
-Huelga de Campesinas que exigen pago vaca ordeñada, apoyadas por la liga de Campesinas Pobres.
1935 Se funda el 11 de mayo el MEMCH (Movimiento por Emancipación de la Mujer Chilena, paso decisivo en al formación de la conciencia de género. A través de su periódico “La Mujer Nueva” se criticó la discriminación de la mujer en e] trabajo, promoviendo que las empleadas domésticas ingresaran a sus filas para contribuir a su organización sindical. Presentaron un proyecto de ley sobre desayuno escolar gratuito, criticando la explotación de los menores de edad. En I 936, el MEMCH planteó la “emancipación de la maternidad obligada”, pidiendo “el reconocimiento del aborto a fin de que pueda ser practicado científicamente”.
El MEMCH llegó a contar con más de 2.000 afiliadas, entre las que se destacaban Elena Caffarena, Graciela Mandul ano, Olga Poblete, María Figueroa, María Ramírez, Eulogia Román. En sus dos primeros Congresos, 1937 y 1940, redobló su campaña por el derecho a voto, diciendo: “¿,Qué preparación se le exigió al hombre? Saber leer y escribir, tener 21 años e inscribirse en los registros electorales, son exigencias muy sencillas de cumplir”. En ese tiempo -decía Elena Caffarena- hablar “de emancipación de la mujer parecía obsceno. Se suponía que nos íbamos a dedicar al libertinaje”. 1936 Ema Gómez. dirigente obrera textil, participó en una Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
-En las elecciones municipales salen elegidas Elena Dolí, Adela Edwards y Natalia Rubio.
-Se crea Acción Unida de Mujeres.
1938 María Aguirre, candidata a regidora, apoyada por el MEMCH.
1941 Elena Caffarena y Flor Heredia presentan proyecto de ley a favor del voto femenino.
-Graciela Schnake, primera alcaldesa de Santiago.
-Ocupación femenina: 3 3,4% en Industria, 6,5% en Agricultura y 2,3% en pesca.
1943 Consejo Femenino de Defensa Civil.
-Se logra la separación total de bienes en el matrimonio.
1944 Se crea el FECHIF (Federación Chilena de Instituciones Femeninas), presidida por Ana Figueroa, María Marchant y Amanda Labarca que publica “Feminismo Contemporáneo”
-Primer Congreso Nacional de Mujeres. Se informa que las ecuatorianas han conquistado el derecho a voto en 1924, las brasileñas y uruguayas en 1932. Gabriela Mistral decía en esta época: la mujer “ha forzado ya todas las puertas de hierro que eran las profesiones… es creadora en la novela, bellamente audaz en las artes plásticas (…) y lo que irrita es que se le pague la mitad de su salario y al margen del sufragio”.

1946 En la masacre de Plaza Bulnes, muere Ramona Parra.
-Adriana Olguin, primera mujer ministro. Amanda Labarca, primera mujer Embajadora.
1947 Comité Unido pro-voto femenino.
-Julieta Campusano elegida regidora.
-Mujeres de Pilpilco organizan en la zona del carbón un Comité de Unión de Mujeres.
1949 Enero: Se conquista la ley que otorga el derecho a voto a la mujer.
-Miles de mujeres participan en “la huelga nacional de la chaucha” contra el alza de la locomoción.
1952 Unión Chilena de Mujeres.
-María Teresa del Canto nombrada Ministra de Educación.
1953 María de la Cruz elegida senadora con la más alta votación del país: 107.587 votos de un total de 200.802 en su circunscripción.
-Ley de Asignación Familiar, con obligación de ser pagada a la mujer y sólo cobrarle por ella.
1953 Mujeres asalariadas: 545.918.
-Se estableció por ley que el marido no puede enajenar bienes raíces sin el consentimiento de la mujer. Esta ley aprobó la legitimidad de las hijas después de ser declarado nulo el matrimonio.
1955 Miles de mujeres participan en huelga con ocupación de 160 fábricas del cuero y calzado y en la Huelga General del 7 de julio.
1957 Elegidas dirigentas nacionales en el Congreso Nacional de la CUT Livia Videla, Mireya Baltra y Graciela Trujillo.
-El gremio donde trabajaban más mujeres era el textil.
1958 Inés Enríquez, primera mujer diputada, presenta un proyecto de ley sobre divorcio.
1960 Número de asalariadas: 534.301, es decir el 22% de la población denominada activa. Disminuyó la ocupación femenina en la industria y aumentó en servicios.
1962 Felicitas Klinipel publica “La mujer chilena: el aporte femenino al progreso de Chile (1910-
1960).
-Se aprueba la ley de jubilación de la mujer a los 55 años.
-Más de 1.000 mujeres salen a la calle con pañuelos en la boca como protesta por la “Ley Mordaza”, contra la prensa.
1965 Fidelma Allende, elegida dirigenta nacional de la CUT.
1965-69 Se organizan centenares de Centros de Madres (CEMA) en las poblaciones, que adquirieron personalidad jurídica por la Ley de Promoción Popular.

1966 Ocupación de terrenos en Santa Adriana. Herminia Concha es elegida dirigente de los habitantes de esa población.
-700 delegadas participan en el Tercer Congreso de Mujeres.
En esta década del 60 se generalizan los anticonceptivos. Desde 1964 se empezaron a aplicar programas nacionales intensivos de Planificación Familiar, píldoras y dispositivos intrauterinos. 1970 Ley sobre guarderías infantiles.
1970-73 Comienza una nueva fase con la victoria de Salvador Allende, que estimule la participación de la mujer en varias áreas: a) en las empresas ejerciendo participación en el control de la producción y la administración de empresas, b) en las Juntas de Abastecimientos y Precios (JAP); e) en la demanda de viviendas y policlínicos para las poblaciones; d) en los comandos comunales y su relación con los cordones industriales.
-Las relaciones hombre-mujer fueron más transparentes, especialmente entre los jóvenes.
-Allende se propuso crear el Ministerio de la Mujer, pensando inclusive en Carmen Gloria Aguayo, pero no alcanzó a concretarlo.
-Los Comedores Populares tendían a aliviar la pesada carga de las mujeres en el hogar. Otras medidas fueron: el medio litro de leche para mujeres embarazadas y lactantes; aumento del fuero maternal y obligación de las empresas, con más de 20 mujeres, a tener salas-cuna y jardines infantiles.
El protagonismo social de la mujer bajo la Unidad Popular, de dimensiones masivas como nunca hubo en la historia de Chile, fue profundizando una conciencia política de clase a un nivel superior al de la conciencia de género, debido a la ausencia de poderosas organizaciones feministas.
1971 Allende propone crear un Nuevo Estatuto de la Familia que contemplaba: a) Derecho de la Mujer a celebrar contratos, enajenar e hipotecar sus bienes, sin autorización del marido; b)cuidado y mantención de los hijos con responsabilidad de ambos padres; e) Filiación única terminando con la diferencia entre hijos legítimos e ilegítimos; d) efectos jurídicos a la unión estable a la pareja no casada; e) Tribunales de Familia integrados por un sicólogo, asistente social y un abogado para facilitar el divorcio, luego de un tiempo prudencial de separación, sin obligarlos a rendir testimonios humillantes.
-Reparto gratuito de leche durante el embarazo.
-Primer Centro de Atención Postnatal para campesinos.
-467.000 nuevas plazas de trabajo destinadas sólo para mujeres.
-Inauguración de 73 nuevos Jardines Infantiles y refacción de 400 más.
-Aumento de 45 a 90 días el permiso post-natal.
-“Brigadas de Salud”, integradas por dueñas de casa.
-Inauguración del amplio espacio denominado “Torre de la Mujer”, en el edificio de la
UNCTAD, luego llamado Diego Portales.

1971 Allende crea la Secretaría Nacional de ]a Mujer, organismo integrante del gobierno.
-Se estimula la sindicalización masiva de las empleadas domésticas, fijando horario de 8 horas de trabajo y permiso para estudiar en los colegios cercanos al trabajo.
-Cuando Fidel Castro visita Chile en noviembre, hubo enfrentamientos entre mujeres de alta y mediana burguesía con trabajadoras y pobladoras que impidieron que las primeras llegaran a la casa de Gobierno, primando los intereses políticos de clase por encima de los de género.
1972 Las mujeres de la Comuna de Barrancas de Santiago crean un Centro Piloto para tratar colectivamente los problemas de salud, vivienda, educación y transporte.-Toma de las fábricas Hirmas, Textil Progreso, Sumar-Algodón y otras textiles, con mayoría de mujeres obreras.
-Destacado papel de la Senadora María Elena Carrera.
-Ante Paro Patronal, mujeres de las poblaciones J. M. Caro y Santa Rosa con San Joaquín rompen los candados de los locales comerciales UNICOOP para evitar el desabastecimiento.
-Trabajadoras de SOPROLE se toman la empresa para asegurar distribución de la leche. Aumentaron la producción en 70.000 litros mediante trabajo voluntario.
-Octubre 23: Agrupadas en un Frente Patriótico, las mujeres de sectores populares se pronuncian contra el Paro Patronal.
-Seminario Latinoamericano de la Mujer (septiembre) llama a las mujeres del continente a solidarizar con el proceso chileno.
-Allende envía al Parlamento un Proyecto de Ley sobre Servicio Social Obligatorio, remunerado, por tres meses para que los Centros de Madres elevaran sus conocimientos.
-“Programa de Comidas Preparadas”, que ponía a disposición de las mujeres asalariadas del áreas social más de 150.000 raciones de comida para que las comprasen y pudieran llevarlas a sus hogares.
1973 Asamblea de Mujeres campesinas de 4 provincias se reúnen en el Bio-Bio en agosto para impulsar los Centros de Reforma Agraria (CERA).-La diputada Laura Allende es agredida por los filo-fascistas cuando se movilizaba en su citroneta.
-Las uniones comunales de Centros de Madres llegaron a agrupar cerca de un millón de mujeres.
I 973 Sept. 11: Golpe Militar. Miles de muertos, heridos y encarcelados, entre ellas numerosas mujeres que sufren las más horrendas torturas. Numerosas mujeres se ven obligadas a salir al exilio. Las compañeras de los presos mantienen sus hogares y soportan con estoicismo las visitas a los campos de concentración.
-Represión generalizada a las organizaciones de mujeres y a los Centros de Madres de las poblaciones. Se pierden derechos conquistados en décadas de lucha. Deterioro en la atención de hospitales y policlínicos.
-La mujer se hace cargo de mantener su familia en innumerables casos de maridos cesantes.
1974 Se crea ISIS a nivel Internacional, principal centro de información femenina.
1977 Mujeres hacen huelga de hambre de 10 días frente a la sede de la CEPAL exigiendo
respuesta sobre los desaparecidos, además de otras huelgas de hambre en iglesias en 1977 y 1978.
1978 Se realiza en Santiago el Encuentro Nacional de Mujeres, convocado por la Coordinadora Nacional Sindical, con 298 delegadas, que exigen se reponga el fuero material, las salas cunas, jardines infantiles, casinos en las empresas, jubilación a los 55 años, pago íntegro de salario durante el pre y post natal, recuperación de los niveles de atención médica y servicios de salud conquistados hasta septiembre de 1973.
-Con ocasión del Día de la Mujer, se hizo en el Teatro Caupolicán un Acto Público, uno de los primeros bajo la dictadura. Destacada participación de la mujer en los organismos de Derechos Humanos.
1980 Se publica “El Trabajo de la Mujer” de Julieta Kirkwood, Irma Arriagada, Rosa Bravo e Isabel Cruzat. -Más del 40% de las familias de sectores populares tenían como jefa de hogar a la mujer. El 80% de los que trabajaban en el POJH eran mujeres.
En esta década se desarrolla sectorialmente la conciencia de género combinada con una conciencia política antidictatorial. Manipulada anteriormente por los partidos, la mujer va conquistando en la lucha su derecho a decidir autónomamente. Bajo la dictadura se fueron gestando grupos de mujeres que relacionaban sus aspiraciones específicas con las movilizaciones del pueblo chileno por terminar con la dictadura militar.
1979 Colectivo de Mujeres de Lo Hermida.
1980 Surge el CODEM
1981 Nace el MOMUPO (Movimiento de Mujeres Pobladoras) de carácter territorial, llegó a agrupar vanas comunas.
-Asisten delegadas chilenas del interior del país y del exilio al Primer Congreso Latinoamericano de Mujeres (Bogotá), donde se informan de los avances de la mujer en otros países, especialmente en Cuba y Nicaragua, México, Perú, Colombia, Venezuela, Brasil y Argentina.
1982 Julieta Kirkwood publica “Ser Política en Chile. Las feministas y los partidos”, consolidándose como una de las principales teóricas del movimiento feminista chileno. -Aumentan las Ollas Comunes.
1983 Delegadas chilenas del interior y del exilio participan en el Segundo Congreso Latinoamericano de Mujeres realizado en Lima. Se informa de los avances teóricos y de las actividades de las mujeres chilenas en el exilio en contacto estrecho con el movimiento feminista de Europa.
1992 Se crea el grupo “Mujer - Pueblo”: feminismo popular.
-Es elegida Magdalena Alid, primera presidente de una Federación de Estudiantes (FEUSACH).
-Surgen nuevos grupos: EAS, FEMINARIAS, las Cómplices, el Femenismo Lésbico, el Movimiento Femenista Autónomo, Colectivo Cable a Tierra, Feministas de Valparaíso y Concepción.
-Nace la revista “Con-spirando”, ecofeminismo.
-Más del 35% de la fuerza de trabajo asalariada estaba constituida por mujeres.
-Según encuesta, el 21,4% de las hogares tenía a la mujer como jefa de hogar.
El feminismo logra incorporar al debate nacional temas como la violencia doméstica, violaciones, acoso sexual, sexismo, divorcio y aborto.
1993 Aparece el primer número de “Puntada con Hilo”, dirigida por Victoria Aldunate y Beatriz Bataszew.
-Se crea la Escuela de Formación Sindical para Mujeres, orientada por Zabrina Pérez y Luis Vitale.
-Se organizan las trabajadoras sexuales en el centro “Angelina Lima”, orientado por Teresa Lastra, entre otras.
-Encuentro de Mujeres de la Región Metropolitana.
1994 Proyecto de Ley de Subsidio Maternal e igualdad jurídica de hijos llamados naturales o “ilegftimos”.

-Foro Nacional Feminista en Coronel. Crítica de Margarita Pisano, una de las teóricas más importantes del feminismo, a las ONG’s de mujeres y a las feministas institucionalizadas en cargos de gobierno (Marea Alta N0 28)
-Movimiento por los Derechos de la Mujer (MODEMU).
-Se crea el Movimiento Feminista Autónomo, que combina la lucha por reivindicaciones de género con la lucha política contra el sistema de dominación patriarcal y la opresión social. 1994 El 34,4% de la fuerza de trabajo estaba constituida por mujeres. -Había 120.000 temporeras del agro, sin derecho a negociación colectiva, con jornadas de más de 12 horas, expuestas a los pesticidas y en pésimas condiciones de alimentación y vivienda en los lugares de trabajo rural. Promedio anual de abortos: I 60.000
1995 Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing (China).

Aportes Para Una Teoria De La Opresion Y Protagonismo De La Mujer

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

En este capítulo nos proponemos reflexionar acerca de la necesidad de una teoría de la historia de la mujer latinoamericana, de sus formas de opresión y protagonismo, en consonancia con las especificidades de nuestra Formación Social con el fin de contribuir a la lucha de la mujer por su emancipación y, por ende, al establecimiento de relaciones igualitarias entre los seres humanos. Conscientes de nuestra limitación masculina para abordar una problemática tan trascendente, asumimos esta tarea teórica porque estamos convencidos de que la humanidad alcanzará su plena libertad autogestionaria en la medida en que se termine no sólo con la explotación económica de unos sobre otros, sino que al mismo tiempo se establezca una auténtica igualdad —que no es lo mismo que identidad— entre hombres y mujeres, aboliendo cualquier forma de dominación patriarcal y de clase. La cuestión es sumamente compleja porque no existe, a nuestro juicio, una historia universal de la opresión y emergencia de la mujer, sino solamente una historia euro y etnocéntrica de ella. La historia de las mujeres latinoamericanas, asiáticas y africanas ha sido enfocada desde la óptica europea. Y no sólo su historia, amo la teoría para lograr su emancipación, lo cual no sería grave siempre que no se copiara el modelo europeo. “Ni calco ni copia”, decía Mariátegui: creación heroica, dar vida con nuestra propia realidad y lenguaje a una teoría igualitaria entre mujeres y hombres. Las investigaciones europeas —subestimando las especificidades históricas, étnicas y de clase de las mujeres latinoamericanas, asiáticas y africanas— plantean desde su óptica eurocéntrica generalizaciones sobre la historia mundial de la opresión femenina, como si su trayectoria en el llamado “tercer mundo” hubiera sido la misma que en Europa y en Estados Unidos. Estamos persuadidos de que sólo las investigaciones en profundidad de cada continente, país y región, hechas por los propios estudiosos de la zona, permitirán avanzar progresivamente en la elaboración de una historia de la opresión y del protagonismo de la mujer. Por consiguiente, el aporte latinoamericano, asiático y africano es decisivo para generar, junto a las europeas y norteamericanas, una teoría de la historia mundial de la mujer.
El asunto es de tanta significación que el estudio a fondo de esta mitad ignorada de la humanidad arrojará, sin duda, nuevas luces sobre la historia global, haciendo más proliferantes los contenidos de cada Formación Social. Obviamente, no puede hacerse una historia de la mujer sin un análisis de la Formación Social, pero no alcanzaremos a desentrañar la genuina historia de las formaciones sociales si se sigue desconociendo la otra cara de la Luna. Es hora de admitir que la historia universal que conocemos es una historia en la que se ha ocultado el protagonismo de la mujer. Los aportes que se hagan para poner de relevancia su papel contribuirán a la elaboración de una teoría universal de la historia, que hasta ahora también ha sido euro-céntrica. Así como no habrá una teoría de la historia universal mientras no se integren los aportes de los estudiosos de América Latina, Asia y Africa, tampoco habrá teoría de la historia mundial de la mujer hasta que las investigadoras del denominado “tercer mundo” —conscientes de las especificidades de sus continentes— discutan con las europeas y norteamericanas los fundamentos globales y particulares de las dominaciones de clase y de sexo. Una historia de la opresión y luchas de la mujer latinoamericana debe partir del hecho objetivo de que en nuestro suelo la evolución de las sociedades siguió un camino diferente aleuropeo. En nuestra América no se dio la familia esclavista ni feudal porque lisa y llanamente nunca hubo un modo de producción esclavista y feudal. Se pasó del modo de producción comunal de las culturas agroalfareras y del posterior modo de producción comunal-tributario de las formaciones sociales inca y azteca a un período de transición abierto por vía exógena con la conquista ibérica que culminó en el siglo XIX en un embrionario capitalismo primario exportador. La historia de la opresión y protagonismo de la mujer en América Latina no es reductible al esquema europeo porque no vivimos la secuencia comunidad “primitiva”- esclavismo-feudalismo-capitalismo sino que, de acuerdo con el proceso multiineal de la historia, pasamos a la sociedad mercantilista mundial sin atravesar las fases del esclavi8mo y el feudalismo , aunque hubo relaciones precapitaliatas de producción, que no son siempre necesariamente feudales, al decir de Engels.
Inclusive, durante la Colonia y gran parte de la República no se dio de manera uniforme el tipo de familia nuclear europea, porque nuestra matriz societaria indígena y negra, que supervivió a pesar del etnocidio de los colonialistas, siguió permeando la vida cotidiana y la relación familiar. Sólo en el siglo XX, con la generalización de las relaciones capitali stas de producción, se configura un tipo de familia similar al europeo, aunque con las especificidades de un subcontinente caracterizado por el desarrollo desigual, articulado, combinado y específicodiferenciado, habitado por multiétnias aborígenes y negras que le dan una impronta particular.


Algunas consideraciones epistemológicas
El estudio de esta historia específica de la mujer indo-afro-latina debe hacerse con un criterio de totalidad, comprendiendo que desde la Colonia fuimos integrados compulsivamente a la Formación Social capitalista mundial, tanto en el área de la economía como en el de la ideología patriarcal. Bajo el prisma de la totalidad, hay que estudiar la estructura de clases y las particularidades étnicas y regionales dentro de la Formación Social de cada país. La relación etnia-clase adquiere entonces en nuestra América una importancia de primer orden para poder entender a la mujer indígena y negra y las formas de explotación de todas las mujeres asalariadas y no asalariadas. Se impone también la profundización acerca del papel jugado por las clases dominantes y el Estado, que imponen la ideología predominante y las formas institucionales régimen de dominación patriarcal. En síntesis, sexo-claseetnia-colonialismo constituyen categorías claves para la elaboración de una teoría específica de la opresión y emergencia de la mujer en nuestra América, teoría que siempre estará abierta y en permanente enriquecimiento. El método para interpretar esta realidad histórica de la cual forma parte la mujer no puede ser una mezcla de estructural-funcionalismo con psicologismo y neopositivismo. Es necesario curarse en salud evitando caer en algún tipo de análisis reduccionista, ya sea económico, de clase o biológico. Los enfoques reduccionistas, parciales y unilaterales, conducen a parcelar el conocimiento de la realidad. Hay que estudiar con un criterio de totalidad a la mujer, inserta en la Formación Social mundial, continental y de cada país, y dentro de él, cada región, con sus clases, su economía, su Estado, ideología, cultura, vida cotidiana, etma y entorno ecológico. A nuestro juicio, el materialismo histórico sigue constituyendo la base teórica y metodológica para analizar las diversas formas de opresión de la mujer, como asimismo de sus luchas por la emancipación y conquista de una sociedad igualitaria, libertaria y autogestionaria. Numerosas investigadoras feministas han criticado con razón las falencias de los teóricos del marxismo respecto de las explicaciones sobre el origen y desarrollo de la opresión de un sexo sobre otro. Pero no se trata de tirar el agua sucia de la bañera con niño y todo, a menos que se diga francamente que se 0pta por otra teoría de la historia y otra concepción estratégica para reemplazar este sistema por otra sociedad. Si se sigue convencido de que el materialismo histórico no es un dogma sino una teoría —no circular, sino en espiral— capaz de interpretar y transformar el mundo, hay que seguir utilizándolo y complementándolo con el aporte de las diferentes disciplinas para profundizar en el estudio de la mujer, con lo cual estamos enriqueciendo dicha teoría, cubriendo sus vacíos y enmendando sus errores, sobre todo en relación con el tratamiento de la problemática femenina. En. tal sentido, los marxistas deben partir del reconocimiento de que los creadores del materialismo histórico y sus principales continuadores no alcanzaron a elaborar una teoría sistemática respecto de la opresión de la mujer. Admitir que al enfatizar en la propiedad privada y el surgimiento del Estado como las causas de la opresión de la mujer se soslayó la importancia que en su génesis tuvo la división del trabajo por sexo. Reconocer que se prestó más atención a la producción de bienes que a la reproducción de la especie y la reproducción diaria de la fuerza de trabajo al servicio de la desigualdad social. En El capital —dice Fréd~rique Vinteull— “no se abordan casi nunca las condiciones de reproducción. La explicación está en la naturaleza del sistema mismo, que produce la separación más radical de la historia entre el universo de la producción y el de la reproducción, y permite realizar un análisis separado. De esta forma, Marx sólo se encuentra con las mujeres cuando se incorporan a la manufactura y no aborda la condición de las mujeres en su globalidad”.1

Reproducción y producción
El control de la sexualidad surge entonces como factor clave de la subordinación femenina, porque se ejerce directamente sobre una de las capacidades que sólo la mujer puede cumplir: la de procreación. La especificidad de la mujer —poder dar vida— fue uno de los principales fenómenos de la naturaleza que el hombre aspiró a controlar desde el momento en que se dio cuenta del proceso de la procreación. La institucionalización del patriarcado dio aparente legitimidad a dicho control. El patriarcado es más que una expresión del régimen de dominación en la familia:es una institución para controlar la reproducción de la vida y de la fuerza de trabajo; afianza la supremacía y el poder de un género sobre otro, condicionando el comportamiento sexual y social de la mujer. Esta realidad histórica obliga a profundizar en los fenómenos de reproducción- producción-circulación-distribución-realización y apropiación del producto como partes interrelacionadas del proceso de acumulación. No basta, pues, estudiar solamente la producción, porque en ella no se agota el modo de producción, sino también la reproducción de la vida y la fuerza de trabajo, fenómenos considerados como “naturales” y descuidados por la Economía Política, tanto clásica como marxista.
La mujer es objetivamente mediadora entre la naturaleza y la cultura, en el sentido más profundo de este concepto; mediadora entre la vida y la sociedad, por su condición de reproductora. En última instancia, la reproducción, que en términos demográficos determina las leyes de población, es la precondición para que puedan darse las formas productivas y las relaciones que les son inherentes a ella, por cuanto condiciona la disponibilidad de fuerza de trabajo, que es la única que engendra valor. Lidia Falcón comete, a nuestro juicio, un error al afirmar que la reproducción forma parte del trabajo productivo y que “las leyes de la reproducción son las determinantes de las leyes de producción”, sin advertir que éstas son generadas básicamente por las fuerzas productivas y las relaciones de producción; empero tiene razón al decir que “la reproducción humana” es uno de los temas claves que “debe plantearse la teoría feminista”.2La relación entre reproducción de la vida-fuerza de trabajo y producción no es dicotómica sino, como dice Claudia von Werlhof “complementaria desde el punto de vista de la acumulación de capital, que como precondición necesita la reproducción de la fuerza de trabajo, y también complementaria desde el punto de vista de los trabajadores asalariados, que como seres humanos desean reproducir su vida”.3
Sin embargo, plantear, como lo hace Shulamith Firestone, que el origen de la opresión de la mujer está en su condición de reproductora de la especie es deslizarse por la pendiente del biologicísmo. Las tareas de procreación, derivadas de la condición biológica de la mujer, no constituyen una causa “per se” de su opresión, sino la utilización social e ideológica que ha hecho de ella la clase dominante, asentada en el patriarcado, previa enajenación de su sexualidad. La reproducción de la vida, fenómeno natural, ha devenido en hecho social. Condicionado naturalmente, cada sexo ha adquirido una connotación social, sobre la cual se ideologizan los roles de cada uno. La ideologización del papel ‘natural” del sexo femenino surgió fundamentalmente para ahondar la división sexual del trabajo y justificar la apropiación del producto por la sociedad patriarcal. “El problema central no es la maternidad en sí —sostiene
Verena Stolcke— sino el significado que ésta adquiere en la sociedad de clases”.4 Quienes sostienen que la reproducción es la causa principal e inmanente de la subordinación de la mujer, anteponiendo lo biológico a lo socio-cultural, han llegado a plantear la eliminación de la maternidad y su reemplazo por la generación de la vida “in vitro”.5 Nadie tiene derecho a eliminar de manera elitista y por decreto una capacidad natural, como es la maternidad —única diferencia biológica que existe entre el hombre y la mujer—. El problema es cómo luchar en un nuevo tipo de sociedad igualitaria para que este hecho natural deje de ser utilizado por cualquier supervivencia patriarcal. Las mujeres sabrán entonces asumir la maternidad sin perder su condición de personas integrales, transforma ndo lo natural en un hecho social sin menoscabo de su participación igualitaria. Lo biológico será, en esa bo9iedad alternativa, un hecho asumido socialmente por ambos sexos y resuelto en el terreno de la igualdad social. Sin caer en ningún tipo de biologicismo inmanente, habría que, estudiar si corresponde hablar de una primera naturalezade la mujer y una “segunda naturaleza”, como producto de un condicionainiento cultural del régimen patriarcal y de clase.
Al poner en primer plano a la mujer en su condición de hembra —c.mo mera reproductora de la especie— algunas investigadoras han priorizado el sexo sobre el género femenino. Es cierto que la condición biológica de sexo ha sido utilizada socialmente por el sistema patriarca] de dominación, pero la opresión y explotación de la mujer va más allá de su condición de hembra de la especie, a menos que se caiga en una forma de sexismo. “No se puede limitar el sistema sexual al problema de la reproducción”, dice Judith Astelarra.6
Los factores socio-culturales, implantados por el patriarcado, han asignado determinados papeles a los sexos, convirtiendo las tareas pretendidamente femeninas en “naturales” e imponiendo la organización jerárquica de la sociedad en favor de las actividades del género masculino. Es sabido, pero no explicitado, que el hombre hizo en épocas remotas —en las culturas agroalfareras— tareas que hoy se consideran “naturalmente femeninas”, y las sigue realizandoen algunas sociedades aborígenes contemporáneas.7
Respecto de la diferenciación entre sexo y género, Cristine Delphy señala: “Pensamos que el género —las posiciones sociales respectivas de las mujeres y de los hombres— no está construido sobre la categoría (aparentemente) natural del sexo, sino que por el contrario el sexo se ha convertido en un hecho pertinente, y por lo tanto en una categoría de la percepción, a partir de la creación de la categoría del género, es decir de la división de la humanidad en dos grupos antagónicos, uno de los cuales oprime al otro: los hombres y las mujeres (…). Es la opresión la que crea el género; la jerarquía de la división del trabajo es anterior, desde el punto de vista lógico, a la división técnica del trabajo y crea esta última, esto es, crea los roles sexuales, lo que Usmamos género (…) la dominación masculina es un hecho político; esta relación se caracteriza por la jerarquización y ésta es la que explica el contenido de cada rol y no a la inversa. El concepto clave es el de opresión”.8
El patriarcado le ha asignado al género femenino ciertas funciones en la división del trabajo, determinadas más por factores socioculturales e ideológicos relacionados con el poder que por el nivel de capacitación en el trabajo. Por lo tanto —dice Alison MacEwen Scott— “no se puede considerar la segregación por sexo como efecto de las fuerzas de mercado, concebidas como mecanismos impersonales, sino como un reflejo de una estructura ya penetrada por valores y normas culturales con respecto al género (…) en una versión de la teoría neo-clásica de mercados de trabajo, se considera que c iertos aspectos del empleo femenino se deben a las aptitudes ‘naturales’ de la mujer, tales como la destreza manual, la paciencia, etc. Estas aptitudes ‘naturales’ también resistirían a las fuerzas del mercado e impedirían una desagregación ocupacional. Sin embargo, el concepto no es natural sino ideológico, porque es producto de la socialización más que de la genética y porque sólo tiene una aplicación parcial. Por ejemplo, la destreza manual de las mujeres es apropiada para el empleo de ensamblaje liviano, pero no para la cirugía o la electricidad”9


El trabajo doméstico y asalariado
Una de las primeras desigualdades sociales entre los seres humanos se produjo con el advenimiento de la división del trabajo por sexo. Este comienzo de la opresión femenina, anterior a la propiedad privada y al surgimiento del Estado, no fue el resultado directo de la condición de la mujer como reproductora de la vida, sino de un prolongado proceso social que empezó como un simple reparto de tareas para transformarse después en una clara división del trabajo en las sociedades agroalfareras y, especialmente, en las formaciones sociales inca y azteca. Este fenómeno se acentuó a medida que la producción se separaba del consumo, y se autonomizaba en búsqueda de mercados. Posteriorxnente, el quiebre de la producción para la subsistencia impulsó al hombre, bajo el capitalismo, a venderse como fuerza de trabajo, quedando de ese modo separado de su producto.
La mujer —que había sido excluida mucho antes de la producción social— sufrió otra contradicción específica derivada de la estructura familiar, como dice Verena Stolke: “En tanto que la opresión de clase y la división social del trabajo tiene un origen en el acceso desigual a los medios de producción, es la reproducción social, o sea la perpetuación de las relaciones y la dominación de clase —mediadas directamente por las instituciones del matrimonio, la familia y la herencia— lo que requiere (y en consecuencia determina) tanto la dedicación primordial de la mujer al trabajo doméstico como la subvaioración de su funciones. En la sociedad de clases, en otras palabras, la división sexual del trabajo —la ‘domesticación’ de la mujer— es en definitiva producto del control del hombre sobre la sexualidad y la capacidad reproductora de la mujer debido al interés en perpetuar el acceso desigual a loe medios de producción.”10
La apropiación del trabajo femenino se fue consolidando en América Latina durante la Colonia y la República. En este proceso específico de acumulación no debe confundirse trabajo doméstico con reproducción simple y menos con reproducción ampliada de capital. De todos modos, existe una contribución doble de la mujer al proceso de acumulación como asalariada y como dadora indirecta de valor a través del trabajo no retribuido del hogar, que no es obviamente una relación social de producción capitalista, pero que se da dentro del sistema y sirve para reforzarlo. La reproducción de subsistencia, realizada en las pequeñas explotaciones campesinas y artesanales, es efectuada tanto por hombres como por mujeres. Pero el trabajo de ésta no es pagado pues se lo considera tarea doméstica, como por ejemplo ordeñar, hacer quesos, sembrar, cultivar huertas, etc. Este trabajo no remunerado permite que los campesinos vendan mis productos a bajo precio al mercado. El sistema capitalista se beneficia con este mecanismo de precios de los productos de consumo popular porque permite que los trabajadores puedan adquirirlos para reriovarse como fuerza de trabajo. De modo que la explotación de tipo familiar campesina y urbano artesanal —que obviamente no se basa en una relación social de producción capitalista— sirve para reforzar el proceso de acumulación burguesa.
Numerosos autores han considerado que estas explotaciones de tipo familiar son una supervivencia arcaica de modos de producción precapitalistas y que el avance del capitalismo moderno las irá eliminando. En rigor, el capitalismo necesita este tipo de producción familiar campesina y artesanal que produce para el mercado interno y sirve para la reproducción del sistema global. Ya lo había señalado Rosa Luxemburgo: el capitalismo necesita del ambiente “no capitalista para la acumulación”, de zonas precapitalistas colonialles y semicoloniales para reforzar su proceso de acumulación originaria y permanente de capital. La mayoría de estas explotaciones de tipo familiar se rigen por las leyes de la reproducción simple. Su integración al sistema no permite afirmar que la reproducción simple de subsistencia apunte al proceso de reproducción ampliada de capital. Claudia von Werlhof anota: “Parece que todas las sociedades de clase hasta la fecha han acumulado mediante relaciones de producción contradictorias, para lo cual se obtenía mediante la fuerza de base necesaria y precondicional de la acumulación (reproducción simple) esencialmente de las mujeres, y la acumulación ‘real’ (reproducción ampliada), eso es, el suministro visible del plusproducto para la clase do minante, esencialmente de los hombres”.11 La economía de nuestros países latinoamericanos, controlada por el capital monopólico internacional, sirve para acrecentar un proceso de acumulación de carácter mundial, porque el sistema capitalista funciona como una totalidad, como una unidad contradictoria entre los países opresores y oprimidos, donde no hay una escisión entre la econom’la de las naciones altamente industrializadas y las semicoloniales dependientes, ya que el proceso productivo ha cobrado un carácter mundial. La mujer latinoamericana ha sido integrada a este proceso de acumulación entregando plusvalía en las empresas trananacionales y en las nacionales asociada al capital extranjero, y produciendo a bajo precio artículos de consumo popular en los campos y talleres artesanales. Constituye, asimismo, el principal ejército industrial de reserva de mano de obra que permite al capitalismo bajar permanentemente el salario real. La mujer no s lo reproduce la fuerza de trabajo que engrosa el ejército industrial de reserva, sino que también es parte potencial y real del mismo.
El proceso de acumulación del capital molIopólicQ internacional no puede ser explicado de manera cabal, si no se toma en consideración la explotación femenina. La problemática de la mujer adquiere entonces dimensiones macroscópicas. No se ilmita a cuestiones de oPresión individual o de sociología de la familia, sino que la explotación femenina trasc iende al conjunto de la Formación Social por su contribución decisiva al proceso de acumulación capitalista mundial. En cuanto al trabajo doméstico, que también transfiere valor al sistema, es importante hacer precisiones sobre su especificidad en América Latina desde las sociedades precolombinas hasta la actualidad. Ante todo, no habría que confundir las labores de la mujer en las comunidades agroalfareras—e inclusive en los ayllus y calpullis de los imperios inca y azteca— con el trabajo doméstico implantado en la Colonia y la República de los siglos XIX y XX. Quienes postulan el discutible concepto de “modo de producción doméstico” para todas las sociedades confunden modo de producción comunal con trabajo doméstico. En la sociedad de clases, impuesta de manera exógena en nuestra América por españoles y portugueses, el trabajo doméstico desempeñó nuevas funciones, al punto de que ninguna Formación Social clasista podría haberse desarrollado de ese modo sin la apropiación o complemento del trabajo doméstico realizado en la unidad familiar por la mujer. Existe, por consiguiente, una interrelación entre la estructura de clases y el núcleo familiar. Isabel Largula y John Dumaulin sostienen que ambas, aunque íntimamente ligadas, “son distintas, y los cambios en la estructura pública, donde surge y se desarrolla el antagonumo de clases, afectan profundamente a la segunda y menos dkiímica de ellas; el papel de la molécula familiar no es promover las grandes transformaciones sociales, amo amortiguarlas, frenarlas incluso, dando estabilidad al sistena clasista basado en la propiedad privada”.12 El trabajo doméstico se relaciona con la reproducción de la vida y de la fuerza de trabajo, aunque en nuestra América no siempre fue así, especialmente en las culturas aborígenes precolombinas. También se refiere a la crianza de los hijos, las tareas de cocina, lavado, planchado y elaboración de algunos valores de uso. La reproducción de la fuerza de trabajo — antes de que ésta se convierta en mercancía— es trabajo pretérito o ackiulado. En el caso de la reposición d~xia de la fuerza de trabajo es contribución permaente.La reproducción de la fuerza de trabajo no es mercancía en si misma; alcanza supotencialidad cuando el niño convertido en adulto se realiza en el mercado laboral. Por eso, el trabajo doméstico tiene proyección social; no es meramente privado, aunque ésa sea suapariencia. Es, por tanto, una necesidad del sistema de dominación, ávido de reproducción y reposición diaria de la fuerza de trabajo. No es un simple complemento de la reproducción ampliada del capitalismo, sino la condición sine q ua non de un sistema que st beneficia deltrabajo no remunerado de la mujer en el hogar. Entra, por ende, en la esfera de las actividades funcionales al sistema.La mujer no tiene ningún poder real sobre las riquezas o valores que genera en el trabajo doméstico, el cual es lisa y llanamente expropiado por el régimen clasista. Se enajena en su trabajo, aunque su alienación es distinta a la del obrero. El trabajo doméstico constituye una unidad económica familiar para el autoconsumo, pero sería un error confundirlo con la economía de subsistencia. Se diferencia de otras producciones de tipo familiar, como la campesina y la artesanal urbana, porque no produce valores de cambio. Su producción es para el autoconsumo, pero no es autosuficiente, puesto que necesita adquirir insumos para generar valores de uso. A veces se olvida que los bienes de consumo que se venden no están listos para servir, sino que son productos intermedios o insumos que debe elaborar el ama de casa. El consumo de estos valores es tangible, pero paradójicamente el trabajo doméstico tiene la apariencia de invisible.

Para Wally Seccombe, la relación del trabajo doméstico con el sistema capitalista está mediada por la mercancía fuerza de trabajo, a partir de su reproducción, confundiendo procreación de hijos con el momento en que éstos venden su fuerza de trabajo. A nuestro juicio, el trabajo doméstico efectiviza su relación con el mercado laboral a través de la reposición diaria de la fuerza de trabajo, ya sea del esposo o de las hijas/os. Dicha autora sostiene, asimismo, que el trabajo doméstico es trabajo abstracto que crea valor, pero de un carácter privado, fuera del ejercicio de la ley del valor.13 A nuestro modo de entender, Seccombe confunde la ley del valor-trabajo con el valor, al igual que Harrison cuando afirma por otros motivos, que el trabajo doméstico no crea valor porque no produce mercancías. En artículos posteriores, Seccombe sostiene que el trabajo doméstico crea valor porque produce la mercancía fuerza de trabajo.
La teoría del valor-trabajo sirve para explicar la apropiación de la plusvalía, pero es insuficiente para dar cuenta de la forma en que es expropiado el trabajo dela mujer en el hogar. A nuestro juicio, no cabe aplicar la teoría de la plusvalía al trabajo doméstico, ya que en éste no se dan las reglas del juego capitalista: trabajo necesario y trabajo excedente. No hay extracción de la plusvalía en el hogar por parte del hombre respecto del trabajo de la mujer. Si así fuera, el obrero, el negro o el indígena contemporáneos estarían acumulando, a través de la apropiación del trabajo de la mujer, un capital que nadie podría demostrar en qué es reinvertido. No hay apropiación de plusvalía por parte del marido. Pero la ama de casa realiza un trabajo. Y todo trabajo produce valor.
Ya Marx demostró en El capital que hasta el solitario Robinson Crusoe producía valor —o determinaciones del valor— en una isla perdida del Océano Pacífico. El valor es único e inescindible, aunque se manifieste como valor de uso o valor de cambio. No es que ~e1 valor se divida o desdoble en valor de uso y valor de cambio, como han dicho lectores superficiales de la obra capital de Marx. El valor es indivisible. Lo que ocurre es que el producto del trabajo puede ser utilizado como valor de uso o valor de cambio. Si la mujer que trabaja en el hogar produce un valor, independientemente de alguna forma de trabajo asalariado, cabe preguntarse entonces cómo se manifiesta ese valor. La clave para estudiar este problema teórico se encuentra, a nuestro modo de entender, en el concepto de “determinaciones del valor” que Marx no trata sistemáticamente, pero que señala claramente en algunas líneas del tomo 1, volumen II, Pp. 79, 80, 85 y 87 de EL Capital 14: en Pp. 922 y 923 (carta a Kugelman del 11 de julio de 1868); en el mismo volumen PP. 968 a 970, 973, 975 y 978; en “Glosas marginales al Tratado de Economía Política de Adolfo Wagner”, apéndice del tomo , Pp. 88 y 89 (nota 35) y en el tomo III, volumen II, p. 985.
En las ‘Glosas” mencionadas, Marx apunta: “Donde mejor se revela toda la superficial idad de Rodbertus es en su contraposición de un concepto ‘lógico’ y otro ‘histórico’. El sólo enfoca el ‘valor’ (el económico, por oposición al valor de uso de la mercancía) en su forma de manifestarse, es decir, como valor de cambio, y como éste sólo se presenta allí donde’una parte por lo menos de los productos del trabajo, de los objetos útiles, funci nan ya como ‘mercancias y esto no ocurre desde el primer momento, sino sólo a partir de una cierta fase social de desarrollo, es deoir, al llegar a un determinado grado de desarrollo histórico, nos encontramos con que el valor de cambio es un concepto histórico. Si Rodbertus hubiese seguido analizando el valor de cambio de las mercancías habría encontrado el ‘valor’ detrás de esta forma de manifestarse. Y si hubiese seguido investigando el valor, habría visto que aquí el objeto, el ‘valor de uso’, aparece como mera materialización del trabajo humano, como inversión de la misma fuerza humana de trabajo, por donde este contenido se representa como el carácter material de la cosa, como carácter que le corresponde materialmente a ella misma, aunque esta materialidad no aparezca en su forma natural (en la de la mercancía, que es precisamente por lo que hace falta una forma especial de valor). Habría descubierto, pues, que el ‘valor’ de la mercancía no hace más que expresar en una forma históricamente progresiva lo que ya existía en todas las formas históricas de sociedad, aunque bajo otra forma, a saber: el carácter social del trabajo, en cuanto aplica ción de la fuerza social de trabajo”.15 Aunque Marx no se refiere al trabajo de la mujer, señala que en la ‘producción de valores de uso, como ocurre con ciertas tareas domésticas, existe una “materiahzación del trabajo humano”. Está claro —para quien quiera verlo— que el valor que produce la mujer en el hogar se transfiere indirectamente, y en última instancia, al régimen de dominación de clase sin que éste tenga que desembolsar un centavo por la reproducción de la vida y la reposición diaria de la fuerza de trabajo.
La discusión acerca de si el trabajo doméstico es productivo o improductivo nos parece irrelevante por cuanto ninguna de estas dos categorías tiene relación directa con el trabajo doméstico, sino solamente con el régimen del salariado. Los llamados trabajos productivos e improductivos no derivan de sus características materiales sino de una determinada forma de explotación, signada por las relaciones de producción y, por consiguiente, relacionada con la extracción de plusvalía. La apropiación-expropiación de las labores domésticas de la mujer en el hogar va más allá de la enajenación en el trabajo. Alcanza su mayor significación en la inhibición de la identidad integral de la persona mujer, puesto que ella pasa a ser alguien que “no hace nada”, cuando en rigor su trabajo es fu¡ícíonaJ al sistema patriarcal y de clase. En el trabajo doméstico —considerado función inherente, inmanente y “natural” de la mujer y no como categoría económica— intervienen factores extraeconómicos, especialmente la presión ideológica del régimen de patriarcado y más sofisticadamente el amor a la familia, que es una institución cultural. Este sentimiento es elevado a una forma de ideología encubridora de la explotación económica de la mujer que trabaja, sin ser remunerada, por amor al esposo y a los hijos, como si fuera la razón suprema de su existencia. La mujer compensa este trabajo doméstico con algunas gratificaciones que le brinda el patriarcado “gatopardista” contemporáneo: cierta seguridad personal, espacio territorial propio, “control” de los hijos, dominio de áreas en que ha dejado de interesarse el hombre y obtención de pequeñas granjerías, como salidas fuera del hogar, vestidos, etc. En el cumplimiento de tales
funciones, la mujer se siente indispensable e insustituible, a través de una ideología que permanentemente refuerza el régimen patriarcal y de clase.
A nuestro juicio, las tareas del hogar continuarán en cualquier régimen social donde permanezca la institución familia. No podrán ser eliminadas mientras no se elimine la relación patriarcal en la unidad familiar, uno de los últimos bastiones del concepto de propiedad privada.
Aunque el trabajo domestico se pague, como se hace actualmente en Suecia, no por ello desaparece el régimen patriarcal de opresión. El trabajo doméstico puede inclusive ser socializado a través del patriarcado de izquierda, como ocurre en la mayoría de los países en transición al socialismo. Así, se hace más claro que nunca que la tarea estratégica para alcanzar la igualdad entre los seres humanos es la eliminación del patriarcado. Cuando éste desaparezca, de todos modos habrá que realizar tareas que indudablemente tienen un carácter doméstico, por cuanto están relacionadas con el diario vivir de las personas, pero que no tienen por qué engendrar opresión de unos seres humanos sobre otros. Se ha sobredimensionado la función del trabajo doméstico con el fin de darle categoría de modo de producción para llegar a la conclusión de que las mujeres constituyen una clase social. El trabajo doméstico no es un modo de producción sino una forma de producir o reproducir la fuerza de trabajo. Este tipo de trabajo no beneficia directamente a ningún patrón apropiador expropiador inmediato del plusproducto sino que éste se transfiere de un modo indirecto al sistema global de dominación, aunque proporciona privilegios y ventajas al proyecto de vida masculino. De todos modos, no es una relación social de producción, aunque como hemos dicho es una forma de explotación. No es la primera vez en la historia que ciertas formas de producir no dan lugar a clases sociales. No siempre producir ha significado tener un patrón, ni siempre los que producen han sido parte de clases sociales, como ocurrió en las culturas agro-alfareras. Por lo demás, las labores domésticas tampoco pueden ser consideradas trabajo cuentapropista, porque no da lugar a un intercambio de mercancías, ni el que lo realiza vende su trabajo en el mercado. Sin embargo, se parece bastante a una mezcla de servidumbre con trabajo por cuenta propia, aunque la mujer no es una mercancía como lo fueron el esclavo o el siervo. Centrar la lucha por la emancipación de la mujer en el trabajo doméstico con el fin de demostrar que ellas constituyen una clase social es deslizarse por la pendiente del reduccionismo. La explotación económica de la mujer en el hogar no agota la explicación de las variadas y trascendentes formas de opresión, expresadas en la represión de la sexualidad, en la enajenación que va más allá del trabajo, en la ausencia o dificultad para encontrar un proyecto propio y autónomo de vida, independiente del esposo y de los hijos, en la cuasi obligatoriedad de vivir una maternidad compulsiva y angustiante, en la anulación de sus derechos humanos y en la negación de los espacios relacionados con el mundo de las ideas y del pensamiento abstracto, que como es sabido es lo más concreto. En suma, la opresión de la mujer rebasa el marco del llamado trabajo doméstico, enajenando las posibilidades del ser humano mujer.
La familia nuclear contemporánea es la célula básica de la sociedad civil, cada día más regimentada por un Estado que expresa y difunde masivamente la ideología de la clase dominante. No es nuestra intención reiterar aquí el debate en torno a los papeles del Estado y de la sociedad civil. Lo que queremos remarcar es que la familia constituye la principal correa de transmisión de la ideología de la clase dominante en el seno de la sociedad civil. No por casualidad las iglesias —y, en particular, la católica, que es mayoritaria en América Latina— han enfatizado acerca del papel de la familia como resguardo esencial del sistema patriarcal y de clases. Igual campaña instrumenta el Estado en una esfera más amplia, a través de los medios de comunicación de masas y de todo el poder que ha concentrado como expresión o síntesis de la dominación de una clase sobre otra. El Estado como “capitalista colectivo ideal” o como “personificación ideal del capitalismo nacional global”, al decir de Engels, organiza la competencia entre las diversas fracciones de la clase dominante. No sólo las cohesiona sino que también integra a las clases explotadas a través de la ideología burguesa, como han señalado Lukács y Gramsci. No todas las funciones del Estado son meramente “superestructurales”, puesto que también se encarga de estimular las condiciones generales de producción que no pueden asumir,.cada uno de los capitalistas privados: medios de transportes y comunicaciones, sistema monetario, regulación del mercado nacional, orden jurídico y reproducción de la fuerza de trabajo a través de los planes de salubridad, vivienda y educación.

Es cierto que el Estado es “la síntesis organizada de las relaciones de producción”, controladas por la clase dominante, pero este control no es mecánico sino que existen ciertas mediaciones; y son precisamente las instituciones y los aparatos ideológicos estatales los encargados de canalizarías. Cometen un error aquellos tratadistas del Estado que consideran a éste como un mero reflejo de la estructura económica. La relación estructura-superestructura, de la cual se ha hecho mucho abuso “teórico”, constituye un binomio dialéctico de esa totalidad que es la Formación Social. Sólo así puede entenderse el papel del Estado como agente fundamental de la reproducción social. En tal sentido, su función es relevante en la transmisión masiva de la ideología relacionada con los papeles “naturales” que deben jugar’tanto el género femenino como el masculino. Cuando el Estado no logra imponer un aparente consenso sobre estos “roles” recurre a la violencia y a la represión sistemática, como lo prueban los casos de Madres de Plaza de Mayo, movimientos feministas, resistencia de las mujeres a las dictaduras militares y cualquier manifestación transgresora e insurgente de la mujer. No se puede entender la consolidación del patriarcado si no se estudia el papel del Estado, sabiendo que sus funciones no fueron las mismas bajo los incas y la Colonia que durante la República. No obstante, siempre sirvió para darle continuidad al régimen de patriarcado. La existencia del Estado llamado nacional permitió a la clase dominante criolla imponer leyes que codificaron la opresión femenina y una política educacional destinada a retroalimentar la ideología de la dominación de un sexo sobre otro. La mayoría de los Estados latinoamericanos dicen adherir a la ideología del laissez-faire, laissez passer, pero en los hechos ejercen intervencionismo tanto en la economía como en la legislaci6n sobre la mujer, reglamentando la vida cotidiana y privada de las ciudadanas/nos. A través de las leyes y del derecho consuetudinario legitima el comportamiento “machista”. Bajo la presión de la lucha femenina puede llegar a conceder ciertas reformas e incluso propiciarías con el fin de resguardar la última y primera trinchera de la dominación. En tal sentido es ilustrativo recordar que la derecha política latinoamericana critica a menudo el intervencionismo del Estado en la economía, pero lo aplaude cuando reglamenta el control de la natalidad, los salarios de la mujer, la perdurabilidad del matrimonio, los privilegios jurídicos y políticos de los hombres, la discriminación en la penalización del adulterio, la forma en que las mujeres son humilladas en casos de violencia y violación —sean de parte de desconocidos o del propio esposo—, en el terrorismo ideológico que desata contra los derechos de la mujer a hacer libre uso de su cuerpo en las penas y persecución contra el derecho de la mujer al aborto. La familia ha sido y es utilizada en lo económico e ideológico por la Iglesia, el Estado y sus instituciones, incluido el Ejército, como célula clave de la reproducción social en el más amplio sentido de la palabra, alienando a la mujer en el papel de trasmisora de los valores de la clase dominante. “La continuidad de la subordinación femenina —dice Beatriz Schmuckler— se preservó nombrando a la mujer como la primera responsable de la cohesión familiar y ocultando el carácter retrógrado de dicho rol para el desarrollo de sus capacidades creativas (…) la mujer desarrolló formas de control del grupo familiar, tanto del marido como de los hijos, usando como herramienta su propia emocionalidad (…) la creciente idealización del rol familiar de la mujer mistificó la dominación patriarcal al crear en la mujer placer y expectativa de continuidad de placer en su subordinación”16 No siempre la mujer desempeñó este papel en América Latina. Los colonizadores españoles y portugueses procuraron por todos los medios desestructurar la gens aborigen, estructurando mediante el mestizaje un nuevo tipo de familia que se consolidó durante los siglos XIX y gran parte del XX. Luego entró en crisis, especialmente en los últimos 50 años. Para superarla ha sido necesario reestructurar otro tipo de familia en la cual haya un mayor consenso, b sa~o en el amor. En este proceso de continuidad y discontinuidad, tendiente a asegurar la reproducción social y las formas de dominación de la mujer, se ha ido formando la familia contemporánea, que una vez más intenta ser salvada con el divorcio. El divorcio es sin duda un paso adelante en relación a los derechos humanos por cuanto nadie puede obligar a una persona a vivir con otra que no ama. Pero no puede soslayarse el hecho de que ha sido promovido para preservar, en última instancia, a la familia como institución o célula madre en la que se asienta el sistema de dominación. La prueba es que los que se divorcian generalmente vuelven a casarse para constituir una nuera fanúlia, de lo que se deduce que el divorcio no atenta contra el régimen patriarcal sino que, por el contrario, puede afianzarlo en su momento de mayor crisis. La familia contemporánea está basada en un tipo de matrimonio más consensual, convirtiendo lo afectivo, el amor, en mediador de la explotación económica. Al respecto, Beatriz Schmuckler manifiesta: “El control patriarcal sobre el trabajo de la mujer no se desarrolla puramente en el plano económico. La mistificación del patriarcado durante el desarrollo capitalista se basa en definir el trabajo de la mujer como no trabajo, como acción de amor. El mecanismo de control patriarcal sobre el trabajo de la mujer descansa precisamente en simbolizar el trabajo de la mujer como perteneciente a la esfera afectiva”.17 Esta dialéctica de la opresión en el matrimonio actual es abordada también por Rossana Rossanda: La mujer es explotada en la familia a través del trabajo doméstico, pero a cambio recibe dosis más o menos elevadas de poder en el campo interpersonal de la familia y de la pareja. Las mujeres son expertas en estos (a veces muy profundos) poderes, basados en la idea del amor, de afecto, de seducción. El valor institucional de todo esto es igual a cero, pero su valor social, su valor en la vida, es enorme”.18 Cabe aclarar que estas compensaciones femeninas son obtenidas fundamentalmente por las mujeres de los sectores sociales más acomodados. Las mujeres de los hogares más pobres, dedicadas exclusivamente al trabajo doméstico, tienen un margen más limitado de gratificación individual, debiendo dedicar casi todo el día a la crianza de una prole numerosa en condiciones infrahumanas , donde ni siquiera pueden disponer de un lavarropa, refrigerador y otros enseres que podrían aliviar las tareas del hogar. Si bien es cierto que el término del patriarcado se logrará cuando se extinga la familia, hay que ser cuidadoso en el planteo del problema durante esta fase de transición, ya que en los sectores obreros, campesinos e inclusive capas medias asalariadas la familia juega un papel económico de supervivencia a través de la intensificación del trabajo doméstico de la mujer, que permite una mejor utilización del escaso salario. A mayor trabajo doméstico, es decir, más producción de valores de uso, mayores posibilidades de aprovechamiento del salario. En los hogares más pobres se acentúa la solidaridad entre los miembros de la familia para poder sobrevivir; solidaridad intra e ínter parejas que, unida a la ideología de la clase dominante, refuerza el papel de la familia y la hace aparecer como más necesaria que nunca a medida que crece el polo de la miseria. En esta sociedad competitiva e individualista, el núcleo familiar aparece como el único refugio en el que las personas pueden escapar a la hostilidad de la calle y del trabajo; un espacio donde se puede conversar sin tener que estar defendiéndose a cada instante, y expresar variadas formas de espontaneidad. La familia -dice Susan Brogger— supervive “no necesariamente porque es el mejor modo de vivir, sino porque es el más conocido, el menor de los males que la gente puede imaginar”.19
En la familia se ha desarrollado una subcultura femenina constituida por ciertos comportamientos y papeles sociales. Esta subcultura presenta matices distintos de acuerdo con el medio social y de clase de la mujer, aunque depende siempre de la ideología de la sociedad global. Esta subcultura no surge obviamente de la naturaleza de la mujer, sino que es producto de largos procesos sociales, como decía Giulia Adinolfi poco antes de morir: “La discriminación contra la mujer y la posición subalterna que ha tenido en la historia han ido creando lo que podríamos llamar una subcultura femenina que, en cuanto realidad histórica, tiene importantes diversificaciones en el espacio y en el tiempo, pero que mantiene algunos rasgos constantes ligados a la condición estructuralmente subalterna, a la posición social de las mujeres”.20 Este submundo femenino, adornado de mitos, de horóscopos, cartas a los “correos sentimentales” de los dianos, consultas a las adivinas, ensoñación amorosa estimulada por las telenovelas, etc., tiende a encubrir mediante la fuga de la realidad el tedio de lo cotidiano. La represión de la sexualidad femenina se remonta a los orígenes del régimen patriarcal. La monogamia y la ideología de la fidelidad y castidad surgieron para asegurar la paternidad, reprimiendo con ello la genuina sexualidad femenina. Esta es una larga historia que bajo el capitalismo alcanza su apogeo, impidiendo la libre expresión del erotismo femenino. Lo realmente “femenino” paso a ser la sexualidad pasiva, al servicio del goce y del poder masculino para los fines de la reproducción. Las mujeres no sólo son reprimidas sino que, a su vez, se autorreprimen, temiendo manifestar su propia sexualidad. Durante las últimas dos décadas los medios de comunicación de masas han publicitado la llamada “revolución sexual”, que nada tiene que ver con la verdadera emancipación de la mujer. Marta Lamas polemiza contra esa falsa liberación: “Las mujeres no aspiramos a imitar los errores de los hombres en materia sexual, no queremos considerar las experiencias sexuales como conquistas y como valoración del ego. No nos interesa utilizar a otra persona para nuestros fines, considerarlo objeto sexual, ni agredirlo o devaluaría mediante el sexo(…). La revolución sexual de la que tanto se habla se reduce a una creciente ola de pornografía y de violencia sexual, más que a un verdadero entendimiento y el ejerciciode nuestras posibilidades sexuales(…). La moral sigue siendo sexista y la educación, aun la liberal, sigue manteniendo los mismos mito”.21 La llamada “revolución sexual” constituye un intento más de canalizar la rebelión feminista; manipulada por los hombres de la clase dominante, tiene como finalidad convertir a las mujeres en objetos sexuales más accesibles. Pero, contradictoriamente, ha permitido a muchas mujeres un redescubrimiento de su sexualidad y a un usa más libre de su cuerpo.

Las mujeres seguramente encontrarán los métodos más adecuados para conquistar y desarrollar su propia identidad sexual La lucha por los derechos igualitarios en el plano de lo sexual será más ardorosa que el combate por ciertas reivindicaciones económicas y jurídicas. El cambio de las relaciones de producción y el término de la propiedad privada bajo el socialismo permiten la obtención de importantes reivindicaciones para la mujer, pero no garantizan la modificación de la conducta posesiva del hombre en el acto sexual. La emancipación de la mujer en éste, como en otros aspectos vitales, será obra de ellas mismas. El derecho de la mujer a hacer libre uso de su cuerpo no se refiere solamente a la concepción y la contracepción, sino también a expresar plenamente sus variadas formas de sexualidad, rompiendo con los mecanismos de autorrepresión que la inhiben. Mientras tanto, la mujer seguirá reproduciendo los papeles que le asigna la sociedad patriarcal. Al decir de Julieta Kirkwood: «La clasificación de las mujeres según jueguen un ‘rol pasivos o un ‘rol activo’ es una falsa diferenciación. Lo definido como pasivo, lo femenino, es en verdad un agente tremendamente activo de reproducción de lo establecido y del inmovilismo político social”.22
En tal sentido, es cada vez más manifiesta la acción de los aparatos ideológicos del Estado, transmisores masivos de la ideología patriarcal y de clase. Ellos son los encargados de desprestigiar al feminismo, a través de los medios de comunicación de masas, presentándolo como un movimiento antihombre para neutralizar, a través de una forma de terrorismo ideológico, la conciencia del resto de las mujeres. Al mismo tiempo, la institucionalidad estatal, la Iglesia y los partidos tratan de mediatizar las genuinas aspiraciones feministas mediante la creación de talleres de mujeres, donde en última instancia se reproducen los “roles”asignados por la sociedad. Se aparenta destacar el protagonismo de la mujer con el fin de limar las aristas filudas del movimiento feminista y mediatizar los problemas de clase y de patriarcado.

Estructura de clases y patriarcado

Aunque son dos problemas distintos, metodológicamente conviene tratarlos juntos porque forman parte de la misma Formación Social contemporánea. Las especificidades que adoptó esta relación en los imperios azteca e incaico y durante la Colonia y la República han sido estudiadas en capítulos anteriores. Ahora, nos permitiremos abordar esta temática en el mundo latinoamericano del presente. La delimitación entre patriarcado y estructura de clases es correcta para dejar claramente establecida la existencia de dos tipos de lucha: antipatriarcal y anticapitalimta~ Más aun, reemplazado el sistema capitalista por otro en transición al socialismo, continúa el combate feminista contra cualquier vestigio de patriarcado de izquierda. Sin embargo, para un analisis global de la Formación Social no es recomendable hacer esta cesura, porque se corre el riesgo de unilateralizar el estudio, tanto en lo que se refiere a la estructura de clases como en relación con el papel aparentemente autónomo de las formas de explotación patriarcal. Si la lucha de la mujer por su emancipación debe darse en dos frentes al mismo tiempo en el mundo capitalista (contra la dominación de clase y el patriarcado), debemos por lo tanto procurar hacer un estudio totalizador, tratando de analizar la estrecha interrelación que esté entre la estructura de clases y el patriarcado contemporáneo. El patriarcado constituye un régimen de dominación que aparentemente se fue autonomizando respecto del modo de producción, aunque siempre fue y es funcional a él. Estableció una dinarnica propia en la relación de poder de la pareja, independientemente de que el hombre fuera también explotado por otros hombres. La implantación del patriarcado es uno de los fenómenos sociales más trascendentes de la historia universal, a tal punto que ha sobrevivido a todos los modos de producción y sociedades de clases y se resiste a desaparecer en la fase de transición al socialismo. Para luchar contra el patriarcado no es necesario hacer ideología acerca de que las mujeres constituyen una clase social. Creemos haber demostrado la magnitud de este error teórico, al señalar que las labores del hogar no constituyen una relación social de producción. De lo contrario habría una pertenencia a dos clases sociales en el caso de las mujeres asalariadas o las dueñas de empresas, propietarias de los medios de producción, además del hecho de que la mujer burguesa o pequeñoburguesa se apropiaría de la plusvalía entregada por la empleada doméstica, que efectúa labores del hogar por un salario. Todo esto muestra la fragilidad de la teoría de que las mujeres constituyen una clase social, como lo sostiene Christine Delphy: “En tanto que grupo efectivamente sometido a esa relación de producción (el trabajo doméstico) las mujeres constituyen una clase, y en tanto que categoría de seres humanos destinados por nacimiento a entrar a formar parte de esta clase, constituyen una casta”.23 Por otro camino, Shulamith Firestone llega a la conclusión de que esa supuesta relación de producción deriva de la relación entre ambos sexos y que la lucha de clases es un aspecto de la lucha de sexos, deduciendo que lo básico es la lucha contra el patriarcado y no contra el régimen de dominación de clase. A nuestro modo de entender, ambas luchas forman parte del mismo sistema de dominación. Aunque el combate contra el patriarcado y el capitalismo debe darse de manera conjunta, cada una de estas luchas tiene una dinámica propia, y a veces contradictoria, ya que la mujer burguesa y pequeñoburguesa puede llegar a luchar contra las formas patriarcales de dominación, pero en última instancia defiende con uñas y dientes sus privilegios de clase cuando el poder de la burguesía está siendo cuestionado por los combates de otras mujeres, como sucedió en Chile bajo el go. bierno de Salvador Allende. Por el contrario, se da el caso de mujeres que luchan junto a los hombres por el derrocamiento del Estado burgués, pero en el ámbito de lo privado enfrentan la opresión de su compañero, que también defiende con uñas y dientes los privilegios que le otorga el régimen del patriarcado. La mujer, al igual que el hombre, nace en una sociedad de clases. Pertenece desde su nacimiento no a una supuesta casta sino a una clase o sector de clase. Se desarrolla desde la niñez en medio de esa clase a la cual pertenece su familia. En su adultez se incorpora al llamado trabajo productivo, reafirmando en general el sector de clase en el cual se ha criado, salvo casos excepcionales de movilidad social. Aunque es obvio que pasa a formar parte de esa clase a partir del momento en que se incorpora al trabajo productivo, queremos subrayar el hecho de que antes ha pertenecido al ámbito de una clase y que no debe subestimarse el medio familiar de clase en que ha crecido, porque ese medio condicionará en gran parte su vida futura, sus posibilidades de trabajo, su subcultura, sus costumbres e incluso sus posibilidades de contraer matrimonio o de convivencia con alguien de la misma clase a la cual pertenece. Habría que estudiar más a fondo si la situación de clase de la mujer en un trabajo productivo es vivida realmente como fundamental o si esa situación es mediatizada por las formas de opresión del patriarcado en el ámbito de la familia; en fin, en que medida la subordinación al hombre, que representa en lo privado el sistema de dominación patriarcal, mediatiza la condición de clase de la mujer que también trabaja en el área productiva. Sin embargo, aquí no se agota el problema, puesto que la mujer de cualquier clase social sufre una discriminación desde el momento de su nacimiento por el hecho de ser mujer. Empero, esto no faculta para sostener que las mujeres constituyen una casta. Las castas surgieron en la historia a raíz de desigualdades sociales preexistentes, como ocurrió en la sociedad hindú de varios milenios antes de nuestra era que llevó al poder a los brahmanes. Se nacía en una casta y se moría en ella. Este concepto, que se ha tratado forzadamente de aplicar a la sociedad colonial latinoamericana, no resiste el menor análisis, ante la inequívoca existencia de clases sociales antagónicas durante la Colonia, aunque en la apariencia pudiera expresarse un comportamiento embrionario de casta. Ubicar a las mujeres en la categoría de casta es un intento sobremanera forzado de hacer ideología al servicio de una política contingente que choca con los porfiados hechos: el enfrentamiento de las mujeres burguesas con las mujeres obreras, campesinas y de capas medias asalariadas. Ea caer, asimismo, en la metodología estructuralista, que defme a los grupos sociales sólo por el lugar que ocupan en la producción, soslayando el problema central: su comportamiento en el conflicto social. Las clases se definen en y por la lucha de clases. El problema se hace más complejo al constatar que la definición de clase no se agota con aquella caracterización sólo relacionada con el lugar que el trabajador ocupa en la producción, ya que falta un elemento fundamental para lograr el cambio del sistema: la conciencia. Si bien es cierto que puede hablarse de una conciencia primaria o sindical de clase, en la lucha contra el patrón, de una conciencia política de clase cuando los trabajadores visualizan con claridad al enemigo expresado en los partidos burgueses y el Estado, de una conciencia política revolucionaria de clase en e1 momento en que los explotados se dan cuenta de la necesidad de derrocar el sistema que los oprime, cabe preguntarse si también se da alguna forma de conciencia en las mujeres que comprenden a cabalidad el régimen de dominación patriarcal. Nuestra respuesta es sí, aunque sería necesario establecer los niveles de dicha conciencia feminista y su articulación con la lucha de clases. En tal sentido y superando las reminiscencias neokantianas de las discutibles categorías de la “clase en sí” y “para sí”, podría detectarse una conciencia feminista primaria cuando la mujer alcanza a percibir el significado social de su opresión en el hogar. Un nivel superior sería la conciencia política feminista emergente a partir del instante en que las mujeres acometen la lucha contra las leyes discriminatorias del patriarcado.
Finalmente, estaríamos en presencia de la conciencia feminista revolucionaria cuando la mujer emprende la lucha frontal para derribar conjuntamente al sistema patriarcal y de clase. Por eso, el feminismo llevado hasta las últimas consecuencias es fundamentalmente revolucionario, cuestionador y transgresor permanente del capitalismo y del patriarcado. Constreñido a la conciencia feminista primaria y, por consiguiente, a la sola lucha reivindicativista puede lograr importantes reformas, pero no elimina lo sustancial del patriarcado y, por ende, del capitalismo, que son eslabones de la misma cadena opresora.
El feminismo es revolucionario no sólo porque apunta a la destrucción del patriarcado sino porque también postula una sociedad alternativa al capitalismo, con un proyecto de vida cotidiana distinto, contrario al autoritarismo y al sistema de relaciones jerárquicas entre los seres humanos. El feminismo está generando una contracultura o contrapoder al plantear también una democracia social en términos no solamente políticos. Amplía el horizonte del concepto de opresores y oprimidos al advertir que dentro de los oprimidos también hay opresores: los hombres de cualquier clase social e inclusive de cualquier minoría étnica. Desacraliza lo femenino y lo feminista al postular no sólo reivindicaciones específicas de la mujer sino también la transformación global del sistema, haciendo más vasto el concepto de liberación social. El feminismo puede ser más radical que otros movimientos y partidos tradicionales porque va más allá de la lucha contra el capitalismo al bregar también por la liquidación de cualquier forma de patriarcado incluso durante el período de transición al socialismo. Plantea una sociedad alternativa distinta a la del “socialismo” entre comillas, real, sin comillas. Visualiza una utopía, imaginativa y creadora pero factible, que es de hecho motor de cambio y de esperanza de quienes realmente aspiran a una nueva sociedad y a un modo de vida distinto, igualitario y libertario; utopía realizable porque se ha puesto en marcha un sujeto social que expresa los intereses de la mitad de la población. Lo privado comienza a hacerse público, poniendo en evidencia la miseria de la vida cotidiana. La incorporación del mundo de lo privado al llamado gran mundo de lo público ha permitido que la mujer se incorpore al combate social desde su propio ángulo y con sus propias demandas específicas. Porque, como dice Julieta Kirkwood, hasta ahora “la desconsideración del mundo privado, en un proceso de cambio, ha precipitado —y sacralizado— a las mujeres a una ideología y a una práctica conservadora”.24
La cuestión central sigue siendo el problema del poder, tanto en lo que se refiere al Estado burgués como al patriarcado, Y ésta es justamente la pata por donde todavía cojea la lucha de la mujer por su emancipación. Lo dice Julieta Kirkwood: “En el problema del poder y en su práctica las mujeres somos las grandes ausentes. El discurso del poder sólo es válido en la esfera patriarcal [por eso] tachamos de malo todo lo que significa poder, le asignamos una esencia ética y no queremos volver a hablar del asunto”.25 Sin embargo, en los últimos años sectores del movimiento feminista comienzan a discutir una estrategia de poder, tanto vertical como horizontal.
Si bien es cierto que Foucault ha develado con su discutible método fenomenológico algunos aspectos del micro poder26, queda por elaborarse una estrategia general de poder que ataque tanto as relaciones de poder en la pareja como en las relaciones de poder en el trabajo, en los partidos y en todos los aspectos de la vida cotidiana donde se exprese el patriarcado.
El problema central es cómo cambiar la estructura de poder a todos los niveles después de la caída del capitalismo, generando una nueva concepción del mismo en la fase de transición al socialismo para terminar definitivamente con él en la sociedad sin clases y sin dominación de un sexo sobre otro. Entonces, sólo entonces, cuando desaparezca el patriarcado, el Estado y las clases sociales, quizá desaparezca el movimiento feminista.
Para recorrer este largo camino se hace imprescindible una teoría propia, latinoamericana, de la emancipación de la mujer en consonancia con las especificidades de nuestro subcontinente indo-afro-latino. El protagonismo social y cu]tura] de la mujer latinoamericana, especialmente la indígena y negra, ha sido diferente al europeo y, en consecuencia, su praxis liberadora también será distinta.

NOTAS
1 FRÉDERIQUE VRNTEULL: “Marxismo y feminismo”, en revista INPRECOR, Montevideo, nov.-dic. 1986, p. 35.
2 LIDIA FALCÓN; articulo en la revista Poder y Libertad, Barcelona, 1978, pág. 47.
3 CLAUDIA VON WERLHOF: “Referente a las consecuencias de considerar el problema de la mujer en la Crítica de la
Economía Política”, Universitat Bielefeld, Fakultat fur Soziologie, 1978, p. 8.

4 VERENA STOLCKE: “Los trabajos y las mujeres”, en M. León: op. cit., t. ni, p. 24.
5 SHULAMITH FIRESTONE: La dialéctica del sexo, Kairós, Madrid,
1976.
6 JUDITH ASTELARRA: “Feminismo y marxismo”, ISIS, Boletín Informativo N0 5, Roma, abril, 1981, p. 100.
7 MARÍA JESÚS IZQUIERDO: El sistema sexo-género y la mujer como sujeto de transformación social, LaSal, Barcelona, 1985,
p. 57.
8 CRISTINEDELPHY: op. cit.,pp. 118 y 119.
9 ALISON MAC EWEN SCOTT: “Desarrollo dependiente y segregación ocupacional por sexo” en revista Desarrollo y Sociedad,
CEDE, Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, Bogota, enero 1984, N0 13, p. 104.
10 VERENASTOLKE: op. cit.,p. 15.
11 CLAUDIA VON WERLHOF: “Referente a las consecuencias. . .“, op. cit., p. 7.
12 ISABEL LARGUÍA Y JOHN DUMAULIN: “Aspectos de la condición laboral de la mujer”, en revista Mujer, N0 25, Lima,
1979.
13 WALIY SECCOMBE: “El trabajo doméstico en el modo de producción capitalista” en El ama de casa bojo el capitalismo,
Anagrama, Barcelona, 1975.
14 C. MARX: El capital, trad. W. Roces, Fondo de Cultura Econ6mica, México, 1946.
15 IBID., t. I,vol. II, p. 978.
16 BEATRIZ SCHMUCKLER: “Familia y dominación patriarcal en el capitalismo”, en M. LEÓN: Sociedad, subordinación y
feminismo, ACEP, Bogota, 1982, t. ni, PP. 61 y 62.
17 IBID., p. 60.
18 ROSSANA ROSSANDA: “Nuevo enfoque para un dilema”, en diario La Razón, Buenos Aires, 9 de agosto de 1985.

El Movimiento Feminista Latinoamericano Del Siglo XX

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

Las organizaciones feministas de 1as primeras décadas del presente siglo


Durante las tres primeras décadas del siglo XX las mujeres latinoamericanas lograron crear organizaciones autónomas de carácter social y político. Si bien es cierto que la autonomía del movimiento feminista de aquella época no tenía el mismo carácter que el de las actuales organizaciones de mujeres, no deben minimizarse los esfuerzos de aquellas mujeres por darse una estructura organizativa autónoma.
En la mayoría de los casos, el movimiento autónomo de mujeres tuvo como finalidad inmediata reafirmar el papel de la mujer en la sociedad, al luchar por sus derechos cívicos y culturales. La implementación de ese objetivo adquirió diversas modalidades en cada país latinoamericano. A principios de la década de 1920 se fundó en Cuba el Club Femenino para conquistar los derechos igualitarios de la mujer; en 1928 se creó la Unión Laborista de Mujeres para resistir a la dictadura de Machado y luego la Alianza Sufragista. En Ecuador una de las primeras organizaciones de mujeres, el grupo “Rosa Luxemburgo”, tuvo un carácter más proletario al estar integrado por trabajadores agrícolas y participar activamente en la primera huelga general de Guayaquil (1922); en 1920 se organizó el

Frente Femenino Anticlerical y la Alianza Femenina,
dirigida por Nela Martínez
En Venezuela, las mujeres combatieron a la dictadura de Gómez a través de la Agrupación Cultural Femenina (1934); una vez muerto el tirano, esta organización junto a la Asociación Venezolana de Mujeres convocaron al Primer Congreso de Mujeres que planteó profundas reformas al Código Civil. En Puerto Rico se fundó en la década de 1920 la Asociación Feminista Popular, presidida por Franca de Armiño, líder tabaquera de la Federación Libre de Trabajadores.
En Perú, María Jesús Alvarado creó en 1915 el grupo “Evolución Femenina”, y en Bolivia fue fundada en 1927 la Federación Obrera Femenina de La Paz. En la Argentina las mujeres anarquistas y socialistas promovieron las primeras organizaciones
de mujeres: la Unión Gremial Femenina, integrada básicamente por proletarias; el Centro Socialista Femenino y el Consejo Nacional de Mujeres. Un paso superior de organización más autónoma fue la Unión Feminista Nacional (1918), cuyos objetivos eran la emancipación civil y política de la mujer, la elevación de su nivel cultural y el derecho a percibir igual salario que el hombre por el mismo trabajo. Luego, se creó la Liga de los Derechos de la Mujer, presidida en 1922 por Julieta
Lanteri Renshaw, quien decía en una de sus cartas: “arden fogatas de emancipación femenina, venciendo rancios prejuicios y dejando de implorar sus derechos. Estos no se mendigan, se conquistan”1
En Chile, Amanda Labarca fundó el Consejo Nacional de Mujeres en 1919, cuatro años después que el Círculo de Lectura. Al año siguiente surgió el Club de Señoras, integrado por mujeres de la alta y mediana burguesía, encabezada por Delia Matte Izquierdo. Por su parte, las mujeres de origen obrero formaban en la pampa salitrera los “Centros Belén de Sárraga”. El
movimiento adquirió características más feministas con la fundación del MEMCH (Movimiento de Emancipación de la Mujer Chilena) en 1936, bajo la orientación de Elena Caffarena.2 A través de su periódico La Mujer Nueva se criticó la discriminación de la mujer en el trabajo y la educación, logrando que la mujer pudiera postularse a cargos públicos. Invitaron a las empleadas domésticas a ingresar a sus filas para contribuir a la organización sindical. Promovieron un proyecto de ley de
desayuno escolar gratuito, criticando la explotación de los menores de edad. El MEMCH alcanzó a realizar dos Congresos Nacionales: en 1937 y 1940. En Uruguay, María Abella de Ramírez crea en 1911 el primer grupo feminista: la “Sección Uruguaya” de la Federación Femenina Panamericana. Varios años antes las mujeres anarquistas habían formado Sociedades de Resistencia de lavanderas, planchadoras y costureras, destacadas por María Collazo en el periódico La Batalla. En 1916, por iniciativa de una de las más importantes feministas, Paulina Luisi, se funda el Consejo Nacional de Mujeres, “integrado por varias asociaciones federadas que enviaban sus delegadas y funcionaban en base a comisiones especializadas en distintos temas. Finalmente en 1919 se creó la Alianza Uruguaya por el Sufragio Femenino, derivada de una comisión del Consejo Nacional de Mujeres”3, que publicaba la revista Acción Femenina.
Paulina Luisi se dio cuenta de que era fundamental combinar los postulados feministas con las reivindicaciones económicas y sociales de las trabajadoras, creando en 1923 la Alianza Uruguaya de Mujeres. En una nota dirigida a éstas, especialmente a las planchadoras que laboraban en talleres, manifestaba: “La Alianza Uruguaya de Mujeres espera de la cooperación de todos los elementos para poder desarrollar con eficacia el vasto programa que tantas iniciativas de mejoras sociales encierra, y en especial solicita el concurso de todas aquellas mujeres que al afrontar valerosamente la vida por medio del trabajo honesto que dignifica y enaltece están más en contacto con la necesidad de esas mejoras”.4 Como puede apreciarse, ya en la década de 1920 estaba planteada para el movimiento feminista la necesidad de ligarse estrechamente a las mujeres de la clase
trabajadora con el fin de romper el aislamiento y evitar cualquier desviación elitista. Precisamente, uno de los países donde el feminismo surge ligado a las luchas populares es México. El contexto de la revolución (1911-1920) fue decisivo para la realización del Primer Congreso Feminista, realizado en Mérida en 1917, donde miles de mujeres indígenas, campesinas, obreras y de capas medias resolvieron: “En todos los centros de cultura de carácter obligatorio o espontáneo se hará conocer a la mujer la potencia y la variedad de sus facultades y la aplicación de las mismas a ocupaciones hasta ahora desempeñadas por el hombre (…) Fomentar los espectáculos de tendencias socialistas y que impulsen a la mujer hacia los ideales del libre pensamiento. Instituir conferencias periódicas en las escuelas, cuya finalidad sea ahuyentar de los cerebros infantiles el temor de un Dios vengativo e iracundo que da penas eternas (…) Que se eduque a la mujer intelectualmente para que puedan el hombre y la mujer complementarse en cualquiera dificultad y el hombre encuentre siempre en la mujer un ser igual a él. Que la joven al casarse sepa a lo que va y cuáles son sus deberes y obligaciones; que no tenga jamás otro confesor que su conciencia(…). No habiendo diferencia alguna entre su estado intelectual y el del hombre, la mujer es tan capaz como éste de ser un elemento dirigente de la sociedad’ 5 Pronto surgieron Ligas de orientación feminista, exigiendo dotación de parcelas e implementos de labranza para las mujeres, igualdad de salarios y ampliación de la educación popular. Se abordaron temas considerados tabúes en aquella época, como el aborto y la prostitución, el amor libre y el divorcio. Las campesinas cuestionaron el Código Agrario, que establecía prioridad para los hombres en la dotación de tierras sobre la mujer en las mismas condiciones, es decir jefe de familia.
Otra relevante experiencia de las mujeres mexicanas fue el Frente Unico Pro Derechos de la Mujer, cuyo momento de auge se dio entre 1935 y 1938. Este movimiento, que había comenzado con la movilización para la Asamblea Constituyente de la República Femenina, llegó a aglutinar más de 50.000 afiliadas, motivadas tanto por reivindicaciones específicas de la mujer como por planteamientos sociales y políticos, entre los cuales estaba el no pago de la deuda externa. Al decir de una de sus dirigentas, Adelina Zendejas, la mayor virtud de este Frente fue tomar los problemas de la mujer “desde los más simples hasta los más altos (…)se movilizaba no sólo a las mujeres que estaban en las listas, que eran militantes, que cotizaban, sino a todas las de la región(…). Cuando a una lo que le interesaba era el agua o la tierra, pues juntaba a todas las campesinas, y éstas venían en masa; conseguíamos eso, aunque fuera chiquito, y entonces las simpatizantes se iban a su lugar de origen a trabajar”.6 El Frente Unico Pro Derechos de la Mujer no alcanzó a ser una organización plenamente autónoma por el control ejercido desde el inicio por los partidos. No obstante, sirvió para que muchas mujeres hicieran una importante experiencia, desarrollándose en su seno una tendencia auténticamente feminista que provenía de la “República Femenina”. Una de sus críticas a la dirección del Frente decía: “es ingenuo en unos casos, y canalla en otros, hacer circular el concepto de que la liberaci6n de la mujer vendrá como consecuencia de la liberación del trabajador o que la liberación de la mujer pueda realizarse hasta después del triunfo de las clases trabajadoras sobre la capitalista, ya que los antagonismos entre la vida de la mujer y del hombre en relación con la vida biológicamente diferente no se terminan con el triunfo de dicha clase, y es también falso asentar que la clase trabajadora misma llegue a triunfar permaneciendo sin resolver el problema de la mujer en su aspecto específico”.7 La conclusión lógica de este planteamiento fue estructurar organizaciones autónomas de mujeres para “formular primeramente su programa de principios e incorporarlos al de la clase trabajadora reforzando las demandas de ésta, en intercambio obtener el apoyo para las demandas especificas de la mujer y utilizar el aparato político cuando ella lo necesite en relación a su causa”.8 Sin embargo, las militantes de la tendencia “República Femenina” sólo lograron algunos avances en las comunidades de Michoacán y Zacatecas en torno a guarderías, cooperativas de consumo y créditos para campesinas, siendo saboteadas por la mayoría de los partidos políticos del Frente. Del seno de las organizaciones sociales y culturales de mujeres surgieron los primeros partidos feministas. En este caso, la autonomía del movimiento feminista se expresó en el plano políticoorganizativo. Uno de ellos fue el Partido Femenino Republicano, fundado en el Brasil en 1910, dirigido por la profesora Leolinda de Figueiredo Daltro, que proclamaba “la emancipación de las mujeres brasileñas”, defendiendo específicamente “que los cargos públicos estuviesen abiertos para todos los brasileños, independientemente del sexo”9 otro, el Partido Feminista Nacional, creado en la Argentina en 1919, cuyas acciones en pro del voto femenino hemos analizado en páginas anteriores. María Abella de Ramírez dijo entonces: “propongo la constitución de un partido feminista para luchar por la modificación de leyes que postergan a la mujer”.10 De inmediato se postuló a Julieta Lanteri como candidata a diputada nacional. En Chile se fundó en 1919 el Partido Cívico Femenino, a iniciativa de Esther La Rivera, Berta Recabarren, Graciela Mandujano y Graciela Lacoste. Rápidamente se extendió a Quilpué, Concepción y otras regiones del país. Al igual que otras organizaciones feministas latinoamericanas, tuvo un nutrido intercambio con sus hermanas del mundo. “Sus estatutos fueron elaborados después de un interesante intercambio epistolar con todos los movimientos feministas de habla hispana de la época, los que, en singular espíritu de internacionalismo feminista, facilitan la tarea a sus hermanas chilenas. Así, se reciben estatutos del Consejo de Mujeres Feministas de Montevideo (1916-1919); estatutos del Consejo Supremo Feminista de Mujeres Españolas y ejemplares de la revista Redención, además de los estatutos de la Liga Española para el Progreso de la Mujer, primera entidad feminista creada en España. De la Argentina se reciben los aportes de la Liga de Derechos de la Mujer y de la Secretaría General del Partido Feminista Nacional. Con todos estos aportes en 1922 se plasman los estatutos del Partido Cívico Femenino, que en síntesis propone: conseguir reformas legales para que la mujer pueda tener los derechos que por tanto tiempo se le han negado (voto y derechos civiles) (…) autonomía e independencia de toda agrupación política o religiosa; abolición de todas las disposiciones legales y constitucionales que colocan a la mujer en una inferioridad indigna”.11 Este partido editó durante más de diez años la revista Acción Femenina, llegando al inusitado tiraje de 10.000 ejemplares, donde entre otras cosas se propone “el voto municipal, a modo de ensayo-aprendizaje para el voto total. Debido a ello, el Partido se lanza en campaña y movilización pro voto municipal, en el entendido de que la administración comunal edilicia se halla más cerca del ámbito femenino (la economía del hogar) que del masculino, que lo desvía a politiquería”.
Esta publicación también critica el dogma de que la única escuela de la mujer es el matrimonio, “inercia que ha deformado su cerebro”. Se pregona la coeducación en los colegios y se denuncia la enseñanza dada a las mujeres pobres por las damas de caridad. Acción Femenina combate los prejuicios en relación al trabajo femenino, presentando estadísticas del número creciente de mujeres en las fábricas, comercios, campos y otras empresas. El Partido Cívico Femenino da “conferencias en centros obreros femeninos sobre higiene, conocimientos de cultura cívica y, en especial, sobre el inicuo sistema de explotación del trabajo de la mujer proletaria”.12 Un cuarto de siglo después, en 1946, María de la Cruz, bajo la influencia de Eva Perón, funda el Partido Femenino, que va a jugar un papel decisivo en el triunfo del candidato populista Carlos Ibáñez del Campo. María de la Cruz se convirtió entonces en una de las primeras mujeres chilenas en llegar al cargo de Senadora, con la más alta votación en su circunscripción electoral de Santiago. Fue violentamente atacada tanto por los hombres y mujeres
de derecha como de izquierda, que piden su desafuero parlamentario. “La acusación [presentada por tres mujeres] denuncia compromisos ideológicos con el justicialismo y comportamiento no honorable de la senadora en relación con una importación ilícita de relojes: es el momento de parar en el Honorable Senado la intromisión del Partido Femenino y a esta mujer de feminismo insolente. María de la Cruz es desaforada por la mayoría de sus miembros permanentes, desestimándose una recomendación en contra interpuesta por la Comisión parlamentaria investigadora(…). La caída de María de la Cruz como senadora significó la deserción de la gran mayoría de las mujeres, tanto miembros del partido como independientes, quienes, sin comprender ni asumir que éstas eran contingencias propias de toda organización política, llegaron a aceptar que ‘no estaban preparadas’ para la política(…). La verdad es que las feministas del PFCH se vieron atrapadas por la misma rigidez de sus principios. Esto no tanto por el hecho de la condena pública, sino por el abandono de la lucha y del campo político que hicieron las mismas mujeres, puesto que, luego del incidente, no volvió a constituirse partido alguno de mujeres hasta el día de hoy en nuestro país. Nunca más — salvo los atisbos del feminismo actual— las mujeres quisieron asumir el derecho y la voluntad de hacer política autónoma. De allí en adelante pasaron a integrar y sacralizar, como única manera justa, verdadera, de hacer política, la realizada desde los departamentos femeninos de los partidos.”13
Estos intentos de estructurar partidos feministas se dieron en otros países, como el Uruguay en 1937 con el Partido Democrático Femenino, pero pronto entraron en crisis. El carácter autónomo de éstas y otras organizaciones sociales y culturales femeninas de las primeras décadas del presente siglo se fue perdiendo a medida que el movimiento perdió dinamismo en sus luchas, conformándose con pequeñas conquistas, haciéndose reivindicativista y, sobre todo, subordinándose a los partidos de centro y de izquierda. El sectarismo de estos partidos y la habilidad de la burguesía y de la Iglesia para canalizar el emergente movimiento feminista fueron decisivos en el proceso de mediatización de la autonomía de las organizaciones de mujeres.


El renacer del feminismo (1970-80)

Después de casi tres décadas de estancamiento, e inclusive de retroceso en algunos países, el movimiento feminista latinoamericano irrumpió con fuerza a principios de los años setenta. Cabría entonces preguntarse por qué se produjo ese notorio descenso del feminismo entre 1940. y 1970, aunque no así de la participación siempre activa de la mujer en las luchas sociales y políticas. Una de las causas parece haber sido el relativo conformismo que suscitó la obtención de algunas conquistas largamente anheladas, como el derecho al voto y otras reformas del Código Civil relacionadas con la familia.
Sin embargo, esta explicación no es suficiente, por cuanto el feminismo de las tres primeras décadas del presente siglo no fue meramente reivindicativista. Julieta Kirkwood intenta dar una respuesta para el caso chileno: “Varias veces nos hemos preguntado por qué esa enorme preocupación de las mujeres intelectuales y políticas de la época de los inicios y ascenso del feminismo por la problemática específica de la mujer es abandonada por las siguientes generaciones de mujeres políticas progresistas(…). Que las mujeres de la derecha no lo asumieran era ser consecuente con su ideología del Orden(…). Nos parecía extraordinario que no se hubiese retomado el tema pese al enorme acceso relativo en las últimas décadas de algunas mujeres a la educación, a la cultura e incluso a la vida política partidaria (…) No es que no existiera preocupación alguna sobre la condición de la mujer. Se la estudia, moderadamente, pero desde una perspectiva en que el verdadero protagonista de ese análisis no es precisamente la mujer en sí, sino que se la toma como otro elemento—posible o no— de ser incorporado en un proceso de liberación global, ya en marcha, ya elaborado, al cual la mujer había de sumarse posteriormente, y cuya forma de inserción dependería fundamentalmente de su adscripción o pertenencia a clases sociales y a la eventualidad de poseer una adecuada conciencia de clase(…). Se coloca así a la doctrina fuera del alcance de las llamadas ‘contradicciones secundarias’, entre las cuales el problema de la emancipación de la mujer guardará aplicado silencio, y las mujeres, sus virtuales sostenedoras, entregarán su laborioso afán a la gran causa social(…). Esta secundariedad en la definición y categorización del problema femenino ha tenido efectos posteriores: en primer lugar el silencio que nos inquietaba. Las mujeres más conscientes política y socialmente —en términos de liberación y lucha de clases— no se perciben a si mismas, primero, como mujeres, sujetos de reivindicación propia, sino como ciudadanas —aunque aceptando peculiaridades jurídicas que desmienten la igualdad— y como miembros de una clase social determinada. Esta imagen política configura toda una conducta de apoyo a la lucha que llevan los ciudadanos neutros —los hombres— a través de sus vanguardias —los partidos políticos— definiendo ellos todo el quehacer político e intelectual de las mujeres (…) pocas mujeres, harán de la mujer el objeto de su inquietud o preocupación política e intelectual; y cuando lo hacen, poquísimas, casi ninguna, se identifica con ese objeto de análisis que son las mujeres: esas ‘otras mujeres’, las no incorporadas, las domésticas, las que no participan(…). Sólo se aceptaba (por las mujeres políticas) la condición sometida de las mujeres pobres en tanto pobres y en tanto sometida junto a la familia al sistema capitalista. La lucha entonces que se reconoce es solamente la lucha de clases(…). En un momento en que el protagonista principal es la liberación, el tema de la integración a una sociedad en desarrollo pasa a ser prioritario. Este rasgo aparece en todos los estudios de la mujer del período: incorporación a la vida urbana, cívica, a las profesiones, como estudiante. El problema real, desde una perspectiva feminista, es que estos estudios, al no asumir la contradicción entre la liberación global y la femenina, proponen una forma de integración social de la mujer que implica una aceptación de la desigualdad. Es, en otros términos, una integración subordinada a la nueva sociedad, legitimada por la propia acción y el conocimiento de las mujeres”. 14
Esta explicación sobre el estancamiento del movimiento feminista ocurrido entre 1940 y 1970 podría ser complementado por el creciente papel que juega el Estado en la educación y otras áreas de la sociedad civil, además de la expansión de los medios de comunicación de masas que transmiten la ideología patriarcal de la clase dominante. Asimismo, es necesario considerar en las tres décadas mencionadas el ascenso de las organizaciones sindicales y de barrios que logran canalizar a las obreras y empleadas de vanguardia. Las militantes de los movimientos sociales y políticos tuvieron, pues, mas espacios para realizarse como seres humanos en pos de la abolición del capitalismo, pero al mismo tiempo se achicaron sus fronteras propias para la creación de grupos autónomos de mujeres. Una vez más nos permitimos insistir en la distinción entre movimiento feminista y protagonismo social de la mujer. Mientras el feminismo se estanca durante las décadas del 40 al 70, la participación de las mujeres en lo social y político aumenta significativamente, como nunca antes había sucedido de manera tan masiva en la historia de América Latina. Este fenómeno —que tiene su substratum en la incorporación de la mujer al trabajo llamado productivo— constituirá la base esencial para el despegue del feminismo en la década del 70. Las ideas, el programa y los métodos de lucha del movimiento feminista latinoamericano de los dos últimos decenios fueren notoriamente influenciados por las europeas y norteamericanas. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, de un tiempo de práctica social, el feminismo
latinoamericano empezó, desde 1980 aproximadamente, a adquirir una fisonomía propia y diferenciada, más apegada a la especificidad de nuestra América indo-afro-latina. Podría, entonces, hacerse una periodización del movimiento feminista contemporáneo de América Latina:

a) De 1970 a 1980: fase de gestación de grupos que, siguiendo el ejemplo de las compañeras europeas y norteamericanas, teorizan y configuran un programa estratégico de emancipación de la mujer, que combinan con acciones por el derecho al aborto y al divorcio, por el reconocimiento de los hijos llamados Ilegítimos, por la patria potestad, la denuncia pública de la violación, los golpes y el maltrato machista, por el libre uso del cuerpo y contra la discriminación a la homosexualidad y al lesbianismo, por un mayor conocimiento de la sexualidad femenina y una relación sin prejuicios con i cuerpo tendiente a mejorar su autoimagen.15 Se cuestiona el autoritarismo tanto del Estado como de los partidos y la educación. Comienza un rescate del pasado de luchas de la mujer con el fin de reconocerse en su propia historia, de “apropiarse” a través de la memoria histórica de las diversas modalidades de la opresión, probando que el feminismo tiene un basamento que viene desde el fondo de la historia. Al igual que otros movimientos sociales —como el del proletariado que a principios del siglo XIX destruía las máquinas (luddistas), algunas feministas de los años 70 cayeron en una variante de “infantilismo” al emprender una campaña antihombre, que, fue hábilmente utilizada por la burguesía y los partidos para desprestigiar al feminismo, inclusive ante las propias mujeres, muchas de las cuales respaldaron demandas concretas, como el aborto y el divorcio, levantadas por los grupos feministas, pero criticaron la orientación antihombre por entender que reemplazaba la lucha de clases por la lucha entre sexos.
Este “infantilismo”, propio de todo movimiento que insurge con la fuerza de la verdad y la justicia, aisló en parte a los grupos autónomos, especialmente a los de carácter “intimista”, aunque los reafirmó en su identidad y su programa estratégico por un nuevo tipo de sociedad alternativa. Al mismo tiempo, se fue generando una nueva forma de discutir y de hacer política, transformando en público lo privado y socializando el conocimiento de manera más generosa que en los partidos y organizaciones sociales dirigidos por hombres, cada vez más competitivos por el micro y el macro poder. En el nivel de organización se estructuraron grupos autónomos de mujeres que pronto chocaron con las militantes de partidos, quienes de manera antidemocrática se negaron a aceptar el derecho de las demás a la autonomía.
b) De 1980 en adelante, fase caracterizada por una mayor comprensión de los grupos feministas autónomos hacia los sectores de mujeres más explotadas y oprimidas: obreras, campesinas, pobladoras o habitantes de los barrios. Hay un cambio de táctica, al entender que los planteamientos tajantes del feminismo chocaban con los prejuicios sociales y sexuales de la propia
mujer latinoamericana. Se empieza a analizar la relación etnia-clase-sexo-colonialismo foráneo e interno y a comprender la diferencia entre movimiento feminista y protagonismo de mujeres de vanguardia en las luchas sociales, profundizando el diálogo y el accionar conjunto por problemas comunes con mujeres que no han accedido aún a la conciencia feminista. Se comienza a superar el abismo entre lucha antipatriarcal y combate antiimperialista y anticapitalista, planteando la necesidad de una sociedad alternativa al capitalismo y, al mismo tiempo, crítica del llamado “socialismo real” o burocrático, donde superviven formas de machismo y patriarcado. Aunque esta corriente feminista revolucionaria no es mayoría, refleja hasta qué punto el feminismo latinoamericano ha acentuado su proceso de politización.
El régimen de dominación ejercido sobre la mujer —que es discriminada y marginada como cualquier otra minoría, aunque sea mayoría en el conjunto de la población— le permite comprender el hondo significado de la opresión de los indígenas y negros, buscando la alianza con estas minorías y con otros sectores explotados. Las mujeres han dicho claramente que respaldan la lucha de estos sectores, pero también reclaman su apoyo. Grupos de mujeres están a favor de alianzas con el proletariado, pero sobre la base de que éste respalde sus demandas específicas. Así, el feminismo latinoamericano ha iniciado un proceso embrionario de ligazón con otros movimientos sociales, como el ecologista, sindical, barrial y cultural. En tal sentido, se están haciendo experiencias importantes en México con la creación de organizaciones autónomas de mujeres en los sindicatos, barrios populares y en el campo; partiendo del nivel de conciencia real de las mujeres explotadas y oprimidas, se adecua el programa de reivindicaciones a las necesidades más urgentes que plantean esas mujeres, sin dejar de lado la difusión de los objetivos estratégicos de liberación. Inclusive, se ha generalizado la consigna “maternidad voluntaria” en lugar del derecho al aborto, con el fin táctico de no hacer corto circuito. El feminismo peruano también ha implementado trabajos con las mujeres de los sectores populares, especialmente de las llamadas barriadas. En una publicación de Acción para la Liberación de la Mujer Peruana (ALIMUPER), Ana María Portugal plantea que “el trabajo femenino socialista debe estar orientado a reclamar como algo prioritario mejores condiciones de vida para las hermanas más oprimidas. Exigir viviendas adecuadas, medicinas, seguridad laboral, derecho a la educación, creación de guarderías, comedores y lavanderías comunales, igual salario por igual trabajo, derecho de licencia por maternidad para empleadas domésticas como puntos centrales de un programa de acción, es hacer política feminista revolucionaria, aunque estos puntos sean únicamente propuestas reformistas dentro del marco de una sociedad capitalista avanzada. Sin embargo, tales reivindicaciones se convierten en propuestas revolucionarias en la medida que es indispensable modernizar la sociedad para elevar, también, el nivel de las demandas y sobre todo porque canalizan la ira de las mujeres en una protesta contra el sistema y contra sus instituciones. Mientras que el aborto y los anticonceptivos son considerados reformistas en los programas del feminismo anglosajón, aquí son reivindicaciones revolucionanas, pues habrán de socavar, entre otras cosas, la ideología puritana y antisexual de un sistema que envía a los adolescentes varones a iniciarse con prostitutas, en cuanto que sus novias deben practicarse operaciones para restaurar la virginidad antes de la boda”.16
En Colombia, Ecuador, la Argentina, Uruguay y el Brasil, las organizaciones feministas realizan , asimismo , actividades en los barrios, en el campo y en los sindicatos, llegando en la mayoría de esos países a efectuar periódicamente Encuentros de la Mujer Trabajadora. En Chile, bajo la tiranía de Pinochet, los grupos feministas han sabido combinar la lucha antidictatorial con las reivindicaciones específicas de la mujer, levantando la consigna “Democracia en el país y en la casa, ahora”, aprobada por más de 5000 mujeres en un acto realizado a fines de 1984 en el Teatro Caupolicán de Santiago.
Al mismo tiempo se ha reabierto el diálogo con las militantes de partido, algunas de las cuales también han madurado, integrándose a los grupos feministas en una forma de doble militancia, que sigue siendo conflictiva pero asumida con responsabilidad. Sin embargo, todavía existe un vasto segmento de mujeres militantes de partido que quieren seguir manipulando a los grupos autónomos con el fin de sacar resoluciones forzadas que lleven agua al molino partidario. Esta contradicción entre militantes de las organizaciones autónomas de mujere y militantes de los partidos será superada en el combate común, si estas últimas acceden a la comprensión de que por encima de sus partidos están los intereses históricos de liberación de la mujer. La posición crítica de las feministas a las estructuras partidarias se ha expresado en variadas experiencias, como por ejemplo la del grupo “Persona”, creado en 1978 en Venezuela: “planteábamos —recuerda Marisol Fuentes— la autonomía respecto de los partidos y los hombres. La línea se discutía cada día, nos oponíamos a las estructuras partidistas. Eramos bien anarquistas, nuestro lema era ‘unir fuerzas para cambiar la vida’. Había que crear otro tipo de organización que funcionara, no queríamos un Comité Central que discute y da la línea a los de abajo, había que sustituirlo con otro tipo de organización, pero no se dio; aparentemente se necesitaba de un liderazgo para que funcionara”.17
Esta deficiencia también fue reconocida por sectores del feminismo mexicano: “La actitud maniquea —anota la revista FEM— de rechazo a las formas organizativas políticas tradicionales por considerarlas ‘masculinas’ ha llevado a un desgaste de fuerzas. La falta de estructura explícita (en los grupos feministas) ha permitido que se maneje el poder de manera personalista”.18 En Colombia y Ecuador los grupos feministas están en un importante proceso de maduración en las relaciones con las militantes de partido, sin perder su autonomía. En Chile al fragor de la lucha de la resistencia contra la dictadura de Pinochet se ha establecido una especial relación entre las feministas y las militantes de partido, al decir de Julieta Kirkwood: “Trabajan unidas en acciones, elaboran y apoyan propuestas y experimentan la unidad política de propósitos democráticos. Se movilizan también unidas en gran número en actos propios y en las protestas nacionales. Tal vez por eso mismo el enfrentamiento ideológico, cuando surge, aparece cargado de recelos, de estereotipos. La discordancia se hace sólida, vértice que abre y separa a lado y lado movimientos, bloques, filas cerradas. Se percibe una clausura del debate y del entendimiento (…) Ambas, feministas y políticas, parecieran estar de acuerdo y coincidir en un propósito: lograr el reconocimiento de la posibilidad histórico-civilizatoria de la emancipación de la mujer. En lo que no pareciera haber acuerdo, ni pleno ni absoluto, es en los fines, objetivos, métodos, teoría, praxis y prioridades que asume y asumirá la emancipación global de la sociedad(…). La una se refiere a la necesidad de un hacer política desde las mujeres y a partir de sus propias carencias y alienaciones. La otra, la tradicional, sería simplemente la suma y la insereia5n masificada de las mujeres en una propuesta política anterior al planteo de sus necesidades, en el supuesto de que éstas serán incorporadas en el futuro(…). Uno, resumido en la frase ‘No hay feminismo sin democracia’ y otro en el aserto ‘No hay democracia sin feminismo’ 19 La mayoría de los grupos feministas aún no han esclarecido su estrategia de poder. Han avanzado en el tratamiento de las relaciones de poder intra-pareja y a nivel de la vida cotidiana; pero queda mucho por discutir acerca de la estrategia del poder político.

El debate se estanca a veces por el rechazo de numerosas feministas al concepto de poder trasmitido por la sociedad patriarcal. Con el fin de no hacer corto circuito en el diálogo, sectores de mujeres prefieren comenzar por la definición del poder a nivel micro y macro, para luego debatir el tipo de poder que se desearía ejercer en una sociedad distinta en un pie de igualdad con los hombres. Otras dicen llanamente que “no les interesa el poder”, en una actitud conformista que no hace otra cosa que reforzar el mantenimiento del régimen de dominación patriarcal que dicen combatir. Al respecto, Julieta Kirkwood anota: “En el problema del poder y en su práctica, las mujeres somos las grandes ausentes. El discurso del poder sólo es válido en la esfera Patriarcal y se expresa con una rápida derivación del poder público —poder político—, poder del Estado y, en su dimensión social, poder de grupos, de clases, de sectores. Son los caminos permitidos. Para la esfera privada [las mujeres] se habla del ‘otro poder’, el poder de la casa, del afecto. ‘Son los más importantes’, se nos asegura. Y allí estamos: con serias dificultades para asumirlo cuando nos precipitamos en la esfera pública. Si algo anda mal entre nosotros es que alguien se está tomando el poder. Lo tachamos de malo, le asignamos una esencia ética negativa y no queremos volver a hablar del asunto. Pero ¿qué es el poder?, ¿cómo romper los cerrojos y avanzar en este nudo? En primer lugar, el poder no es, el poder se ejerce. Y se ejerce en actos, en verbo. No es una esencia.
Nadie puede tomar el poder y guardarlo en una cajita fuerte. Conservar el poder no es tenerlo a cubierto, ni preservarlo de elementos extraños, es ejercerlo continuamente; es transformarlo en actos repetidos o simultáneos de hacer y de hacer que otros hagan o piensen. Tomarse el poder es tomarse la acción —la idea y el acto—, acto frecuentemente afincado en fuerza y violencia. Tal vez de ahí nuestro rechazo y distancia. Como resultado de años y años de cultura patriarcal, en la mujer se ha obstruido totalmente el deseo de poder. No lo desea para sí, se autoexcluye de la posibilidad de tomarlo; ni discute siquiera. Lo considera algo que está fuera”.20 La falta de una estrategia de poder ha conducido a unos grupos autónomos de mujeres a la mera lucha reivindicativa y a otros a minimizar la importancia de ciertas reformas para la movilización femenina, soslayando la íntima relación entre reforma y revolución planteada por Rosa Luxemburgo hace más de medio siglo. Esta debilidad ha sido hábilmente aprovechada por la socialdemocracia y otros partidos del centro-burgués. Conscientes del potencial revolucionario del feminismo, tratan de limar sus aristas mediante reformas puntuales y parciales e integrando a ciertas mujeres a los organismos estatales, como asimismo a través del financiamiento de pequeños talleres artesanales. La Internacional Socialista es la tendencia política que más se ha preocupado de convocar a mujeres de distintos países de América Latina, diseñando una línea de acción para cada país, ya sea bajo regímenes dictatoriales o de “democracia representativa”, con el fin de vehiculizar hacia un camino reformista el contenido revolucionario y cuestionador del feminismo. Al mismo tiempo, el Estado y la clase dominante tratan de canalizar a vastos sectores femeninos en actividades que “naturalmente” son propias de la mujer. Algunas empresas han llegado a financiar talleres de artesanía y reuniones permanentes de psicoterapia de grupos, que en apariencia favorecen a la mujer pero que en el fondo sirven para retroalimentar el sistema patriarcal y burgués. A su vez, los medios de comunicación de masas hacen audiciones de radio y TV dedicadas a la mujer con el fin de trasmitir la ideología de la clase dominante de manera más sofisticada que antaño para mediatizar el movimiento feminista. Sin embargo, esta masificación del tema femenino conduce contradictoriamente a que millones de mujeres tomen conciencia de sus fuerzas y de las posibilidades de cambio del régimen. Por su parte, los “marxistas” fosilizados y la mayoría de los partidos de izquierda no se han atrevido a dar una respuesta integral a las luchas de la mujer, aunque existen promisorios avances en Cuba y Nicaragua. Basta mirarlos programas y la praxis diaria de dichos partidos para ver que su “comprensión” del problema no va más allá de formular tímidas reformas.21 Ni qué decir si uno se adentra en la vida interior de esos partidos, donde en las células o núcleos se reproduce la misma forma de dominación machista, autoritaria y represiva que en la sociedad global: los hombres dirigen y teorizan, mientras las mujeres sirven café y hacen de secretarias u organizadoras de fiestas para recolectar fondos. Estos partidos tratan de minimizar las luchas de la mujer manifestando que el movimiento feminista es diversionista y ¡cuando no! pequeñoburgués, por cuanto sus reivindicaciones específicas tenderían a desviar el proceso de la lucha de clases, como si el combate de las mujeres estuviese desligado del conflicto social. Prometen a las mujeres que su liberación comenzará con el socialismo; dicen luchar contra el sistema, pero parecen ignorar que el régimen de dominación se afirma también en la ideología de la opresión femenina. Se niegan a reconocer que los pioneros del marxismo no alcanzaron a formular una teoría sistemática de la explotación y opresión de la mujer. La mayoría de los militantes de izquierda sigue creyendo que la incorporación masiva de la mujer al trabajo es suficiente para lograr la igualdad entre los sexos, cuando la realidad ha probado que esto no es así. Más aun, la revolución socialista es la condición sine qua non para lograr avances significativos en el proceso de emancipación de la mujer, pero no lo garantiza definitivamente. El curso de las revoluciones socialistas ha evidenciado que hay una retroalimentación del papel de la familia nuclear y aún subsisten ciertas formas de machismo y opresión de la mujer, pues los hombres se resisten a perder sus privilegios. Este patriarcado de izquierda ha podido mantenerse porque, entre otras cosas, cuando se hizo la revolución en Europa Oriental, en el este asiático, en Cuba y en Nicaragua no existían movimientos feministas fuertes capaces de imponer desde el comienzo un programa igualitario para ambos sexos, barriendo así, desde la partida de la transición al socialismo, con las bases del patriarcado.
Es muy probable que las mujeres jueguen un papel clave en el diseño de una nueva sociedad poscapitalista, con una mayor creatividad y con un sentido más libertario y fraterno, menos competitivo y más autogestionario, dándole un contenido pleno a la relación entre democracia y socialismo. También estamos convencidos de que la participación activa de las militantes será decisiva en la estructuración de una nueva concepción de partido y en la generación del poder, retomando en un plano superior de la política la experiencia que están realizando en sus grupos autónomos. Queremos terminar esta parte poniendo de relieve el sentir latinoamericanista que va adquiriendo el feminismo. Apoderándose del pasado unitario de las luchas de nuestra América, las mujeres se están proyectando hacia el futuro a través de Congresos latinoamericanos. Al primero, realizado en Bogotá en 1981, le sucedió el segundo en Lima (1983) y el tercero en Bertioga (Sáo Paulo, 1985). Centenares de mujeres organizaron talleres de discusión sobre los temas más candentes de la lucha feminista, sin soslayar ninguno, en un ambiente de tolerancia a las ideas. La unidad en la diversidad ha presidido estos Congresos Latinoamericanos de Mujeres, único movimiento social que ha llevado adelante congresos a este nivel continental de manera permanente. Ni siquiera los sindicatos y partidos de izquierda han sido capaces de reunirse regularmente para coordinar la lucha contra los explotadores de adentro y de afuera. Los grupos feministas tienen apreciaciones diversas sobre el balance de estos tres congresos. Nosotros nos permitimos reproducir la opinión de Julieta Kirkwood respecto de los dos primeros congresos latinoamericanos: “En Bogotá percibo un sentido descubridor. Es la posibilidad de una primera vez, una primera apertura al mundo desde el feminismo latinoamericano. Es narrar la utopía revivida para nosotras y para las demás(…). En Bogotá sucedió que un gran número de mujeres parió una idea, la echó al mundo, y ya la criatura no nos pertenece. Podríamos haber craneado, pensado si la dirección, pero no podíamos fijar ni determinar mi trayectoria(…). Bogotá es el primer planteo —en grado de Continente— cuestionador y radical de las instituciones patriarcales. Es la primera revelación de aquellas que pública y socialmente se rebelan; primera apertura de conciencia en comunidad donde no importan los porqués ni los cómos. Es por ello, un primer momento(…). Bogotá marca el tiempo de la recuperación del espacio para las mujeres. De un espacio muy especial: lo internacional(…). Bogotá marca el momento de un desordenado asalto al orden; el tiempo de trabajo se hace canto y fiesta, la razón es desacralizada y puesta en su lugar(…). Bogotá plantea la recuperación de los orígenes: es un embate a la historia(…). Después Lima. El momento de la estructuración luego de la pregunta. El momento de las respuestas y por la tanto el momento de los nudos(…). Hay en Lima exigencias de respuesta y planteo de nuevas preguntas complejizadas. Se exige una teoría, una política feminista, estrategias. Exasperación de saberlo todo, exasperación de que no se nos responda todo(…). En el II Encuentro, este nudo presenta dos aspectos. Por una parte, están las organizaciones, su labor, su trabajo. Ellas asumieron el ejercicio del poder hacer, que fue en verdad una actividad exigente y compleja(…). Pero otra cosa es asumir el hacer como poder compartido. Saber y aceptar que sabemos; que este saber no puede ser ejercido si no lo es con la responsabilidad plena del sujeto que sabe que siempre se le pasará la cuenta por su acción. Pero se está poco habituada al poder si se es mujer (…) un encuentro feminista, aunque no se lo haya expresado o manifestado previamente, es en sí, casi objetivamente un espacio político de las mujeres.”22 En el III Congreso Latinoamericano de Mujeres de América Latina y del Caribe, celebrado en Brasil del 31 de julio al 4 de agosto de 1985, al cual asistieron 840 delegadas, se planteo con firmeza la lucha antiimperialista combinada con el combate antipatriarcal: “la miseria ronda por nuestras casas y aumenta la explotación comercial de nuestro cuerpo con el crecimiento- de la prostitución. Imponen planes desarrollistas paternalistas manipulando nuestras mentes, imponiendo controles demográficos… Levantemos nuestras voces contra las medidas del Fondo Monetario
Internacional, diciendo no paguemos la deuda externa porque las mujeres no la pedimos ni la gozamos. La padecemos. Apoyamos las luchas de las mujeres de Cuba y Nicaragua”.23 Teresa Lastra —presente en ese encuentro— nos ha entregado por escrito su apreciación del significado de este evento: “lo que encontramos como más sobresaliente fue la posibilidad de aceptar, en un marco democrático, la diversidad propia del movimiento. Los espacios de discusiónreflexión estaban dados, no por una resolución previa sino que más bien obedecieron a lo que allí las mujeres veíamos como necesario. Los temas como sexualidad, afectos, trabajo, violencia, ocuparon la atención de muchas mujeres, que rotaban permanentemente de un lugar a otro, sin la preocupación de sentirse retrasadas en el tema o que estaban ‘fuera de foco’. Otro momento interesante se produjo cuando hubo que elaborar una declaración presentada por las delegadas de Nicaragua sobre la intervención yanqui y la deuda externa. Fue el momento de confrontación de las dos grandes franjas del movimiento. las feministas apartidarias y las partidarias. ¿Con qué lenguaje redactar esa declaración? Luego de un debate se optó por agregar a la definición capitalista, imperialista, el término patriarcal(…). Para aquellas que quisieron expresarse a través del cuerpo hubo mucha teatralización, juegos corporales, etc. El recrearse, brindarse placer, cómo y qué hacer en las horas libres, fue otro aspecto de fuerte concentración. ‘No está claro —decían algunas— qué significa tiempo libre, ya que la domesticación de nuestras actividades nos impide el disfrute sin culpa.’ En ese ‘mundo de mujeres’ que creamos en esos cuatro días pocas podrán decir que no se expresaron. Fueron muy emotivas las películas sobre la discriminación racial, el encuentro de las chilenas exiliadas con las de ‘adentro’, la realidad del pueblo inca, los testimonios de las ampesinas del Perú, la fraternidad de las brasileñas del nordeste y de la ciudad, el recuerdo de las desapariciones en la Argentina, la solidaridad con las mujeres cubanas a quienes el gobierno brasileño no les otorgó visa. La despedida no fue el final, justamente porque al quinto día decenas de mujeres en una gran ronda, en la plaza principal de San Pablo, cantaron y gritaron consignas a favor de nuestra liberación y la de los pueblos latinoamericanos. Dos cosas teníamos en nuestras cabezas, corazones y retinas: estamos creciendo como mujeres, como movimiento, de manera unitaria, respetando la diversidad y contentas por la convocatoria al IV Encuentro Feminista a realizarse en 1987 en México””


NOTAS
1 JULIETA KIRKWOOD: Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, FLACSO,
Santiago, 1986, p. 85.
2 ELENA CAFFARENA: Un capítulo en la historia del feminismo, MEMCH, Santiago, 1952, p.
112.
3 SILVIA RODRÍGUEZ V. Y GRACIELA SAPRIZA: op. cit., p. 41.
4 IBID., p. 42. Véase también PAULINA LUISI: Condiciones del trabajo femenino. El Open
Door Internacional, Montevideo, 1936.
5 JESÚS SILVA HERZOG: Breve historia de la Revolución Mexicana, FCE, México, 1972, t. II,
p. 281.
6 ESPERANZA TUÑÓN PABLOS: “El auge organizativo de las mujeres durante el
cardenismo (1935-1936)”, en revista Brecha, México, otoño 1986, Nº 1, p. 54.
7 CONCHA MICHEL: Dos antagonismos fundamentales, Editorial de la Izquierda de la Cámara
de Diputados, México, 1948, p. 46.
8 IBID., p. 46.
9 Periódico TRIBUNA FEMININA, Río de Janeiro, 25 de noviembre de 1916.
10 MIRTA HENAULT: Alicia Moreau. .., op. cit., p. 24.
11 JULIETA KIRKWOOD: Ser política. . ., op. cit., p. 110.
12 IBID, p.111.
13 IBID., pp. 153 y 154.
14 JULIETA KIRKWOOD: Ser política…, op. cit., pp. 159 a 165.
15 GIOVANNA MÉROLA: En defensa del aborto en Venezuela, Ateneo de Caracas, 1979.
16 ANA MARÍA PORTUGAL: Hacia una comprensión del feminismo en el Perú, Nº 1,
ALIMUPER, Lima, 1978.
17 PAZ LUZZI: op. cit, Apéndice, pp. 176 y 177.
18 Revista FEM, México, octubre-diciembre 1977.
19 JULIETA KIRKWOOD: Ser política. . ,, op. cit., pp. 196 y 197.
20 IBID., pp. 202 y 203.
2I LUIS VITALE: “El marxismo ante dos desafíos: feminismo y crisis ecológica”, revista
Nueva Sociedad, N0 66, Caracas, mayo-junio 1983, p. 92.
22 JULIETA KIRKWOOD: Ser política.. ., op. cit., pp. 214 a 217
.
23 Resoluciones del III Congreso de Mujeres de América Latina y del Caribe, Sao Paulo,
1985.

Feminismo y Democracia en Judith Butler

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

Feminismo y Democracia en Judith Butler

ENTRE LA METONIMIA DEL MERCADO Y LA METÁFORA (IMPOSIBLE) DE LA REVOLUCIÓN (*)

Las traducciones son traiciones, más aún cuando los balances contables de la industria editorial imponen a las producciones teóricas de la metrópoli hasta varios años de latencia antes de su publicación en países de la periferia.

Cuando El género en disputa de Judith Butler apareció en las librerías de Buenos Aires, mucha agua había corrido bajo el puente de su teoría de la performatividad de género.

Mientras en los confines del Río de la Plata enunciábamos críticamente que para Butler “El orden simbólico es presupuesto como el ámbito de la existencia social que se reproduce en los gestos reiterados una y otra vez, ritualizados, desde los cuales los sujetos asumen su lugar en este orden, entonces, queda abierta la posibilidad de modificar los contornos simbólicos de la existencia a través de la performatividad de actuaciones desplazadas paródicamente” 1, el mercado editorial decidía comercializar en español (¡siete años más tarde!) un libro que Judith Butler había escrito en 1993 en el que, desde el otro hemisferio, intentaba responder a lo que ella suponía un malentendido sobre su teoría de la performatividad. “Aunque muchos lectores interpretaron que en El género en disputa yo defendía la proliferación de las representaciones travestidas como un modo de subvertir las normas dominantes de género, quiero destacar que no hay una relación necesaria entre el travesti y la subversión, y que el travestismo bien puede utilizarse tanto al servicio de la desnaturalización como de la reidealización de las normas heterosexuales hiperbólicas de género.” 2 Vanidosa e inmerecidamente interpelada por sus aclaraciones, continuamos con el debate alrededor de uno de los nudos que consideramos fundamentales por lo reiterado.

Mientras Cuerpos que importan se inscribe en una línea de continuidad con El género en disputa, intentando constituirse en una obra que problematiza el heterosexismo como discurso normativo que modela los cuerpos, su última colaboración junto a Ernesto Laclau y Slavoj Zizek en Contingencia, hegemonía, universalidad se inclina más a la reflexión política misma desde “los márgenes teóricos de un proyecto político de izquierda” 3.

Si Butler teoriza sobre sexo / género es por su interés en pensar las condiciones de posibilidad de una democracia radical. Y, viceversa: su elaboración sobre la democracia se basa en un intento de pensar el “espacio” político radical donde puedan ser incluidos también los cuerpos que hoy “no” importan.

Es este horizonte político -que tanto Butler como los otros co-autores denominan “democracia radical y pluralista”-, trazado como un ideal deseable en tanto imposibilitado de completitud y clausura, lo que nos invita a continuar con este diálogo crítico, aún cuando nuestra interlocutora nunca lo sea fehacientemente e incluso, cuando ya esté respondiendo sincrónicamente -y por eso mismo, anticipadamente- a nuestros argumentos, sin que podamos saberlo en este hemisferio, donde la teoría, como la moda, siempre llegan una temporada más tarde. 4

Cuerpos abyectos y cuerpos explotados

“¿Existe otro punto de partida normativo para la teoría feminista que no requiera la reconstrucción o la puesta bajo la luz de un sujeto femenino que no puede representar, y mucho menos emancipar, el conjunto de seres corpóreos que se encuentran en la posición cultural de mujeres?”

Judith Butler, 1992

En el conocido debate entre Judith Butler y Nancy Fraser mantenido en la New Left Review y que luego fuera traducido por diferentes publicaciones, la primera se pregunta: “¿Por qué un movimiento interesado en criticar y transformar los modos en los que la sexualidad es regulada socialmente no puede ser entendido como central para el funcionamiento de la economía política?” 5

Para Butler, las luchas que intentan transformar el campo social de la sexualidad son centrales para la economía. Según su conceptualización, la reproducción social de las personas forma parte de la esfera económica misma y de allí que pueda vincularse de manera directa la sexualidad con la cuestión de la explotación y la extracción de plusvalía.

Varones y mujeres son los sexos opuestos que, como efecto de la normatividad heterosexual obligatoria, se constituyen en la base de la institución familiar, entendida ésta como el ámbito en el cual se reproduce la fuerza de trabajo. De la imposibilidad de separar la esfera de lo estructural-económico de la esfera de lo simbólico-cultural, extrae la conclusión de que las luchas de gays, lesbianas, travestis, transexuales por su reconocimiento e inclusión no deberían ser desestimadas como luchas por la transformación de la sociedad capitalista.

Fraser responde desde dos planos diferentes: en primer lugar, cuestiona la deshistorización que Butler produce de la misma noción de estructura económica, ejemplificando la pretendida corrección de su crítica con el modo de producción capitalista, donde la esfera de la normatividad y regulación sexual aparecería en cierto modo diferenciada de la esfera de las relaciones económicas propiamente dichas. En segundo lugar, sostiene que desde un punto de vista funcional, el capitalismo no necesita de la heterosexualidad obligatoria para la extracción de plusvalía como lo demuestra la gran cantidad de empresas que adoptaron políticas friendlies en relación a los homosexuales.

Pero la posición de Butler no es equivalente al determinismo económico de un supuesto marxismo estructuralista anquilosado: en su operación de teñir con la economía la esfera de la reproducción, lo que realmente hace es transformar a las relaciones sociales de producción en materialidad cultural. La respuesta de Fraser no puede acudir al punto. La autora de Iustitia Interrupta, anclándose en el concepto de posiciones sociales o status de Weber, tampoco da cuenta de una realidad en la que siguen existiendo los cuerpos que no importan, lo abyecto que es excluido por el capital aún cuando en algunos lugares minoritarios la política inclusiva de gays y lesbianas sea un hecho comprobable. Inversamente que para Butler, para Fraser, sexualidad y economía son dos esferas absolutamente diferenciadas. En una amalgama particular de Marx y Weber, la autora deja a la clase del lado de lo económico y a la posición social del lado de las sexualidades discriminadas, traduciéndose esto en un programa político en el que redistribución y reconocimiento son los reclamos que corresponden a uno y otro lado del extenso arco de reivindicaciones.

Ambas proponen modelos de inteligibilidad aparentemente opuestos; sin embargo, en el intento de responder políticamente a las situaciones planteadas de no-reconocimiento (misrecognition), ambas imaginan operar en los marcos nunca explicitados del sistema capitalista, donde la explotación es lo indecible y la producción es meramente simbólica. Ese capitalismo imposible de pronunciar es el límite incuestionable de la imaginación política, lo no dicho y por tanto, incapaz de ser deconstruido.

Mientras para Fraser el modelo de una sociedad más justa y democrática consistiría en la combinación del Estado de Bienestar más un mayor reconocimiento de las diversas identidades (del que nunca se puede explicar cómo se alcanzaría); para Butler, la democracia radical y pluralista consistiría en un sistema abierto, irrealizable o, mejor dicho, un sistema político cuya realización se efectúa, paradójicamente, en su imposibilidad.

Su imposibilidad está dada por la autoperpetuación del poder que adquiere nuevas formas. Los discursos regulatorios se reproducen aún en los mismos intentos de oposición al poder. La sexualidad funciona como un ideal regulatorio, en el estricto sentido foucaultiano. “El sexo no sólo funciona como norma, sino que además es parte de una práctica reguladora que produce los cuerpos que gobierna, es decir, cuya fuerza reguladora se manifiesta como una especie de poder productivo, el poder de producir -demarcar, circunscribir, diferenciar- los cuerpos que controla.” 6 Este poder productivo, de profunda filiación nietzscheana, se reproduce aún en la misma oposición a él. No habrá definición del sujeto que no sea, en su mismo acto, excluyente (productora de lo abyecto).

En el libro de reciente aparición escrito en colaboración con Laclau y Zizek, Butler sostiene algo similiar cuando dice: “… esto sucede cuando pensamos que hemos encontrado un punto de oposición a la dominación y luego nos damos cuenta de que ese punto mismo de oposición es el instrumento a través del cual opera la dominación, y que sin querer hemos fortalecido los poderes de dominación a través de nuestra participación en la tarea de oponernos. La dominación aparece con mayor eficacia precisamente como su ‘Otro’. El colapso de la dialéctica nos da una nueva perspectiva porque nos muestra que el esquema mismo por el cual se distinguen dominación y oposición disimula el uso instrumental que la primera hace de la última.” 7

Cualquier intento de oposición se verá limitado a una mera rearticulación del horizonte de lo incluido, pero en el mismo acto, se verá constreñido a actuar como un nuevo discurso regulador.

Para Butler, esto es evidente en las actuales luchas de gays y lesbianas por la igualdad de derechos en relación al matrimonio heterosexual.

Lo que, en apariencia, puede considerarse como la extensión de derechos civiles a los no heterosexuales (unión civil, matrimonio, derecho a la adopción, etc), produciría, esencialmente, un ensanchamiento en la brecha existente entre formas legítimas e ilegítimas de intercambio sexual. La hegemonía universalizante es falsa, o en verdad, se transforma en una apariencia que vela el profundo contenido regulatorio que esta nueva norma introduce, “pues la estatización de estos derechos y obligaciones, cuestionables para algunos gays y lesbianas, establece normas de legitimación que actúan remarginalizando a otros y excluyen las posibilidades de libertad sexual que han sido los eternos objetivos del movimiento.” 8

Su crítica apunta a que la transformación de gays y lesbianas en “humanos” se da en un movimiento en el que, simultáneamente, la definición dada de “humano” no sólo aparece incuestionable, sino que se reafirma en ese mismo acto. La asimilación e incluso la cooptación política operan en el mismo acto en que parecen alcanzarse los objetivos de la lucha. Es entonces que la autora se pregunta: “¿cómo es posible mantener vivo un conflicto de interpretaciones abierto y políticamente eficaz?” 9

Su interrogante es teórico y práctico. Así como en Cuerpos que importan señala que su propósito es comprender de qué manera lo que fue excluido de la esfera del sexo, por medio de la operación imperativa de la heterosexualidad obligatoria, puede retornar y producir un efecto perturbador que modifique radicalmente la configuración de cuerpos que importan más que otros; en Contingencia, hegemonía, universalidad intenta trazar el mapa político de la democracia radical donde esta operación perturbadora fuera posible y donde lo abyecto -aunque siempre necesario por la imposibilidad de la inclusión absoluta- no cristalizara en locus determinados a priori sino que se reactualizara permanentemente, adquiriendo nuevos significados.

Los capítulos de la autoría de Judith Butler en Contingencia, hegemonía, universalidad son el programa político que corresponde a las elaboraciones teóricas sobre la normatividad sexual y los límites materiales y discursivos del sexo de El género en disputa y Cuerpos que importan.

El autocomplaciente optimismo de la semiosis infinita

“Lo que yo entiendo como hegemonía es que su momento normativo y optimista consiste, precisamente, en las posibilidades de expandir las posibilidades democráticas, para los términos claves del liberalismo, tornándolos más inclusivos, más dinámicos y más concretos.”

Judith Butler, 2003

Más inclusivos, más dinámicos, más concretos. Para Judith Butler, los límites democráticos del liberalismo, son una cuestión del orden de lo cuantitativo. La práctica política de los movimientos sociales -en la única acepción que entiende la autora, es decir, como movimientos sociales identitarios- debería trazarse como objetivo la expansión de los términos de “lo ciudadano” y “lo humano” en un sistema que entiende a los derechos humanos y ciudadanos como pilares fundamentales del funcionamiento democrático, pero que al definir sus contenidos, normativiza y por lo tanto excluye produciendo lo abyecto.

Esta expansión sólo podría garantizarse vaciando el significante político de cualquier significado prefijado porque toda significación pretendidamente universal, será irremisiblemente particular y por lo tanto represiva en el acto performativo de definir su identidad. Para ello, es necesario aceptar la semiotización de la política, una operación que los autores de Contingencia, hegemonía, universalidad dan por sentada. Pero su punto de partida no por obliterado es menos construido que otros, como por ejemplo, el de suponer la política como la acción de ciudadanos abstractamente iguales en un Estado también despojado de su carácter de clase.

En una lectura que analoga los procesos sociales antes descriptos con la metonimia lingüística, Butler sostiene que “el campo de las relaciones diferenciales de las cuales emergen todas y cada una de las identidades particulares debe ser ilimitado. Más aun, la ‘incompletitud’ de todas y cada una de las identidades es el resultado directo de su emergencia diferencial: ninguna identidad particular puede emerger sin suponer y proclamar la exclusión de otras, y esta exclusión constitutiva o antagonismo es la misma condición compartida de toda constitución de identidad.” 10

La incompletitud de la posición del sujeto, entendida como “el fracaso de cualquier articulación en particular para describir a la población que representa” y, por otro lado, también como el hecho de que “cada sujeto está constituido sobre diferencias y lo que es producido como el ‘exterior constitutivo’ del sujeto nunca puede pasar a ser totalmente interno o inmanente” 11 es la base discursiva que anida en el ideal político de la semiosis nunca cancelada de la democracia radical y pluralista.

El antagonismo no es binario. La emergencia diferencial transcurre en la cadena significante sin cierre que produce la concatenación de las identidades particulares, cuya universalidad radica en que todas comparten “ser lo que las demás no son”. Pero, si las diferencias no lo son en relación a términos positivos entre los cuales establecerse, son sólo pura diferencia.

Para Butler, “cuando la cadena de equivalencias es manejada como una categoría política, se requiere que las identidades particulares reconozcan que comparten con otras identidades la situación de una determinación necesariamente incompleta. Ellas son fundamentalmente el conjunto de diferencias por las cuales emergen, y este conjunto de diferencias constituye los rasgos estructurales del dominio de sociabilidad política. (…). No es una condición supuesta o una condición a priori que debe ser descubierta y articulada, y no es el ideal de lograr una lista completa de todos y cada uno de los particularismos que serían unificados por un contenido compartido. Paradójicamente, es la ausencia de ese contenido compartido lo que constituye la promesa de universalidad.” 12

La diferencia cumple el papel, en las elaboraciones butlerianas, precisamente de un “fetiche teórico que repudia las condiciones de su propia emergencia”, para utilizar una expresión de la autora. 13

Porque siempre que hay diferencia es diferencia para algún otro al que le resulta significativa. La significación de un factum como “diferencia” sólo puede ocurrir si hay una norma, es decir, un ámbito del orden de la validez. No hay posibilidad de nombrar a la diferencia sino es por referencia a un sistema de normas que operan sobre la mera facticidad otorgándole significancia. La “ideologización” de la diferencia como “diferencia” es la consecuencia de un proceso histórico - constructivo cuya estructura alcanzada actuará de manera regulatoria a posteriori, invisibilizando las huellas de su génesis.

Como un “fetiche teórico que repudia las condiciones de su propia emergencia”, las formas no heterosexuales de la sexualidad serán lo abyecto, las marcas identificatorias pertinentes de los cuerpos que no importan, mientras la heterosexualidad obligatoria aparecerá en escena presentándose a sí misma como norma ahistórica, natural e inmutable.

En su presencia indivisible e incuestionable desdibuja el proceso histórico transcurrido a través de aberraciones crueles y sanguinarias por el cual el deseo fue normativizado, reprimido y ordenado según una racionalidad que entiende a la sexualidad como reproducción y a la reproducción como mera reproducción de fuerza de trabajo. Porque “el poseedor de la fuerza de trabajo es un ser mortal. Por tanto, para que su presencia en el mercado sea continua, como lo requiere la transformación continua de dinero en capital, es necesario que el vendedor de la fuerza de trabajo se perpetúe, ‘como se perpetúa todo ser viviente por la procreación.’ ” 14

La semiosis infinita que Butler postula como ideal a alcanzar con la democracia radical y plural ya está presente. No es otra que la imagen fetichista que ofrece la sociedad civil, el mercado, aquella forma “suciamente judaica de manifestarse” 15 que tiene la práctica eminentemente humana. Un libre mercado, donde hombres libres intercambian las mercancías que circulan de manera ininterrumpida (¿infinita?). Allí es donde lo “suciamente judaico” obtura la inteligibilidad de los mecanismos de la extracción de plusvalía. “El juego político construido sobre la base del modelo contractual importado de la economía se cumple a condición de excluir la economía de la incumbencia de lo político.” 16

¿”Cosa juzgada” o el sueño de alas de la crisálida?

“Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul, y el sol brilla en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.”

León Trotsky, 1940

Esta relación entre plusvalor y democracia liberal es genética. Ampliar el horizonte de los cuerpos que importan sólo es una tarea realizable si la lucha por la emancipación se anuda, necesariamente, con el cuestionamiento profundo a los pilares fundamentales del Estado capitalista. Parafraseando a mi primer profesor de dialéctica podría exclamar: ¡A la semiosis infinita la cancelan el juez y el policía! 17

La circulación libre e infinita de mercancías es la contracara de la explotación. La democracia de los ciudadanos libres, fraternos e iguales, tiene necesariamente que incluir como contrapartida para su realización la existencia de una clase que ha expropiado históricamente a la humanidad de los medios de producción. El contrato de trabajo entre hombres libres e iguales oculta la explotación al mismo tiempo que es la forma necesaria que adquiere en el modo de producción capitalista, en los estados “modernos” burgueses. Pero el juez y el policía cancelan la semiosis infinita de la igualdad ciudadana, cuando la propiedad privada y la libertad del contrato de trabajo se ven amenazadas por la acción de las clases subalternas.

“La igualdad política ha de cumplirse bajo rigurosas condiciones de abstracción de las desigualdades reales”. 18 De la misma manera que la propiedad privada y la necesaria reproducción de la fuerza de trabajo (esos otros cuerpos abyectos) permanecen ocultos bajo la cadena metonímica de la circulación de mercancías. La apariencia voluntaria del contrato encubre la violencia de la expropiación originaria; la democracia, mientras tanto, bajo la aparentemente libre elección de los representantes, disfraza la dominación con el traje de la aceptación también voluntaria.

¿Acaso no es la misma Butler la que plantea los peligros de inclusión del movimiento lésbico-gay?

Si admite que “la tarea será no asimilar lo indecible al dominio de lo decible para albergarlo allí, dentro de las normas de dominación existentes, sino destruir la confianza de la dominación, demostrar qué equívocas son sus pretensiones de universalidad” 19, ¿cómo hacerlo negándose a entablar la lucha abierta contra el Estado y la clase dominante?

Judith Butler eleva a modelo ideal (universal) precisamente la “universalidad irrealizada” que es la condición estructural del estado democrático burgués, basado en la explotación capitalista.

Jamás podría ser “más inclusión” el objetivo práctico de una política emancipatoria que reconociera el juego de espejos del capital y el Estado, es decir, que admitiera que la expropiación y la explotación son “el lado oscuro” intrínsecamente fusionado con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.

A Butler, sus escasas aspiraciones libertarias le hacen postular que “el compromiso con una concepción de democracia que tenga futuro, que se mantenga no restringida por la teleología y que no sea equivalente a ninguna de sus realizaciones exige una demanda diferente, una demanda que postergue permanentemente la realización.” 20

Los abyectos, por el contrario, inconformes con la postergación infinita, soñamos con las alas de mariposas que sabemos encerradas en nuestros mismos vientres de crisálidas.

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Notas:

Publicado en Estrategia Internacional Nº 20, Septiembre de 2003. http://www.ft.org.ar

(*) Agradezco la cálida e inteligente lectura que hizo de este artículo la filósofa Alejandra Ciriza. A sus apreciaciones críticas y reflexivas de experimentada teórica no puedo más que considerarlas como otra forma de la lucha que compartimos contra toda opresión, esperando juntas y con un compromiso activo ese “salto bajo el cielo libre de la historia que estas gentes obnubiladas por los deslizamientos infinitos de un puro mundo de discurso-mercancía no pueden ni imaginar”.

1 D’Atri, A.: “Igualdad y Diferencia: El feminismo y la democracia radical… mente liberal”; Revista Lucha de Clases Nº 1, Bs.As, noviembre 2002

2 Butler, J.: Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”; Paidós, Bs.As.,2002, p. 184

3 Butler, J.: “Reescinificación de lo universal: hegemonía y límites del formalismo” en Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda de Butler, Laclau, Zizek; FCE, Bs.As., 2003

4 Judith Butler cierra el prefacio de su libro Cuerpos que importan con estas palabras: “De modo que presento este texto, en parte como una reconsideración de algunas declaraciones de El género en disputa que provocaron cierta confusión, pero también como un intento de continuar reflexionando sobre las maneras en que opera la hegemonía heterosexual para modelar cuestiones sexuales y políticas. Como una rearticulación crítica de diversas prácticas teoréticas, incluso estudios feministas y estudios queer, este texto no pretende ser programático. Y, sin embargo, como un intento de aclarar mis ‘intenciones’, parece destinado a producir una nueva serie de interpretaciones erradas. Espero que, al menos, resulten productivas.” (op.cit., p. 14)

5 Butler, J.: “El marxismo y lo meramente cultural”; New Left Review Nº 2, 2000

6 Butler, J.: Cuerpos que importan; Paidós, Bs.As., 2002, p. 18

7 Butler, Laclau y Zizek: Contingencia, hegemonía, universalidad; FCE, Bs.As., 2003, p. 34

8 op.cit., p. 166

9 íd., p. 167

10 Ibíd., p. 38

11 Ibíd., p. 18

12 Ibíd., p. 38

13 Ibíd., p. 33

14 Marx, K.: El Capital; FCE, México, p. 125

15 Dice Marx en referencia a Feuerbach: “Por eso en ‘La esencia del cristianismo’ sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y plasma la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación ‘revolucionaria’, práctico-crítica.” (Tesis I sobre Feuerbach, 1845)

16 Ciriza, A.: “Democracia y ciudadanía de mujeres: encrucijadas teóricas y políticas”, en Atilio Borón (comp..): Teoría y Filosofía Política, la tradición clásica y las nuevas fronteras; Clacso, Bs.As., 2000

17 “… pareciera que este proceso semiótico en la vida de las sociedades humanas como comunidades éticas, se detiene en la sentencia del Juez y el ulterior accionar de la policía bajo sus órdenes. Es decir, que todo sistema social concreto necesita (a modo de un postulado mismo de la acción judicial) cerrar el flujo de la semiosis infinita.”, en J. Samaja: Semiótica y Dialéctica, JVE Ediciones, Bs.As., 2000

18 Ciriza, A.: op.cit.

19 Butler, Laclau y Zizek: Contingencia, hegemonía, universalidad; FCE, Bs.As., 2003, p. 184

20 íd., p. 268

Aunque la mujer siempre ha trabajado a la par del hombre, entregando riqueza y valor desde que esta rama _ de los homínidos accedió a la historia, es corriente omitir su contribución tanto a la reproducción de la especie y a la reposición diaria de la fuerza de trabajo —a través del invisible pero efectivo trabajo doméstico— como a la economía de subsistencia. De ahí que sólo se comience a hablar de la incorporación de la mujer al trabajo —como si el otro no lo fuera— cuando se emplea como asalariada en las empresas capitalistas emergentes.

La integración de la mujer al trabajo denominado “productivo” y, por consiguiente, a la población económicamente activa (PEA), es el resultado de relevantes transformaciones socioeconómicas y de la consolidación del modo de producción capitalista en América Latina.

La mayoría del plusproducto generado en el siglo XX tanto por los hombres como por las mujeres de América Latina fue drenado a las metrópolis que habían entrado a la fase superior del sistema capitalista: el imperialismo. Los países latinoamericanos se convirtieron en semicolonias. Las riquezas nacionales, en poder de la burguesía criolla durante el siglo XIX, pasaron a manos del capital financiero extranjero. El imperialismo europeo y luego el norteamericano se apropiaron de nuestras principales riquezas. Este período de enajenación de la economía latinoamericana, que pasó de semicolonia inglesa a semicolonia norteamericana, reforzó nuestra condición de países oprimidos, dándole un nuevo carácter al proceso de la dependencia.

Las inversiones del imperialismo consolidaran el modo de producción capitalista y acentuaron el tipo de economía primaria agro-minera exportadora que había condicionado el desarrollo latinoamericano desde los tiempos de la Colonia. Las mujeres, aunque en menor cantidad que los hombres, comenzaron a trabajar en las empresas imperialistas, entregando plusvalía directamente al capital financiero extranjero.

A partir de la década de 1930, en la mayoría de los países latinoamericanos se inició un cierto desarrollo industrial, promovido por el Estado y las burguesías criollas. Esta industrialización, denominada proceso de sustitución de importaciones, fue canalizada a favor del capital monopólico internacional durante la década de 1950-60, cuando el imperialismo decidió desplazar capital finan-ciero del área de las materias primas a la industria. El proceso de industrialización aceleró la migración campociudad*, haciendo crecer notoriamente el llamado sector terciario (comercio, especialmente).

*Existen numerosas novelas que describen el proceso de migración de las mujeres campesinas a la ciudad. Una de ellas es Tres Tristes Tres, cuando narra un diálogo en un hogar rural: “Ya sé que tú tienes toda la razón de estar molesta y estar brava con nosotras, vaya, por todo lo que te pasó, y eso, pero en rialidad no fue culpa nuestra, si Gloria te se huyó de la cama y vino pa’ la Habana”. Guillermo Cabrera Infante: Tres Tristes Tigres, Seix Barral, Barcelona, 1967, p. 28. Después, una de las protagonistas dice: “No pude seguir en el pueblo. Allá no hay futuro para nadie”, ibid., p. 58.

Las mujeres fueron contratadas, con salarios más bajos, en las empresas industriales, especialmente textiles y de la alimentación. También se incorporaron masivamente a los comercios y demás actividades urbanas. Otros lugares de trabajo para las mujeres fueron los servicios estatales, como salud, educación y oficinas públicas.

El desarrollo del capitalismo agrario tuvo también necesidad de apelar al trabajo femenino, especialmente desde la década del 70, a raíz del auge de las industrias de exportación no tradicionales. Las mujeres fueron contratadas masivamente en las plantas maquiladoras o de ensamblaje de las empresas transnacionales, en Costa Rica y la frontera mexicana con Estados Unidos; en la producción de flores para la exportación en la sabapa colombiana, y en la agroindustria chilena, peruana y brasileña.

En síntesis, a partir de 1930, aproximadamente, se produjo en América Latina un significativo crecimiento del sector de mujeres asalariadas. Entonces se hizo evidente que la plusvalía extraída provino tanto de los hombres como de las mujeres, plusvalía que fue a parar a manos de la burguesía criolla y, fundamentalmente, del capital monopólico internacional. La acumulación mundial capitalista se acrecentó ya no sólo con la explotación de los hombres sino también de las mujeres latinoamericanas.

Existe, asimismo, otro sector asalariado que realiza trabajo “improductivo”: es el de las empleadas domésticas. En esta alienación particular la empleada no vive su trabajo como una relación social de producción o de mercado, sino como una continuación “natural” de las tareas domésticas que la sociedad le ha impuesto a la mujer. Aunque cumple un papel fundamental para la reposición diaria de la fuerza de trabajo de los patrones, “la empleada, al contrario del ama de casa, no libera al interior de la familia-patrona su potencialidad de reproductora biológica, estando limitada a la ‘reproducción-reposición de la fuerza de trabajo’ y a la ‘reproducción de las relaciones sociales’, ni por el hecho de estar remunerada se libra de la orientación patriarcalista que rige la división sexual del trabajo en el hogar. La cohabitación de patrones y empleadas genera una serie de relaciones en las que lo laboral se mezcla con lo afectivo-personal”.’ Cabe señalar que la empleada de “puertas afuera” logra desarrollar una mayor conciencia de explotada que la de “puertas adentro” y, más aun, la que se contrata por día o por horas para realizar trabajos domésticos, a veces solamente de limpieza. Según estadísticas de la OIT, en 1979 la mitad de las asalariadas de América Latina eran empleadas domésticas.

El sector de mujeres asalariadas que trabaja en las fábricas como obreras y en las oficinas, servicios públicos, comercios y empresas como empleadas, constituye más del 25 % de la población económicamente “activa”. En este grupo están incluidas las mujeres profesionales: médi-cas, dentistas, abogadas, químico-farmacéuticas, arquitectas, enfermeras universitarias, tecnólogas y, especialmente, maestras y profesoras. Las mujeres asalariadas están sindicalizadas en su mayoría y acogidas a las leyes sociales.

Por otra parte, están las mujeres burguesas, dueñas de empresas y comercios, o esposas e hijas de burgueses, y las mujeres pequeñoburguesas, propietarias de parcelas, talleres artesanales y comercios.

La mayoría de las mujeres latinoamericanas está constreñida al trabajo en el hogar, a la realización de tareas no remuneradas, aunque ellas siguen siendo las que cumplen la “misión” de reproducir la fuerza de trabajo para el sistema capitalista, con excepción de Cuba y Nicaragua don-de la reproducción ocurre en un sistema en transición al socialismo.

Existe un sector numeroso de mujeres que sigue realizando trabajo no-remunerado en empresas de tipo familiar en el campo y en talleres urbanos dirigidos por el padre o el hermano. Hay también una vasta franja de trabajadoras por cuenta propia: modistas, peluqueras, tejedoras a mano, fabricantes de dulces, tortas y productos caseros y artesanales, vendedoras ambulantes, copiadoras a máquina. Este numeroso grupo percibe entradas muy modestas, no tiene organización ni previsión social. Los sindicatos y partidos no se ocupan de respaldarlas ni levantan un programa para agruparlas.

La importancia de las mujeres económicamente activas (clasificación que ignora deliberadamente el trabajo de la mujer en el hogar, como si esa actividad no fuera tan activa como otras), puede apreciarse en las siguientes estadísticas:

En la Argentina, el Censo de 1960 registró 1.645.415 mujeres en un total de población “económicamente activa” de 7.524.649, es decir el 21,87 %. En 1970, “la proporción activa de mujeres de 15 años o más de edad era de 27 por ciento [...]. Las viudas y las divorciadas cons-tituyen el grupo que más ha contribuido al crecimiento de la población femenina activa”.2 Además de la creciente ocupación de la mujer argentina en ciertas ramas de la industria manufacturera, hay también un aumento de las mujeres empleadas en el comercio y los servicios públicos. Por lo contrario, aparentemente disminuyó la cantidad de mujeres ocupadas en labores del agro, aunque esta cifra es engañosa, ya que las campesinas realizan en las “chacras” o pequeñas explotaciones familiares tareas consideradas como quehaceres domésticos y, por lo tanto, no son remuneradas ni incluidas en el sector de la población denominada activa.

En el siguiente cuadro puede apreciarse la evolución ocupacional de Chile entre 1952 y 1970 1952 1960 1970

Hombres 1.641.813 1.854.366 2.005.820

Mujeres 545.918 534.301 601.540

Es evidente que el número de mujeres asalariadas se ha estancado entre 1952 y 1970.3 Las mujeres chilenas constituían en 1960 el 22 % de la población “activa”, mientras que en 1952 representaban el 27,5 %. Disminuyó la ocupación femenina en la industria y aumentó en servicios. Según el cuadro de edades, creció el número de “inactivas” de más de 15 años. La prostitución y el casarse o convivir con un compañero fueron las salidas que buscaron las mujeres jóvenes desocupadas. De acuerdo al estudio de Betty Muñoz, realizado en Valparaíso, el 41 % de las mu-jeres abandonaron el hogar antes de los 14 años y el 75 % antes de los 18 años.

En 1970, la población femenina chilena era de 4.542.288, de las cuales sólo 600.000 mujeres tenían trabajo. En cuanto a la pirámide de edades había 1.723.000 entre 15 y 39 años, 1.749.000 entre O y 14 años, 720.000 entre 40 y 59 años y 363.000 entre 60 y 85 años. Durante el breve gobierno de Salvador Allende aumentó de manera ostensible el número de. mujeres en el llamado trabajo económicamente activo, especialmente en el área de la industria manufacturera y en el campo, con la creación de los CERA (Centros de Reforma Agraria).

La dictadura militar disolvió los CERA, devolviendo las parcelas a los antiguos terratenientes. A fines de la década de 1970, el desarrollo del capitalismo agrario, particularmente en el sector frutícola, aceleró la contratación de mano de obra femenina. En 1981, la fruticultura —que dio más del 15 % de las exportaciones agropecuarias— ocupaba mujeres en labores que antes se consideraban masculinas, aunque la mayoría de las trabajadoras son contratadas por temporada, cuyas faenas duran unos cinco meses al año.4 Ximena Aranda sostiene que sólo en la zona de Putaendo “la superficie en parronales ha crecido en 6000 hectáreas, lo que significa una demanda de mano de abra de cerca de 25.000 trabajadores. Igualmente se han ampliado las plantas de tratamiento. Se estima que existen veinte embaladoras y seis plantas mayores o procesadoras. Esto ha aumentado el número de empleos femeninos; solamente en los parronales trabajan alrededor de 5000 mujeres durante la temporada (…). La proletarización de la mujer aparece como una exigencia esperada en un marco de pobladores rurales de proletarización reciente. Esta condición de proletarización reciente está avalada tanto por el número de migraciones de los hombres jefes de hogar —migrantes de retorno— como por residir en la periferia del pueblo, en poblaciones de emergencia y campamentos”.5

En síntesis, el desarrollo de las agroindustrias y de otras industrias de exportación no tradicionales ha sido uno de los factores clave en el aumento del número de trabajadoras en el área rural. Mientras en el sector urbano, especialmente en la industria manufacturera que trabaja con el mercado interno, ha disminuido el número tanto de mujeres como de hombres, a raíz de la crisis del proceso de sustitución de importaciones. En el denominado “empleo mínimo” (PEM y POJH) las mujeres tienen una mayor participación que los hombres, fenómeno que repercute en la relación de poder intrapareja, puesto que la mujer se ha convertido en muchos hogares en el principal sostén de la familia.

En Venezuela, según la Dirección General de Estadística y Censos, en el año 1961 había una población activa de 449.000 mujeres y 1.957.326 hombres. Rodolfo Quintero señalaba en 1964 que “puede estimarse que el 20 % de los componentes de la clase obrera en Venezuela está formado por mujeres. Y que éstas integran sólo el 5 % de los obreros industriales”.6

De acuerdo con estadísticas del Ministerio del Trabajo de Venezuela, en 1976 trabajaban en el sector estatal 32.585 empleadas y 17.132 obreras. En el sector privado, de 195.854 empleados el 33,8 % estaba constituido por mujeres, y de 375.675 obreros el 21,6 % eran mujeres2 Adicea Castillo señala que “una parte importante de esas mujeres trabajadoras, cerca del 30 %, son jefes de familia. Sin embargo, ellas sólo son absorbidas en actividades de bajísima remuneración, tanto en el sector público como en el privado, según la XIX Encuesta Nacional de Hogares por Muestreo (1975). Se confirma la tendencia general de que la mujer cuando se incorpora al trabajo lo hace en actividades que sólo generan un ‘salario de apoyo’ para el ingreso familiar y que tal incorporación se hace dirigida esencialmente hacia las ramas de la enseñanza y de los servicios públicos y sanitarios-asistenciales, que agrupan el porcentaje mayor de la ocupación femenina.

Cuando la mujer se incorpora a la industria, la encontramos ubicada en empresas textiles, de confección y alimentos II.. .1. A todo esto se agrega la arbitrariedad de los tronos para agravar la situación de las mujeres trabajada Las escasas disposiciones legales que las benefician especialmente son desconocidas permanentemente por los empleadores [...]. En lo relativo a la maternidad, podes decir que ella es en Venezuela actual un pesado fardo sobre, las espaldas de las trabajadoras. A pesar de que el artículo 218 de la Ley del Trabajo garantiza la inamovilidad de embarazadas, lo permanente es que las trabajadoras a echadas de sus puestos por tal motivo”.8

En México, según el Censo de 1970, las mujeres constituían el 16,4 % de la población denominada “económicamente activa”. De 15.071.713 mujeres, sólo 2.466.527 eran consideradas como activas, la mayoría de las cuales el 43 %, estaba en el sector servicios, el 13,5% en el , comercio y el 18,1 % en la industria de transformación.

En la industria manufacturera laboraban 1.721.i hombres y 447.526 mujeres, de las cuales 160.000 trabajaban en la industria textil, 84.422 en fábricas de alimentos, 14.661 en el calzado, 13.000 en imprentas y editoriales, 13.000 en empresas farmacéuticas, 7000 en plásticos, etc. En las industrias modernas de transistores bis una alta proporción de fuerza de trabajo femenino En el sector servicios, según el Censo de México de 19’ trabajaban 1.100.475 hombres y 1.057.700 mujeres, las cuales 85.166 eran profesoras primarias, 20.000 profesoras secundarias, 97.349 trabajadoras en hospital 26.860 en instituciones de crédito. El número de empleadas domésticas ascendía a 488.344.

En cuanto a la mujer profesional mexicana, Olivia Benavente señala: “Hay una preferencia de la mujer por carreras cortas: de 1951 a 1970 el 84,7 % de las muja que asistían a escuelas profesionales medias estudia carreras comerciales (43,4 %), el magisterio (28 %) o preparaban como enfermeras, secretarias bilingües, auxiliares de contabilidad (13%) (…). En las escuelas profesionales superiores, las mujeres constituían un 20 ~ de I estudiantes, es decir, una de cada cinco estudiantes i mujer, proporción sumamente baja si consideramos que la escuela primaria, 5 de cada 10 alumnos son mujeres,(…) somos pocas las mujeres profesionales. Quiere da que la mayoría de las mujeres apoyamos la labor profesional de los hombres —hasta un 80 % en el caso de los mé-dicos, dentistas y veterinarios—, pero no recibimos el reconocimiento final. Es decir, somos la laboratorista que hace excelentes análisis para que el médico se luzca; somos la ayudante del contador que se pasa horas extras ordenando la contabilidad para que el contador reciba la felicita-ción”.9

En relación a la vida de la mujer campesina, Teresa Rendón sostiene: “En la mayor parte de las comunidades rurales de México la preparación de alimentos para el consumo familiar implica la realización de una serie de tareas que en las áreas urbanas son realizadas por unidades de producción especializadas”.10

Lourdes Arizpe señala que “en la explotación familiar campesina la unidad doméstica produce casi todo lo que necesita a través de industrias caseras y el artesanado. En este caso es claro que la mujer tiene un papel preponderante dentro de la actividad productiva: podemos ilustrarlo con un ejemplo de una familia campesina de la Sierra de Puebla. Por lo general, las familias se componen de los padres y de los hijos casados, sus cónyuges y sus hijos. Las mujeres participan en el cultivo del maíz (siembra, limpia, dobla y cosecha). Este trabajo femenino nunca es remunerado sino que se considera parte de las labores propias de las mujeres en la familia ¡j..]. El error de confundir las labores domésticas de la mujer con su trabajo familiar no remunerado hace que en el censo aparezca una cifra muy baja, de 10,4 % de participación femenina en la agricultura como trabajadoras familiares sin retribución(…). ¿Cómo hablar de la producción de loe campesinos hombres sin tomar en cuenta la fuerza de trabajo de la esposa e hijos que utiliza con frecuencia en el cultivo y las actividades de transformación de productos alimenticios y de artesanías de su esposa?”.11

Desde fines de la década de 1960, la mujer se ha incorporado a un nuevo sector productivo del área de las industrias de exportación no tradicionales: las maquiladoras o plantas de ensamblaje de artefactos eléctricos y electrónicos, plásticos y juguetes. Las empresas transnacionales contratan mayoritariamente mujeres para estas maquiladoras por el tipo de trabajo minucioso que requieren: “Las mujeres contratadas por las maquiladoras fronterizas (Estado Juárez) o por plantas de ensamblado semejantes no compiten contra el proletariado no calificado varonil, simplemente porque las operaciones que aquellas han de realizar son, de alguna manera, diseñadas para un contingente de trabajo con características ‘femeninas’ (…) Desde esta perspectiva, las mujeres no forman un ejército de reserva industrial a no ser que este término se aplique en relación a ellas mismas (…) La sofisticación tecnológica y de diseño tienden a centralizarse en los países hegemónicos, mientras las operaciones tediosas y mal remuneradas pueden ser exportadas a zonas periféricas o semiperiféricas como la frontera mexicana(…). Este proceso revela cierta tendencia hacia la ‘feminización’ del proletariado internacional”12

Las maquiladoras también se han asentado sólidamete en Costa Rica a partir de 1980 en el área de la química, electrónica, textiles y agroindustria, con un grado de productividad casi similar al de Estados Unidos. La absorción de mano de obra femenina en dichas maquiladoras ha de. terminado un aumento de la mujer en el porcentaje de la Población Económicamente Activa (PEA) de un 14,4 % en 1950 a un 26,3 % en 1982, según la Encuesta Nacional de Hogares. Las mujeres, especialmente entre los 16 y los 22 años, trabajan en dos turnos; también hacen trabajo a destajo y “a través de los contratos con cooperativas o empresas autogestionarias de mujeres”.13

En Perú, el Censo de 1972 arrojó los siguientes resultados en cuanto a la integración de la mujer al trabajo denominado económicamente activo: 741.568 mujeres de un total de 3.971.613 trabajadores. En la agricultura laboraban 147.942 mujeres; en la industria, 124.995; en los comercios, restaurantes y hoteles, 122.533; en los servicios domésticos, 146.649; en la enseñanza primaria y secundaria, 66.054. y el resto en la administración pública, lavanderías, peluquerías, transporte y comunicaciones. Es importante destacar que en las dos últimas décadas la mujer campesina ha pasado a desempeñar un papel decisivo en la producción, especialmente en la Sierra Central: “es ella quien lleva el peso principal del trabajo agrícola en el sector minifundista”.14

En Colombia, el Censo Industrial de 1945 dio 45.289 mujeres trabajando en la manufactura, es decir el 33% del total. El Censo de 1969 mostró la siguiente variación:

“ mientras el número de obreras en la rama del tabaco disminuye en términos relativos y absolutos, en las demás aumenta en términos absolutos y en la del vestido en términos relativos. Es decir, la centralización del capital en la rama del tabaco estuvo probablemente acompañada por la decadencia de pequeños establecimientos ‘domésticos’ donde se producían principalmente cigarros y. donde predominaba el trabajo femenino”.15

Entre enero de 1971 y enero de 1975, el empleo femenino había subido del 28,4 % al 32,7 % como resultado de una mayor incorporación de la mujer a las labores de los bancos, oficinas y comercios. En 1980, la mujer constituía el 25 % del total de los trabajadores industriales; en términos numéricos 300.920 obreras industriales. En Comercio, restaurantes y hoteles el 23,3 %; en el trabajo doméstico, agrario y otras actividades el resto.16

En la década del 70 se inicia el auge de una nueva industria de exportación no tradicional: las flores. En 1978 se exportaban 26.000 toneladas de flores por un total de 53 millones de dólares, mediante el trabajo de 25.000 operarios, de los cuales la mayoría eran mujeres. Al principio, las mujeres eran reclutadas en las zonas agrícolas de la sabana de Bogotá. Pero después “algunos empresarios se vieron en la necesidad de reclutar mujeres urbanas que eran y siguen siendo transportadas desde Bogotá hasta los cultivos”. 17

En esta industria capitalista de flores, las obras de infraestructura son realizadas por los hombres, especialmente los sistemas de riego, construcción de invernaderos y preparación de la tierra. “En la producción y el cuidado permanente de la flor se emplea casi exclusivamente mano de obra, femenina, excepción hecha de la fumigación que es efectuada por unos pocos varones. Las mujeres entonces desbotonan, encauchan, peinan, cortan, seleccionan y clasifican la flor [...]. En síntesis, las mujeres ejecutan las actividades que implican una mayor destreza manual —-1. Esta mano de obra femenina, a pesar de transferir una habilidad manual, no es considerada calificada; además, se la retribuye con un pago inferior a su equivalente masculino dentro de la industria”.18 Demás estaría decir que la supervisión del trabajo es siempre hecha por los hombres. “La reciente participación de la mujer campesina en el mercado laboral —sostiene Alicia Eugenia Silva— y con ella su separación de la parcela, está configurando una nueva forma de trabajo doméstico cuya organización y ritmo se encuentran subordinados a la jornada laboral capitalista.”19

Con el fin de analizar la incidencia del capitalismo agrario en otras áreas de la producción, Magdalena León y Carmen Diana Deere hicieron un trabajo de investigación en dos zonas de Colombia: Enciso (departamento de Santander Sur) y El Espinal (departamento Tolima); en el primero, las mujeres asalariadas constituían el 37 % de los trabajadores y en el segundo el 19 %. En ambas zonas en 1980 la participación de las hijas es ligeramente mayor que la de las madres. “No es sorprendente que del grupo de madres que participan en el mercado de trabajo en El Espinal, el 38 % eran jefes de familia. En Enciso el fenómeno muestra el 43 %. Este factor permite entender el hecho de que en ambas zonas el grupo de madres que participa en el mercado de trabajo llega a ser mayor que el número de padres.”20

Respecto del trabajo de la mujer en las parcelas de estas dos zonas, León y Deere anotan que, a pesar de la omisión del trabajo de la mujer en las estadísticas de la población económicamente activa, “en Enciso más del 85 % de las mujeres participa en actividades de la producción pecuaria, tales como la alimentación de animales y ordeño. Además, el 90 o/o participa en servicios asociados con la producción agrícola, como cocinar para los peones contratados (..4. En ambas regiones, por lo menos el 50 % de las mujeres trabajan en las actividades más intensivas en mano de obra de la producción de tabaco, como son el ensarte y la pica. En Enciso el 45 % y en El Espinal una tercera parte participan en el arrume y empaque. Si se toman en cuenta las actividades que demandan trabajo directo en la tierra, el 52 % de las mujeres en El Espinal trabaja en la recolección o corte, en comparación con el 46 % en Enciso”.21 Sin embargo, sostienen las mismas autoras, sería un error afirmar que la mujer ha pasado ya a ser la principal fuerza de trabajo en el campo.

El resto de los países latinoamericanos presenta una tendencia ocupacional femenina similar, con excepción de Bolivia y Centroamérica, donde el porcentaje de mujeres asalariadas es inferior. En síntesis, desde 1930, en que emerge la llamada industria de sustitución de importaciones, la mujer se incorpora a las fábricas, especialmente textiles y de productos alimenticios. En países como la Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, México y el Brasil, la mujer llegó a superar el 25 % del total de la población “activa”.22 A raíz del requerimiento de mano de obra llamada “calificada” que demandó, desde la década de 1960, la moderna industria intermedia y dinámica, la mujer se vio obligada a desplazarse al sector del comercio y de los servicios o al trabajo por cuenta propia.

Henry Kirsch señala que “en América Latina el desempleo entre las mujeres llega a tasas dos o tres veces superiores a las que se dan entre los hombres del mismo grupo de edades”.23 Esta discriminación también se produce en cuanto a las remuneraciones. Las mujeres perciben salarios más bajos que los hombres, inclusive en las ramas fabriles donde hacen igual trabajo.

Estado, códigos y machismo

Si el Estado jugó un papel decisivo en el reforzamiento del patriarcado desde los imperios azteca e incaico, la Colonia y la República del siglo XIX, mayor aun es su influencia en la presente centuria. Ejerce intervención no sólo en la economía sino también en la difusión de la ideología patriarcal a través de la masificación de la educación y de los medios de comunicación de masas; codifica el comportamiento “machista” y, cuando sus instituciones se ven obligadas a conceder ciertas reformas ante la presión femenina, procura conservar de un modo “gatopardista” lo esencial del sistema de dominación del hombre sobre la mujer. Por eso, resulta aparentemente contradic-torio que los partidos de derecha critiquen el intervencionismo del Estado en la economía, pero lo respalden cuando se trata de reglamentar las relaciones patriarcales de dominacion.

El hombre —que considera a la mujer como propiedad privada— ejerce la violencia para reforzar su condición posesiva. Esta violencia es ejercida no sólo en los hogares burgueses y pequeño burgueses, amo también en las familias de los obreros y campesinas. El régimen autoritario de la sociedad se expresa en el carácter represivo del jefe de familia. La violencia institucional es peor aun; impone la llamada “planificación familiar”, la esterilización forzada, negando a la mujer el derecho a hacer uso libre’ de su cuerpo, como ha sido crudamente pintado, para el caso de las mujeres indígenas, en la película Sangre de cóndores del director boliviano Eduardo Sanjinés.

Otra muestra del “machismo” latinoamericano es la presión que se ejerce sobre la mujer para que tenga cualquier cantidad de hijos, los cuales son, en general, abandonados por el padre, teniendo ella que cargar con su cuidado y alimentación. En Venezuela, alrededor del 50 % de los hijos son “ilegítimos”. El doctor Pérez Alfonso ha calculado que “la cantidad de niños abandonados para 1971 se había remontado a 268.00O’~.24 Las mujeres —señala otro autor venezolano— obligadas por diferentes necesidades, “tienen que procrear hijos de diferentes padres y aceptar distintos concubinos. Por efectos de una unión semejante la madre debe asumir la conducción del ‘hogar’ en situación difícil”.25

También son expresiones de machismo hacerse servir por la mujer en el hogar, no realizar ninguna tarea considerada como trabajo femenino doméstico y menospreciar la capacidad intelectual de la mujer.

Las letras de las músicas populares, como las rancheras, el corrido, la cueca, el pasillo, etc., reflejan claramente el comportamiento machista. A modo de ejemplo, ilustraremos este aserto con algunas consideraciones sobre el tango. La figura del padre casi no aparece en las letras de tangos; es una entelequia, pero está presente en el carácter machista del propio tango. La madre es madre, esposa y compañera, la que ¡aya la ropa y da comida “al varón”, la que consuela sus penas y lo acoge cuando regresa al hogar, frustrado por el amor de aquella mujer que lo “traicionó”, porque de ellas “mejor no hay que hablar”, como dice la letra de “Tomo y obligo”.

A su vez, la madre reproduce el comportamiento machista: aleja a la mujer que puede llevarse a su hijo, el que lleva el pan a la casa, porque —como dice otro tango— el mando la abandonó por otra “mala mujer”. Inclusive, la novia —ansiosa de ser esposa— apela al paradigma de la madre del personaje, quien la pone siempre como ejemplo ante su novia: “te quiero como a mi madre/ te juré que te quería/ mucho más que al alma mía! y que a mi madre también”. Es el súmmum del amor y una nueva caída edípica, ahora más sublimada que nunca. En el tango “Todo para ti” la madre alude a la novia que “le quitó” el hijo de “su vera”. ¡Cuántas generaciones de novias argentinas habrán tenido que sufrir por este tipo de madre! Lo peor es que cuando se casaron y se hicieron madres, reprodujeron el mismo cuadro, influenciadas por la ideología de la clase dominante.

Salvo la madre, casi todas las mujeres son prostitutas en la antología tanguera, como desquite del macho herido en su amor propio al ser rechazado por una de ellas. “Te odio maldita” es el título de uno de los tangos de Celedonio Flores y Pracánico: “Pues yo por tu cariño dejé a mi madre/ enferma, solita, sin techo y sin pan/ has roto mi existencia, cobarde y rastrera./ ¿Por qué voy a tenerte conmiseración?” La temática vuelve a repetirse en “Desaliento”, de Ballioti y Castiñeira: “Hice trizas las quimeras/ de mi buena viejecita/ por aquella aventurera”.

Discépolo resumió en 1947 en una sola frase la relación madre-hijo reflejada en el tango: “Hay dos clases de mujeres: mamá y las otras”. Otras actitudes machistas se reflejan en tangos como “Veinticuatro de agosto”, de Homero Manzi: “Al lado de su amor era más lindo/ -la camisa planchada al almidón/ el saco cepillado en los domingos! y una rosa tapando el corazón”. Es decir, la ‘felicidad” con la mujer que le lava y plancha.. La temática del macho traicionado por esa “mala mujer” es recurrente, ocultando siempre las “traiciones” o “infidelidades” del hombre, quien por lo demás se atribuye todos los derechos, inclusive hasta llegar al asesinato como respuesta ‘legítima” al llamado adulterio. En “Noche de Reyes” se dice: “Era una noche de Reyes/ cuando a mi hogar regresaba! comprobé que me engañaba¡ con el amigo más fiel./ Y ofendido en mi amor propio! quise vengar el ultraje! lleno de ira y coraje! sin compasión los maté”. En el tango “La copa del olvido”, de Vacarezza y Delfino, no se llega a tanto: “Mozo, traiga otra copa/ que anoche juntos los vi a los dos/ quise vengarme, matarla quise,/ pero un impulso me serenó”.

La pelea de dos machos por resolver quién se queda con la mujer, obviamente sin consultar el perecer de ella, es frecuente en la problemática latiguera, especialmente en “El ciruja”. Dice Ernesto Sábato: “Hay- en el tango un resentimiento erótico y una tortuosa manifestación del sentimiento de inferioridad, ya que el sexo es una de las formas primarias de poder. El machismo es un fenómeno muy peculiar del porteño, en virtud del cual se siente obligado a ser macho al cuadrado, al cubo, no sea que en una de éstas ni siquiera lo consideren macho a la primera po-tencia”.26

Los tangos que reflejan rebeldía femenina seria escasos, pero constituyen un síntoma de un proceso de independencia y búsqueda de identidad de parte de la mujer. El tango “Cobarde”, de Celedonio Flores y V. Spino, expresa las cargas que sobrelleva la mujer, opresión reglamentada en los Códigos: “la ley de los hombres es odio y rencor”. Termina con una frase lapidaria: “Tu hija no es tuya, su canción de cuna,! para que lo aprenda así lo dirá”. En otros tangos, como “Besos brujos” y “Andáte con la otra” están presentes también formas de protesta e independencia de la mujer que toma la decisión de abandonar al hombre que la oprime.

Una de las mejores poetisas de tango, María Luisa Carnelíl, insinúa también críticas al machismo. Sus primeros tangos, escritos en 1928, tuvo que firmarlos con los pseudónimos de Mario Castro y Luis Mario, por los prejuicios de aquella época respecto de la participación de la mujer en la creación artística. Se ríe de los guapos en “El malevo”: “Sos un malevo sin lengua/ sin pinta ni compadrada! sin melena recortada! sin milonga y sin canyengue”, al mismo tiempo que aplaude a los que no pegan ni explotan a la mujer.

La opresión de la mujer ha sido institucionalizada a través de los diferentes Códigos Civiles y Penales. En la mayoría de los países latinoamericanos la mujer debe fijar su domicilio en el lugar que resida su esposo; debe tener autorización de él para viajar al extranjero o abrir cuentas bancarias. Los Códigos Penales establecen diferentes penas sobre el uxoricidio por adulterio, señala la abogada venezolana Sonia Sgambatti: “El Código de Colombia establece pena disminuida de la mitad de las tres cuartas partes para el homicidio cometido por el padre, madre, cónyuge, hermano contra la hija, esposa o hermana a quien se sorprenda en acto carnal y mata a ésta o al copartícipe del acto. Igual pena se aplica al que comete el delito impulsado por un estado de ira o de intenso dolor, no siendo necesario la sorpresa en el acto carnal. Establece igualmente

este Código que cuando las circunstancias demuestren menor peligrosidad puede otorgarse el perdón judicial y aun eximirse de responsabilidad al autor del delito(…). El Código del Ecuador consagra que no hay infracción cuando uno de los cónyuges mate al otro o al cómplice, al sor-prenderlo en flagrante adulterio. Igual consideración la hacen extensiva para el padre, abuelo o hermano que mate a su hija, nieta o hermana o al cómplice, cuando la sorprenda en acto carnal(…). El Código Penal de Paraguay señala que está exento de responsabilidad criminal el marido que sorprenda a su mujer en flagrante adulterio, mate a ésta o a su cómplice(…). El Código de México establece una pena de 3 días a 3 años de prisión al cónyuge que mata a su mujer al sorprenderlos en acto carnal o próximo a consumarse éste(…). El Código de El Salvador establece pena de seis meses de prisión para el marido que sorprenda a su mujer en adulterio y dé muerte a ésta o al adúltero. Está exento de pena si le causa lesiones leves”.” En síntesis, en casi todos los países latinoamericanos el hombre que mata a su mujer “adúltera” está exento de pena o es condenado a escasos meses de prisión.

Uno de los países donde ha mejorado la legislación en tal aspecto es Venezuela, luego de la Reforma del Código Civil, aprobada en 1982, que en sus puntos fundamentales estableció: Art. 234: “eliminación total de las diferencias entre los hijos nacidos fuera o dentro del matrimonio. Comprobada su filiación, el hija concebido y nacido fuera del matrimonio tiene la misma condición que el hijo nacido dentro del matrimonio”. Art. 140: “Los cónyuges de mutuo acuerdo tomarán las decisiones relativas a la vida familiar y fijarán el domicilio conyugal. El domicilio conyugal será el lugar donde el marido y la mujer tengan establecido de mutuo acuerdo. En caso de que los cónyuges tuvieran residencias separadas, el domicilio conyugal será el lugar de la última residencia común”. Art. 261: “La patria potestad será ejercida conjuntamente por el padre y la madre”. Art. 185: “Se podrá declarar el divorcio un año después de declarada la separación de cuerpos. Cuando los cónyuges han permanecido separados de hecho por más de 5 años, cualquiera de ellos puede solicitar el divorcio alegando ruptura prolongada de la vida en común”. Art. 137: “La negativa de la mujer a usar el apellido del marido no se considerará como falta a los deberes del matrimonio”. Art. 168: “Cada mm de los cónyuges podrá administrar por si solo los bienes de la comunidad que hubiese adquirido con su trabajo personal”.

En nuestros países se acentúa el sexismo, copiando los modelos extranjeros de la moda femenina y los cosméticos sofisticados. Colonizada por los centros imperialistas en la ideología del sexismo, la mujer latinoamericana se aliena en el quehacer cotidiano de “estar a la moda”.

Los medios de comunicación contribuyen a reforzar el proceso de enajenación de la mujer. Las radionovelas, la televisión y las revistas femeninas son uno de los principales vehículos por los cuales penetra la ideología burguesa. “Es a través de la radio, la televisión y las revistas femeninas donde se emiten los mensajes que en mayor medida están moldeando la mentalidad de la mayoría de las mujeres latinoamericanas (…) Este mundo idílico es utilizado con mayores o menores variaciones ya sea en las telenovelas o fotonovelas como para promocionar toda la variada gama de artículos de consumo: desde el automóvil, terrenos y viviendas hasta la pasta de dientes, los cosmé-ticos, los alimentos o los botes de basura.”28

En un estudio sobre estos medios de comunicación dirigidos especialmente a la mujer latinoamericana, Michéle Mattelart sostiene: “Se trataría de ver si la imagen de mujer que publicita la revista ilustrada femenina no vuelve a readaptar los rasgos constitutivos del modelo ‘tradiciona-lista’ o, mejor dicho, conformista; se trataría de apreciar cómo el cambio que sufre esta determinada imagen de mujer es mínimo y no sobrepasa nunca los límites de la adaptación al contexto, definido por la modernidad, lo cual no significa nunca una agresión a los principios del sistema. Es decir que, en lo atinente a la imagen del ser femenino que difunden dichos órganos de prensa, se comprobaría la hipótesis de Marcuse según la cual, en la ideología burguesa, el cambio se halla sometido al respeto por lo invariable: dicho en una palabra, el respeto por lo invariable sería la condición para las variaciones. Y es así como sorprende comprobar la fijación de las revistas femeninas en todos estos temas ‘tradicionales’ que giran en torno a la ‘economía del corazón’: correo sentimental, folletines, horóscopos, o en tomo a otro eje esencial y obligatorio, el de lo doméstico, el de la organización hogareña ~. .1. Los resultados de un sondeo llevado a cabo en la población femenina (chilena) no hicieron sino confirmar lo que anticipan el sentido común y la observación corriente: mientras las revistas femeninas nacionales o importadas, reclutan la casi totalidad de su clientela en los estratos superiores, las revistas de fotonovelas se reservan a un público popular. Son mujeres de los estratos medio-infe

flores y bajos las que se encuentran más expuestas a los ‘valores femeninos’ transmitidos por dicha prensa”.29

La alienación de la mujer ha servido en la mayoría de los países a reforzar el poder burgués a través de las elecciones. Muchas votaciones para elegir parlamentarios o presidentes han sido decididas a favor de los partidos de derecha y de centro por el voto masivo de la mujer, influenciada por la ideología burguesa en cuanto al concepto conservador del orden y la tradición, ideología que los partidos de izquierda no han sabido contrarrestar tanto por su política patriarcal como por la práctica machista de sus militantes, además de la falta de -un proyecto alternativo de sociedad donde se garanticen los derechos igualitarios de la mujer.

Los partidos de la izquierda latinoamericana han hecho muy poco para sacar a la mujer de esa trampa ideológica. En ellos, la militante femenina es utilizada en las tareas menos creativas: secretaria, cobradora de cuotas o actividades de agitación menor, como repartir volantes o pegar carteles. En los partidos políticos se reproduce parte de la opresión femenina que se da en la sociedad global humana.


NOTAS

1 MARY CASTRO GARCÍA: “¿Qué se compra y qué se paga en el servicio doméstico? El caso Bogotá”, en MAGDALENA LEÓN: La realidad colombiana, ACEP, Bogotá, 1982, t. 1, p. 121.

2 ZULMA RECCHINI DE LATTES: Dinámica de la fuerza de trabajo femenina en la Argentina, UNESCO, París, 1983, pp. 11 y 14.

3 HÉCTOR GUTIÉRREZ :La población en Chile, CIDRED, París, 1975, p. 55.

4 M. SOLEDAD LAGO Y CARLOTA OLAVARRIA: “La mujer campesina en la expansión frutícola chilena”, en MAGDALENA LEÓN: Las trabajadoras op. cit. , t. II, p. 185.

5 XIMENA ARANDA B.: El díptico campesino-asalariado agrícola, en ibid., t. II, PP. 162 y 163.

6 RODOLFO QUINTERO: Sindicalismo y cambio social en Venezuela, UCV, Caracas, 1964, p. 46.

7 ANUARIO DE ESTADÍSTICAS DEL TRABAJO, 1976, Ministerio del Trabajo, Caracas. Pp. 5 y 6.

8 ADICEA CASTILLO: Algunas consideraciones acerca del mercado del trabajo femenino en Venezuela, UCV, Caracas, 1978,

9 OLIVIA BENAVENTE: “¿Sobrevives como mujer profesionista?”, Revista FEM, México, abril-junio 1977.

10 TERESA RENDON: “Las productoras de millones de invisibles”, Revista FEM, México, abril-junio 1977.

11 LOURDES ARIAPE: “Campesinas, capitalismo y cultura”, Revista FEM, México, abril-junio 1977.

12 MARÍA PATRICIA FERNÁNDEZ: “Las maquiladoras y las mujeres en ciudad Juárez (México); paradojas de la industrialización bajo el capitalismo integral”, en MAGDALENA LEÓN: Sociedad, subordinación y feminismo, ACEP, Bogotá, 1982, t. III, PP. 149 y 150.

13 LAURA GUZMÁN STEIN: “La industria de la maquila y la explotación de la fuerza de trabajo de la mujer: el caso de Costa Rica”, en revista Desarrollo y Sociedad. N0 13, CEDE, Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes, Bogotá, enero 1984, p. 172.

14 PILAR CAMPAÑA: “La mujer, trabajo y subordinación en la Sierra Central del Perú”. en M. LEÓN: Las trabajadoras. ., op. cit., t. II, p. 150.

15 PAULO SANDRONI: “La proletarización de la mujer en Colombia después de 1945”, en M. LEÓN: La realidad colombiana, op. cit., t. 1, p. 76.

16 MAGDALENA VELÁZQUEZ: “La condición jurídica y real de la mujer en Colombia”, revista Nueva Sociedad, No 78, Caracas, julio-agosto 1985, p. 97.

17 ALICIA EUGENIA SILVA: “De la mujer campesina a la obrera florista”, en MAGDALENA LEÓN: La realidad colombiana, op .cit., t. 1, p. 34.

18 IBID., t. 1, Pp. 35 y 36.

19 IBID., t. I p. 41.

20 MAGDALENA LEÓN Y CARMEN DIANA DEERE: “La proletarización y el trabajo agrícola en la economía parcelaria: la división del trabajo por sexo”, en M. LEÓN: La realidad colombiana, op. cit., t. 1, p. 17.

21 IBID, t. 1, p. 21.

22 LOURDES ARIZPE: “Campesinas, capitalismo y cultura’, revista FEM, México, abril-junio 1977.

23 HENRY KIRSCH: “La participación de la mujer en los mercados laborales latinoamericanos”, en CEPAL: Mujeres en América Latina, FCE, México, 1975, p. 180.

24 EL NACIONAL, Caracas, 25 de febrero de 1975.

25 MANUEL GONZÁLEZ ABREU: Venezuela foránea, UCV, Caracas,

1976, p. 223.

26 ERNESTO SÁBATO: Tango, discusión y clave, Biblioteca Clásica Contemporánea, Buenos Aires, 1975.

27 SONIA SGAMBATTI: La mujer, ciudadano de segundo orden, Fondo Editorial Común, Caracas, 1976, Pp. 28 y 29.

28 TERESITA DE BARBIERI: “La condición de la mujer en América Latina”, en CEPAL: Mujeres en América Latina FCE, México, 1975, p- 59.

29 MICHELE MATTELART: La cultura de la opresión femenina, ERA, México, 1977, Pp. 39 y 67.


Aunque la mujer siempre ha trabajado a la par del hombre, entregando riqueza y valor desde que esta rama _ de los homínidos accedió a la historia, es corriente omitir su contribución tanto a la reproducción de la especie y a la reposición diaria de la fuerza de trabajo —a través del invisible pero efectivo trabajo doméstico— como a la economía de subsistencia. De ahí que sólo se comience a hablar de la incorporación de la mujer al trabajo —como si el otro no lo fuera— cuando se emplea como asalariada en las empresas capitalistas emergentes.
La integración de la mujer al trabajo denominado “productivo” y, por consiguiente, a la población económicamente activa (PEA), es el resultado de relevantes transformaciones socioeconómicas y de la consolidación del modo de producción capitalista en América Latina.
La mayoría del plusproducto generado en el siglo XX tanto por los hombres como por las mujeres de América Latina fue drenado a las metrópolis que habían entrado a la fase superior del sistema capitalista: el imperialismo. Los países latinoamericanos se convirtieron en semicolonias. Las riquezas nacionales, en poder de la burguesía criolla durante el siglo XIX, pasaron a manos del capital financiero extranjero. El imperialismo europeo y luego el norteamericano se apropiaron de nuestras principales riquezas. Este período de enajenación de la economía latinoamericana, que pasó de semicolonia inglesa a semicolonia norteamericana, reforzó nuestra condición de países oprimidos, dándole un nuevo carácter al proceso de la dependencia.
Las inversiones del imperialismo consolidaran el modo de producción capitalista y acentuaron el tipo de economía primaria agro-minera exportadora que había condicionado el desarrollo latinoamericano desde los tiempos de la Colonia. Las mujeres, aunque en menor cantidad que los hombres, comenzaron a trabajar en las empresas imperialistas, entregando plusvalía directamente al capital financiero extranjero.
A partir de la década de 1930, en la mayoría de los países latinoamericanos se inició un cierto desarrollo industrial, promovido por el Estado y las burguesías criollas. Esta industrialización, denominada proceso de sustitución de importaciones, fue canalizada a favor del capital monopólico internacional durante la década de 1950-60, cuando el imperialismo decidió desplazar capital finan-ciero del área de las materias primas a la industria. El proceso de industrialización aceleró la migración campociudad*, haciendo crecer notoriamente el llamado sector terciario (comercio, especialmente).
*Existen numerosas novelas que describen el proceso de migración de las mujeres campesinas a la ciudad. Una de ellas es Tres Tristes Tres, cuando narra un diálogo en un hogar rural: “Ya sé que tú tienes toda la razón de estar molesta y estar brava con nosotras, vaya, por todo lo que te pasó, y eso, pero en rialidad no fue culpa nuestra, si Gloria te se huyó de la cama y vino pa’ la Habana”. Guillermo Cabrera Infante: Tres Tristes Tigres, Seix Barral, Barcelona, 1967, p. 28. Después, una de las protagonistas dice: “No pude seguir en el pueblo. Allá no hay futuro para nadie”, ibid., p. 58.
Las mujeres fueron contratadas, con salarios más bajos, en las empresas industriales, especialmente textiles y de la alimentación. También se incorporaron masivamente a los comercios y demás actividades urbanas. Otros lugares de trabajo para las mujeres fueron los servicios estatales, como salud, educación y oficinas públicas.
El desarrollo del capitalismo agrario tuvo también necesidad de apelar al trabajo femenino, especialmente desde la década del 70, a raíz del auge de las industrias de exportación no tradicionales. Las mujeres fueron contratadas masivamente en las plantas maquiladoras o de ensamblaje de las empresas transnacionales, en Costa Rica y la frontera mexicana con Estados Unidos; en la producción de flores para la exportación en la sabapa colombiana, y en la agroindustria chilena, peruana y brasileña.
En síntesis, a partir de 1930, aproximadamente, se produjo en América Latina un significativo crecimiento del sector de mujeres asalariadas. Entonces se hizo evidente que la plusvalía extraída provino tanto de los hombres como de las mujeres, plusvalía que fue a parar a manos de la burguesía criolla y, fundamentalmente, del capital monopólico internacional. La acumulación mundial capitalista se acrecentó ya no sólo con la explotación de los hombres sino también de las mujeres latinoamericanas.
Existe, asimismo, otro sector asalariado que realiza trabajo “improductivo”: es el de las empleadas domésticas. En esta alienación particular la empleada no vive su trabajo como una relación social de producción o de mercado, sino como una continuación “natural” de las tareas domésticas que la sociedad le ha impuesto a la mujer. Aunque cumple un papel fundamental para la reposición diaria de la fuerza de trabajo de los patrones, “la empleada, al contrario del ama de casa, no libera al interior de la familia-patrona su potencialidad de reproductora biológica, estando limitada a la ‘reproducción-reposición de la fuerza de trabajo’ y a la ‘reproducción de las relaciones sociales’, ni por el hecho de estar remunerada se libra de la orientación patriarcalista que rige la división sexual del trabajo en el hogar. La cohabitación de patrones y empleadas genera una serie de relaciones en las que lo laboral se mezcla con lo afectivo-personal”.’ Cabe señalar que la empleada de “puertas afuera” logra desarrollar una mayor conciencia de explotada que la de “puertas adentro” y, más aun, la que se contrata por día o por horas para realizar trabajos domésticos, a veces solamente de limpieza. Según estadísticas de la OIT, en 1979 la mitad de las asalariadas de América Latina eran empleadas domésticas.
El sector de mujeres asalariadas que trabaja en las fábricas como obreras y en las oficinas, servicios públicos, comercios y empresas como empleadas, constituye más del 25 % de la población económicamente “activa”. En este grupo están incluidas las mujeres profesionales: médi-cas, dentistas, abogadas, químico-farmacéuticas, arquitectas, enfermeras universitarias, tecnólogas y, especialmente, maestras y profesoras. Las mujeres asalariadas están sindicalizadas en su mayoría y acogidas a las leyes sociales.
Por otra parte, están las mujeres burguesas, dueñas de empresas y comercios, o esposas e hijas de burgueses, y las mujeres pequeñoburguesas, propietarias de parcelas, talleres artesanales y comercios.
La mayoría de las mujeres latinoamericanas está constreñida al trabajo en el hogar, a la realización de tareas no remuneradas, aunque ellas siguen siendo las que cumplen la “misión” de reproducir la fuerza de trabajo para el sistema capitalista, con excepción de Cuba y Nicaragua don-de la reproducción ocurre en un sistema en transición al socialismo.
Existe un sector numeroso de mujeres que sigue realizando trabajo no-remunerado en empresas de tipo familiar en el campo y en talleres urbanos dirigidos por el padre o el hermano. Hay también una vasta franja de trabajadoras por cuenta propia: modistas, peluqueras, tejedoras a mano, fabricantes de dulces, tortas y productos caseros y artesanales, vendedoras ambulantes, copiadoras a máquina. Este numeroso grupo percibe entradas muy modestas, no tiene organización ni previsión social. Los sindicatos y partidos no se ocupan de respaldarlas ni levantan un programa para agruparlas.
La importancia de las mujeres económicamente activas (clasificación que ignora deliberadamente el trabajo de la mujer en el hogar, como si esa actividad no fuera tan activa como otras), puede apreciarse en las siguientes estadísticas:
En la Argentina, el Censo de 1960 registró 1.645.415 mujeres en un total de población “económicamente activa” de 7.524.649, es decir el 21,87 %. En 1970, “la proporción activa de mujeres de 15 años o más de edad era de 27 por ciento [...]. Las viudas y las divorciadas cons-tituyen el grupo que más ha contribuido al crecimiento de la población femenina activa”.2 Además de la creciente ocupación de la mujer argentina en ciertas ramas de la industria manufacturera, hay también un aumento de las mujeres empleadas en el comercio y los servicios públicos. Por lo contrario, aparentemente disminuyó la cantidad de mujeres ocupadas en labores del agro, aunque esta cifra es engañosa, ya que las campesinas realizan en las “chacras” o pequeñas explotaciones familiares tareas consideradas como quehaceres domésticos y, por lo tanto, no son remuneradas ni incluidas en el sector de la población denominada activa.
En el siguiente cuadro puede apreciarse la evolución ocupacional de Chile entre 1952 y 1970 1952 1960 1970
Hombres 1.641.813        1.854.366            2.005.820
Mujeres  545.918            534.301                601.540

Es evidente que el número de mujeres asalariadas se ha estancado entre 1952 y 1970.3 Las mujeres chilenas constituían en 1960 el 22 % de la población “activa”, mientras que en 1952 representaban el 27,5 %. Disminuyó la ocupación femenina en la industria y aumentó en servicios. Según el cuadro de edades, creció el número de “inactivas” de más de 15 años. La prostitución y el casarse o convivir con un compañero fueron las salidas que buscaron las mujeres jóvenes desocupadas. De acuerdo al estudio de Betty Muñoz, realizado en Valparaíso, el 41 % de las mu-jeres abandonaron el hogar antes de los 14 años y el 75 % antes de los 18 años.
En 1970, la población femenina chilena era de 4.542.288, de las cuales sólo 600.000 mujeres tenían trabajo. En cuanto a la pirámide de edades había 1.723.000 entre 15 y 39 años, 1.749.000 entre O y 14 años, 720.000 entre 40 y 59 años y 363.000 entre 60 y 85 años. Durante el breve gobierno de Salvador Allende aumentó de manera ostensible el número de. mujeres en el llamado trabajo económicamente activo, especialmente en el área de la industria manufacturera y en el campo, con la creación de los CERA (Centros de Reforma Agraria).
La dictadura militar disolvió los CERA, devolviendo las parcelas a los antiguos terratenientes. A fines de la década de 1970, el desarrollo del capitalismo agrario, particularmente en el sector frutícola, aceleró la contratación de mano de obra femenina. En 1981, la fruticultura —que dio más del 15 % de las exportaciones agropecuarias— ocupaba mujeres en labores que antes se consideraban masculinas, aunque la mayoría de las trabajadoras son contratadas por temporada, cuyas faenas duran unos cinco meses al año.4 Ximena Aranda sostiene que sólo en la zona de Putaendo “la superficie en parronales ha crecido en 6000 hectáreas, lo que significa una demanda de mano de abra de cerca de 25.000 trabajadores. Igualmente se han ampliado las plantas de tratamiento. Se estima que existen veinte embaladoras y seis plantas mayores o procesadoras. Esto ha aumentado el número de empleos femeninos; solamente en los parronales trabajan alrededor de 5000 mujeres durante la temporada (…). La proletarización de la mujer aparece como una exigencia esperada en un marco de pobladores rurales de proletarización reciente. Esta condición de proletarización reciente está avalada tanto por el número de migraciones de los hombres jefes de hogar —migrantes de retorno— como por residir en la periferia del pueblo, en poblaciones de emergencia y campamentos”.5
En síntesis, el desarrollo de las agroindustrias y de otras industrias de exportación no tradicionales ha sido uno de los factores clave en el aumento del número de trabajadoras en el área rural. Mientras en el sector urbano, especialmente en la industria manufacturera que trabaja con el mercado interno, ha disminuido el número tanto de mujeres como de hombres, a raíz de la crisis del proceso de sustitución de importaciones. En el denominado “empleo mínimo” (PEM y POJH) las mujeres tienen una mayor participación que los hombres, fenómeno que repercute en la relación de poder intrapareja, puesto que la mujer se ha convertido en muchos hogares en el principal sostén de la familia.
En Venezuela, según la Dirección General de Estadística y Censos, en el año 1961 había una población activa de 449.000 mujeres y 1.957.326 hombres. Rodolfo Quintero señalaba en 1964 que “puede estimarse que el 20 % de los componentes de la clase obrera en Venezuela está formado por mujeres. Y que éstas integran sólo el 5 % de los obreros industriales”.6
De acuerdo con estadísticas del Ministerio del Trabajo de Venezuela, en 1976 trabajaban en el sector estatal 32.585 empleadas y 17.132 obreras. En el sector privado, de 195.854 empleados el 33,8 % estaba constituido por mujeres, y de 375.675 obreros el 21,6 % eran mujeres2 Adicea Castillo señala que “una parte importante de esas mujeres trabajadoras, cerca del 30 %, son jefes de familia. Sin embargo, ellas sólo son absorbidas en actividades de bajísima remuneración, tanto en el sector público como en el privado, según la XIX Encuesta Nacional de Hogares por Muestreo (1975). Se confirma la tendencia general de que la mujer cuando se incorpora al trabajo lo hace en actividades que sólo generan un ‘salario de apoyo’ para el ingreso familiar y que tal incorporación se hace dirigida esencialmente hacia las ramas de la enseñanza y de los servicios públicos y sanitarios-asistenciales, que agrupan el porcentaje mayor de la ocupación femenina.
Cuando la mujer se incorpora a la industria, la encontramos ubicada en empresas textiles, de confección y alimentos II.. .1. A todo esto se agrega la arbitrariedad de los tronos para agravar la situación de las mujeres trabajada Las escasas disposiciones legales que las benefician especialmente son desconocidas permanentemente por los empleadores [...]. En lo relativo a la maternidad, podes decir que ella es en Venezuela actual un pesado fardo sobre, las espaldas de las trabajadoras. A pesar de que el artículo 218 de la Ley del Trabajo garantiza la inamovilidad de embarazadas, lo permanente es que las trabajadoras a echadas de sus puestos por tal motivo”.8
En México, según el Censo de 1970, las mujeres constituían el 16,4 % de la población denominada “económicamente activa”. De 15.071.713 mujeres, sólo 2.466.527 eran consideradas como activas, la mayoría de las cuales el 43 %, estaba en el sector servicios, el 13,5% en el , comercio y el 18,1 % en la industria de transformación.
En la industria manufacturera laboraban 1.721.i hombres y 447.526 mujeres, de las cuales 160.000 trabajaban en la industria textil, 84.422 en fábricas de alimentos, 14.661 en el calzado, 13.000 en imprentas y editoriales, 13.000 en empresas farmacéuticas, 7000 en plásticos, etc. En las industrias modernas de transistores bis una alta proporción de fuerza de trabajo femenino En el sector servicios, según el Censo de México de 19’ trabajaban 1.100.475 hombres y 1.057.700 mujeres, las cuales 85.166 eran profesoras primarias, 20.000 profesoras secundarias, 97.349 trabajadoras en hospital 26.860 en instituciones de crédito. El número de empleadas domésticas ascendía a 488.344.
En cuanto a la mujer profesional mexicana, Olivia Benavente señala: “Hay una preferencia de la mujer por carreras cortas: de 1951 a 1970 el 84,7 % de las muja que asistían a escuelas profesionales medias estudia carreras comerciales (43,4 %), el magisterio (28 %) o preparaban como enfermeras, secretarias bilingües, auxiliares de contabilidad (13%) (…). En las escuelas profesionales superiores, las mujeres constituían un 20 ~ de I estudiantes, es decir, una de cada cinco estudiantes i mujer, proporción sumamente baja si consideramos que la escuela primaria, 5 de cada 10 alumnos son mujeres,(…) somos pocas las mujeres profesionales. Quiere da que la mayoría de las mujeres apoyamos la labor profesional de los hombres —hasta un 80 % en el caso de los mé-dicos, dentistas y veterinarios—, pero no recibimos el reconocimiento final. Es decir, somos la laboratorista que hace excelentes análisis para que el médico se luzca; somos la ayudante del contador que se pasa horas extras ordenando la contabilidad para que el contador reciba la felicita-ción”.9
En relación a la vida de la mujer campesina, Teresa Rendón sostiene: “En la mayor parte de las comunidades rurales de México la preparación de alimentos para el consumo familiar implica la realización de una serie de tareas que en las áreas urbanas son realizadas por unidades de producción especializadas”.10
Lourdes Arizpe señala que “en la explotación familiar campesina la unidad doméstica produce casi todo lo que necesita a través de industrias caseras y el artesanado. En este caso es claro que la mujer tiene un papel preponderante dentro de la actividad productiva: podemos ilustrarlo con un ejemplo de una familia campesina de la Sierra de Puebla. Por lo general, las familias se componen de los padres y de los hijos casados, sus cónyuges y sus hijos. Las mujeres participan en el cultivo del maíz (siembra, limpia, dobla y cosecha). Este trabajo femenino nunca es remunerado sino que se considera parte de las labores propias de las mujeres en la familia ¡j..]. El error de confundir las labores domésticas de la mujer con su trabajo familiar no remunerado hace que en el censo aparezca una cifra muy baja, de 10,4 % de participación femenina en la agricultura como trabajadoras familiares sin retribución(…). ¿Cómo hablar de la producción de loe campesinos hombres sin tomar en cuenta la fuerza de trabajo de la esposa e hijos que utiliza con frecuencia en el cultivo y las actividades de transformación de productos alimenticios y de artesanías de su esposa?”.11
Desde fines de la década de 1960, la mujer se ha incorporado a un nuevo sector productivo del área de las industrias de exportación no tradicionales: las maquiladoras o plantas de ensamblaje de artefactos eléctricos y electrónicos, plásticos y juguetes. Las empresas transnacionales contratan mayoritariamente mujeres para estas maquiladoras por el tipo de trabajo minucioso que requieren: “Las mujeres contratadas por las maquiladoras fronterizas (Estado Juárez) o por plantas de ensamblado semejantes no compiten contra el proletariado no calificado varonil, simplemente porque las operaciones que aquellas han de realizar son, de alguna manera, diseñadas para un contingente de trabajo con características ‘femeninas’ (…) Desde esta perspectiva, las mujeres no forman un ejército de reserva industrial a no ser que este término se aplique en relación a ellas mismas (…) La sofisticación tecnológica y de diseño tienden a centralizarse en los países hegemónicos, mientras las operaciones tediosas y mal remuneradas pueden ser exportadas a zonas periféricas o semiperiféricas como la frontera mexicana(…). Este proceso revela cierta tendencia hacia la ‘feminización’ del proletariado internacional”12
Las maquiladoras también se han asentado sólidamete en Costa Rica a partir de 1980 en el área de la química, electrónica, textiles y agroindustria, con un grado de productividad casi similar al de Estados Unidos. La absorción de mano de obra femenina en dichas maquiladoras ha de. terminado un aumento de la mujer en el porcentaje de la Población Económicamente Activa (PEA) de un 14,4 % en 1950 a un 26,3 % en 1982, según la Encuesta Nacional de Hogares. Las mujeres, especialmente entre los 16 y los 22 años, trabajan en dos turnos; también hacen trabajo a destajo y “a través de los contratos con cooperativas o empresas autogestionarias de mujeres”.13
En Perú, el Censo de 1972 arrojó los siguientes resultados en cuanto a la integración de la mujer al trabajo denominado económicamente activo: 741.568 mujeres de un total de 3.971.613 trabajadores. En la agricultura laboraban 147.942 mujeres; en la industria, 124.995; en los comercios, restaurantes y hoteles, 122.533; en los servicios domésticos, 146.649; en la enseñanza primaria y secundaria, 66.054. y el resto en la administración pública, lavanderías, peluquerías, transporte y comunicaciones. Es importante destacar que en las dos últimas décadas la mujer campesina ha pasado a desempeñar un papel decisivo en la producción, especialmente en la Sierra Central: “es ella quien lleva el peso principal del trabajo agrícola en el sector minifundista”.14
En Colombia, el Censo Industrial de 1945 dio 45.289 mujeres trabajando en la manufactura, es decir el 33% del total. El Censo de 1969 mostró la siguiente variación:
“ mientras el número de obreras en la rama del tabaco disminuye en términos relativos y absolutos, en las demás aumenta en términos absolutos y en la del vestido en términos relativos. Es decir, la centralización del capital en la rama del tabaco estuvo probablemente acompañada por la decadencia de pequeños establecimientos ‘domésticos’ donde se producían principalmente cigarros y. donde predominaba el trabajo femenino”.15
Entre enero de 1971 y enero de 1975, el empleo femenino había subido del 28,4 % al 32,7 % como resultado de una mayor incorporación de la mujer a las labores de los bancos, oficinas y comercios. En 1980, la mujer constituía el 25 % del total de los trabajadores industriales; en términos numéricos 300.920 obreras industriales. En Comercio, restaurantes y hoteles el 23,3 %; en el trabajo doméstico, agrario y otras actividades el resto.16
En la década del 70 se inicia el auge de una nueva industria de exportación no tradicional: las flores. En 1978 se exportaban 26.000 toneladas de flores por un total de 53 millones de dólares, mediante el trabajo de 25.000 operarios, de los cuales la mayoría eran mujeres. Al principio, las mujeres eran reclutadas en las zonas agrícolas de la sabana de  Bogotá. Pero después “algunos empresarios se vieron en la necesidad de reclutar mujeres urbanas que eran y siguen siendo transportadas desde Bogotá hasta los cultivos”. 17
En esta industria capitalista de flores, las obras de infraestructura son realizadas por los hombres, especialmente los sistemas de riego, construcción de invernaderos y preparación de la tierra. “En la producción y el cuidado permanente de la flor se emplea casi exclusivamente mano de obra, femenina, excepción hecha de la fumigación que es efectuada por unos pocos varones. Las mujeres entonces desbotonan, encauchan, peinan, cortan, seleccionan y clasifican la flor [...]. En síntesis, las mujeres ejecutan las actividades que implican una mayor destreza manual —-1. Esta mano de obra femenina, a pesar de transferir una habilidad manual, no es considerada calificada; además, se la retribuye con un pago inferior a su equivalente masculino dentro de la industria”.18 Demás estaría decir que la supervisión del trabajo es siempre hecha por los hombres. “La reciente participación de la mujer campesina en el mercado laboral —sostiene Alicia Eugenia Silva— y con ella su separación de la parcela, está configurando una nueva forma de trabajo doméstico cuya organización y ritmo se encuentran subordinados a la jornada laboral capitalista.”19
Con el fin de analizar la incidencia del capitalismo agrario en otras áreas de la producción, Magdalena León y Carmen Diana Deere hicieron un trabajo de investigación en dos zonas de Colombia: Enciso (departamento de Santander Sur) y El Espinal (departamento Tolima); en el primero, las mujeres asalariadas constituían el 37 % de los trabajadores y en el segundo el 19 %. En ambas zonas en 1980 la participación de las hijas es ligeramente mayor que la de las madres. “No es sorprendente que del grupo de madres que participan en el mercado de trabajo en El Espinal, el 38 % eran jefes de familia. En Enciso el fenómeno muestra el 43 %. Este factor permite entender el hecho de que en ambas zonas el grupo de madres que participa en el mercado de trabajo llega a ser mayor que el número de padres.”20
Respecto del trabajo de la mujer en las parcelas de estas dos zonas, León y Deere anotan que, a pesar de la omisión del trabajo de la mujer en las estadísticas de la población económicamente activa, “en Enciso más del 85 % de las mujeres participa en actividades de la producción pecuaria, tales como la alimentación de animales y ordeño. Además, el 90 o/o participa en servicios asociados con la producción agrícola, como cocinar para los peones contratados (..4. En ambas regiones, por lo menos el 50 % de las mujeres trabajan en las actividades más intensivas en mano de obra de la producción de tabaco, como son el ensarte y la pica. En Enciso el 45 % y en El Espinal una tercera parte participan en el arrume y empaque. Si se toman en cuenta las actividades que demandan trabajo directo en la tierra, el 52 % de las mujeres en El Espinal trabaja en la recolección o corte, en comparación con el 46 % en Enciso”.21 Sin embargo, sostienen las mismas autoras, sería un error afirmar que la mujer ha pasado ya a ser la principal fuerza de trabajo en el campo.
El resto de los países latinoamericanos presenta una tendencia ocupacional femenina similar, con excepción de Bolivia y Centroamérica, donde el porcentaje de mujeres asalariadas es inferior. En síntesis, desde 1930, en que emerge la llamada industria de sustitución de importaciones, la mujer se incorpora a las fábricas, especialmente textiles y de productos alimenticios. En países como la Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, México y el Brasil, la mujer llegó a superar el 25 % del total de la población “activa”.22 A raíz del requerimiento de mano de obra llamada “calificada” que demandó, desde la década de 1960, la moderna industria intermedia y dinámica, la mujer se vio obligada a desplazarse al sector del comercio y de los servicios o al trabajo por cuenta propia.
Henry Kirsch señala que “en América Latina el desempleo entre las mujeres llega a tasas dos o tres veces superiores a las que se dan entre los hombres del mismo grupo de edades”.23 Esta discriminación también se produce en cuanto a las remuneraciones. Las mujeres perciben salarios más bajos que los hombres, inclusive en las ramas fabriles donde hacen igual trabajo.
Estado, códigos y machismo
Si el Estado jugó un papel decisivo en el reforzamiento del patriarcado desde los imperios azteca e incaico, la Colonia y la República del siglo XIX, mayor aun es su influencia en la presente centuria. Ejerce intervención no sólo en la economía sino también en la difusión de la ideología patriarcal a través de la masificación de la educación y de los medios de comunicación de masas; codifica el comportamiento “machista” y, cuando sus instituciones se ven obligadas a conceder ciertas reformas ante la presión femenina, procura conservar de un modo “gatopardista” lo esencial del sistema de dominación del hombre sobre la mujer. Por eso, resulta aparentemente contradic-torio que los partidos de derecha critiquen el intervencionismo del Estado en la economía, pero lo respalden cuando se trata de reglamentar las relaciones patriarcales de dominación.
El hombre —que considera a la mujer como propiedad privada— ejerce la violencia para reforzar su condición posesiva. Esta violencia es ejercida no sólo en los hogares burgueses y pequeño burgueses, amo también en las familias de los obreros y campesinas. El régimen autoritario de la sociedad se expresa en el carácter represivo del jefe de familia. La violencia institucional es peor aun; impone la llamada “planificación familiar”, la esterilización forzada, negando a la mujer el derecho a hacer uso libre’ de su cuerpo, como ha sido crudamente pintado, para el caso de las mujeres indígenas, en la película Sangre de cóndores del director boliviano Eduardo Sanjinés.
Otra muestra del “machismo” latinoamericano es la presión que se ejerce sobre la mujer para que tenga cualquier cantidad de hijos, los cuales son, en general, abandonados por el padre, teniendo ella que cargar con su cuidado y alimentación. En Venezuela, alrededor del 50 % de los hijos son “ilegítimos”. El doctor Pérez Alfonso ha calculado que “la cantidad de niños abandonados para 1971 se había remontado a 268.00O’~.24 Las mujeres —señala otro autor venezolano— obligadas por diferentes necesidades, “tienen que procrear hijos de diferentes padres y aceptar distintos concubinos. Por efectos de una unión semejante la madre debe asumir la conducción del ‘hogar’ en situación difícil”.25
También son expresiones de machismo hacerse servir por la mujer en el hogar, no realizar ninguna tarea considerada como trabajo femenino doméstico y menospreciar la capacidad intelectual de la mujer.
Las letras de las músicas populares, como las rancheras, el corrido, la cueca, el pasillo, etc., reflejan claramente el comportamiento machista. A modo de ejemplo, ilustraremos este aserto con algunas consideraciones sobre el tango. La figura del padre casi no aparece en las letras de tangos; es una entelequia, pero está presente en el carácter machista del propio tango. La madre es madre, esposa y compañera, la que ¡aya la ropa y da comida “al varón”, la que consuela sus penas y lo acoge cuando regresa al hogar, frustrado por el amor de aquella mujer que lo “traicionó”, porque de ellas “mejor no hay que hablar”, como dice la letra de “Tomo y obligo”.
A su vez, la madre reproduce el comportamiento machista: aleja a la mujer que puede llevarse a su hijo, el que lleva el pan a la casa, porque —como dice otro tango— el mando la abandonó por otra “mala mujer”. Inclusive, la novia —ansiosa de ser esposa— apela al paradigma de la madre del personaje, quien la pone siempre como ejemplo ante su novia: “te quiero como a mi madre/ te juré que te quería/ mucho más que al alma mía! y que a mi madre también”. Es el súmmum del amor y una nueva caída edípica, ahora más sublimada que nunca. En el tango “Todo para ti” la madre alude a la novia que “le quitó” el hijo de “su vera”. ¡Cuántas generaciones de novias argentinas habrán tenido que sufrir por este tipo de madre! Lo peor es que cuando se casaron y se hicieron madres, reprodujeron el mismo cuadro, influenciadas por la ideología de la clase dominante.
Salvo la madre, casi todas las mujeres son prostitutas en la antología tanguera, como desquite del macho herido en su amor propio al ser rechazado por una de ellas. “Te odio maldita” es el título de uno de los tangos de Celedonio Flores y Pracánico: “Pues yo por tu cariño dejé a mi madre/ enferma, solita, sin techo y sin pan/ has roto mi existencia, cobarde y rastrera./ ¿Por qué voy a tenerte conmiseración?” La temática vuelve a repetirse en “Desaliento”, de Ballioti y Castiñeira: “Hice trizas las quimeras/ de mi buena viejecita/ por aquella aventurera”.
Discépolo resumió en 1947 en una sola frase la relación madre-hijo reflejada en el tango: “Hay dos clases de mujeres: mamá y las otras”. Otras actitudes machistas se reflejan en tangos como “Veinticuatro de agosto”, de Homero Manzi: “Al lado de su amor era más lindo/ -la camisa planchada al almidón/ el saco cepillado en los domingos! y una rosa tapando el corazón”. Es decir, la ‘felicidad” con la mujer que le lava y plancha.. La temática del macho traicionado por esa “mala mujer” es recurrente, ocultando siempre las “traiciones” o “infidelidades” del hombre, quien por lo demás se atribuye todos los derechos, inclusive hasta llegar al asesinato como respuesta ‘legítima” al llamado adulterio. En “Noche de Reyes” se dice: “Era una noche de Reyes/ cuando a mi hogar regresaba! comprobé que me engañaba¡ con el amigo más fiel./ Y ofendido en mi amor propio! quise vengar el ultraje! lleno de ira y coraje! sin compasión los maté”. En el tango “La copa del olvido”, de Vacarezza y Delfino, no se llega a tanto: “Mozo, traiga otra copa/ que anoche juntos los vi a los dos/ quise vengarme, matarla quise,/ pero un impulso me serenó”.
La pelea de dos machos por resolver quién se queda con la mujer, obviamente sin consultar el perecer de ella, es frecuente en la problemática latiguera, especialmente en “El ciruja”. Dice Ernesto Sábato: “Hay- en el tango un resentimiento erótico y una tortuosa manifestación del sentimiento de inferioridad, ya que el sexo es una de las formas primarias de poder. El machismo es un fenómeno muy peculiar del porteño, en virtud del cual se siente obligado a ser macho al cuadrado, al cubo, no sea que en una de éstas ni siquiera lo consideren macho a la primera po-tencia”.26
Los tangos que reflejan rebeldía femenina seria escasos, pero constituyen un síntoma de un proceso de independencia y búsqueda de identidad de parte de la mujer. El tango “Cobarde”, de Celedonio Flores y V. Spino, expresa las cargas que sobrelleva la mujer, opresión reglamentada en los Códigos: “la ley de los hombres es odio y rencor”. Termina con una frase lapidaria: “Tu hija no es tuya, su canción de cuna,! para que lo aprenda así lo dirá”. En otros tangos, como “Besos brujos” y “Andáte con la otra” están presentes también formas de protesta e independencia de la mujer que toma la decisión de abandonar al hombre que la oprime.
Una de las mejores poetisas de tango, María Luisa Carnelíl, insinúa también críticas al machismo. Sus primeros tangos, escritos en 1928, tuvo que firmarlos con los pseudónimos de Mario Castro y Luis Mario, por los prejuicios de aquella época respecto de la participación de la mujer en la creación artística. Se ríe de los guapos en “El malevo”: “Sos un malevo sin lengua/ sin pinta ni compadrada! sin melena recortada! sin milonga y sin canyengue”, al mismo tiempo que aplaude a los que no pegan ni explotan a la mujer.
La opresión de la mujer ha sido institucionalizada a través de los diferentes Códigos Civiles y Penales. En la mayoría de los países latinoamericanos la mujer debe fijar su domicilio en el lugar que resida su esposo; debe tener autorización de él para viajar al extranjero o abrir cuentas bancarias. Los Códigos Penales establecen diferentes penas sobre el uxoricidio por adulterio, señala la abogada venezolana Sonia Sgambatti: “El Código de Colombia establece pena disminuida de la mitad de las tres cuartas partes para el homicidio cometido por el padre, madre, cónyuge, hermano contra la hija, esposa o hermana a quien se sorprenda en acto carnal y mata a ésta o al copartícipe del acto. Igual pena se aplica al que comete el delito impulsado por un estado de ira o de intenso dolor, no siendo necesario la sorpresa en el acto carnal. Establece igualmente este Código que cuando las circunstancias demuestren menor peligrosidad puede otorgarse el perdón judicial y aun eximirse de responsabilidad al autor del delito(…). El Código del Ecuador consagra que no hay infracción cuando uno de los cónyuges mate al otro o al cómplice, al sor-prenderlo en flagrante adulterio. Igual consideración la hacen extensiva para el padre, abuelo o hermano que mate a su hija, nieta o hermana o al cómplice, cuando la sorprenda en acto carnal(…). El Código Penal de Paraguay señala que está exento de responsabilidad criminal el marido que sorprenda a su mujer en flagrante adulterio, mate a ésta o a su cómplice(…). El Código de México establece una pena de 3 días a 3 años de prisión al cónyuge que mata a su mujer al sorprenderlos en acto carnal o próximo a consumarse éste(…). El Código de El Salvador establece pena de seis meses de prisión para el marido que sorprenda a su mujer en adulterio y dé muerte a ésta o al adúltero. Está exento de pena si le causa lesiones leves”.” En síntesis, en casi todos los países latinoamericanos el hombre que mata a su mujer “adúltera” está exento de pena o es condenado a escasos meses de prisión.
Uno de los países donde ha mejorado la legislación en tal aspecto es Venezuela, luego de la Reforma del Código Civil, aprobada en 1982, que en sus puntos fundamentales estableció: Art. 234: “eliminación total de las diferencias entre los hijos nacidos fuera o dentro del matrimonio. Comprobada su filiación, el hija concebido y nacido fuera del matrimonio tiene la misma condición que el hijo nacido dentro del matrimonio”. Art. 140: “Los cónyuges de mutuo acuerdo tomarán las decisiones relativas a la vida familiar y fijarán el domicilio conyugal. El domicilio conyugal será el lugar donde el marido y la mujer tengan establecido de mutuo acuerdo. En caso de que los cónyuges tuvieran residencias separadas, el domicilio conyugal será el lugar de la última residencia común”. Art. 261: “La patria potestad será ejercida conjuntamente por el padre y la madre”. Art. 185: “Se podrá declarar el divorcio un año después de declarada la separación de cuerpos. Cuando los cónyuges han permanecido separados de hecho por más de 5 años, cualquiera de ellos puede solicitar el divorcio alegando ruptura prolongada de la vida en común”. Art. 137: “La negativa de la mujer a usar el apellido del marido no se considerará como falta a los deberes del matrimonio”. Art. 168: “Cada mm de los cónyuges podrá administrar por si solo los bienes de la comunidad que hubiese adquirido con su trabajo personal”.
En nuestros países se acentúa el sexismo, copiando los modelos extranjeros de la moda femenina y los cosméticos sofisticados. Colonizada por los centros imperialistas en la ideología del sexismo, la mujer latinoamericana se aliena en el quehacer cotidiano de “estar a la moda”.
Los medios de comunicación contribuyen a reforzar el proceso de enajenación de la mujer. Las radionovelas, la televisión y las revistas femeninas son uno de los principales vehículos por los cuales penetra la ideología burguesa. “Es a través de la radio, la televisión y las revistas femeninas donde se emiten los mensajes que en mayor medida están moldeando la mentalidad de la mayoría de las mujeres latinoamericanas (…) Este mundo idílico es utilizado con mayores o menores variaciones ya sea en las telenovelas o fotonovelas como para promocionar toda la variada gama de artículos de consumo: desde el automóvil, terrenos y viviendas hasta la pasta de dientes, los cosmé-ticos, los alimentos o los botes de basura.”28
En un estudio sobre estos medios de comunicación dirigidos especialmente a la mujer latinoamericana, Michéle Mattelart sostiene: “Se trataría de ver si la imagen de mujer que publicita la revista ilustrada femenina no vuelve a readaptar los rasgos constitutivos del modelo ‘tradiciona-lista’ o, mejor dicho, conformista; se trataría de apreciar cómo el cambio que sufre esta determinada imagen de mujer es mínimo y no sobrepasa nunca los límites de la adaptación al contexto, definido por la modernidad, lo cual no significa nunca una agresión a los principios del sistema. Es decir que, en lo atinente a la imagen del ser femenino que difunden dichos órganos de prensa, se comprobaría la hipótesis de Marcuse según la cual, en la ideología burguesa, el cambio se halla sometido al respeto por lo invariable: dicho en una palabra, el respeto por lo invariable sería la condición para las variaciones. Y es así como sorprende comprobar la fijación de las revistas femeninas en todos estos temas ‘tradicionales’ que giran en torno a la ‘economía del corazón’: correo sentimental, folletines, horóscopos, o en tomo a otro eje esencial y obligatorio, el de lo doméstico, el de la organización hogareña ~. .1. Los resultados de un sondeo llevado a cabo en la población femenina (chilena) no hicieron sino confirmar lo que anticipan el sentido común y la observación corriente: mientras las revistas femeninas nacionales o importadas, reclutan la casi totalidad de su clientela en los estratos superiores, las revistas de fotonovelas se reservan a un público popular. Son mujeres de los estratos medio-infe flores y bajos las que se encuentran más expuestas a los ‘valores femeninos’ transmitidos por dicha prensa”.29
La alienación de la mujer ha servido en la mayoría de los países a reforzar el poder burgués a través de las elecciones. Muchas votaciones para elegir parlamentarios o presidentes han sido decididas a favor de los partidos de derecha y de centro por el voto masivo de la mujer, influenciada por la ideología burguesa en cuanto al concepto conservador del orden y la tradición, ideología que los partidos de izquierda no han sabido contrarrestar tanto por su política patriarcal como por la práctica machista de sus militantes, además de la falta de -un proyecto alternativo de sociedad donde se garanticen los derechos igualitarios de la mujer.
Los partidos de la izquierda latinoamericana han hecho muy poco para sacar a la mujer de esa trampa ideológica. En ellos, la militante femenina es utilizada en las tareas menos creativas: secretaria, cobradora de cuotas o actividades de agitación menor, como repartir volantes o pegar carteles. En los partidos políticos se reproduce parte de la opresión femenina que se da en la sociedad global humana.


NOTAS
1 MARY CASTRO GARCÍA: “¿Qué se compra y qué se paga en el servicio doméstico? El caso Bogotá”, en MAGDALENA LEÓN: La realidad colombiana, ACEP, Bogotá, 1982, t. 1, p. 121.
2 ZULMA RECCHINI DE LATTES: Dinámica de la fuerza de trabajo femenina en
la Argentina, UNESCO, París, 1983, pp. 11 y 14.
3 HÉCTOR GUTIÉRREZ :La población en Chile, CIDRED, París, 1975, p. 55.
4 M. SOLEDAD LAGO Y CARLOTA OLAVARRIA: “La mujer campesina en la expansión frutícola chilena”, en MAGDALENA LEÓN: Las trabajadoras op. cit. , t. II, p. 185.
5 XIMENA ARANDA B.: El díptico campesino-asalariado agrícola, en ibid., t. II, PP. 162 y 163.
6 RODOLFO QUINTERO: Sindicalismo y cambio social en Venezuela, UCV, Caracas, 1964, p. 46.
7 ANUARIO DE ESTADÍSTICAS DEL TRABAJO, 1976, Ministerio del Trabajo, Caracas. Pp. 5 y 6.
8 ADICEA CASTILLO: Algunas consideraciones acerca del mercado del trabajo femenino en Venezuela, UCV, Caracas, 1978,
9 OLIVIA BENAVENTE: “¿Sobrevives como mujer profesionista?”, Revista FEM, México, abril-junio 1977.
10 TERESA RENDON: “Las productoras de millones de invisibles”, Revista FEM, México, abril-junio 1977.
11 LOURDES ARIAPE: “Campesinas, capitalismo y cultura”, Revista FEM, México, abril-junio 1977.
12 MARÍA PATRICIA FERNÁNDEZ: “Las maquiladoras y las mujeres en ciudad Juárez (México); paradojas de la industrialización bajo el capitalismo integral”, en MAGDALENA LEÓN: Sociedad, subordinación y feminismo, ACEP, Bogotá, 1982, t. III, PP. 149 y 150.
13 LAURA GUZMÁN STEIN: “La industria de la maquila y la explotación de la fuerza de trabajo de la mujer: el caso de Costa Rica”, en revista Desarrollo y Sociedad. N0 13, CEDE, Facultad de Economía de
la Universidad de Los Andes, Bogotá, enero 1984, p. 172.
14 PILAR CAMPAÑA: “La mujer, trabajo y subordinación en
la Sierra Central del Perú”. en M. LEÓN: Las trabajadoras. ., op. cit., t. II, p. 150.
15 PAULO SANDRONI: “La proletarización de la mujer en Colombia después de
1945”, en M. LEÓN: La realidad colombiana, op. cit., t. 1, p. 76.
16 MAGDALENA VELÁZQUEZ: “La condición jurídica y real de la mujer en Colombia”, revista Nueva Sociedad, No 78, Caracas, julio-agosto 1985, p. 97.
17 ALICIA EUGENIA SILVA: “De la mujer campesina a la obrera florista”, en MAGDALENA LEÓN: La realidad colombiana, op .cit., t. 1, p. 34.
18 IBID., t. 1, Pp. 35 y 36.
19 IBID., t. I p. 41.
20 MAGDALENA LEÓN Y CARMEN DIANA DEERE: “La proletarización y el trabajo agrícola en la economía parcelaria: la división del trabajo por sexo”, en M. LEÓN: La realidad colombiana, op. cit., t. 1, p. 17.
21 IBID, t. 1, p. 21.
22 LOURDES ARIZPE: “Campesinas, capitalismo y cultura’, revista FEM, México, abril-junio 1977.
23 HENRY KIRSCH: “La participación de la mujer en los mercados laborales latinoamericanos”, en CEPAL: Mujeres en América Latina, FCE, México, 1975, p. 180.
24 EL NACIONAL, Caracas, 25 de febrero de 1975.
25 MANUEL GONZÁLEZ ABREU: Venezuela foránea, UCV, Caracas,
1976, p. 223.
26 ERNESTO SÁBATO: Tango, discusión y clave, Biblioteca Clásica Contemporánea, Buenos Aires, 1975.
27 SONIA SGAMBATTI: La mujer, ciudadano de segundo orden, Fondo Editorial Común, Caracas, 1976, Pp. 28 y 29.
28 TERESITA DE BARBIERI: “La condición de la mujer en América Latina”, en CEPAL: Mujeres en América Latina FCE, México, 1975, p- 59.
29 MICHELE MATTELART: La cultura de la opresión femenina, ERA, México, 1977, Pp. 39 y 67

Marxismo y Religión: la actitud de los revolucionarios

Posted by Pan y Rosas On Julio - 16 - 2009

Los marxistas somos materialistas: en vez de pedirle a los trabajadores “creéme, no hay que creer”, la tarea que tenemos es explicar por qué persiste la religión, cuáles son sus bases sociales. Tenemos que decir que la raíz se encuentra en la opresión social de las masas trabajadoras y la sensación (aparente) de impotencia frente al capitalismo, que causa sufrimientos horrorosos al proletariado y al pueblo pobre, y que invita a “soñar” con una vida mejor en el más allá –tal como lo señalamos en La Verdad Obrera, la semana pasada. Los marxistas sabemos que no alcanzan los buenos discursos sobre la inexistencia de Dios o sobre el papel reaccionario de la iglesia, para acabar con la religión. Porque ésta es un producto social que expresa las contradicciones de la sociedad de clases. Sólo acabando revolucionariamente con esta sociedad dividida en explotados y explotadores, que da origen a la religión, entonces se podrá eliminarla.
Ahora bien, supongamos que estamos en huelga y un sector de obreros son ateos y otros, todavía creen en Dios y van a la iglesia. “El marxista tiene el deber de colocar en primer plano el éxito del movimiento huelguístico, de oponerse resueltamente a la división de los obreros en esa lucha en ateos y cristianos y de combatir esa división.”, dirá Lenin. Pero, refiriéndose al mismo ejemplo de los obreros en huelga, Lenin señala que también es nuestra tarea denunciar el papel que desempeñan la Iglesia y los curas al apoyar a los gobiernos y a la burguesía contra la clase obrera, especialmente cuando los trabajadores deciden enfrentar al patrón, al gobierno o al Estado.
También están los que consideran a la religión como un asunto privado: que si hay compañeros que tienen fe en Dios, no hay que decirles nada en contra de sus ideas, porque es “su vida”. Contra esta posición, Federico Engels –compañero de Marx y uno de los más grandes teóricos del socialismo- decía que los revolucionarios consideramos a la religión un asunto privado, pero con respecto al Estado; ¡de ningún modo con respecto a sí misma, con respecto al marxismo, con respecto al partido obrero! Tomar este asunto como un problema privado y no combatir la religión, para un partido revolucionario significa nada más y nada menos que ocultar o sacrificar uno de sus principios fundamentales para no tener “conflictos” con sus simpatizantes.
Por el contrario, los revolucionarios decimos claramente que las clases dominantes siempre utilizaron la religión para mantener a las clases explotadas bajo el sometimiento, apelando a la paciencia y la mansedumbre frente a la miseria y el yugo, justificando el sufrimiento en esta tierra por la esperanza en “otra vida” compensatoria.
Por eso queremos cambiar la pregunta sobre si hay vida después de la muerte, por otra pregunta: ¿hay otra forma de vivir esta vida, antes de la muerte, mejor que la forma en la que vivimos actualmente bajo el látigo del capital? Y mientras la religión enseña a mirar el cielo, el marxismo enseña a mirar la tierra para luchar por una sociedad donde no existan las cadenas.
Para emprender esa lucha revolucionaria es necesario que los trabajadores sólo confíen en sus propias fuerzas y no en las de un supuesto “ser superior” –ni celestial ni terrestre-. La religión sólo sirve para oscurecer esta idea: que en las manos del proletariado descansa el poder de construir la realidad de este mundo y, por lo tanto, de poder parar este sistema, destruir las cadenas que lo aprisionan y ser los artífices de uno nuevo, liberado de toda explotación y opresión.

Las primeras organizaciones obreras feministas

Posted by Pan y Rosas On Junio - 30 - 2009

Reproducimos esta nota realizadapor una compañera hace 5 años…

Los inicios del siglo XX marcan la época de la organización de la clase obrera chilena. Es una época heroica, llena de luchas, experiencias y organización. Donde se forma la conciencia de clase de la clase obrera, donde nacen sus primeros partidos y organizaciones sindicales y políticas, como las Mancomunales, la Federación Obrera de Chile, en 1909 o la fundación del Partido Obrero Socialista en 1912. Es también una época de brutalidad en la explotación patronal, y de la complicidad del Estado con sus instituciones, como las Fuerzas Armadas o la justicia patronal a su servicio, graficado trágicamente en las grandes matanzas obreras que se provocan por estos años, como la matanza de Santa María de Iquique, episodio funesto para la clase obrera que es reflejada en la Cantata Santa María de Iquique:

“Murieron/ tres mil seiscientos,/ uno tras otro.

/Tres mil seiscientos mataron, /uno tras otro.
La Escuela Santa María/ vio sangre obrera,/
la sangre que conocía/ sólo miseria.
Serían/ tres mil seiscientos/ ensordecidos./
Y fueron tres mil seiscientos/ enmudecidos
La Escuela Santa María/ fue el exterminio,/
de vida que se moría/ sólo alarido.
Tres mil seiscientas miradas/ que se apagaron./
Tres mil seiscientos obreros/ asesinados.”

Con la matanza de Santa María, se cierra un capítulo de ascenso de la clase obrera chilena, que durante un tiempo va a encontrarse en retirada, recuperando sus fuerzas de la derrota. La experiencia no va a se en vano. Un par de años después, nuevamente retomaría su organización y su lucha, lo que se expresaría claramente, por ejemplo, en el nacimiento de la Federación Obrera de Chile en el año 1909, y que en el año 1920 daría un giro fundamental bajo la dirección de Luis Emilio Recabarren, quién a su vez fundaría en 1912 el Partido Obrero Socialista, buscando que la clase obrera contara con su propio instrumento político, y que a pesar de las limitaciones de su programa, que era más bien clasista y de defensa de los derechos obreros, fue una importante herramienta para los trabajadores.Esta primera etapa del movimiento obrero chileno, que dura hasta aproximadamente 1907, encuentra una clase obrera que enfrenta la ferocidad patronal, con la superexplotación laboral y la enorme represión, lo que lleva a que se consolide una conciencia de clases clasista y combativa. Los trabajadores se arman de organizaciones de lucha y combate, solidarias y activas. Desde mediados de 1800 hasta fines de siglo, se organizan Sociedades de Socorros Mutuos, que agrupaban básicamente a artesanos, obreros y empleados, hasta llegar a convertirse en federaciones provinciales y nacionales, aunque más tarde derivaron hacia planteamientos de reformar el capitalismo, ligándose al partido Democrático chileno, luego, surgirán las Mutuales y las Sociedades de Resistencia, con una orientación más visiblemente anticapitalista.

Clase y género: surgimiento de las primeras organizaciones obreras femeninas

Tal como en muchos otros lugares, el capitalismo en nuestro país utilizó el trabajo femenino e infantil para su provecho. La superexplotación, precariedad y bajos salarios, junto a la falta de derechos laborales y la baja calificación del trabajo, fueron una constante. Ya a mediados de 1800 había una importante cantidad de fuerza de trabajo femenina en actividades como lavandería, costureras, sirvientas, etc., y hacia fines del siglo XIX, comienzan a ubicarse en el naciente sector fabril. Las ramas más importantes en que se fue concentrando el trabajo femenino fueron la industria textil y la confección.La primera institución de trabajadoras que surge en Chile, está asociada al mutualismo: la Sociedad de Obreras de Valparaíso, fundada el 13 de noviembre de 1887 por las costureras del taller “Casa Gunter”. La sociedad abría sus puertas a las obreras de la industria y el servicio y se encuentra presidida por la joven obrera Micaela Cáceres de Gamboa. Tomaba como modelo las sociedades de obreros existentes hasta el momento. La iglesia reaccionó con pavor ante la noticia, más aún al enterarse de que la sociedad prohibía tratar cuestiones religiosas en su interior, por lo que organizó, a su vez, “una Sociedad Católica de Obreras para que compitiera con la entidad femenina laica.” Cuando al año siguiente se funda la Liga de Sociedades Obreras de Valparaíso, esta organización femenina de obreras va a ser una de las quince que la impulsen y compongan, siendo una de sus integrantes miembro de la directiva.

El ejemplo de las obreras costureras de Valparaíso comenzó rápidamente a extenderse: en diciembre de 1887 las obreras de la confección en la ciudad de Santiago constituyen también una Sociedad de socorros mutuos, en 1888, se funda la Sociedad de Socorros Mutuos “Emancipación de la Mujer”, Juana Roldán Escobar, una de sus principales dirigentes, fue una luchadora incansable por los derechos de los trabajadores y de la mujer, participando en la formación de un sinnúmero de sociedades y confederaciones, estimulando la participación de las obreras, la educación y la defensa de sus derechos.

De aquí en más, en diferentes puntos del país se van estableciendo organizaciones de obreras, como en 1889 en Concepción, la Sociedad Ilustración de la Mujer. De aquí en adelante, veremos el recorrido de las sociedades mutualistas, hacia las organizaciones más claramente sindicales, como los gremios y sindicatos. Una característica que marca el inicio de estas organizaciones, es que están ligadas a los problemas más generales de la clase obrera e intentan, tendencialmente, unir los temas de la mujer y el género, enfocados desde una perspectiva social más general: la lucha contra “el fanatismo religioso”, la “opresión masculina” y, especialmente, darle una conciencia clara sobre su responsabilidad social . De todas maneras, el aspecto central es la lucha por los derechos de las trabajadoras, “sus reivindicaciones: disminución de la jornada de trabajo, contra la explotación. Sin embargo, desde temprano, se manifiesta o subyace la protesta por la condición de subordinación sexual”

Después de las primeras sociedades de socorros mutuos, comienzan a desplegarse las Mancomunales. Estas manifiestan que “la mujer tiene derecho a solicitar su incorporación” . Las mancomunales tienden a incorporar la denuncia más económica, la opresión y explotación del capital, y a abogar por la unidad de los trabajadores. Eran la expresión de la combatividad de la clase obrera chilena. En 1903 nace en Valparaíso la Federación Cosmopolita de Obreras en Resistencia, que integra a costureras y obreras del calzado, que aboga por “la unión, el ahorro, el mejor y justo salario” y por la “emancipación y engrandecimiento de nuestro sexo” . Más tarde, la Federación va a pasar a integrar la Confederación de Trabajadores de Chile. Su presidenta, Clotilde Ibaceta.

A comienzos del siglo XX, nacen en Santiago los gremios de mujeres. En 1906 ve la luz la Asociación de Costureras “Protección, Ahorro y Defensa”, integrada por cien socias. Su presidenta, Esther Valdés de Díaz, es una destacada obrera “corpiñera”. Según sus propias palabras “concluyó que con su trabajo el patrón ganaba el triple de lo que ella recibía como salario y su espíritu se sublevó”. La Asociación luchaba por reglamentar las horas de trabajo, salario justo, descanso dominical, formar una biblioteca, instrucción de las obreras, entre otros puntos. La Asociación denuncia los brutales ritmos de trabajo, en el que las obreras debían trabajar turnos de hasta doce y catorce horas, y el abuso patronal, por el que un retraso en las horas de entrada o en la confección de alguna prenda, significaba el descuento de hasta una décima parte de su salario. Es por ello que se propone que la Asociación permita “defenderse del enemigo común: el Capital” y conocer “otro mundo, el de la instrucción”. Sólo en dos años, 1907 y 1908, surgen por lo menos unos veintidós sindicatos de obreras.

Más adelante, surgirán periódicos obreros feministas, que luchan también contra la explotación patronal y por los derechos de la mujer trabajadora.

Son estas primeras experiencias, las que van a ligar los problemas de la explotación de clase y los problemas de la opresión de género, en el que muchas y destacadas obreras y mujeres en general, van a comenzar a luchar por transformar sus condiciones de existencia. Experiencias que van a continuar en diferentes momentos de la historia de nuestro país, y que necesitamos retomar en la actualidad. Porque la explotación patronal y la opresión de género van de la mano, es necesario organizarse y luchar contra ella.

¡Basta de explotación patronal!

¡Basta de opresión y abuso contra la mujer!

El género nos une, la clase nos divide

Marxismo y feminismo : mas de 30 años de controversia

Posted by Pan y Rosas On Junio - 17 - 2009

“Marxismo y feminismo son una sola cosa: marxismo”.
Heidi Hartmann y Amy Bridges
“Una revolución no es digna de llamarse tal si con todo el poder y todos los medios de que dispone no es capaz de ayudar a la mujer –doble o triplemente esclavizada, como lo fue en el pasado– a salir a flote y avanzar por el camino del progreso social e individual”.
León Trotsky

 

Desde lo que se ha dado en llamar “la segunda ola” del feminismo, las controversias entre esta corriente y el marxismo estuvieron a la orden del día. Creemos que no hubiera podido ser de otra manera: si el feminismo de la primera ola tuvo como interlocutor privilegiado al movimiento revolucionario de la burguesía –discutiendo sus parámetros de ciudadanía y derechos del Hombre que no incluían a las mujeres de la clase en ascenso–, el de los años ‘70 dialogó –y no siempre en buenos términos– con el marxismo, abordando cuestiones que van desde la relación entre opresión y explotación hasta la reproducción de los valores patriarcales al interior de las organizaciones de izquierda y el fracaso de los llamados “socialismos reales”.

En este período se advierten los esfuerzos teóricos de parte del feminismo de unificar clase y género en el intento de subsumir los análisis sobre las mujeres a las categorías marxistas ortodoxas. “Algunas feministas mantenían que el género era una forma de clase, mientras que otras afirmaban que se podía hablar de las mujeres como clase en virtud de su posición dentro de la red de relaciones de producción ‘afectivo-sexuales’”1.

Este intento se basaba en que la mayoría de las teóricas feministas radicales provenían de las filas de la izquierda2 “y más específicamente de la izquierda marxista. El feminismo radical se desarrolla como un enfrentamiento con la izquierda ortodoxa. [...]. Así apuntan a una serie de problemas en las concepciones marxistas sobre la opresión de la mujer, sustituyéndolas por la tesis central de que la mujer constituye una clase social. En respuesta a esta tesis se desarrolla el feminismo socialista que intenta combinar el análisis marxista de clases con el análisis sobre la opresión de la mujer. En sentido más general, lo que se ha dado en llamar la relación entre la sociedad patriarcal y la sociedad de clases”3.

Otras autoras señalan que fue el mismo “desencanto ante el socialismo surgido de la revolución [lo que] ha dado un impulso a la aparición de la teoría feminista”4. Incluso, postulando que el análisis de Kate Millet, en su reconocido libro Sexual Politics, fue lo que permitió al feminismo radical llegar a la conclusión de que “era necesaria una revolución para cambiar el sistema económico, pero no suficiente para liberar a la mujer”5.

Si estas interlocuciones eran ineludibles es porque el feminismo, como movimiento que aspira a la emancipación de las mujeres de toda opresión, debe necesariamente dialogar con las corrientes teóricas y políticas que expresan las tendencias revolucionarias de la época.

Y en este sentido, que el feminismo haya tenido que ubicar al marxismo como un interlocutor necesario –aún en el enfrentamiento agudo de posiciones divergentes–, es un reconocimiento implícito a que la clase obrera, la lucha de clases y el socialismo son categorías que dan cuenta del modo de producción en el que vivimos, basado en la explotación de millones de seres humanos por parte de un puñado de capitalistas. Horizonte de la discusión y de las controversias suscitadas entre feminismo y marxismo, mientras no desaparezca la propiedad privada de los medios de producción.

Además, históricamente, feminismo y marxismo nacieron en el modo de producción capitalista, aún cuando la opresión de las mujeres y de las clases fueran anteriores a la explotación del trabajo asalariado. El desarrollo del proletariado y la destrucción de la economía familiar precapitalista se encuentran en el origen de ambas corrientes de pensamiento.

Por eso, quien aspire a acabar con la opresión, y no sólo a lograr sesudas elaboraciones teóricas abstractas de dudosa capacidad emancipatoria, debe dar cuenta de esto. Y así lo hicieron el feminismo radical, el feminismo socialista, el feminismo materialista, el feminismo de la igualdad, el de la diferencia e incluso el postfeminismo, en un diálogo controversial pero también, en algunos aspectos, fructífero, durante los últimos treinta años. ¿Cuáles son los nudos centrales de esa controversia?

Las feministas liberales prestaron poca atención sobre los orígenes de la desigualdad sexual y más bien sostuvieron que la sociedad “moderna” (es decir, capitalista), con sus avances tecnológicos, sus riquezas y abundancia y con el desarrollo de la democracia como régimen político, es condición de posibilidad para la lucha por la equidad de género, la que alcanzará sus resultados progresiva y gradualmente6.

Las feministas radicales, por el contrario, enfatizaron la existencia de la dominación masculina (patriarcado) en todas las sociedades existentes. Desde este punto de vista, aunque parecieran compartir con el socialismo la premisa de que en el sistema capitalista es imposible plantearse la liberación humana; lo cierto es que se muestran escépticas sobre la capacidad del socialismo para crear una verdadera democracia basada en la abolición de la esclavitud asalariada y sobre la cual pueda asentarse la emancipación definitiva de las y los oprimidos.

Para el feminismo radical no habrá cambio social sin una revolución cultural que lo preceda. Por ello, cada uno debe empezar por cambiarse a sí mismo para cambiar la sociedad.

De allí el énfasis en constituir organizaciones no jerarquizadas y espontáneas de mujeres, donde el objetivo central es la “autoconcienciación” que develaría el significado político de los sentimientos, las percepciones y las prácticas naturalizadas en la vida cotidiana. Este ejercicio de autoconciencia daría paso a la liberación sexual y la creatividad que permitirían entonces transformar las relaciones opresivas. Como señala MacKinnon: “… la concienciación es a la vez expresión de sentido común y definición crítica de los conceptos. [...] A través de la concienciación, las mujeres comprenden la realidad colectiva de su condición desde dentro de la perspectiva de esa experiencia, no desde fuera”7.

Pero, tanto desde el punto de vista teórico como del político, hay diferentes sectores dentro del feminismo radical. Desde quienes se ven como parte y en alianza con otros sectores del movimiento socialista, hasta quienes absolutizan la recuperación de una cultura femenina, con valores propios y, por lo tanto, incluso llegan a plantearse políticas separatistas, intentando crear comunidades en donde se recree otra cultura opuesta a la cultura dominante, a la que consideran masculina (patriarcal). Hay quienes sostienen posiciones teóricas acerca del ser mujer que rozan con el esencialismo biologicista, hasta quienes adhieren a posiciones materialistas economicistas que recaen en nuevos idealismos.

Con estas diversas corrientes feministas, que numerosas autoras –y en este caso, haremos lo mismo– engloban bajo la denominación de feminismo radical, es que intentaremos debatir, señalando algunos de esos ejes controversiales que se mantuvieron en el diálogo con el marxismo durante los últimos treinta años.

I. Capitalismo y patriarcado, un matrimonio bien avenido (O el por qué de la necesidad de la revolución socialista)

“Tanto las feministas radicales como las feministas socialistas están de acuerdo en que el patriarcado precede al capitalismo, mientras que los marxistas creen que el patriarcado nació con el capitalismo”8. En sencillas palabras, Z. Eisenstein señala una de los malos entendidos más reiterados en relación al marxismo, por parte de las feministas. A pesar de que en este artículo, la feminista socialista norteamericana hace un análisis pormenorizado de los textos de Marx y Engels, culmina con este grueso error de apreciación.

Si la citamos no es por el valor que tenga en sí mismo este pequeño párrafo, sino porque es uno de los sentidos comunes más divulgados: el de que, para el marxismo, sólo existiría opresión patriarcal en el sistema capitalista. Por el contrario, Marx y Engels –pero sobre todo este último– insistieron en la existencia de la opresión de las mujeres en todas las sociedades con Estado –y no sólo en el capitalismo–, vinculando el patriarcado a la existencia de las clases sociales.

Más aún, Engels señala –en su conocida obra sobre el origen de la familia y con un tono que podría considerarse más radical que el de las feministas radicales, teniendo en cuenta el momento de su escritura– que “la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí, encuentro esta frase: ‘la primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos.’ Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico9, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, la época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos se verifican a expensas del dolor y de la represión de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad”10 [las negritas son nuestras].

Ahora bien, si el malentendido subsistió – y por largo tiempo– hay que buscar la razón que lo sustenta. Lo que sí es cierto es que, para el marxismo, patriarcado y capitalismo establecen una relación diferente y superior a la establecida en los anteriores modos de producción. Como señala Celia Amorós: “Lo que sí es muy cierto, restringiéndonos ahora al modo de producción capitalista, es que, como ya señaló Rosa Luxemburgo, el capitalismo es un sistema de discriminación en la explotación –al mismo tiempo que de explotación sistemática de toda forma de discriminación, podríamos añadir”11.

Como diría la feminista española, para las mujeres obreras, la opresión introduce un incremento diferencial en su explotación. Pero, por el contrario, hay opresiones que, no sólo no implican, sino que descartan la combinación con la explotación e incluso, convierten a la mujer en integrante de la clase explotadora (por ejemplo, en el caso de una mujer casada con un varón burgués).

Como ya hemos señalado en otras oportunidades, el capitalismo arrancó a la mujer del ámbito privado. Acabó con los designios oscurantistas de la Iglesia que naturalizaban el rol de las mujeres como garantes del “fuego” del hogar. Consiguió el desarrollo médico y científico que permitió que, por primera vez, la separación entre la reproducción y el placer pudiera ser efectiva. Permitió el más amplio conocimiento sobre el aparato reproductor femenino. Con el desarrollo de la técnica y la maquinaria, desmitificó el supuesto de tareas, trabajos y profesiones masculinos o femeninos, basados en las diferencias anatómicas. Y también ha convertido en un hecho al alcance de la mano la socialización de las tareas domésticas12.

Pero, como ha señalado Trotsky –en discusión sobre otros términos–, “el capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin”13. Eso significa que mientras empuja a las mujeres al ámbito de la producción, lo hace con salarios menores a los de los varones por la misma tarea, para de ese modo también presionar a la baja el salario del conjunto de la clase. Significa que, mientras impulsa la feminización de la fuerza de trabajo, lo hace sin quitarle a las mujeres la responsabilidad histórica por el trabajo doméstico no remunerado, recargándolas con una doble jornada laboral. Que mientras tira por la borda, con los hechos mismos del desarrollo científico y técnico, los prejuicios más oscurantistas sostenidos por el clero y los fundamentalismos religiosos, se apoya en la ideología reaccionaria de la Iglesia para mantener el sometimiento y el dominio terrenal en aras de una futura libertad infinita en el más allá. Que mientras desarrolla los lavaderos automáticos, la industrialización de la elaboración de alimentos, etc., mantiene la privatización de las tareas domésticas para que, de ese modo, el capitalista se vea exento de pagar gran parte del esfuerzo con el cual se garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo.

Muchas veces se habla del progreso de las mujeres en las últimas décadas. Inversamente, también en el capitalismo, bajo el cual se han desarrollado las mayores riquezas sociales que ha dado la humanidad en toda su historia, existen actualmente 1300 millones de pobres, de los cuales el 70% son mujeres y niñas. Las mujeres son las que más sufren las consecuencias de los planes de hambre que imponen los organismos multilaterales y el imperialismo a través, incluso, de sus mejores especialistas en “género y desarrollo”.

El capitalismo encierra éstas y otras paradojas. Mientras recrea permanentemente su propio sepulturero, también crea, para las mujeres, las condiciones de posibilidad de una igualdad de género nunca antes alcanzada, pero a la que luego no le permite acceder a millones de mujeres explotadas en el planeta.

De aquí se concluye en otra de las controversias que han recorrido este diálogo entre marxismo y feminismo desde los años ’70: la situación en la que vivimos bajo el capitalismo pareciera indicar que es necesaria la revolución social para acabar con tanta injusticia, pero ¿la revolución proletaria es suficiente para la emancipación de las mujeres?

El conocido diálogo entre Bárbara Ehrenreich y Susan Brownmiller de 1976 se refería a este mismo dilema14. En el diálogo entre las feministas norteamericanas, donde una festejaba la revolución celebrando las diferencias existentes entre una sociedad en la que el sexismo se expresa en forma de infanticidio femenino y una sociedad en la que el sexismo toma la forma de una representación desigual en el Comité Central, agregando que esa diferencia es una por la cual vale la pena morir; la otra respondía con que “un país que ha hecho desaparecer la mosca tse-tsé puede introducir un número paritario de mujeres en el Comité Central por decreto”15.

Consideramos que ninguna de las dos responde a la complejidad del problema planteado. En primer lugar, porque si bien, en apariencia, el infanticidio femenino resulta de una gravedad diferente a la falta de representación femenina en un gobierno, la solución a uno de los problemas no es razón suficiente para dejar de ver el segundo. Pero, suponer que siglos de opresión que pesan sobre el género femenino podrían eliminarse drástica y mágicamente con decretos revolucionarios es absurdo.

Las feministas que abogan por los cambios culturales en aras de una nueva contracultura no patriarcal, desdeñan la necesidad de esos cambios cuando adhieren sin cuestionamientos a los regímenes burocráticos que han expropiado la revolución a las masas, o bien, son impacientes frente a la experiencia del poder obrero que transforma radicalmente la estructura económica y social y, por primera vez en la historia, permite a las masas lanzarse audazmente a la creación de nuevos valores y una nueva cultura.

La idea de que un cambio profundo de los valores y de la cultura son necesarios no es un invento de las feministas radicales de los ’70. Ya Lenin planteaba, en 1920, que “la igualdad ante la ley todavía no es igualdad frente a la vida. Nosotros esperamos que la obrera conquiste, no sólo la igualdad ante la ley, sino frente a la vida, frente al obrero. Para ello es necesario que las obreras tomen una participación mayor en la gestión de las empresas públicas y en la administración del Estado. [...] El proletariado no podrá llegar a emanciparse completamente sin haber conquistado la libertad completa para las mujeres”16. Y Trotsky escribía, en 1923, su célebre Problemas de la vida cotidiana, donde incluso discute hasta el uso del lenguaje procaz, el bajo nivel cultural de las masas en la Unión Soviética y su relación con la situación de opresión de las mujeres. No son meros resabios de “sensibilidad” individual lo que los ha llevado a pronunciarse sobre tales cuestiones. La teoría de la revolución permanente, cuya autoría le pertenece a León Trotsky, esboza entre otras cuestiones el carácter permanente de la revolución socialista como tal; es decir, como un proceso de “duración indefinida y de una lucha interna constante, [en el que] van transformándose todas las relaciones sociales. [...] Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio”17.

No concluimos que la emancipación de las mujeres está garantizada automáticamente con la revolución socialista o con algunas leyes y decretos progresivos que pueda promulgar la clase obrera en el poder. Pero afirmamos que lo contrario sí es cierto. Por eso, contraponer la necesidad de un cambio cultural a la necesidad de trastocar el sistema capitalista desde su raíz, sólo puede servir a los fines de desestimar la idea de la revolución social. Es en los estrechos marcos del sistema capitalista donde la emancipación de los oprimidos adquiere el carácter de una verdadera utopía.

Creemos que todos los derechos formales que las mujeres hemos arrancado al capitalismo con nuestra lucha se convierten en papel mojado si no se apunta a transformar el corazón de este sistema, basado en la más abyecta de las jerarquías que es la de que un puñado de personas viva a expensas de la explotación descarnada de millones de seres humanos. Pero a pesar de esto, no consideramos que haya etapas “obligadas” en la lucha por nuestra emancipación. Creemos que, mientras luchamos por un sistema donde no existan la explotación ni la opresión, es nuestro deber irrenunciable impulsar y ser parte de las luchas de las mujeres por las mejores condiciones de vida posibles aún en este mismo sistema, por los derechos democráticos más elementales, incluso en alianza con todos y todas las que luchen por esos derechos –aún cuando no compartan la idea de que otro sistema de verdadera igualdad y libertad es posible.

Pero hoy, cuando tantas mujeres se incorporan a los parlamentos y los organismos multilaterales de “desarrollo”, mientras tantas otras mueren por hambre, por abortos clandestinos y por bombas de uranio empobrecido, la reflexión se hace urgente y más necesaria que nunca.

Porque no se trata de violencia simbólica e, incluso, porque la revolución cultural que reclama la mayoría de las feministas no puede limitarse a una simple conversión de las conciencias y de las voluntades, ya que el fundamento de esa opresión no reside en las conciencias engañadas a las que bastaría iluminar, sino en lo que Pierre Bourdieu llamaría “una inclinación modelada por las estructuras de dominación que las producen”18. Algo que nos obliga a poner en cuestión la necesidad de una transformación radical de las condiciones sociales de producción de esas inclinaciones.

Por eso creemos que no plantearse la relación estrecha entre capitalismo y patriarcado, a esta altura de la historia, además de miopía teórica, es ceguera política.

II. Una discusión sobre el sujeto de la emancipación (O el por qué de la necesidad de unir las filas obreras en la lucha contra toda explotación y opresión)

Una de las controversias más importantes es la que refiere al sujeto de la emancipación. ¿Son las mujeres mismas o es la clase obrera? En esta dicotomía se sustentan largos debates. En ninguna de estas objeciones se señala el hecho categórico de la tendencia a la feminización de la fuerza de trabajo, que constituye a las mujeres en uno de los sectores más explotados de la clase obrera, no sólo porque pesan sobre ellas los apremios de una doble jornada laboral –remunerada en la fábrica y no remunerada en el trabajo doméstico–, sino porque sus condiciones laborales son las de mayor precarización y flexibilización.

Este hecho, sólo para demostrar que el antagonismo entre los términos parte de una omisión: las mujeres constituyen un grupo interclasista y la clase es una categoría que remite a un agrupamiento intergénerico; es decir, no son términos que se contraponen porque no son categorías del mismo nivel explicativo.

Dicho esto, entonces, la formulación más precisa debería ser: ¿quién es el sujeto de la emancipación de las mujeres? ¿Las mujeres de las distintas clases sociales asociadas en base a su interés de género? ¿O bien las mujeres de la clase obrera, asociadas con los varones de su misma clase, y conduciendo una alianza con las mujeres oprimidas de otras clases subalternas que deseen acabar verdaderamente con esta situación de opresión?

Para las marxistas, si la emancipación de las mujeres no puede realizarse sin la destrucción del sistema capitalista, por tanto, el sujeto revolucionario será el proletariado (lo que incluye mujeres y varones). Pero en esta lucha específica, las mujeres obreras encabezarán el combate por su propia emancipación y por conseguir que los varones de su propia clase incorporen la lucha contra la opresión en el programa revolucionario de las filas proletarias, como uno de los aspectos integrados a la lucha de clases más amplia. Todos los ejemplos históricos muestran la relación existente entre el desarrollo de la conciencia emancipatoria y el logro de conquistas relativas en los derechos de género, con situaciones más generales de la lucha de clases. Y también, ejemplos contrarios: cómo las situaciones más reaccionarias, de retroceso de la lucha de clases, anticiparon y fueron el marco de un retroceso también agudo en los derechos conquistados por las mujeres.

Muchas veces las feministas han discutido que en la izquierda prima la idea de que cualquier objeción sobre la opresión de las mujeres, rompería la unidad necesaria de las filas obreras para enfrentar al enemigo de clase.

Es cierto, lamentablemente se trata de un prejuicio populista muy extendido entre las filas de la izquierda. Sin embargo, parafraseando a Marx, sostenemos que no puede liberarse quien oprime a otros. Porque no hay posibilidad de que la clase, que es en sí revolucionaria por el lugar que ocupa en la producción, pueda erigirse en la dirección revolucionaria del conjunto del pueblo oprimido, sin considerar también que existe la opresión en sus filas; que millones de mujeres trabajadoras y del pueblo pobre sufren la humillación, el sometimiento y el desprecio de la mano de los miembros masculinos de su clase.

Porque los revolucionarios consideramos que cada vez que una mujer es abusada, golpeada, humillada, considerada un objeto, discriminada, sometida, la clase dominante se ha perpetuado un poco más en el poder. Y la clase obrera, en cambio, se ha debilitado. Porque esa mujer perderá la confianza en sí misma y por lo tanto en sus propias fuerzas. Atemorizada, creerá que la realidad no puede cambiarse y que es mejor someterse a la opresión que enfrentarla y poner en riesgo su vida. Y la clase obrera se debilita, también, porque ese hombre que golpeó a su compañera, que la humilló, que la consideró su propiedad, está más lejos que antes de transformarse en un obrero conciente de sus cadenas, está un poco más lejos de reconocer que, en la lucha por romper sus cadenas, debe proponerse liberar a toda la humanidad de las cadenas y contar a todos los oprimidos como sus aliados.

Por esa razón, el programa del trotskismo plantea lo opuesto a lo que sostienen los populistas: si la unidad de las filas obreras es necesaria, entonces es imperioso erradicar los prejuicios contra los inmigrantes, las barreras que se alzan entre efectivos y contratados, combatir contra la ideología que impone la represión del adulto sobre el joven y, en este mismo sentido, luchar denodadamente contra la opresión de las mujeres. Ellas deberán dejar de ser “las proletarias del proletario”19, las personas sumisas y consideradas objetos de la propiedad del varón.

Por eso el programa del marxismo revolucionario señala: “Las organizaciones oportunistas, por su naturaleza misma, centran principalmente su atención en las capas superiores de la clase obrera, y por consiguiente, ignoran tanto a la juventud como a la mujer trabajadora. Ahora bien, la declinación del capitalismo asesta sus golpes más fuertes a la mujer, como asalariada y como ama de casa”20. Y culmina con la consigna “¡Paso a la mujer trabajadora!”.

Conclusiones: Revisionismo antifemenino vs. Marxismo revolucionario y emancipatorio

Las controversias serían menos si, en todo caso, las diversas corrientes del feminismo radical reconocieran que, bajo la denominación de marxismo, no se halla una corriente homogénea y monolítica. Por empezar, habría que diferenciar entre reformistas y revolucionarios; algo que no es de menor importancia cuando tratamos la cuestión de la opresión de las mujeres.

Porque no creemos casual que, entre los movimientos de los trabajadores que han adoptado posiciones reformistas, los problemas específicos de la superexplotación de las mujeres hayan sido resueltos desde una tónica anti-femenina. Sin ir más lejos, es sabida la historia de la dirigencia tradeunionista británica, los proudhonianos de la Iº Internacional o el mismo Lassalle del Partido Obrero Alemán (pre-marxista) que cuestionaban la incorporación de las mujeres a la producción y, por lo tanto, se manifestaban contrarios a su organización como trabajadoras.

En la IIº Internacional, el mismo revisionista Bernstein21 del Partido Socialdemócrata Alemán, defendió la igualdad legal para la mujer, pero se opuso con ataques satíricos a la organización militante de las mujeres trabajadoras que encabezaba Clara Zetkin, la que sin embargo, en ocasión de dividirse el partido por la traición de sus más altos dirigentes a los principios de clase, se mantuvo en el ala revolucionaria22.

Por otra parte, nada menos que Augusto Bebel, autor de La mujer y el socialismo, fue quien atacó con los más duros epítetos misóginos a Rosa Luxemburgo, una de las más grandes dirigentes mujeres –sino la más grande– del proletariado revolucionario que se negó, pícaramente, a dedicarse a las tareas de organizar la sección femenina –donde el ala derecha quería confinarla para que no interfiriera en el rumbo revisionista– y sin embargo, participó en los Congresos Internacionales de Mujeres Socialistas intentando convencer a las mujeres socialdemócratas de su punto de vista sobre la guerra mundial y sus críticas al curso que tomaba la dirección del partido frente a estos acontecimientos. Fueron sus batallas inclaudicables por los principios revolucionarios las que le valieron que Bebel se refiriera a ella con estas palabras: “Hay algo raro en las mujeres. Si sus parcialidades o pasiones o vanidades entran en escena y no se les da consideración o, ya no digamos, son desdeñadas, entonces hasta la más inteligente de ellas se sale del rebaño y se vuelve hostil hasta el punto del absurdo. Amor y odio están uno al lado del otro y no hay una razón reguladora”23.

Para el ala reformista que luego claudicó ante el imperialismo en la Iº Guerra Mundial, Rosa Luxemburgo merecía ser tratada de este modo: “La perra rabiosa aún causará mucho daño, tanto más teniendo en cuenta que es lista como un mono”24 Por eso, no es extraño que Bebel respondiera: “Con todos los chorros de veneno de esa condenada mujer, yo no quisiera que no estuviese en el partido”25.

Como señala Thonnessen: “Hay una conexión íntima entre el antifeminismo proletario y el revisionismo, así como la hay entre el movimiento radical por la emancipación de la mujer y la teoría ortodoxa socialista. El feminismo marxista ha llevado a cabo, característicamente, una lucha en contra del reformismo y el obrerismo por una parte, y contra el carácter limitado y elitista del feminismo burgués por otra parte”26.

Esa “conexión íntima” entre antifeminismo y revisionismo volvemos a encontrarla en el período de la burocratización del estado obrero surgido de la revolución de 1917.

Bajo el régimen thermidoriano de la burocracia stalinista, mientras se fusilaba en los juicios de Moscú a todos los bolcheviques de la generación de Octubre y se perseguía a los opositores de izquierda acusándolos de “trotskistas”, enviándolos a los campos de concentración o al exilio, se volvió a prohibir el aborto en la Unión Soviética, se condenó la prostitución y se criminalizó la homosexualidad. Todo esto, acompañado con la reproducción de los estereotipos tradicionales de las mujeres como madres dedicadas al hogar y el entronizamiento de la familia, a través de la propaganda del Estado.

Fue el trotskismo quien combatió la idea stalinista de que con la conquista del poder, la sociedad socialista se consumaba en “sus nueve décimas partes”, advirtiendo sobre decenas de problemas económicos, políticos, sociales y culturales que no se podían resolver mecánicamente y que incluían, entre otros, las relaciones entre varones y mujeres. Particularmente Trotsky fue quien, mucho antes de que las feministas radicales de la segunda ola concluyeran que “el socialismo real era antifeminista”, denunció la situación de las mujeres en la Unión Soviética en su reconocido trabajo titulado La Revolución Traicionada: “La condición de la madre de familia, comunista respetada que tiene una sirvienta, un teléfono para hacer sus pedidos a los almacenes, un auto para transportarse, etc., es poco similar a las de la obrera que recorre las tiendas, hace las comidas, lleva a sus hijos al jardín de infancia. Ninguna etiqueta socialista puede ocultar este contraste social, no menos grande que el que distingue en todo país de Occidente a la dama burguesa de la mujer proletaria”27.

Mientras Stalin declara en 1936: “El aborto que destruye la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida”, Trotsky responde: “el poder revolucionario ha dado a la mujer el derecho al aborto, uno de sus derechos cívicos, políticos y culturales esenciales mientras duren la miseria y la opresión familiar, digan lo que digan los eunucos y las solteronas de uno y otro sexo”28. Y criticando los argumentos reaccionarios que esgrime la burocracia para reinstalar la prohibición del aborto agrega: “Filosofía de cura que dispone, además, del puño del gendarme”29.

Ya en 1926, bajo el régimen de Stalin, se había vuelto a instituir el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se suprimió la sección femenina del Comité Central del PCUS y sus equivalentes en los diversos niveles de la organización partidaria. Para 1934 no respetar a la familia se convierte en una conducta “burguesa” o “izquierdista” a los ojos de la burocracia. En 1944 se aumentan las asignaciones familiares, se crea la orden de la “Gloria Maternal” para la mujer que tuviera entre siete y nueve hijos y el título de “Madre Heroica” para la que tuviera más de diez. Los hijos ilegítimos vuelven a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se convierte en un trámite costoso y pleno de dificultades.

En 1953 nos encontramos con legislación sobre derechos de la madre y el niño en la Unión Soviética que señala: “Huelga demostrar en detalle que los intereses de la mujer como madre –bien sea con hijos o futura madre- están tanto mejor asegurados cuanto más sólidas y constantes sean las relaciones entre los esposos. Garantiza, ante todo, tal solidez en las relaciones la existencia de la familia. Precisamente la familia asegura las condiciones normales para el nacimiento y la educación de los hijos, crea las premisas más favorables para que la mujer cumpla con su noble y alto deber social de madre”30.

Nada más lejos del pensamiento de los revolucionarios que, desde los tiempos de Marx y Engels, propagandizaron los verdaderos orígenes y funciones de la familia, denunciando la opresión que se ejerce sobre las mujeres.

Esa es la tradición en la que nos inscribimos. Pueden debatirse cada uno de nuestros postulados, pero para hacerlo se debe partir del reconocimiento de que no aceptamos ser arrojados junto al agua sucia del stalinismo, la misma corriente que masacró, encarceló y persiguió a miles de trotskistas, entre ellos a valerosas mujeres como Eugenia Bosch, Nadejda Joffe, Tatiana Miagkova, etc.

Hoy, quien decida enfrentar este sistema de dominación debe, necesariamente, plantearse la pregunta acerca de cuál es el sujeto capaz de emprender tamaña empresa. Ese sujeto, que para los marxistas es el proletariado, fue fragmentado y se encontró a la defensiva durante los últimos treinta años en que este debate entre marxismo y feminismo ha tenido lugar. Pero esas condiciones empiezan a cambiar relativamente.

Como decía Trotsky, la burguesía no ha hecho más que transformar al mundo en una sucia prisión. Las luchas de las clases subalternas, los pueblos y grupos oprimidos han arrancado conquistas, aún en medio de un sistema putrefacto que hunde cada vez más a millones de personas en la miseria. Pero la tendencia, en última instancia, de este sistema de explotación, es a la degradación infinita de los oprimidos y explotados del mundo, mientras un puñado de apenas unas pocas familias concentran en sus manos las riquezas que producen los expoliados. Frente a ese cuadro terrible, que es el fin último del capitalismo, “las reformas parciales y los remiendos para nada servirán”31.

Entre quienes consideramos que estas aseveraciones encierran algo de verdad y aspiramos a la emancipación de las mujeres y de la humanidad toda, un renovado debate, eximido de malos entendidos pero abierto a honestas controversias, está nuevamente a la orden del día.

En este debate, las marxistas revolucionarias pretendemos exponer nuestras ideas no como si se tratara de un académico ejercicio meramente retórico, sino con el objetivo de que las mismas entusiasmen a una nueva generación de jóvenes con avidez por las ideas revolucionarias y que penetren a la clase obrera: a esos millones de mujeres y varones que sufren las cadenas de la explotación capitalista y las otras cadenas, las menos visibles, de los prejuicios con los que la ideología dominante inficiona sus conciencias.

Notas

1 S.Benhabib y D.Cornell, “Más allá de la política de género”, en Teoría feminista y teoría crítica (comp.), Barcelona, Alfons el Magnánim, 1990.
2 “Si bien el feminismo radical tiene un origen de clase media, no se le puede asimilar con el feminismo burgués del siglo XIX. En realidad, hay muchas variantes del feminismo radical. Pero la mayoría de ellas emerge de mujeres que han militado en los movimientos progresistas e izquierdistas, encontrando en ellos una absoluta subordinación y una falta de respuesta a sus reivindicaciones.” Judith Astelarra: ¿Libres e iguales? Sociedad y política desde el feminismo, Santiago de Chile, CEM, 2003.

3 Judith Astelarra, “El feminismo como perspectiva teórica y como práctica política”, en Teoría Feminista (selección de textos), Santo Domingo, CIPAF, 1984.

4 Batya Weinbaum, El curioso noviazgo entre feminismo y socialismo, Madrid, Siglo XXI, 1984. Se refiere al desencanto producido por la burocratización de los estados obreros, bajo el régimen stalinista.

5 Ídem. En el citado libro de Kate Millet se postula, tomando como ejemplo a la Unión Soviética bajo el régimen stalinista, que una revolución socialista puede dar lugar a una contrarrevolución feminista. Conclusión superficial que parte de premisas erróneas, pero no difícil de entender teniendo en cuenta que bajo el régimen de Stalin se prohibió el derecho al aborto, se persiguió a los homosexuales y se erigió a la familia en célula básica del Estado, otorgando premios y medallas a las mujeres que tuvieran gran cantidad de hijos.

6 Paradójicamente, los llamados postmarxistas se inclinan a pensar más en estos términos.

7 Catharine MacKinnon, Hacia una teoría feminista del Estado, Madrid, Cátedra, 1989.

8 Zillah Eisenstein, “Hacia el desarrollo de una teoría del patriarcado capitalista y el feminismo socialista”, en Teoría Feminista (selección de textos), Santo Domingo, CIPAF, 1984.

9 Como progreso se refiere a que esta forma de relación entre los sexos para la reproducción estuvo asociada al desarrollo de las fuerzas productivas y nuevas relaciones sociales de producción en la historia de la humanidad. No hay aquí una valoración “ideológica” de la mogogamia, como puede advertirse por los párrafos que suceden y por los numerosos textos en que tanto Marx como Engels criticaron el matrimonio y la familia, como instituciones burguesas (ver Manifiesto Comunista, etc.).

10 Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, México, Premiá Ed., 1989.

11 Celia Amorós, Hacia una crítica de la razón patriarcal, Barcelona, Anthropos, 1991.

12 Presentación del libro de Andrea D´Atri, Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clases en el capitalismo, Santiago de Chile, Universidad ARCIS, octubre 2004.

13 León Trotsky, “El marxismo y nuestra época”, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999

14 Remite a un diálogo en particular pero que es muy representativo de las discusiones entre feministas y marxistas y aún entre las mismas feministas en relación a la revolución socialista y la emancipación de las mujeres. El eje central de este debate consiste en pensar si es necesario pronunciarse y defender la revolución socialista incondicionalmente, inclusive cuando no dé muestras de solucionar íntregramente la cuestión de la opresión de género, o bien, si es menester desestimarla íntegramente por demostrar que no cumple con este requisito.

15 Susan Brownmiller, Notes of an exChina fan, en Village Voice, 1976.

16 V. Lenin, A las obreras, discurso de 1920.

17 León Trotsky, “La revolución permanente” en La teoría de la revolución permanente (comp.), Bs. As., CEIP, 2000.

18 Pierre Bourdieu, La dominación masculina, Barcelona, Anagrama, 2000.

19 Es una expresión de Flora Tristán, escritora y ardiente defensora de los derechos de la mujer y de la clase obrera. Vivió en Francia a principios del siglo XIX.

20 Documento La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional, más conocido como Programa de Transición. Fue escrito definitivamente en 1938, dos años antes del asesinato de León Trotsky en manos de un agente stalinista.

21 Bernstein, actualmente reivindicado por Laclau y otros intelectuales que se autodenominan postmarxistas, fue el primero en propagandizar la idea de que era posible llegar al socialismo por la vía de introducir reformas en el capitalismo.

22 Nos referimos a la votación de los créditos de guerra en el Parlamento, lo que aceleró la crisis al interior del Partido Socialdemócrata Alemán que se dividió entre un ala derechista revisionista y un ala izquierda que mantuvo los principios del internacionalismo proletario y más tarde formó parte del reagrupamiento internacional que dio origen a la IIIº Internacional encabezada por Lenin.

23 Carta de Bebel a Kautsky, 1910.

24 Carta de Adler a Bebel, 1910.

25 Carta de Bebel a Adler, 1910.

26 Werner Thonnessen, The Emancipation of Women: the Rise and Decline of the Women’s Movement in German Social Democracy 1863-1933, Londres, Pluto Press, 1969.

27 León Trotsky, La Revolución Traicionada, Bs. As., Claridad, 1938.

28 Ídem.

29 Íbídem.

30 Citado en Andrea D’Atri, Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Bs. As., Armas de la Crítica, 2004.

31 León Trotsky, “El marxismo y nuestra época” en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999.