Reproducimos esta nota realizadapor una compañera hace 5 años…
“Murieron/ tres mil seiscientos,/ uno tras otro.
El género nos une, la clase nos divide
La agrupación de mujeres Pan y Rosas (Teresa Flores) nace a principios del año 2009, con compañeras de Clase contra CLase junto a estudiantes, pobladoras y trabajadoras independientes, con quienes discutimos y decidimos dar la lucha por el derecho al aborto y los derechos de las mujeres trabajadoras. Pan y Rosas -Teresa Flores considera que la lucha contra la opresión de las mujeres es, también, una lucha anticapitalista, y que por eso, sólo la revolución social encabezada por millones de trabajadoras y trabajadores en alianza con el pueblo pobre y todos los sectores oprimidos por este sistema, que acabe con las cadenas del capital, puede sentar las bases para la emancipación de las mujeres.
Reproducimos esta nota realizadapor una compañera hace 5 años…
“Murieron/ tres mil seiscientos,/ uno tras otro.
El género nos une, la clase nos divide
Hoy, como en años anteriores se Celebra el Día internacional del Orgullo Gay, conmemoración a 40 años de los disturbios de Stonewall* (Nueva York, EE. UU. 1969). Día en que se denuncia la discriminación y la invisibilización de nuestra sexualidad, una vez más nos encontramos en las calles para manifestar nuestro deseo de vivir nuestra sexualidad en libertad y conquistar nuestros derechos.
Pero hoy, como en las últimas décadas, el capitalismo ha penetrado con su lógica mercantil e individualista, enajenando las vidas de cientos de gays, lesbianas, bisexuales, travestis y transexuales, convirtiendo el movimiento combativo de los años 70’ en una fiesta donde la ideología del “capitalismo rosa” nos inunda, con los estereotipos que nos imponen diariamente el patriarcado y la sociedad de consumo, imponiendo determinada ropa, música, bares, etc. Creando toda una cultura del mundo LGTTB** que solos favorece al capitalismo y nos hace nada mas que estereotipar las vidas de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y travestis, dejando en un segundo plano la necesidad de dar una respuesta a los problemas fundamentales que nos concierne, como la discriminación en el ámbito laboral, lugares de estudio, medio de comunicación, la iglesia, es decir, en el conjunto de nuestra vida.
En el marco de esta sociedad conservadora que enaltece el machismo, la represión al Pueblo/Nación Mapuche, la discriminación a las diversas raza. El machismo, específicamente el papel de la familia es lo que en los hechos nosotros cuestionamos, al no cumplir el papel histórico designado por el patriarcado, que es la herencia de la propiedad privada, al no poder reproducirnos, no generamos “mano de obra barata” servicial a las ganancias de la patronal.
Las organizaciones de minorías sexuales más importantes a nivel nacional tanto el MUMS (Movimiento Unificado de Minorías Sexuales) como el MOVILH (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual), plantean como consigna central la votación por la Ley antidiscriminación, que lleva 4 años descansando en el Parlamento, en esta ley cabemos todos los oprimidos, incluso oprimidos que oprimen como es el caso de los Evangélicos o Águilas de Chile que se han movilizado con consignas Homofóbicas ¿Es acaso junto a ellos que te tenemos que dar la lucha por la no discriminación?
Pero ¿A quién le piden que “voten nuestras leyes”? Por casualidad no son los mismos que han estado casi dos décadas garantizando que todo se mantenga igual (manteniendo intacta las leyes que nos discriminan***) y aun peor, profundizando la obra de Pinochet (privatizando).
Frei ni Piñera son una opción a nuestra Lucha
¿Es que acaso el progresista neoliberal Enríquez Omínami es una alternativa? Planteando privatizar un porcentaje de CODELCO y de empresas estatales.
La derecha y la concertación defienden la justicia para ricos y ha demostrado que es incapaz de avanzar en nuestras reivindicaciones. La política de ejercer presiones a los senadores, diputados y futuros presidenciales (que son los mismos que han votado las leyes antipopulares como la ley antiterrorista: criminalizando a las personas que hoy salen a luchar, por otra parte la LGE consagrando una educación para ricos y otra para pobre, etc.), es incompatible para conseguir nuestros derechos por mas democráticos que sean de la mano de quienes nos discriminan a diario.
Creemos desde Pan y Rosas – Teresa Flores que hay que avanzar en la lucha por nuestros derechos democráticos, como:
¡Por el derecho al matrimonio civil y la adopción de hijos!
¡Contra la criminalización por nuestra condición sexual: derogación de los artículos 373, 365!
¡Por la prohibición por ley de los despidos de los trabajos y expulsiones de colegios por condición u opción sexual!
¡Por una educación libre de la moral de la Iglesia, por la separación de la Iglesia y el Estado!
¡Porque las demandas de las LGTTB sean levantadas y defendidas por la clase trabajadora y sus organismos!
¡No más prostitución para nadie, trabajo estable para todos y todas y sueldo mínimo de 360.000!
Es necesario unir fuerzas con organizaciones de mujeres, estudiantiles, derechos humanos e izquierda, sobretodo junto a las organizaciones de los trabajadores y trabajadoras, para levantar una respuesta tanto ante la descarga de las crisis económica de los patrones y el gobierno sobre nuestros hombros (con despidos, reducción de personal, mayor horas de trabajos, flexibilización laboral, etc.), El avance de la derecha demuestra que es en las calles en donde tenemos que demostrar nuestra combatividad. Por eso, para luchar verdaderamente por nuestros derechos necesitamos un fuerte movimiento democrático, independiente del Estado, del gobierno y los partidos patronales (tanto la Derecha como la Concertación y los que se hacen pasar como “independientes”) y la Iglesia. Nuestros derechos nunca han sido un regalo de los gobiernos o funcionarios de turno, han sido arrancados a través de la lucha y la movilización. Porque entendemos que los derechos no se mendigan, se conquistan.
Es necesario impulsar una lucha activa por nuestros derechos, pero para conquistarlos y mantenerlos, es necesaria una lucha anticapitalista –luchando por un revolución obrera y socialista- para acabar de fondo con la hipocresía que nos impone el Estado capitalista y la Iglesia, con su doble moral que mientras nos discriminan por no corresponder a la heteronorma, mientras permiten violaciones, abusos, malos tratos, defendiendo “valores” y una cultura asentada sobre bases de la humillación, la opresión y la explotación. Sólo así podremos enfrentar al Estado que criminaliza nuestra condición “naturaliza”, nuestra opresión y que cierne sus cadenas agudizándola si además somos trabajadores, trabajadoras y pobres. La lucha de GLBTT es la lucha contra el capitalismo y el patriarcado que sólo podrá darse en conjunto con todos los oprimidos y explotados por este sistema capitalista, para a si desde sus ruinas construir una sociedad de verdadera igualdad y libertad. Sólo de esta manera podremos sentar las bases concretas y favorables para una sexualidad libre de toda forma de opresión, donde nosotras/os podamos decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.
Pan y Rosas – Teresa Flores te invita a levantar juntos y juntas estas banderas de lucha, para que seamos cientos en llevar adelante esta tarea de terminar con este sistema de explotación y opresión. Para conquistar no solo la igualdad ante la ley sino ante la vida.
Notas:
* Los disturbios de Stonewall consistieron en una serie de violentos conflictos entre la comunidad LGBT y la policía de Nueva York. Comenzaron durante una redada policial el 28 de junio de 1969, y duraron varios días. Se centraron en el pub conocido como Stonewall Inn, en el número 53 de la calle Cristopher, muy cerca de la plaza Sheridan, en el bohemio barrio de Greenwich Village, Nueva York. Frecuentemente se cita a estos disturbios como la primera ocasión en la historia de Estados Unidos en la que gays, lesbianas y transexuales lucharon contra un sistema que perseguía a los homosexuales con la aprobación del gobierno, y son reconocidos como el catalizador del movimiento por los derechos LGBT en Estados Unidos y alrededor del mundo.
** Gays, Lesbianas, Bisexuales, Travestis y Transexuales.
***El artículo 373 del código penal que condena de ofensa a la moral y las buenas costumbres a las manifestaciones afectivas entre personas del mismo sexo, el cual se nos aplica arbitrariamente por parte de los policías que legalizan la discriminación y la represión. Otro ejemplo es el artículo 365 (rige sobre menores de 18 años) que establece una edad determinada para poder mantener una relación con una persona del mismo sexo, a diferencia de los heterosexuales.
Las instituciones patronales de esta democracia para ricos,
sustentan el abuso de las mujeres trabajadoras y pobres
Hace unas semanas atrás a través del programa “Contacto” emitido por canal 13, se dejó en una evidencia sin asco el caso de los funcionarios de la PDI (Policía de Investigaciones) involucrados en una red de prostitución infantil que dirigía Carlos Parra Ruiz apodado el “Charly”, un conocido proxeneta de la zona de Valparaíso. Pero aunque en este programa de televisión se mostrara sólo a la PDI involucrada, se supo después a través de la investigación y el destape del caso en la prensa, que la Armada posiblemente también tendría participación y que incluso Carabineros estaría al tanto y se sospecha de su participación.
Por si esto fuera poco, aparece involucrado también un organismo extranjero en esta red de prostitución infantil donde la “Marina encubrió la violación de menores de edad por parte de marinos extranjeros que participaron en la última Operación Unitas en Valparaíso (2006)” (El Mercurio 13 de junio). La Unitas se trata de un plan que comienza a operar en 1956, cuando Chile acepta la ayuda de US Navy para capacitar a sus integrantes, vinculada además en los 70` con Patria y Libertad. (Jorge Magasich A. Los que dijeron “NO” Historia del Movimiento de los marinos antigolpistas de 1973, LOM Ediciones, año 2008)
Lo relevante de este caso es la implicación de instituciones que resguardan supuestamente el orden, la moral y la correcta conducta ciudadana, pero que contradictoriamente se ven implicadas en una red de prostitución donde la mayoría que la integraba son niñas, una realidad común pero tapada en este país. Según cifras del Sename son alrededor de 700 niños y niñas que ejercen la prostitución, entre los 5 a 18 años. (http://portal.redchilena.com/foros/la-prostitucion-infantil-en-chile-causas). Esta es la realidad que se esconde tras el caso. ¿Pero que explicación encontramos a estos hechos? ¿Se trata de un hecho aislado, de funcionarios corruptos solamente?
La explicación que la Armada otorga es a través de la realización de un sumario, para dar veracidad a las implicancias de la institución en esta red de prostitución. En tanto el abogado Hugo Gutiérrez (PC), quien interpuso la denuncia frente a la Asamblea Nacional de Derechos Humanos, reveló que “marinos chilenos de la unidad de inteligencia “Ancla 2″ habrían encubierto a uniformados estadounidenses para que pudieran aprovecharse de las menores” (www.cnnchile.cl) en la operación UNITAS del 2007. Las acusaciones realizadas por el abogado sin embargo, no fueron “divulgadas por el programa de reportajes “Contacto” de Canal 13” (LA NACION Junio 13), donde sólo se implicó a algunos integrantes de la PDI.
La PDI es la mayor institución implicada, pero aunque salga recién ahora, esta investigación al interior de la PDI llevaba su curso. Mientras que el subsecretario de investigaciones Ricardo Navarrete se encontraba en conocimiento de ésta y recientemente “entregó a los diputados una cuestionada versión sobre los lazos entre detectives y una red de prostitución infantil, dijo que se ciñó a lo que le informó la policía civil” (El Mercurio 13 de Junio) Esta investigación en que la versión de los hechos descarta la participación de funcionarios de la PDI, poniendo un manto para encubrirlos, estuvo a cargo del departamento V de dicha institución. En tanto, Ricardo Navarrete, en el informe que entrego el 11 de marzo a la cámara de diputados, deja entrever las contradicciones. Pues por intermedio de un comunicado de prensa intenta “salir al paso del malestar de los diputados, algunos de los cuales exigieron su renuncia, al sentir -luego de ver el programa “Contacto” de Canal 13- que éste no dijo la verdad cuando el 11 de marzo concurrió a la comisión de DD.HH. de la Cámara Baja, a informar de la denuncia sobre el tema que esa instancia había recibido -el 5 de marzo- de parte del ex subcomisario de la PDI Héctor Guzmán” (El Mercurio 13 de Junio).
Otra de las aristas de este caso es la implicación de funcionarios de la justicia en encubrimiento de funcionarios de la PDI como es el encubrimiento que la directora de la Asociación Nacional de Fiscales, Ymay Ortiz hizo al fiscal José Uribe, cuando “señaló que la acusación contra Uribe es falsa e injusta, ya que el prosecutor de Valparaíso tuvo la valentía de enviar a la cárcel a uno de los principales proxenetas del país”, además “dijo que ahora se está cumpliendo la amenaza que recibió de parte del abogado Duque cuando investigaba la red de prostitución”. Ortiz advirtió a Uribe que “tuviera cuidado, ya que algunas de las niñas estarían dispuestas a decir que también fuiste cliente de ellas’”. Ortiz cuida las espaldas del propio Uribe. En palabras del mismo prefecto de Valparaíso, Nelson Hevia, se sospecha la participación incluso de Carabineros, al declarar que “Hay información de algunos apodos que involucrarían a algunos carabineros. Los antecedentes nos dicen que habría carabineros involucrados en estos hechos y si es así, Carabineros procederá a eliminarlos de las filas de la institución. Hay información de dos a cuatro carabineros que estarían participando” (www.cooperativa.cl, 17/06/09). Vemos claramente cómo estas prácticas no se tratan de hechos aislados.
Si bien el gobierno intervino pidiendo mano dura contra los implicados, ha ido individualizando cada caso, mientras no es ninguna coincidencia que estén implicados funcionarios de PDI, la Armada, la justicia e incluso Carabineros. El gobierno al principio planteó la notificación por el tribunal de garantía de Valparaíso a los involucrados, ahora sin dar grandes explicaciones, es removido de su cargo el general de la PDI Arturo Herrera, mientras Pérez Yoma, el ministro del Interior, participó dando homenajes a la institución en su reciente aniversario haciendo gala del legado de Herrera en medio de este caso. ¿No es descarada la actitud del gobierno?
Aunque la prensa ha dado cuenta de los hechos, se oculta su verdadera profundidad, que es la realidad de la prostitución infantil que queda subsumida en cifras, datos y nombres, cuando en el fondo es avalada por estas instituciones y sostenida en los márgenes de esta sociedad, en que abiertamente se utiliza a las mujeres de la clase trabajadora y las pobres como mercancías transables haciendo uso de la miseria que existe para ellas, que al no tener otras salidas, encuentran en este oficio una forma de vida y sustento económico con la cual subsisten en pésimas condiciones, que no es otra cosa que las miserias a la que nos arrastra esta sociedad patronal y patriarcal. Y cuando ellas denuncian este caso, no son tomadas en cuenta y se encubre, por la misma brigada de delitos sexuales!
Por su parte el abogado Hugo Gutiérrez (PC) que lleva el caso, plantea correctamente que “vivimos en una sociedad de la impunidad, donde todo aquel que tiene un poco de poder quiere gozar de la impunidad de sus actos, cometer los actos ilícitos más graves y que no pase nada”. No compartimos sin embargo la solución planteada por el abogado que “aseguró que han pedido a la Presidenta de la República que saque de sus funciones a Herrera”(El Siglo, 19 de Junio). Ya que si bien es necesario que los culpables reciban las más altas penas, no podemos confiar en que baste con que Bachelet u otro personero del gobierno los expulse de sus cargos o dando penas menores, cuando esto colaborará con la limpieza del nombre de instituciones que la misma investigación demuestra que avalan y sostienen a las redes de prostitución y que la encubren. ¿Sino que son los casos como el de Spiniak por ejemplo en el que se implicaron parlamentarios y luego fueron sobreseídos cerrando el caso, con el retroceso de las declaraciones de Gemita Bueno contra Jovino Novoa eventualmente implicado en su abuso?
¿Podremos terminar acaso con la prostitución infantil cuando las instituciones del Estado y los partidos patronales, la Concertación y la derecha, sólo piden sanciones parciales a los funcionarios sin cuestionar la prostitución? ¿Podemos confiar en instituciones que mientras prometen la defensa de altos valores, de justicia, orden, buenas costumbres sociales, al mismo tiempo sustentan la existencia de informes de dudosa veracidad para encubrir a los fiscales involucrados en una red de prostitución? Claramente no podemos acabar con estas prácticas dejando todo en manos de la justicia patronal, pues una ley como la que regula la prostitución y que descansa en el parlamento, pretende dar marco legal para que la prostitución se ejerza como si fuese un trabajo más, a costa de la explotación sexual y la miseria de las mujeres trabajadoras y pobres.
Creemos que las instituciones de la clase patronal como la PDI, la justicia, Carabineros ni la Armada ni los partidos patronales ni el parlamento van a dar una respuesta hasta el final, por lo que planteamos que es necesario impulsar una comisión investigadora independiente de la justicia patronal, que lleve hasta el final el caso, integrada por mujeres victimas de prostitución, organizaciones feministas, organizaciones de trabajadores y trabajadoras, minorías sexuales, de DD.HH, que escojan a profesionales de su confianza para llevar adelante esta investigación y aplicar las más altas penas a los implicados, atacando la prostitución y el abuso sexual sostenido por estas instituciones. Asimismo decimos que mientras exista una sociedad basada en la desigualdad, la opresión y la explotación a la clase trabajadora, el pueblo pobre y los oprimidos, que permite y sustenta la prostitución y el abuso de las mujeres y niñas pobres para el beneficio de la clase dominante, ninguna reforma ni limpieza de estas instituciones patronales puede garantizar que se termine con estas prácticas. Por lo tanto, es necesario plantearse una lucha por acabar con la prostitución, luchando por mejores condiciones laborales para las mujeres, un sueldo mínimo de 350.000, trabajo estable y a igual trabajo igual salario, derechos laborales para las mujeres, como así mismo plantearse acabar con este sistema capitalista y patriarcal que sustenta nuestra subordinación. Esta lucha la debemos dar junto a la clase trabajadora, independiente del Estado de la democracia para ricos y las instituciones patronales.
Castigo a los involucrados con las más altas penas!
Por una comisión investigadora independiente conformada por las víctimas de prostitución, organizaciones de trabajadores y trabajadoras, de mujeres, minorías sexuales y la izquierda para exigir las penas y llevar adelante la investigación!
Ninguna confianza en la justicia y las instituciones del Estado patronal!
Por los derechos de las mujeres trabajadores, pobres y estudiantes!
¡Por el derecho a anticoncepción gratuita y aborto libre y gratuito a quienes lo requieran!
Las mujeres que integramos la agrupación Pan y Rosas Teresa Flores no sólo nos pronunciamos manifestando nuestro total repudio a este nuevo ataque y retroceso en materia de derechos sexuales y reproductivos impulsado desde la Contraloría, que ha extendido la prohibición del anticonceptivo de emergencia “Píldora del Día Después” hasta la red de municipalidades, clínicas privadas y ONGs autorizadas para distribuirla, sino que, además, nos hacemos presentes este lunes 22 de junio en la convocatoria viendo la necesidad de enfrentar dicho ataque sobre la base de movilizaciones.
Mucho ya se ha hablado sobre el marcado carácter de clase del embate que el 2008 significó el fallo del TC, que privó específicamente a las trabajadoras y pobres de su derecho a acceder a dicho anticonceptivo; nosotras hemos sido insistentes en este aspecto no sólo en términos del derecho a la anticoncepción, sino también en la cruda realidad del aborto clandestino que mata y encarcela sólo a trabajadoras y pobres que no pueden pagar por abortos seguros. En este sentido, somos y seremos tajantes, pues en un contexto de crisis capitalista y de ciclo electoral las trabajadoras y pobres no podemos depositar ninguna confianza en ninguna variante de políticos patronales, porque si bien, ha sido la derecha y la Iglesia quienes nos han mostrado su talante más ofensivo y reaccionario (Piñera pretende retirar la Píldora hasta de las farmacias articulando un patético discurso igualitarista para que si nos acceden las trabajadoras y pobres, “no acceda nadie”) no debemos olvidar que ha sido la misma Concertación (la que hoy por hoy repudia el dictamen de la Contraloría) la que ha mantenido en plena vigencia a la derecha en el gobierno a la cabeza del parlamento en la Cámara alta y baja, manteniendo las herencias de la dictadura intactas como el sistema binominal y el mismo Tribunal Constitucional que pudo ejercer una medida pasando por sobre cualquier otra institución. Asimismo la Concertación mantiene las privatizaciones y golpea de la mano de sus hoy “aparentes adversarios” de la derecha a la clase trabajadora, pues han permitido que hoy ya sean más de 2 millones de despedidos, dando como única respuesta un miserable paliativo de bonos a las familias más pobres que tarde o temprano se “harán agua” cuando la crisis de sus golpes más fuertes, o la burla insultante del aumento del salario mínimo en 6.000 pesos (3,5 %) siendo que el gobierno incluso ofrecía $4000 en un principio apelando a la “prudencia” junto a los empresarios; frente a esto no podemos y no nos callaremos la boca, porque a las trabajadoras y pobres nos afectan día a día estas miserias.
Es por esto que creemos que no sirve “castigar” a ninguno de estos políticos quitándole el voto a uno u otro, pues todos han contribuido a empeorar nuestras condiciones de vida como mujeres trabajadoras y como mujeres pobres; por lo que la única respuesta a la que debemos recurrir es a que las trabajadoras y trabajadores tomen en sus manos y desde sus organizaciones la lucha por el derecho a la píldora, impulsando una movilización de las y los trabajadores de la salud quienes día a día conviven con las miserias de las consecuencias de los abortos clandestinos. Hacemos un llamado entonces a pronunciarse y a impulsar movilizaciones como lo hicieron el 2008 con el recién emitido fallo del TC. Le hacemos un llamado a la CUT a tomar este problema en sus manos como a la Confusam que se pronunció en el debate, a las organizaciones feministas a coordinarse con la clase trabajadora como a las organizaciones estudiantiles a hacerse parte, y un especial llamado a las mujeres trabajadoras de la Anef, a su departamento de la mujer, a no confiar en los políticos patronales que no representan ninguna alternativa para las mujeres como nosotras: trabajadoras y pobres, Ni Piñera contrario a nuestros intereses parte de la derecha conservadora, ni Frei que pertenece a la DC contraria al derecho al aborto, ni siquiera Ominami que si bien se plantea a favor del acceso a la píldora y el aborto terapéutico, por otra parte defiende un proyecto privatizador que en nada puede favorecer a las y los trabajadores, y porque, de paso no plantea la verdadera y amplia profundidad de las problemáticas de la mujer, que no sólo abarcan nuestros derechos reproductivos, sino que también, nos afecta la cesantía, la flexibilización, el problema de la vivienda, los sueldos de hambre, los trabajos precarizados, la subcontratación, que él y la Concertación y la derecha impulsan y mantienen.
Por esto es que llamamos a impulsar movilizaciones sin los partidos de la Concertación como el PPD o el PS que son también responsables en el parlamento de mantener intacto el ataque del TC del año pasado, que dieron la Iglesia y la derecha. Movilicémonos sólo confiando en las fuerzas de la clase trabajadora, las organizaciones de mujeres y las organizaciones estudiantiles.
Por anticonceptivos gratuitos, libres, seguros y de calidad.
Por el derecho a la píldora del día después gratuita para toda mujer que lo requiera, en el servicio público garantizado por el Estado
Por el derecho al aborto legal, libre, gratuito y seguro
Por la integración de las demandas de las mujeres en las organizaciones de la clase trabajadora
Desde lo que se ha dado en llamar “la segunda ola” del feminismo, las controversias entre esta corriente y el marxismo estuvieron a la orden del día. Creemos que no hubiera podido ser de otra manera: si el feminismo de la primera ola tuvo como interlocutor privilegiado al movimiento revolucionario de la burguesía –discutiendo sus parámetros de ciudadanía y derechos del Hombre que no incluían a las mujeres de la clase en ascenso–, el de los años ‘70 dialogó –y no siempre en buenos términos– con el marxismo, abordando cuestiones que van desde la relación entre opresión y explotación hasta la reproducción de los valores patriarcales al interior de las organizaciones de izquierda y el fracaso de los llamados “socialismos reales”.
En este período se advierten los esfuerzos teóricos de parte del feminismo de unificar clase y género en el intento de subsumir los análisis sobre las mujeres a las categorías marxistas ortodoxas. “Algunas feministas mantenían que el género era una forma de clase, mientras que otras afirmaban que se podía hablar de las mujeres como clase en virtud de su posición dentro de la red de relaciones de producción ‘afectivo-sexuales’”1.
Este intento se basaba en que la mayoría de las teóricas feministas radicales provenían de las filas de la izquierda2 “y más específicamente de la izquierda marxista. El feminismo radical se desarrolla como un enfrentamiento con la izquierda ortodoxa. [...]. Así apuntan a una serie de problemas en las concepciones marxistas sobre la opresión de la mujer, sustituyéndolas por la tesis central de que la mujer constituye una clase social. En respuesta a esta tesis se desarrolla el feminismo socialista que intenta combinar el análisis marxista de clases con el análisis sobre la opresión de la mujer. En sentido más general, lo que se ha dado en llamar la relación entre la sociedad patriarcal y la sociedad de clases”3.
Otras autoras señalan que fue el mismo “desencanto ante el socialismo surgido de la revolución [lo que] ha dado un impulso a la aparición de la teoría feminista”4. Incluso, postulando que el análisis de Kate Millet, en su reconocido libro Sexual Politics, fue lo que permitió al feminismo radical llegar a la conclusión de que “era necesaria una revolución para cambiar el sistema económico, pero no suficiente para liberar a la mujer”5.
Si estas interlocuciones eran ineludibles es porque el feminismo, como movimiento que aspira a la emancipación de las mujeres de toda opresión, debe necesariamente dialogar con las corrientes teóricas y políticas que expresan las tendencias revolucionarias de la época.
Y en este sentido, que el feminismo haya tenido que ubicar al marxismo como un interlocutor necesario –aún en el enfrentamiento agudo de posiciones divergentes–, es un reconocimiento implícito a que la clase obrera, la lucha de clases y el socialismo son categorías que dan cuenta del modo de producción en el que vivimos, basado en la explotación de millones de seres humanos por parte de un puñado de capitalistas. Horizonte de la discusión y de las controversias suscitadas entre feminismo y marxismo, mientras no desaparezca la propiedad privada de los medios de producción.
Además, históricamente, feminismo y marxismo nacieron en el modo de producción capitalista, aún cuando la opresión de las mujeres y de las clases fueran anteriores a la explotación del trabajo asalariado. El desarrollo del proletariado y la destrucción de la economía familiar precapitalista se encuentran en el origen de ambas corrientes de pensamiento.
Por eso, quien aspire a acabar con la opresión, y no sólo a lograr sesudas elaboraciones teóricas abstractas de dudosa capacidad emancipatoria, debe dar cuenta de esto. Y así lo hicieron el feminismo radical, el feminismo socialista, el feminismo materialista, el feminismo de la igualdad, el de la diferencia e incluso el postfeminismo, en un diálogo controversial pero también, en algunos aspectos, fructífero, durante los últimos treinta años. ¿Cuáles son los nudos centrales de esa controversia?
Las feministas liberales prestaron poca atención sobre los orígenes de la desigualdad sexual y más bien sostuvieron que la sociedad “moderna” (es decir, capitalista), con sus avances tecnológicos, sus riquezas y abundancia y con el desarrollo de la democracia como régimen político, es condición de posibilidad para la lucha por la equidad de género, la que alcanzará sus resultados progresiva y gradualmente6.
Las feministas radicales, por el contrario, enfatizaron la existencia de la dominación masculina (patriarcado) en todas las sociedades existentes. Desde este punto de vista, aunque parecieran compartir con el socialismo la premisa de que en el sistema capitalista es imposible plantearse la liberación humana; lo cierto es que se muestran escépticas sobre la capacidad del socialismo para crear una verdadera democracia basada en la abolición de la esclavitud asalariada y sobre la cual pueda asentarse la emancipación definitiva de las y los oprimidos.
Para el feminismo radical no habrá cambio social sin una revolución cultural que lo preceda. Por ello, cada uno debe empezar por cambiarse a sí mismo para cambiar la sociedad.
De allí el énfasis en constituir organizaciones no jerarquizadas y espontáneas de mujeres, donde el objetivo central es la “autoconcienciación” que develaría el significado político de los sentimientos, las percepciones y las prácticas naturalizadas en la vida cotidiana. Este ejercicio de autoconciencia daría paso a la liberación sexual y la creatividad que permitirían entonces transformar las relaciones opresivas. Como señala MacKinnon: “… la concienciación es a la vez expresión de sentido común y definición crítica de los conceptos. [...] A través de la concienciación, las mujeres comprenden la realidad colectiva de su condición desde dentro de la perspectiva de esa experiencia, no desde fuera”7.
Pero, tanto desde el punto de vista teórico como del político, hay diferentes sectores dentro del feminismo radical. Desde quienes se ven como parte y en alianza con otros sectores del movimiento socialista, hasta quienes absolutizan la recuperación de una cultura femenina, con valores propios y, por lo tanto, incluso llegan a plantearse políticas separatistas, intentando crear comunidades en donde se recree otra cultura opuesta a la cultura dominante, a la que consideran masculina (patriarcal). Hay quienes sostienen posiciones teóricas acerca del ser mujer que rozan con el esencialismo biologicista, hasta quienes adhieren a posiciones materialistas economicistas que recaen en nuevos idealismos.
Con estas diversas corrientes feministas, que numerosas autoras –y en este caso, haremos lo mismo– engloban bajo la denominación de feminismo radical, es que intentaremos debatir, señalando algunos de esos ejes controversiales que se mantuvieron en el diálogo con el marxismo durante los últimos treinta años.
I. Capitalismo y patriarcado, un matrimonio bien avenido (O el por qué de la necesidad de la revolución socialista)
“Tanto las feministas radicales como las feministas socialistas están de acuerdo en que el patriarcado precede al capitalismo, mientras que los marxistas creen que el patriarcado nació con el capitalismo”8. En sencillas palabras, Z. Eisenstein señala una de los malos entendidos más reiterados en relación al marxismo, por parte de las feministas. A pesar de que en este artículo, la feminista socialista norteamericana hace un análisis pormenorizado de los textos de Marx y Engels, culmina con este grueso error de apreciación.
Si la citamos no es por el valor que tenga en sí mismo este pequeño párrafo, sino porque es uno de los sentidos comunes más divulgados: el de que, para el marxismo, sólo existiría opresión patriarcal en el sistema capitalista. Por el contrario, Marx y Engels –pero sobre todo este último– insistieron en la existencia de la opresión de las mujeres en todas las sociedades con Estado –y no sólo en el capitalismo–, vinculando el patriarcado a la existencia de las clases sociales.
Más aún, Engels señala –en su conocida obra sobre el origen de la familia y con un tono que podría considerarse más radical que el de las feministas radicales, teniendo en cuenta el momento de su escritura– que “la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí, encuentro esta frase: ‘la primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos.’ Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico9, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, la época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos se verifican a expensas del dolor y de la represión de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad”10 [las negritas son nuestras].
Ahora bien, si el malentendido subsistió – y por largo tiempo– hay que buscar la razón que lo sustenta. Lo que sí es cierto es que, para el marxismo, patriarcado y capitalismo establecen una relación diferente y superior a la establecida en los anteriores modos de producción. Como señala Celia Amorós: “Lo que sí es muy cierto, restringiéndonos ahora al modo de producción capitalista, es que, como ya señaló Rosa Luxemburgo, el capitalismo es un sistema de discriminación en la explotación –al mismo tiempo que de explotación sistemática de toda forma de discriminación, podríamos añadir”11.
Como diría la feminista española, para las mujeres obreras, la opresión introduce un incremento diferencial en su explotación. Pero, por el contrario, hay opresiones que, no sólo no implican, sino que descartan la combinación con la explotación e incluso, convierten a la mujer en integrante de la clase explotadora (por ejemplo, en el caso de una mujer casada con un varón burgués).
Como ya hemos señalado en otras oportunidades, el capitalismo arrancó a la mujer del ámbito privado. Acabó con los designios oscurantistas de la Iglesia que naturalizaban el rol de las mujeres como garantes del “fuego” del hogar. Consiguió el desarrollo médico y científico que permitió que, por primera vez, la separación entre la reproducción y el placer pudiera ser efectiva. Permitió el más amplio conocimiento sobre el aparato reproductor femenino. Con el desarrollo de la técnica y la maquinaria, desmitificó el supuesto de tareas, trabajos y profesiones masculinos o femeninos, basados en las diferencias anatómicas. Y también ha convertido en un hecho al alcance de la mano la socialización de las tareas domésticas12.
Pero, como ha señalado Trotsky –en discusión sobre otros términos–, “el capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin”13. Eso significa que mientras empuja a las mujeres al ámbito de la producción, lo hace con salarios menores a los de los varones por la misma tarea, para de ese modo también presionar a la baja el salario del conjunto de la clase. Significa que, mientras impulsa la feminización de la fuerza de trabajo, lo hace sin quitarle a las mujeres la responsabilidad histórica por el trabajo doméstico no remunerado, recargándolas con una doble jornada laboral. Que mientras tira por la borda, con los hechos mismos del desarrollo científico y técnico, los prejuicios más oscurantistas sostenidos por el clero y los fundamentalismos religiosos, se apoya en la ideología reaccionaria de la Iglesia para mantener el sometimiento y el dominio terrenal en aras de una futura libertad infinita en el más allá. Que mientras desarrolla los lavaderos automáticos, la industrialización de la elaboración de alimentos, etc., mantiene la privatización de las tareas domésticas para que, de ese modo, el capitalista se vea exento de pagar gran parte del esfuerzo con el cual se garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo.
Muchas veces se habla del progreso de las mujeres en las últimas décadas. Inversamente, también en el capitalismo, bajo el cual se han desarrollado las mayores riquezas sociales que ha dado la humanidad en toda su historia, existen actualmente 1300 millones de pobres, de los cuales el 70% son mujeres y niñas. Las mujeres son las que más sufren las consecuencias de los planes de hambre que imponen los organismos multilaterales y el imperialismo a través, incluso, de sus mejores especialistas en “género y desarrollo”.
El capitalismo encierra éstas y otras paradojas. Mientras recrea permanentemente su propio sepulturero, también crea, para las mujeres, las condiciones de posibilidad de una igualdad de género nunca antes alcanzada, pero a la que luego no le permite acceder a millones de mujeres explotadas en el planeta.
De aquí se concluye en otra de las controversias que han recorrido este diálogo entre marxismo y feminismo desde los años ’70: la situación en la que vivimos bajo el capitalismo pareciera indicar que es necesaria la revolución social para acabar con tanta injusticia, pero ¿la revolución proletaria es suficiente para la emancipación de las mujeres?
El conocido diálogo entre Bárbara Ehrenreich y Susan Brownmiller de 1976 se refería a este mismo dilema14. En el diálogo entre las feministas norteamericanas, donde una festejaba la revolución celebrando las diferencias existentes entre una sociedad en la que el sexismo se expresa en forma de infanticidio femenino y una sociedad en la que el sexismo toma la forma de una representación desigual en el Comité Central, agregando que esa diferencia es una por la cual vale la pena morir; la otra respondía con que “un país que ha hecho desaparecer la mosca tse-tsé puede introducir un número paritario de mujeres en el Comité Central por decreto”15.
Consideramos que ninguna de las dos responde a la complejidad del problema planteado. En primer lugar, porque si bien, en apariencia, el infanticidio femenino resulta de una gravedad diferente a la falta de representación femenina en un gobierno, la solución a uno de los problemas no es razón suficiente para dejar de ver el segundo. Pero, suponer que siglos de opresión que pesan sobre el género femenino podrían eliminarse drástica y mágicamente con decretos revolucionarios es absurdo.
Las feministas que abogan por los cambios culturales en aras de una nueva contracultura no patriarcal, desdeñan la necesidad de esos cambios cuando adhieren sin cuestionamientos a los regímenes burocráticos que han expropiado la revolución a las masas, o bien, son impacientes frente a la experiencia del poder obrero que transforma radicalmente la estructura económica y social y, por primera vez en la historia, permite a las masas lanzarse audazmente a la creación de nuevos valores y una nueva cultura.
La idea de que un cambio profundo de los valores y de la cultura son necesarios no es un invento de las feministas radicales de los ’70. Ya Lenin planteaba, en 1920, que “la igualdad ante la ley todavía no es igualdad frente a la vida. Nosotros esperamos que la obrera conquiste, no sólo la igualdad ante la ley, sino frente a la vida, frente al obrero. Para ello es necesario que las obreras tomen una participación mayor en la gestión de las empresas públicas y en la administración del Estado. [...] El proletariado no podrá llegar a emanciparse completamente sin haber conquistado la libertad completa para las mujeres”16. Y Trotsky escribía, en 1923, su célebre Problemas de la vida cotidiana, donde incluso discute hasta el uso del lenguaje procaz, el bajo nivel cultural de las masas en la Unión Soviética y su relación con la situación de opresión de las mujeres. No son meros resabios de “sensibilidad” individual lo que los ha llevado a pronunciarse sobre tales cuestiones. La teoría de la revolución permanente, cuya autoría le pertenece a León Trotsky, esboza entre otras cuestiones el carácter permanente de la revolución socialista como tal; es decir, como un proceso de “duración indefinida y de una lucha interna constante, [en el que] van transformándose todas las relaciones sociales. [...] Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio”17.
No concluimos que la emancipación de las mujeres está garantizada automáticamente con la revolución socialista o con algunas leyes y decretos progresivos que pueda promulgar la clase obrera en el poder. Pero afirmamos que lo contrario sí es cierto. Por eso, contraponer la necesidad de un cambio cultural a la necesidad de trastocar el sistema capitalista desde su raíz, sólo puede servir a los fines de desestimar la idea de la revolución social. Es en los estrechos marcos del sistema capitalista donde la emancipación de los oprimidos adquiere el carácter de una verdadera utopía.
Creemos que todos los derechos formales que las mujeres hemos arrancado al capitalismo con nuestra lucha se convierten en papel mojado si no se apunta a transformar el corazón de este sistema, basado en la más abyecta de las jerarquías que es la de que un puñado de personas viva a expensas de la explotación descarnada de millones de seres humanos. Pero a pesar de esto, no consideramos que haya etapas “obligadas” en la lucha por nuestra emancipación. Creemos que, mientras luchamos por un sistema donde no existan la explotación ni la opresión, es nuestro deber irrenunciable impulsar y ser parte de las luchas de las mujeres por las mejores condiciones de vida posibles aún en este mismo sistema, por los derechos democráticos más elementales, incluso en alianza con todos y todas las que luchen por esos derechos –aún cuando no compartan la idea de que otro sistema de verdadera igualdad y libertad es posible.
Pero hoy, cuando tantas mujeres se incorporan a los parlamentos y los organismos multilaterales de “desarrollo”, mientras tantas otras mueren por hambre, por abortos clandestinos y por bombas de uranio empobrecido, la reflexión se hace urgente y más necesaria que nunca.
Porque no se trata de violencia simbólica e, incluso, porque la revolución cultural que reclama la mayoría de las feministas no puede limitarse a una simple conversión de las conciencias y de las voluntades, ya que el fundamento de esa opresión no reside en las conciencias engañadas a las que bastaría iluminar, sino en lo que Pierre Bourdieu llamaría “una inclinación modelada por las estructuras de dominación que las producen”18. Algo que nos obliga a poner en cuestión la necesidad de una transformación radical de las condiciones sociales de producción de esas inclinaciones.
Por eso creemos que no plantearse la relación estrecha entre capitalismo y patriarcado, a esta altura de la historia, además de miopía teórica, es ceguera política.
II. Una discusión sobre el sujeto de la emancipación (O el por qué de la necesidad de unir las filas obreras en la lucha contra toda explotación y opresión)
Una de las controversias más importantes es la que refiere al sujeto de la emancipación. ¿Son las mujeres mismas o es la clase obrera? En esta dicotomía se sustentan largos debates. En ninguna de estas objeciones se señala el hecho categórico de la tendencia a la feminización de la fuerza de trabajo, que constituye a las mujeres en uno de los sectores más explotados de la clase obrera, no sólo porque pesan sobre ellas los apremios de una doble jornada laboral –remunerada en la fábrica y no remunerada en el trabajo doméstico–, sino porque sus condiciones laborales son las de mayor precarización y flexibilización.
Este hecho, sólo para demostrar que el antagonismo entre los términos parte de una omisión: las mujeres constituyen un grupo interclasista y la clase es una categoría que remite a un agrupamiento intergénerico; es decir, no son términos que se contraponen porque no son categorías del mismo nivel explicativo.
Dicho esto, entonces, la formulación más precisa debería ser: ¿quién es el sujeto de la emancipación de las mujeres? ¿Las mujeres de las distintas clases sociales asociadas en base a su interés de género? ¿O bien las mujeres de la clase obrera, asociadas con los varones de su misma clase, y conduciendo una alianza con las mujeres oprimidas de otras clases subalternas que deseen acabar verdaderamente con esta situación de opresión?
Para las marxistas, si la emancipación de las mujeres no puede realizarse sin la destrucción del sistema capitalista, por tanto, el sujeto revolucionario será el proletariado (lo que incluye mujeres y varones). Pero en esta lucha específica, las mujeres obreras encabezarán el combate por su propia emancipación y por conseguir que los varones de su propia clase incorporen la lucha contra la opresión en el programa revolucionario de las filas proletarias, como uno de los aspectos integrados a la lucha de clases más amplia. Todos los ejemplos históricos muestran la relación existente entre el desarrollo de la conciencia emancipatoria y el logro de conquistas relativas en los derechos de género, con situaciones más generales de la lucha de clases. Y también, ejemplos contrarios: cómo las situaciones más reaccionarias, de retroceso de la lucha de clases, anticiparon y fueron el marco de un retroceso también agudo en los derechos conquistados por las mujeres.
Muchas veces las feministas han discutido que en la izquierda prima la idea de que cualquier objeción sobre la opresión de las mujeres, rompería la unidad necesaria de las filas obreras para enfrentar al enemigo de clase.
Es cierto, lamentablemente se trata de un prejuicio populista muy extendido entre las filas de la izquierda. Sin embargo, parafraseando a Marx, sostenemos que no puede liberarse quien oprime a otros. Porque no hay posibilidad de que la clase, que es en sí revolucionaria por el lugar que ocupa en la producción, pueda erigirse en la dirección revolucionaria del conjunto del pueblo oprimido, sin considerar también que existe la opresión en sus filas; que millones de mujeres trabajadoras y del pueblo pobre sufren la humillación, el sometimiento y el desprecio de la mano de los miembros masculinos de su clase.
Porque los revolucionarios consideramos que cada vez que una mujer es abusada, golpeada, humillada, considerada un objeto, discriminada, sometida, la clase dominante se ha perpetuado un poco más en el poder. Y la clase obrera, en cambio, se ha debilitado. Porque esa mujer perderá la confianza en sí misma y por lo tanto en sus propias fuerzas. Atemorizada, creerá que la realidad no puede cambiarse y que es mejor someterse a la opresión que enfrentarla y poner en riesgo su vida. Y la clase obrera se debilita, también, porque ese hombre que golpeó a su compañera, que la humilló, que la consideró su propiedad, está más lejos que antes de transformarse en un obrero conciente de sus cadenas, está un poco más lejos de reconocer que, en la lucha por romper sus cadenas, debe proponerse liberar a toda la humanidad de las cadenas y contar a todos los oprimidos como sus aliados.
Por esa razón, el programa del trotskismo plantea lo opuesto a lo que sostienen los populistas: si la unidad de las filas obreras es necesaria, entonces es imperioso erradicar los prejuicios contra los inmigrantes, las barreras que se alzan entre efectivos y contratados, combatir contra la ideología que impone la represión del adulto sobre el joven y, en este mismo sentido, luchar denodadamente contra la opresión de las mujeres. Ellas deberán dejar de ser “las proletarias del proletario”19, las personas sumisas y consideradas objetos de la propiedad del varón.
Por eso el programa del marxismo revolucionario señala: “Las organizaciones oportunistas, por su naturaleza misma, centran principalmente su atención en las capas superiores de la clase obrera, y por consiguiente, ignoran tanto a la juventud como a la mujer trabajadora. Ahora bien, la declinación del capitalismo asesta sus golpes más fuertes a la mujer, como asalariada y como ama de casa”20. Y culmina con la consigna “¡Paso a la mujer trabajadora!”.
Conclusiones: Revisionismo antifemenino vs. Marxismo revolucionario y emancipatorio
Las controversias serían menos si, en todo caso, las diversas corrientes del feminismo radical reconocieran que, bajo la denominación de marxismo, no se halla una corriente homogénea y monolítica. Por empezar, habría que diferenciar entre reformistas y revolucionarios; algo que no es de menor importancia cuando tratamos la cuestión de la opresión de las mujeres.
Porque no creemos casual que, entre los movimientos de los trabajadores que han adoptado posiciones reformistas, los problemas específicos de la superexplotación de las mujeres hayan sido resueltos desde una tónica anti-femenina. Sin ir más lejos, es sabida la historia de la dirigencia tradeunionista británica, los proudhonianos de la Iº Internacional o el mismo Lassalle del Partido Obrero Alemán (pre-marxista) que cuestionaban la incorporación de las mujeres a la producción y, por lo tanto, se manifestaban contrarios a su organización como trabajadoras.
En la IIº Internacional, el mismo revisionista Bernstein21 del Partido Socialdemócrata Alemán, defendió la igualdad legal para la mujer, pero se opuso con ataques satíricos a la organización militante de las mujeres trabajadoras que encabezaba Clara Zetkin, la que sin embargo, en ocasión de dividirse el partido por la traición de sus más altos dirigentes a los principios de clase, se mantuvo en el ala revolucionaria22.
Por otra parte, nada menos que Augusto Bebel, autor de La mujer y el socialismo, fue quien atacó con los más duros epítetos misóginos a Rosa Luxemburgo, una de las más grandes dirigentes mujeres –sino la más grande– del proletariado revolucionario que se negó, pícaramente, a dedicarse a las tareas de organizar la sección femenina –donde el ala derecha quería confinarla para que no interfiriera en el rumbo revisionista– y sin embargo, participó en los Congresos Internacionales de Mujeres Socialistas intentando convencer a las mujeres socialdemócratas de su punto de vista sobre la guerra mundial y sus críticas al curso que tomaba la dirección del partido frente a estos acontecimientos. Fueron sus batallas inclaudicables por los principios revolucionarios las que le valieron que Bebel se refiriera a ella con estas palabras: “Hay algo raro en las mujeres. Si sus parcialidades o pasiones o vanidades entran en escena y no se les da consideración o, ya no digamos, son desdeñadas, entonces hasta la más inteligente de ellas se sale del rebaño y se vuelve hostil hasta el punto del absurdo. Amor y odio están uno al lado del otro y no hay una razón reguladora”23.
Para el ala reformista que luego claudicó ante el imperialismo en la Iº Guerra Mundial, Rosa Luxemburgo merecía ser tratada de este modo: “La perra rabiosa aún causará mucho daño, tanto más teniendo en cuenta que es lista como un mono”24 Por eso, no es extraño que Bebel respondiera: “Con todos los chorros de veneno de esa condenada mujer, yo no quisiera que no estuviese en el partido”25.
Como señala Thonnessen: “Hay una conexión íntima entre el antifeminismo proletario y el revisionismo, así como la hay entre el movimiento radical por la emancipación de la mujer y la teoría ortodoxa socialista. El feminismo marxista ha llevado a cabo, característicamente, una lucha en contra del reformismo y el obrerismo por una parte, y contra el carácter limitado y elitista del feminismo burgués por otra parte”26.
Esa “conexión íntima” entre antifeminismo y revisionismo volvemos a encontrarla en el período de la burocratización del estado obrero surgido de la revolución de 1917.
Bajo el régimen thermidoriano de la burocracia stalinista, mientras se fusilaba en los juicios de Moscú a todos los bolcheviques de la generación de Octubre y se perseguía a los opositores de izquierda acusándolos de “trotskistas”, enviándolos a los campos de concentración o al exilio, se volvió a prohibir el aborto en la Unión Soviética, se condenó la prostitución y se criminalizó la homosexualidad. Todo esto, acompañado con la reproducción de los estereotipos tradicionales de las mujeres como madres dedicadas al hogar y el entronizamiento de la familia, a través de la propaganda del Estado.
Fue el trotskismo quien combatió la idea stalinista de que con la conquista del poder, la sociedad socialista se consumaba en “sus nueve décimas partes”, advirtiendo sobre decenas de problemas económicos, políticos, sociales y culturales que no se podían resolver mecánicamente y que incluían, entre otros, las relaciones entre varones y mujeres. Particularmente Trotsky fue quien, mucho antes de que las feministas radicales de la segunda ola concluyeran que “el socialismo real era antifeminista”, denunció la situación de las mujeres en la Unión Soviética en su reconocido trabajo titulado La Revolución Traicionada: “La condición de la madre de familia, comunista respetada que tiene una sirvienta, un teléfono para hacer sus pedidos a los almacenes, un auto para transportarse, etc., es poco similar a las de la obrera que recorre las tiendas, hace las comidas, lleva a sus hijos al jardín de infancia. Ninguna etiqueta socialista puede ocultar este contraste social, no menos grande que el que distingue en todo país de Occidente a la dama burguesa de la mujer proletaria”27.
Mientras Stalin declara en 1936: “El aborto que destruye la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida”, Trotsky responde: “el poder revolucionario ha dado a la mujer el derecho al aborto, uno de sus derechos cívicos, políticos y culturales esenciales mientras duren la miseria y la opresión familiar, digan lo que digan los eunucos y las solteronas de uno y otro sexo”28. Y criticando los argumentos reaccionarios que esgrime la burocracia para reinstalar la prohibición del aborto agrega: “Filosofía de cura que dispone, además, del puño del gendarme”29.
Ya en 1926, bajo el régimen de Stalin, se había vuelto a instituir el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se suprimió la sección femenina del Comité Central del PCUS y sus equivalentes en los diversos niveles de la organización partidaria. Para 1934 no respetar a la familia se convierte en una conducta “burguesa” o “izquierdista” a los ojos de la burocracia. En 1944 se aumentan las asignaciones familiares, se crea la orden de la “Gloria Maternal” para la mujer que tuviera entre siete y nueve hijos y el título de “Madre Heroica” para la que tuviera más de diez. Los hijos ilegítimos vuelven a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se convierte en un trámite costoso y pleno de dificultades.
En 1953 nos encontramos con legislación sobre derechos de la madre y el niño en la Unión Soviética que señala: “Huelga demostrar en detalle que los intereses de la mujer como madre –bien sea con hijos o futura madre- están tanto mejor asegurados cuanto más sólidas y constantes sean las relaciones entre los esposos. Garantiza, ante todo, tal solidez en las relaciones la existencia de la familia. Precisamente la familia asegura las condiciones normales para el nacimiento y la educación de los hijos, crea las premisas más favorables para que la mujer cumpla con su noble y alto deber social de madre”30.
Nada más lejos del pensamiento de los revolucionarios que, desde los tiempos de Marx y Engels, propagandizaron los verdaderos orígenes y funciones de la familia, denunciando la opresión que se ejerce sobre las mujeres.
Esa es la tradición en la que nos inscribimos. Pueden debatirse cada uno de nuestros postulados, pero para hacerlo se debe partir del reconocimiento de que no aceptamos ser arrojados junto al agua sucia del stalinismo, la misma corriente que masacró, encarceló y persiguió a miles de trotskistas, entre ellos a valerosas mujeres como Eugenia Bosch, Nadejda Joffe, Tatiana Miagkova, etc.
Hoy, quien decida enfrentar este sistema de dominación debe, necesariamente, plantearse la pregunta acerca de cuál es el sujeto capaz de emprender tamaña empresa. Ese sujeto, que para los marxistas es el proletariado, fue fragmentado y se encontró a la defensiva durante los últimos treinta años en que este debate entre marxismo y feminismo ha tenido lugar. Pero esas condiciones empiezan a cambiar relativamente.
Como decía Trotsky, la burguesía no ha hecho más que transformar al mundo en una sucia prisión. Las luchas de las clases subalternas, los pueblos y grupos oprimidos han arrancado conquistas, aún en medio de un sistema putrefacto que hunde cada vez más a millones de personas en la miseria. Pero la tendencia, en última instancia, de este sistema de explotación, es a la degradación infinita de los oprimidos y explotados del mundo, mientras un puñado de apenas unas pocas familias concentran en sus manos las riquezas que producen los expoliados. Frente a ese cuadro terrible, que es el fin último del capitalismo, “las reformas parciales y los remiendos para nada servirán”31.
Entre quienes consideramos que estas aseveraciones encierran algo de verdad y aspiramos a la emancipación de las mujeres y de la humanidad toda, un renovado debate, eximido de malos entendidos pero abierto a honestas controversias, está nuevamente a la orden del día.
En este debate, las marxistas revolucionarias pretendemos exponer nuestras ideas no como si se tratara de un académico ejercicio meramente retórico, sino con el objetivo de que las mismas entusiasmen a una nueva generación de jóvenes con avidez por las ideas revolucionarias y que penetren a la clase obrera: a esos millones de mujeres y varones que sufren las cadenas de la explotación capitalista y las otras cadenas, las menos visibles, de los prejuicios con los que la ideología dominante inficiona sus conciencias.
4 Batya Weinbaum, El curioso noviazgo entre feminismo y socialismo, Madrid, Siglo XXI, 1984. Se refiere al desencanto producido por la burocratización de los estados obreros, bajo el régimen stalinista.
5 Ídem. En el citado libro de Kate Millet se postula, tomando como ejemplo a la Unión Soviética bajo el régimen stalinista, que una revolución socialista puede dar lugar a una contrarrevolución feminista. Conclusión superficial que parte de premisas erróneas, pero no difícil de entender teniendo en cuenta que bajo el régimen de Stalin se prohibió el derecho al aborto, se persiguió a los homosexuales y se erigió a la familia en célula básica del Estado, otorgando premios y medallas a las mujeres que tuvieran gran cantidad de hijos.
6 Paradójicamente, los llamados postmarxistas se inclinan a pensar más en estos términos.
7 Catharine MacKinnon, Hacia una teoría feminista del Estado, Madrid, Cátedra, 1989.
8 Zillah Eisenstein, “Hacia el desarrollo de una teoría del patriarcado capitalista y el feminismo socialista”, en Teoría Feminista (selección de textos), Santo Domingo, CIPAF, 1984.
9 Como progreso se refiere a que esta forma de relación entre los sexos para la reproducción estuvo asociada al desarrollo de las fuerzas productivas y nuevas relaciones sociales de producción en la historia de la humanidad. No hay aquí una valoración “ideológica” de la mogogamia, como puede advertirse por los párrafos que suceden y por los numerosos textos en que tanto Marx como Engels criticaron el matrimonio y la familia, como instituciones burguesas (ver Manifiesto Comunista, etc.).
10 Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, México, Premiá Ed., 1989.
11 Celia Amorós, Hacia una crítica de la razón patriarcal, Barcelona, Anthropos, 1991.
12 Presentación del libro de Andrea D´Atri, Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clases en el capitalismo, Santiago de Chile, Universidad ARCIS, octubre 2004.
13 León Trotsky, “El marxismo y nuestra época”, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999
14 Remite a un diálogo en particular pero que es muy representativo de las discusiones entre feministas y marxistas y aún entre las mismas feministas en relación a la revolución socialista y la emancipación de las mujeres. El eje central de este debate consiste en pensar si es necesario pronunciarse y defender la revolución socialista incondicionalmente, inclusive cuando no dé muestras de solucionar íntregramente la cuestión de la opresión de género, o bien, si es menester desestimarla íntegramente por demostrar que no cumple con este requisito.
15 Susan Brownmiller, Notes of an exChina fan, en Village Voice, 1976.
16 V. Lenin, A las obreras, discurso de 1920.
17 León Trotsky, “La revolución permanente” en La teoría de la revolución permanente (comp.), Bs. As., CEIP, 2000.
18 Pierre Bourdieu, La dominación masculina, Barcelona, Anagrama, 2000.
19 Es una expresión de Flora Tristán, escritora y ardiente defensora de los derechos de la mujer y de la clase obrera. Vivió en Francia a principios del siglo XIX.
20 Documento La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional, más conocido como Programa de Transición. Fue escrito definitivamente en 1938, dos años antes del asesinato de León Trotsky en manos de un agente stalinista.
21 Bernstein, actualmente reivindicado por Laclau y otros intelectuales que se autodenominan postmarxistas, fue el primero en propagandizar la idea de que era posible llegar al socialismo por la vía de introducir reformas en el capitalismo.
22 Nos referimos a la votación de los créditos de guerra en el Parlamento, lo que aceleró la crisis al interior del Partido Socialdemócrata Alemán que se dividió entre un ala derechista revisionista y un ala izquierda que mantuvo los principios del internacionalismo proletario y más tarde formó parte del reagrupamiento internacional que dio origen a la IIIº Internacional encabezada por Lenin.
23 Carta de Bebel a Kautsky, 1910.
24 Carta de Adler a Bebel, 1910.
25 Carta de Bebel a Adler, 1910.
26 Werner Thonnessen, The Emancipation of Women: the Rise and Decline of the Women’s Movement in German Social Democracy 1863-1933, Londres, Pluto Press, 1969.
27 León Trotsky, La Revolución Traicionada, Bs. As., Claridad, 1938.
28 Ídem.
29 Íbídem.
30 Citado en Andrea D’Atri, Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Bs. As., Armas de la Crítica, 2004.
31 León Trotsky, “El marxismo y nuestra época” en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999.
SEXO CONTRA SEXO O CLASE CONTRA CLASE
(Problems of women`s liberation), Evelyn Reed.
Presentamos a continuación el primer capítulo del texto de E. Reed.
Capítulo I
La mujer: ¿Casta, clase o sexo oprimido?
En la actualidad, el movimiento de liberación de la mujer está a un nivel ideológico superior al del movimiento feminista en el siglo pasado. Casi todas las corrientes comparten el análisis marxista del capitalismo y se adhieren a la clásica explicación de Engels sobre el origen de la opresión de la mujer, basada en la familia, la propiedad privada y el Estado.
Pero aún perduran notables equívocos e interpretaciones erróneas de la posición marxista, que han conducido a algunas mujeres, que se consideran radicales o socialistas, a desviaciones y a una desorientación teórica. Influenciadas por el mito de que las mujeres han estado siempre condicionadas por sus funciones reproductoras, tienden a concluir que las raíces de la opresión femenina son, al menos en parte, debidas a diferencias sexuales biológicas. En realidad, las causas son exclusivamente históricas y sociales.
Algunas de estas teorías sostienen que la mujer constituye una clase especial o una casta. Estas definiciones no sólo son ajenas al marxismo, sino que llevan a la falsa conclusión de que no es el sistema capitalista, sino el hombre, el principal enemigo de la mujer. Propongo poner a discusión esta tesis.
Las aportaciones del marxismo en este campo, fundamentales para explicar la génesis de la degradación de la mujer, pueden resumirse así:
Ante todo, las mujeres no han sido siempre el sexo oprimido o “segundo sexo”. La antropología o los estudios de la prehistoria nos dicen todo lo contrario. En la época del colectivismo tribal las mujeres estuvieron a la par con el hombre y estaban reconocidas por el hombre como tales.
En segundo lugar, la degradación de las mujeres coincide con la destrucción del clan comunitario matriarcal y su sustitución por la sociedad clasista y sus instituciones: la familia patriarcal, la propiedad privada y el Estado.
Los factores clave que llevaron al derrocamiento de la posición social de la mujer tuvieron origen en el paso de una economía basada en la caza y en la recogida de comida, a un tipo de producción más avanzado, basado en la agricultura, la cría de animales y el artesanado urbano. La primitiva división del trabajo entre los sexos fue sustituida por una división social del trabajo mucho más complicada. La mayor eficacia del trabajo permitió la acumulación de un notable excedente productivo, que llevó; primero, a diferenciaciones, y después a profundas divisiones entre los distintos estratos de la sociedad.
En virtud del papel preeminente que habían tenido los hombres en la agricultura extensiva, en los proyectos de irrigación y construcción, así como en la cría de animales, se apropiaron poco a poco del excedente, definiéndolo como propiedad privada. Estas riquezas potencian la institución del matrimonio y de la familia y dan una estabilidad legal a la propiedad y a su herencia. Con el matrimonio monogámico, la esposa fue colocada bajo el completo control del marido, que tenía así la seguridad de tener hijos legítimos como herederos de su riqueza.
Con la apropiación por parte de los hombres de la mayor parte de la actividad social productiva, y con la aparición de la familia, las mujeres fueron encerradas en casa al servicio del marido y la familia. El aparato estatal fue creado para reforzar y legalizar la institución de la propiedad privada, el dominio masculino y la familia patriarcal, santificada luego por la religión.
Este es, brevemente, el punto de vista marxista sobre el origen de la opresión de la mujer. Su subordinación no se debe a ninguna deficiencia biológica como sexo, sino que es el resultado de los acontecimientos sociales que destruyeron la sociedad igualitaria de la gens matriarcal, sustituyéndola por una sociedad clasista patriarcal que, desde sus inicios, se caracterizó por la discriminación y desigualdad de todo tipo, incluída la desigualdad de sexos. El desarrollo de este tipo de organización socio-económica estructuralmente opresiva, fue la responsable de la caída histórica de las mujeres.
Pero la caída de las mujeres no se puede comprender completamente, ni se puede elaborar una solución social y política correcta para su liberación, sin considerar lo que sucede actualmente con los hombres. Muy a menudo no se tiene en cuenta que el sistema patriarcal clasista, que ha hecho desaparecer al matriarcado y sus relaciones sociales comunitarias, ha destruído también la contrapartida masculina, el fratriarcado –esto es, la fraternidad tribal de los hombres. La derrota de las mujeres anduvo pareja con la dominación de las masas de trabajadores por la clase de los patronos.
La esencia de este desarrollo se puede ver más claramente si se examina el carácter fundamental de la estructura tribal que Morgan, Engels y otros han descrito como “sistema de consumo primitivo”. El clan comunitario era tanto una hermandad de mujeres como una hermandad de hombres. La hermandad, esencia del matriarcado, tenía claramente caracteres colectivos. Las mujeres trabajaban juntas como una comunidad de hermanas; su trabajo social proveía ampliamente al mantenimiento de toda la comunidad. Criaban a los hijos también en comunidad. Una madre no hacía distinción entre sus hijos y los de otra mujer del clan, y los niños, por otra parte, consideraban a todas las hermanas mayores como madres. En otras palabras, la producción y la propiedad en común iban acompañadas de la educación común de los hijos.
La contrapartida masculina de esta hermandad era la fraternidad, modelada según los mismos esquemas comunitarios. Cada clan, y el conjunto de clanes que comprendía la tribu, se caracterizaba por la “fraternidad” desde el punto de vista masculino, y por la “hermandad” o “matriarcado” desde el punto de vista femenino. En esta fraternidad matriarcal, los adultos de los dos sexos, no sólo producían para mantenerse, sino que alimentaban y protegían a los niños de la comunidad. Estos aspectos hicieron de la hermandad y fraternidad un sistema de “comunismo primitivo”.
Así, antes de que la familia tuviera como cabeza un padre individual, la función de la paternidad era social y no familiar. Además, los primeros hombres que desarrollaron funciones “paternales” no fueron los compañeros o “maridos” de las hermanas del clan, sino sus hermanos. Y esto no sólo porque los procesos fisiológicos de la paternidad eran desconocidos, sino más bien porque este hecho era insignificante en una sociedad fundada en el colectivismo productivo y en el cuidado común de los hijos.
Aunque actualmente nos pueda parecer extraño a nosotros, que estamos acostumbrados a la forma particular de educación de los hijos, era perfectamente natural en la comunidad primitiva, que los hermanos del clan, o sea, los maternos, ejercieran estas funciones paternas hacia los hijos de las hermanas, que más tarde fueron asunto del padre individual respecto a los hijos de la esposa.
El primer cambio en este sistema de clan hermano-hermana se debe a la creciente tendencia de la pareja, o de la “familia a dos”, como lo han llamo Morgan y Engels, a vivir juntos en la misma comunidad y casa. Sin embargo, la simple cohabitación no alteró sustancialmente las relaciones colectivas o el papel productivo de las mujeres en la comunidad. La división del trabajo según el sexo, efectuada entre hermanas y hermanos del clan, se transformó gradualmente en división sexual del trabajo entre marido y esposa.
Pero mientras prevalecieron las relaciones colectivas y las mujeres continuaron participando en la producción social, permaneció, en mayor o menor medida, la originaria igualdad entre los sexos. La comunidad entera continuó proveyendo a cada miembro de la pareja, quizás porque cada miembro de la pareja contribuía también en la actividad laboral.
Por lo tanto, la familia de pareja, tal como aparece en los albores del sistema familiar, era radicalmente distinta del actual núcleo familiar. En nuestro sistema capitalista, desordenado y competitivo, cada familia debe salvarse o ahogarse, contando sólo con sus posibilidades y no puede contar con la ayuda externa. La esposa depende del marido, y los hijos deben contar con sus padres para su subsistencia, aunque estén sin trabajo, enfermos o muertos. En el período de la familia de pareja no existía este tipo de dependencia de la “economía familiar”, porque la comuna entera se hacía cargo de las necesidades fundamentales de cada individuo desde la cuna hasta la tumba.
Esta fue la causa concreta de la ausencia, en la comunidad primitiva, de las opresiones sociales y los antagonismos familiares, tan frecuentes actualmente.
Se ha dicho a veces, explícita o implícitamente, que la dominación masculina ha existido siempre y que las mujeres han sido siempre tratadas brutalmente por los hombres. O también, a veces, se ha creído que las relaciones entre los sexos, en la sociedad matriarcal, eran exactamente lo contrario de las nuestras –con las mujeres dominando a los hombres. Ninguna de estas afirmaciones ha sido confirmada por los descubrimientos antropológicos.
No es mi intención alabar la era salvaje ni auspiciar un retorno romántico a laguna pasada “edad de oro”. Una economía basada en la caza y el aprovisionamiento de comida representa el estadio más bajo del desarrollo humano, y sus condiciones de vida eran desagradables, crueles y duras. Sin embargo, debemos reconocer que las relaciones entre el hombre y la mujer eran fundamentalmente distintas a las nuestras.
En el clan no existía la posibilidad de que un sexo dominara al otro, de la misma forma que una clase no podía explotar a la otra. Las mujeres ocupaban un lugar preeminente porque eran las principales productoras de bienes y de nuevas vidas. Pero esto no las indujo a oprimir a los hombres. Su sociedad comunitaria excluía la tiranía de clase, de raza o de sexo.
Como ha dicho Engels, con la aparición de la propiedad privada del matrimonio monogámico y de la familia patriarcal, entraron en juego nuevas fuerzas sociales, tanto en la sociedad en su conjunto, como en la organización familiar, que abolieron los derechos que anteriormente tenía la mujer.
De la simple cohabitación de la pareja, se pasó al matrimonio monogámico legal y rígidamente regulado, que puso a la esposa y a los hijos bajo el control completo del marido y padre, el cual daba su nombre a la familia y determinaba sus condiciones de vida y su destino.
Las mujeres, que habían vivido y trabajado juntas, educado en común a sus hijos, se dispersaron como esposas de un solo hombre, destinadas a su servicio y al de una sola casa. La primitiva e igualitaria división sexual del trabajo entre los hombres y las mujeres de la comunidad, cedió paso a una división familiar del trabajo, en la cual la mujer era alejada cada vez más de la producción social, para convertirse en sierva del marido, de la casa y de la familia. Así, las mujeres, en un tiempo “administradoras” de la sociedad, con la formación de las clases fueron degradadas al papel de administradoras de los hijos de un hombre y de su casa.
Esta degradación de las mujeres ha sido un especto permanente en los tres estadios de la sociedad de clases, desde la esclavitud, pasando por el feudalismo, hasta el capitalismo.
Mientras las mujeres dirigían, o por lo menos, participaban en el trabajo productivo de la comunidad, fueron estimadas y respetadas, pero cuando se desmembraron en una unidad familiar separada y ocuparon una posición subalterna en la casa y en la familia, perdieron su prestigio, su influencia y su poder.
¿Nos puede extrañar que unos cambios sociales tan drásticos hayan llevado a un antagonismo tan profundo y duradero entre los dos sexos? Como dice Engels: “La monogamia no ha significado en absoluto, desde el punto de vista histórico, una reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún, constituye la forma más alta de matrimonio. Por el contrario, ha representado el sometimiento de un sexo por el otro y la aparición de un antagonismo entre los sexos desconocido en la historia precedente…El primer antagonismo de clase aparecido en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer en la monogamia, y la primera opresión de clase con la del sexo femenino por parte del masculino” (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).
Es necesario hacer una distinción entre los dos tipos de opresión que las mujeres han sufrido en la familia monogámica y en el sistema basado en la propiedad privada. En la familia productiva campesina de la era preindustrial, las mujeres gozaban de un `status` social más elevado y de un respeto mayor del que goza actualmente en nuestras ciudades el núcleo familiar doméstico.
Mientras la agricultura y el artesanado dominaron la economía, la familia campesina, que era numerosa o “extensa”, continuaba siendo una unidad productiva vital. Todos sus miembros tenían funciones concretas e importantes, según el sexo y la edad. Las mujeres ayudaban a cultivar la tierra y hacían trabajos en la casa, mientras los niños y los demás producían su parte según sus capacidades.
Todo esto cambió con el nacimiento del capitalismo industrial y monopolista y con la formación del núcleo familiar. Cuando grandes masas de hombres fueron expoliados de la tierra y de sus pequeñas empresas, y se convirtieron en trabajadores asalariados en las fábricas, no tuvieron para vender, y sobrevivir, más que su fuerza de trabajo. Sus mujeres, alejadas de las fábricas productivas y del artesanado, devinieron completamente dependientes de los maridos para su mantenimiento y el de sus hijos. De la misma manera que los hombres dependían de sus patronos, las mujeres dependían de sus maridos.
Privadas gradualmente de su autonomía económica, las mujeres perdieron también la consideración social. En las fases iniciales de la sociedad clasista fueron alejadas de la producción social y del liderazgo, para convertirse en productoras en el ámbito de la familia agrícola, trabajando con el marido para a casa y la familia. Pero con la sustitución de la familia campesina por el núcleo familiar propio de las ciudades industriales perdieron su último punto de apoyo en terreno sólido.
Las mujeres se encontraron entonces frente a dos tristes alternativas: buscar un marido que las cuidase y hacer de ama de casa en un apartamento de la ciudad, criando la próxima generación de esclavos asalariados; o bien, para las más pobres y desafortunadas, hacer los trabajos marginales de las fábricas (junto a sus hijos), y ser explotadas como la fuerza de trabajo más esclavizada y peor pagada.
En las generaciones pasadas, las mujeres trabajadoras lucharon por el empleo junto a los hombres, por aumentos salariales y mejoras en las condiciones laborales. Pero las mujeres, en calidad de amas de casa dependientes, perdieron estos medios de lucha social. Sólo podían lamentarse o pelearse con el marido y los hijos por la miseria de su vida. El contraste entre los sexos se vuelve más profundo y áspero con la degradante dependencia de las mujeres respecto a los hombres.
A pesar del hipócrita homenaje rendido a las mujeres como “madres santas” y devotas amas de casa, su valor disminuyó, alcanzando el punto más bajo con el capitalismo. Puesto que las amas de casa no producen bienes, ni crean ningún excedente para los explotadores, no son importantes para los fines del capitalismo. En este sistema existen sólo tres justificaciones para su existencia: el ser amas de cría, guardianas de la casa y compradoras de bienes de consumo para la familia.
Mientras que las mujeres ricas pueden hacerse sustituir por las criadas en el desempeño de los trabajos más aburridos, las pobres están ligadas a esta inaguantable cadena para toda la vida. Su condición de servilismo aumenta cuando están obligadas a un trabajo externo para contribuir al mantenimiento de la familia. Asumiendo dos responsabilidades, en lugar de una, están doblemente oprimidas.
Pero incluso las amas de casa de la clase media son víctimas del capitalismo del mundo occidental, a pesar de sus privilegios económicos. La monótona condición de aislamiento y de aburrimiento en que se encuentran, las induce a “vivir a través” de sus hijos –relación que alimenta muchas de las neurosis que afligen hoy en día la vida familiar. Tratando de aliviar su sufrimiento, son manipuladas y depredadas por los especuladores del campo de los bienes de consumo. La explotación de la mujer como consumista forma parte de un sistema que se desarrolló, en primer lugar, con la explotación del hombre como productor.
Los capitalistas tienen miles de razones para exaltar el núcleo familiar. Su ambiente es una mina de oro para todos los especuladores, desde los agentes inmobiliarios a los vendedores de detergentes y cosméticos. Si producen automóviles para uso individual, en lugar de desarrollar adecuadamente los transportes públicos, es porque es más rentable, como lo es vender casas pequeñas en parcelas privadas, cada una de las cuales necesita su lavadora, su frigorífico y otras cosas similares.
Por otra parte, el aislamiento de las mujeres en casas particulares, ligadas todas a las mismas tareas con la cocina y con los hijos, les impide unirse y llegar a ser una fuerza social o una seria amenaza política para el poder constituido.
¿Cuál es la lección que se puede extraer de esta panorámica sobre el largo cautiverio de las mujeres en la casa y con la familia, propia de la sociedad clasista –tan distinta de su situación de fuerza e independencia en la sociedad preclasista?
Nos muestra que el estado de inferioridad de las mujeres no ha sido el resultado de un condicionamiento biológico ni del embarazo. Este no constituía un handicap en la comunidad primitiva; lo ha empezado a ser, principalmente, en el núcleo familiar de nuestros días. Las mujeres pobres están destrozadas entre la obligación de cuidar a los hijos y la casa y, al mismo tiempo, trabajar fuera para contribuir al mantenimiento de la familia. Las mujeres, por lo tanto, han sido condenadas a su estado de opresión por las mismas fuerzas y relaciones sociales que han llevado a la opresión de una clase sobre otra, de una raza sobre otra, de una nación sobre otra. Es el sistema capitalista –último estadio del desarrollo de la sociedad de clases- la fuente principal de la degradación y opresión de las mujeres.
Algunas mujeres del movimiento de liberación critican estas tesis marxistas fundamentales. Dicen que el sexo femenino representa una casta distinta o una clase. Ti-Grace Atkinson, por ejemplo, sostiene que las mujeres son una clase aparte. Roxanne Dunbar afirma que son una casta aparte. Examinemos estas dos posiciones y las conclusiones que de ellas se derivan.
Primero consideremos si las mujeres son una casta. La jerarquía de castas apareció antes y sirvió de modelo al sistema clasista. Surge después de la desaparición de la comunidad tribal, con las primeras diferenciaciones evidentes de los estratos sociales, según la nueva división del trabajo y las funciones sociales. La pertenencia a un estrato superior o inferior estaba garantizada por el sólo hecho de nacer dentro de su ámbito.
Es importante notar, además, cómo el sistema de castas llevaba en sí mismo, desde el principio, al sistema de clases. Por otro lado, mientras el sistema de catas alcanza su pleno desarrollo sólo en algunas partes del mundo, como India, el sistema de clases se desarrolló hasta convertirse en mundial y engullir al de castas.
Esto se puede ver claramente en India, donde cada una de las cuatro castas fundamentales –los brahamanes o sacerdotes, los soldados, los propietarios terratenientes o mercantiles y los trabajadores, junto a los “sin casta” o parias –tienen un lugar preciso en la sociedad explotadora. En la India actual, donde el viejo sistema de castas sobrevive de forma decadente, las relaciones y el poder capitalistas prevalecen sobre las instituciones precapitalistas heredadas del pasado, comprendidos los vestigios de la sociedad estructurada en castas.
Por otro lado, aquellas regiones del mundo que se han desarrollado más rápidamente y de forma más consistente, han abolido el sistema de casta. La civilización occidental, iniciada con la antigua Grecia y Roma, se desarrolló pasando por la esclavitud, y el feudalismo, hasta llegar al estadio más maduro de la sociedad de clases, el capitalismo.
Ni en el sistema de castas ni en el clasista –y ni siquiera en la combinación de los dos- las mujeres han constituido una clase o casta aparte. Las mismas mujeres han estado divididas en las distintas castas y clases que han formado el sustrato social.
El hecho de que las mujeres tuvieran una posición de inferioridad, como sexo, no implica, ipso facto, que fueran una cata o una clase inferior. En la antigua India, las mujeres pertenecían a castas distintas. En un caso, su `status` social venía determinado por el nacimiento en una casta, en el otro era determinado por su riqueza o por la del marido. Y esto es válido para los dos sexos, que pueden pertenecer a una casta superior y tener más dinero, y poder y consideración social.
¿Qué entiende entonces Roxanne Dumbar cuando dice que todas las mujeres (sin tener en cuenta su clase) pertenecen a una casta aparte? El contenido exacto de sus afirmaciones y de sus conclusiones no me resulta claro, y quizá tampoco a los demás. Hagamos entonces un estudio más profundo.
En términos de poder, nos podemos referir a la mujer como una “casta” inferior –como se hace a veces cuando se definen como “esclavas” y “siervas” –cuando se tiene simplemente la intención de señalar que han ocupado una posición subordinada en la sociedad masculina. El uso de la palabra “casta” serviría, pues, sólo para indicar la pobreza de nuestra lengua, que no tiene una palabra precisa para indicar el sexo femenino como sexo oprimido. Pero parece que el escrito de Roxanne Dunbar, en febrero de 1970, tenía implicaciones más amplias respecto a sus anteriores posiciones sobre esta cuestión.
En aquel documento dice que su caracterización de las mujeres como casta no representa nada nuevo: que incluso Marx y Engels “juzgaron de la misma forma la posición del sexo femenino”. Pero esto no es realmente así: ni Marx en El Capital ni Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, ni otros notables marxistas, desde Lenin a Luxemburg, han definido nunca a la mujer como perteneciente a una casta en virtud de su sexo. Por lo tanto, no se trata simplemente de una confusión verbal en torno al uso de una palabra, sino de un claro alejamiento del marxismo, si bien presentado con carácter marxista.
Me gustaría poseer clarificaciones de Roxanne Dunbar sobre las conclusiones que ella extrae de su teoría; puesto que si todas las mujeres pertenecen a una casta inferior, y todos los hombres a una casta superior, de ello se desprende que el punto central de la lucha por la liberación consistiría en una “guerra de castas” de todas las mujeres contra todos los hombres. Esta conclusión parecería confirmada por la afirmación de que “nosotras vivimos en un sistema internacional de castas”.
Tampoco esta afirmación es marxista, ya que los marxistas dicen que vivimos en un sistema clasista internacional y que por lo tanto no se requiere una guerra de castas, sino una lucha de clases de todos los oprimidos, hombres y mujeres, para obtener la liberación de las mujeres junto con la liberación de todas las masas oprimidas. Roxanne Dunbar, ¿está de acuerdo o no con esta posición respecto al papel determinante de la lucha de clases?
Su confusión replantea la necesidad de usar un lenguaje preciso en una exposición científica. Si bien las mujeres están explotadas bajo el capitalismo, no son esclavas ni siervas de la gleba o miembros de una casta inferior. Las categorías sociales de esclavo, siervo y casta se refieren a estadios y aspectos concretos de la historia pasada, y no definen correctamente la posición de las mujeres en nuestra sociedad.
Si queremos ser exactos y científicos, las mujeres deberían definirse como un “sexo oprimido”.
La otra posición, que caracteriza a las mujeres como “clase” especial, podemos definirla como aún más errónea.
En la sociología marxista una clase puede definirse según dos consideraciones independientes: el papel que juega en el proceso productivo y si posee la propiedad de los medios de producción, y por lo tanto, controlan el Estado y dirigen la economía. Los trabajadores que crean la riqueza no tienen más que su fuerza de trabajo para vender a los patronos y poder vivir.
¿En qué relación se encuentran las mujeres con estas dos clases opuestas? Pertenecen a todos los estratos de la pirámide social. Las pocas que están en la cima pertenecen a la clase de los plutócratas; algunas pertenecen a la clase media, la mayoría al proletariado. Existe una enorme diferencia entre las pocas Rockefeller, Morgan y Ford, y los millones que viven con subsidios de todo tipo. Resumiendo, las mujeres, como los hombres, son un sexo interclasista.
No se trata de un intento de dividir a las mujeres, sino simplemente de reconocer una división que ya existe. La idea de que todas las mujeres, como sexo, tienen en común más de lo que tienen los miembros de una misma clase, es falsa. Las mujeres de la alta burguesía no son simplemente compañeras de cama de sus ricos maridos. Generalmente existen otros lazos más fuertes: son colaboradoras económicas, sociales y políticas, unidas al marido en la defensa de su propiedad privada, del beneficio, del militarismo, del racismo y de la explotación de las otras mujeres.
Para decir verdad, existen excepciones individuales a esta regla, especialmente entre las jóvenes. Recordemos que la señora Frank Leslie, por ejemplo, renunció a la herencia de dos millones de dólares para sostener la causa del sufragio femenino, y otras mujeres de la alta burguesía han entregado su dinero a favor de la causa de los derechos civiles de nuestro sexo. Pero una cosa completamente distinta es esperar que muchas mujeres ricas sostengan una lucha revolucionaria que amenaza sus intereses y privilegios capitalistas. La mayor parte de ellas se burlan del movimiento de liberación, diciendo explícitamente o implícitamente: “Pero, ¿de qué cosa nos tenemos que liberar?”
¿Es realmente necesario insistir en este punto? Decenas de miles de mujeres participaron en la manifestación de Washington, en noviembre de 1969 y después en mayo de 1970. ¿Tenían más cosas en común con los hombres militantes que marchaban a su lado, o con la señora Nixon, sus hijas y la esposa del procurador general, señora Mitchell, que miraban con desagrado desde su ventana y veían en aquella masa una nueva revolución rusa? ¿Quiénes serán los mejores aliados de la mujer en el combate por la liberación, las esposas de los banqueros, de los generales, de los abogados hacendados, de los grandes industriales, o los trabajadores negros y blancos que luchan por su propia liberación? ¿No serán, tanto los hombres como las mujeres de ambas partes? Si no es así, la lucha ¿debe volverse contra los hombres, más que contra el sistema capitalista?
Es cierto que todas las sociedades clasistas han sido dominadas por el hombre y que los hombres han sido adiestrados, desde la cuna, para que sean chovinistas. Pero no es cierto que los hombres, como tales, representen el principal enemigo de las mujeres. Esto no tendría en cuenta a la masa de hombres explotados que están oprimidos por el principal enemigo de las mujeres, el sistema capitalista. Estos hombres tienen un lugar en la lucha por la liberación de la mujer; pueden convertirse y se convertirán en nuestros aliados.
Si bien la lucha contra el chovinismo masculino es una parte esencial de los objetivos que tienen las mujeres del movimiento, no es correcto hacer de ello el eje principal. Esto nos llevaría a no tener en cuenta o infravalorar el papel constituido que no sólo alimenta y se aprovecha de toda forma de discriminación y opresión, sino que además es responsable del chovinismo masculino. Recordemos que la supremacía masculina no existía en la comunidad primitiva, basada en la relación entre hermanas y hermanos. La discriminación sexual, así como la racial, tienen sus raíces en la propiedad privada.
Una posición teórica errónea lleva fácilmente a una falsa estrategia en la lucha por la liberación de la mujer. Este es el caso de una fracción de las “Redstockings” que dicen en su Manifiesto que “las mujeres son una clase oprimida”. Si todas las mujeres forman una clase, entonces todos los hombres deben constituir la clase opuesta –la de los opresores-. ¿Qué conclusión se puede deducir de esta premisa? ¿Qué no existen hombres en la clase oprimida? ¿Dónde colocamos a los millones de obreros blancos oprimidos que, como los negros oprimidos, puertorriqueños y otras minorías, son explotados por los capitalistas? ¿No tienen todos ellos un lugar primordial en la lucha por la revolución social? ¿Dónde y bajo qué bandera estos pueblos oprimidos de todas las razas y de ambos sexos se unen por una acción común contra su enemigo común? Oponer las mujeres como clase a los hombres como clase sólo puede constituir una desviación de la auténtica lucha de clases.
¿No existe una relación con la afirmación de Roxanne Dunbar de que la liberación de la mujer es la base de la revolución social? Estamos muy lejos de la estrategia marxista, puesto que se invierte la situación real. Los marxistas dicen que la revolución social es la base para una total liberación de las mujeres –como es a base de la liberación de toda la clase trabajadora. En última instancia, los verdaderos aliados de la liberación de la mujer son todas aquellas fuerzas que están obligadas por sus propios intereses a luchar contra los imperialistas y a romper sus cadenas.
La causa profunda de la opresión femenina, que es el capitalismo, no puede ser abolida jamás solamente por las mujeres, ni por una coalición de mujeres de todas las clases. Es preciso una lucha mundial por el socialismo por parte de la masa trabajadora, hombres y mujeres, unidos a todos los grupos oprimidos, para derribar el poder del capitalismo, que actualmente tiene su máxima expresión en los Estados Unidos.
En conclusión, lo que debemos preguntarnos es cuáles son los nexos entre la lucha por la liberación de las mujeres y la lucha por el socialismo.
Ante todo, si bien los últimos objetivos de la liberación de las mujeres no podrán ser realizados antes de la revolución socialista, esto no significa que la lucha por las reformas deba posponerse hasta entonces. Es necesario que las mujeres marxistas luchen, desde ahora, codo a codo, con todas las mujeres militantes por sus objetivos específicos. Esta ha sido nuestra política desde que se presentó una nueva fase del movimiento de liberación de la mujer, hace cerca de un año e incluso antes.
El movimiento feminista empieza, como otros movimientos de liberación, planteando algunas reivindicaciones elementales como son: igualdad de oportunidades para hombres y mujeres en lo que respecta a la educación y al trabajo: a trabajo igual, salario igual; derecho al libre aborto para quien lo solicite; guarderías financiadas por el Estado, pero controladas por la comunidad. La movilización de las mujeres por estos objetivos no sólo nos da la posibilidad de obtener mejoras, sino también pone en evidencia, domina y modifica los peores aspectos de nuestra subordinación en la sociedad actual.
En segundo lugar, ¿por qué las mujeres deben llevar a cabo su lucha por la liberación si, en última instancia, para la victoria para la revolución socialista será necesaria la ofensiva de toda la clase trabajadora? La razón es que ningún sector oprimido de la sociedad, tanto los pueblos del Tercer Mundo como las mujeres, pueden confiar a otras fuerzas la dirección y desarrollo de su lucha por la libertad –aunque estas fuerzas se comporten como aliados. Nosotros rechazamos la posición de algunos grupos políticos que se dicen marxistas, pero que no reconocen que las mujeres deben dirigir y organizar su lucha por la emancipación, de la misma forma que no llegan a comprender porqué los negros deben hacer lo mismo.
La máxima de los revolucionarios irlandeses –“quien quiere ser libre debe luchar personalmente”- se adapta perfectamente a la causa de la liberación de la mujer. Las mujeres deben luchar personalmente para conquistar la libertad, y esto es cierto tanto antes como después del triunfo de la revolución anticapitalista.
En el curso de nuestra lucha y como parte de la misma, reeducaremos a los hombres que han sido inducidos a creer ciegamente que las mujeres son por naturaleza el sexo inferior debido a alguna tara en su estructura biológica. Los hombres deberán aprender que su chovinismo y su superioridad son otra de las armas en manos de los patronos para conservar el poder. El trabajador explotado, viendo la condición, aún peor que la suya, en que se encuentra su esposa, ama de casa y dependiente, no puede estar satisfecho de ello –se les debe hacer ver la fuente del poder opresor que les ha envilecido a los dos.
En fin, decir que las mujeres constituyen una casta o clase aparte, lleva lógicamente a conclusiones extremadamente pesimistas respecto al antagonismo entre los sexos, en contraste con el optimismo revolucionario de los marxistas. Ya que, a menos que los dos sexos estén completamente separados y los hombres sean exterminados, parece que están destinados a una guerra perenne entre ellos.
Como marxistas, nosotras tenemos un mensaje más realista y lleno de esperanza. Negamos que la inferioridad de la mujer esté determinada por su estructura biológica, y que haya existido siempre. Lejos de ser eterna, la subordinación de las mujeres y la amarga hostilidad entre los sexos no tienen más que unos pocos miles de años. Fueron producto de los drásticos cambios sociales que introdujeron la familia, la propiedad privada y el Estado.
La historia nos enseña que es necesaria una revolución que altere radicalmente las relaciones socio-económicas, para extirpar la causa de las desigualdades y obtener una plena emancipación de nuestro sexo. Este es el fin prometido por el programa socialista por el que nosotras luchamos.
Internacional Socialist Review, Septiembre 1970.
Tu mirada… ya no quiero tu mirada. Me arde la piel y no soportaría que tus dedos me rozaran. Me falta el aire, así que no me ahogues en tus abrazos. No me beses, que tengo los labios amoratados. Solo mírame. Como lo haces siempre cuanto tiemblo. No me hables, solo deja que te lea la mirada.
A veces me asusta. A veces entiendo perfectamente tus palabras. Y me da miedo. Me da miedo que me conozcas tanto, que a través de mi disfraz de sombras hayas visto tanto.
A veces me asusto porque vuelvo a ver mi corazón en el filo de la ventana. Porque me llena sin motivo la mirada de lagrimas. Porque tus besos me saben a huidas, a esquinas que se tragan las pisadas, a espaldas que se clavan en las retinas, a promesas que se cuelas por las alcantarillas. Y me da miedo. Porque a veces, también, tus abrazos son el lecho donde quería perder la vida.
“…aunque tú no la creas”. No, no me lo digas. No quiero saberlo. No quiero volver a engañarme. No quiero otra vez palabras que con el tiempo se vuelven puñales. Se está bien aquí en el suelo. No quiero que me levantes.
Y entonces te agachas… y me miras. Sin decir nada. Y me da vergüenza tu mirada, y me siento egoísta. Y me hago pequeña, frágil e invisible. “Me duele ¿lo entiendes?…. “y tus caricias en el pelo me responde. “¿Te duele?, contesta” y vuelves a asustarme.
Devuélveme las sombras, esas que no mienten, esas que no me cambian la forma, que no se esconden porque nada tienen que ocultar. Devuélveme la soledad, esa que prometió quedarse y lo ha cumplido, esa que no pide favores, ni esfuerzos, no da explicaciones. La que lame la herida y pone vendas a los miedos.
Pero sigues a mi lado, sentado en el suelo, robando mis lágrimas con tus dedos. Y me sigues mirando, sereno, sin decirme nada. Podría vivir solo con tu mirada. Pero entonces, no… entonces me abrazas y, de pronto, se que prefiero morir en ese mismo instante para que el tiempo no vuelva a darme la razón.
Me duele, si. Pero solo porque antes me han dolido. Y me asusto, y me rindo, y me encojo, y me escondo, y me escapo, y me lloro, y me araño, y me hiero, y me abandono, y me maltrato… pero solo para no dolerme cuando vuelvas a hacerme daño.
Floriana Avellaneda
EL FEMINISMO Y LA CRISIS MUNDIAL
La encrucijada de las mujeres: socialismo o barbarie
En medio de una campaña electoral en la que se oye hablar de lo que se hizo y de lo que falta hacer y en la que, ni el oficialismo ni la oposición clerical y derechista considera los derechos de las mujeres entre lo que se hizo, ni entre lo que “falta hacer” (y mucho menos entre lo que “hace falta”), me impuse un balance ¿qué podríamos decirles, hoy, a las abuelas de la historia que han luchado por nuestros derechos, sobre lo que hicimos, sobre lo que nos falta hacer?
Y me dije que las mujeres invadimos las escuelas y las universidades. Como un torrente impetuoso corrimos por los oscuros claustros que nos habían sido vedados durante siglos, inundándolos con nuestras voces hartas del silencio.
Nosotras, las “irracionales”, ahora podemos ser filósofas y matemáticas, historiadoras, médicas, arqueólogas, ingenieras, psicólogas, bioquímicas, escritoras, arquitectas y artistas. Nosotras, hoy somos mayoría entre quienes alcanzan altos niveles de educación.
Pero también me dije que las mujeres y las niñas somos el setenta por ciento de los analfabetos del planeta.
Hoy, como nunca antes en la historia, las mujeres ingresamos al mundo del trabajo: en los últimos diez años se multiplicó nuestra presencia en el mercado laboral de manera inusitada y la tendencia no cesa.
Somos maestras, enfermeras, tejedoras y cocineras, como lo hemos sido siempre. Seguimos sembrando la semilla y recogiendo el fruto, limpiamos nuestras casas y las de los demás.
Pero también manejamos el soplete y el torno, camiones y cohetes, perforamos el suelo en busca de petróleo y buceamos en el fondo de los océanos recogiendo corales.
Pero también, ahora, cuando nosotras saltamos las vallas que se interponían entre el “mundo reproductivo” del hogar y el externo mundo del trabajo asalariado, la mitad de las personas que viven de su salario, trabaja en condiciones precarias. Mil ochocientos millones de personas; la mayoría, mujeres.
Todo indica que esto irá de mal en peor bajo el látigo de la crisis económica mundial que acaba de desatarse. En la próxima década, dos tercios de la clase trabajadora no tendrá contrato ni beneficios sociales y también, la mayoría que estará en esas condiciones seguiremos siendo las mujeres.
Pero Mary Wollstonecraft o Flora Tristán ¿habrían imaginado que, alguna vez, lograríamos que la reproducción sexual no fuera un fatalismo?
Hoy, en decenas de países existen derechos sexuales y reproductivos, se respeta legalmente la diversidad sexual y se ha despenalizado el aborto.
Podría decirse que hemos avanzado enormemente, siempre y cuando hagamos la salvedad de que medio millón de nuestras hermanas muere, cada año, por complicaciones en el embarazo o el parto, algo que, a esta altura del desarrollo científico y médico, debería ser perfectamente evitable.
Sí, trágicamente, un simple cálculo arroja que, cada cinco años, se produce la misma cantidad de muertes de mujeres que las que se provocaron en los cinco años que duró el exterminio nazi en Auschwitz. Cada cinco años, se repite un campo de concentración de Auschwitz para las mujeres más pobres del planeta.
Pero ¿acaso no es la primera vez en la historia que las mujeres llegamos, en un número sin precedentes, a la cima de las instituciones del Estado?
Hay mujeres presidentas y parlamentarias, mujeres en carteras ministeriales y a cargo de las fuerzas armadas, también hay mujeres en las cortes y al frente de los sindicatos… ¡sólo nos resta el Vaticano! Por lo demás, hemos conquistado todos los sillones del poder.
Aunque también hay que decir que con el desentendimiento o con el aval, con el apoyo y con la legitimación, con la participación o directamente bajo las órdenes de algunas de estas mujeres, en el mundo habitan más de mil quinientos millones de pobres, que subsisten con menos de dos dólares al día. Y el setenta por ciento somos mujeres y niñas.
El capitalismo encierra estas contradicciones. Y las mujeres, ante el látigo del capitalismo, nos rebelamos contra nuestro destino, protagonizando un movimiento que se llamó feminismo.
Pero el mismo sistema, para limitar el cuestionamiento al orden establecido, opera cooptando, integrando, institucionalizando y, simultáneamente, segregando y empujando a la automarginación.
Por eso ¿cómo responder frente a esta realidad, mirando sólo una de sus caras, cuando ambas están estrechamente vinculadas?
La visión integrada del feminismo que supone que la democracia capitalista es el sistema en el que se puede ir logrando, paulatinamente, mayor equidad de género, a través de algunas reformas, bregó por muchos de los derechos de los que hoy disfrutamos.
Pero también avanzó en la institucionalización del movimiento feminista, generando una “tecnocracia” de género y la fragmentación que convirtió a los reclamos de las mujeres en demandas parcializadas de asistencialismo.
La visión apocalíptica que supone que basta darle la espalda al poder existente para auto-empoderarnos, creando nuestros propios valores y nuestra propia cultura a contracorriente del patriarcado, criticó la institucionalización y cooptación que el sistema capitalista había impuesto al movimiento.
Pero también despolitizó la lucha, replegándola exclusivamente en el terreno de la cultura y limitando al feminismo, en última instancia, a pequeños círculos de “iniciadas”.
El sistema nos quiere encerradas en esta falsa dicotomía… o peleamos por arrancarle derechos a la igualdad a este Estado capitalista y, entonces, terminamos apoyando e incorporándonos a gobiernos y regímenes que se fundan, legitiman y reproducen el orden existente, o bien le damos la espalda a las luchas donde se juega la relación de fuerzas con las clases que ejercen su dominación a través del Estado, sosteniendo que la única vía de emancipación es la auto-emancipación que se consigue cuando se alcanza la verdadera conciencia.
Una falsa dicotomía que se origina en dos visiones parcializadas del desarrollo desigual y combinado del capitalismo al que hacíamos referencia.
Este año probablemente, con las marcadas tendencias a la depresión de la economía mundial, en el planeta habrá veinte nuevos millones de desocupados y desocupadas y doscientos millones de personas pasarán a vivir en la extrema pobreza. Mientras que el “auto-rescate” que el capitalismo se está pagando para salvarse, en todo el mundo, ya supera los cinco billones de dólares.
Pero el impacto de la crisis no será igual para todos y eso, bien lo sabemos las mujeres. El capitalismo nos reserva la más brutal de las barbaries.
Entonces… ¿Qué haremos frente a la crisis que nos amenaza? ¿Qué rumbos adoptará el feminismo ante la solución de guerras, desempleo masivo, destrucción del planeta y más miseria que el capitalismo presentará para sobrevivirse a sí mismo? ¿Será posible, como dijera la feminista costarricense Alda Facio hace algunos años, “montarnos en el tren del futuro socialista, subiendo con nuestro propio equipaje”?
¿Dónde está escrito que la lucha de las mujeres tiene que reducirse, como diría un filósofo posmoderno a “minimizar la crueldad”?
¿Vamos a plantearnos la perspectiva de una nueva sociedad, sin explotación ni opresión de ningún tipo o vamos a elegir el camino de las modificaciones de esta sociedad en la que vivimos, para atenuar, a lo sumo, algunos de sus más brutales abusos?
La disminución de los más brutales abusos, puede caer como migaja, para las mujeres, al pie de la mesa de esta democracia capitalista… pero esas migajas caen y caerán cada vez con menor frecuencia mientras arrecia una crisis descomunal. O serán derechos para unas pocas. O serán conquistas que duren algún tiempo, para luego ser barridas en las próximas embestidas de la clase dominante.
Por eso, quienes nos reivindicamos marxistas revolucionarias, luchamos por conquistar las mejores condiciones posibles de existencia en este mundo que nos condena a las peores iniquidades, lo hacemos sin perder de vista la perspectiva de un mundo liberado de toda dominación, explotación, opresión e ignominia.
Exigimos nuestros derechos, pero no los mendigamos. Y siempre que los conseguimos los consideramos una conquista de nuestra propia lucha y no una dádiva del poder. Tampoco celebramos la “diversidad” en sí misma, porque como dice la feminista lesbiana Valeria Flores (que estará mañana a esta misma hora en este coloquio) eso es propio de una concepción liberal que concibe a los sujetos y los deseos como un menú de opciones que se ofrecen en el mercado.
Por eso consideramos que sólo desde la perspectiva de atacar al corazón del capitalismo es que el reclamo incluso de los derechos democráticos más elementales encierra un potencial subversivo.
Por eso, luchamos para arrancarle a este sistema todos los derechos de los que las mujeres hemos sido privadas a lo largo de la historia; pero lo hacemos desde la perspectiva y con la estrategia del socialismo.
Porque como siempre señalamos, repitiendo las palabras de una socialista de principios del siglo veinte… quien es socialista y no es feminista, carece de amplitud, pero quien es feminista y no es socialista, carece de estrategia.
Y agrego personalmente… debemos recuperar esa estrategia ahora cuando el sistema capitalista, en esta nueva embestida contra las mayorías explotadas y oprimidas del planeta (mayorías feminizadas, como dicen en las academias), no deja más lugar para la ilusión de la integración y reduce aún mucho más el círculo de quienes pueden vivir creativamente al margen de una sociedad que se hunde, cada vez más, en la barbarie.
Socialismo o barbarie, nos dijo Rosa Luxemburgo. Y hoy esa premisa adquiere una vigencia inusitada… especialmente para quienes no pedimos, exigimos, nuestro derecho al pan, pero también a las rosas.
Presentación de resúmenes y ponencias: