Pan y Rosas

Teresa Flores

Somos Pan y Rosas Teresa Flores

La agrupación de mujeres Pan y Rosas (Teresa Flores) nace a principios del año 2009, con compañeras de Clase contra CLase junto a estudiantes, pobladoras y trabajadoras independientes, con quienes discutimos y decidimos dar la lucha por el derecho al aborto y los derechos de las mujeres trabajadoras. Pan y Rosas -Teresa Flores considera que la lucha contra la opresión de las mujeres es, también, una lucha anticapitalista, y que por eso, sólo la revolución social encabezada por millones de trabajadoras y trabajadores en alianza con el pueblo pobre y todos los sectores oprimidos por este sistema, que acabe con las cadenas del capital, puede sentar las bases para la emancipación de las mujeres.

Archive for Agosto, 2009

Crónica Coloquio Género

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 31 - 2009

Realizamos dos jornadas del Coloquio de Género en medio de la represión  por parte de Carabineros en el pedagógico (UMCE)

¡Basta de represión y de allanamientos en la Universidad!

¡Basta de represión a trabajadores, estudiantes, al pueblo  mapuche y a los que luchan!


El pasado 25 de Agosto comenzábamos el Coloquio de Género; “Teoría de Género, Feminismo y sus implicancias para la educación”, en el Pedagógico (UMCE), que organizamos las compañeras de la agrupación de mujeres Pan y Rosas Teresa Flores junto a la Escuela de Filosofía de la UMCE y el Centro de las Mujeres de Temuco. Esta primera jornada estuvo marcada por la represión, luego de que realizáramos la primera mesa “Reflexiones en torno al Género y el Feminismo”, donde estuvieron Alejandra Castillo, Kathya Araujo y nuestra compañera Ana López, decidimos suspenderlo. Llegó Fuerzas Especiales de Carabineros a la Universidad sabiendo que se realizarían actividades en repudio a la represión al pueblo mapuche. Entraron en la universidad y mientras avanzaban iban arrasando con todo, disparando lacrimógenas a grupos de estudiantes que se encontraban en clases o en los patios tranquilamente. En medio de esta represión, un paco de fuerzas especiales agredió en la cabeza a una estudiante de Castellano, hiriéndola en su cabeza con una lacrimógena, dejándola grave y con sangramiento, siendo llevaba por la ambulancia. Además golpearon a otros estudiantes,  a un profesor de la Universidad y se llevaron detenidos entre ellos a una estudiante con su bebé.

Cancelamos la segunda mesa de la jornada del Coloquio, pues no sólo se hacía imposible realizar un Coloquio, sino que las compañeras de la agrupación Pan y Rosas Teresa Flores, creemos que no era posible estar realizando una discusión académica y teórica, mientras se estaba reprimiendo a los estudiantes, profesores y funcionarios, como si la Universidad no estuviera marcada por la precarización de la educación y la constante represión que hemos venido sufriendo. Porque se trata de una línea del gobierno y el Estado de la democracia para ricos que ha votado la ley contra las manifestaciones públicas y ha asesinado al comunero mapuche Jaime Mendoza Collío, además de los continuos allanamientos realizados a casas de dirigentes sindicales, universidades públicas y ocupas de grupos anarquistas por parte de Carabineros. La denuncia en los medios y la formalización por delito de aborto a Stephanie Sepúlveda y María José Rodríguez que abortaron quedando con secuelas tampoco escapa a esta línea represiva.

Fue necesario responder rápidamente, suspendiendo el Coloquio, por lo que sacamos una declaración repudiando la represión con firmas de los y las asistentes. La segunda jornada, el miércoles 26, comenzamos realizando la 1º mesa del día, “Género y Sociedad”, dando cuenta de los hechos del día anterior, con una declaración que llamamos a firmar, los y las asistentes tuvieron acuerdo en repudiar los hechos y no realizar el Coloquio sin dar cuenta de lo que nos rodea. Luego, sabiendo que en cualquier momento podrían volver a ingresar allanando la Universidad fuerzas especiales, estuvimos alerta. Las mesas programadas para la tarde las suspendimos y decidimos postergar el Coloquio, ante el cierre de la Universidad, que antidemocráticamente decidió rectoría. Esto mientras se discutía en asambleas hacer frente a las medidas represivas y antidemocráticas. Nos hicimos parte desde Pan y Rosas Teresa Flores junto a los compañeros y compañeras de Las Armas de la Crítica, convocando a la discusión y acción masiva frente a la represión, junto a los compañeros y compañeras de la Universidad vecina, del campus Juan Gómez Millas de la U. de Chile.

Creemos firmemente en la construcción de un movimiento de mujeres anticapitalista, clasista y revolucionario que no desligue las discusiones teóricas y académicas de la realidad nacional e internacional, de la sociedad en que vivimos. Por eso entendemos que la teoría y su discusión es necesaria para debatir las formas de transformar la realidad, pero es preciso llevarla adelante con política. Para la liberación de las mujeres, la conquista de nuestros derechos  y el enfrentamiento de la sociedad capitalista hasta el final, es que luchamos desde Pan y Rosas Teresa Flores y te invitamos a ser parte.

Los casos de María José y Stephanie,

demuestran la realidad cruel del aborto clandestino para las mujeres

¡Por el derecho a anticonceptivos gratis para no abortar y derecho al aborto legal para no morir!


Frente a la realidad del aborto clandestino en América Latina y Chile, donde el aborto es ilegal bajo todos los casos y en donde las mujeres sufrimos complicaciones y hospitalizaciones por sus consecuencias en nuestra salud, para riesgo de muerte para nosotras, somos 30.000 hospitalizadas cada año, por la falta de anticonceptivos y educación sexual para evitar embarazos no deseados, realidades de violencia que nos impiden elegir cuando y si ser madres o no, como la falta de derecho al aborto legal, cuando no podamos evitar un embarazo por otras vías.

La Iglesia, el Estado de la democracia para ricos, los partidos e instituciones patronales y sus medios de comunicación  más de una vez han dejado clara su postura de mostrarnos como victimarias o esconder simplemente la realidad del aborto pasando por sobre nuestros derechos reproductivos. Estos días se ha mostrado la triste noticia de Stephanie Sepúlveda, como un caso aislado, de esta chica de 19 años que se realizó un aborto utilizando misotrol y que ha quedado hospitalizada con riesgo de muerte, mientras hoy se recupera la espera la penalización poraborto o infanticidio. Mostraron su caso en canal 13 el pasado Jueves 20 de Agosto en las noticias de las 22:00 horas, como si hubiese escogido una vida desencaminada a la que debía escoger, atreviéndose incluso a mostrar, a otra chica embarazada utilizando mediáticamente su decisión de ser madre para condenar a todas las que desesperadamente y arriesgando nuestras vidas muchas veces nos vemos en la situación de tener que abortar.

Al año 200.000 mujeres abortan en este país y las mujeres trabajadoras, pobres y estudiantes nos llevamos las peores consecuencias de la clandestinidad a la que estamos sometidas sin el derecho a elegir previamente cuando y si tener hijos o no, siendo los que deciden los parlamentarios y políticos representantes de los patrones, la Iglesia y los sectores conservadores de este país que ya han sido capaces de apelar al Tribunal Constitucional el 22 de Abril del 2008, para quitarnos el acceso libre y gratuito a la píldora del día después. Un anticonceptivo que hoy, en año de elecciones, lo utiliza para sus campañas la Concertación. Ni siquiera la Concertación que se muestra progresista ha cambiado la ley que penaliza el aborto en Chile, herencia de la dictadura que han mantenido a costa de muertes, riesgos y cárcel para nosotras.

Hoy Stephanie Sepúlveda vive la condena social en los medios de comunicación de haber abortado, con pésima información y condiciones, las mismas que mantienen la Concertación y la derecha junto a la Iglesia. Se trata de una campaña represiva contra nuestros derechos y por la criminalización de las mujeres que abortan, otro caso se ha sumado, es María José Rodríguez que abortó con misotrol y ha sido formalizada. Tenemos que luchar por su libertad inmediata!

Desde Pan y Rosas Teresa Flores hacemos un llamado a las organizaciones de derechos humanos, de mujeres, de izquierda, las organizaciones sociales de trabajadores y estudiantes a responder frente a estos casos, cuando María José Rodríguez ya fue formalizada y le esperan a Stephanie medidas punitivas, por la penalización del aborto que reina en nuestro país.

Además llamamos a impulsar una campaña por ¡Ningún proceso penal y por la libertad inmediata de María José Rodríguez y Stephanie Sepúlveda!, a todas las organizaciones sociales y políticas que luchen por los derechos de las mujeres, preparándonos para realizar acciones por su liberación como repudiando la penalización. En perspectiva de preparar una marcha el 28 de Septiembre en conjunto, que desde Pan y Rosas Teresa Flores impulsamos diciendo además por el derecho al aborto legal, libre, gratuito y seguro!, derecho a anticonceptivos y educación sexual sin la moral de la Iglesia!


Impulsemos activamente una campaña por ¡Ningún proceso penal y por la libertad inmediata de María José Rodríguez y Stephanie Sepúlveda!

Basta del control de nuestras vidas y cuerpos por la moral de la Iglesia y la derecha

Por el derecho a anticonceptivos y educación sexual

Por el derecho al aborto legal, libre, gratuito y seguro para toda mujer que lo requiera


Agrupación de mujeres Pan y Rosas Teresa Flores

Integrada por militantes de Clase contra Clase e Independientes

Por los derechos de las mujeres trabajadoras!

Coloquio de Género UMCE 2009

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 17 - 2009

“Teoría de género, feminismo y sus implicancias para la educación”



Martes 25 de Agosto

Mesa Inaugural: “Reflexiones en torno al Género y Feminismo”

Desde las 10:30 horas. Auditorio Manuel Atria. Escuela de Filosofía.

Invitadas:

Alejandra Castillo., Kathya Araujo., Emily Dobbs., Sandra López.

Mesa 1: “Género y Educación” Coordinadora: Ana López D.

Desde las 15.00 horas. Auditorio Manuel Atria. Escuela de Filosofía.


Miércoles 26 de Agosto

Mesa 2: “Género y Sociedad”. Coordinadora: Denis Toledo R.

Desde las 11.00 horas. Auditorio Manuel Atria. Escuela de Filosofía.

Mesa de Cierre: “Reflexiones en torno al Género y sus implicancias para la Educación”.

Desde las 15:00 horas. Auditorio Manuel Atria. Escuela de Filosofía.



Organizan:

Escuela de Filosofía UMCE

Agrupación de mujeres Pan y Rosas - Teresa Flores

Centro de las Mujeres de Temuco

Departamento de Extensión de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.

Av. José Pedro Alessandri 774 Ñuñoa



Repudiamos el asesinato de un nuevo joven mapuche

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 17 - 2009


Basta de represión al pueblo mapuche

Las jóvenes y mujeres que integramos la agrupación Pan y Rosas-Teresa Flores expresamos nuestro más profundo rechazo y repudio ante el asesinato del joven comunero mapuche Jaime Mendoza Collío de 24 años, en el fundo “San Sebastián”, en manos de un carabinero en el marco de la represión a las comunidades ante el proceso de recuperación de tierras que se viene desarrollando en los últimos días.


Así como antes Alex Lemún y Matías Catrileo, otra vez es un joven que luchaba por las reivindicaciones de su pueblo el que cae a manos de la represión del gobierno concertacionista de Michelle Bachelet.


Desde Pan y Rosas denunciamos la militarización y represión que se viene dando desde hace meses en las comunidades, con permanentes allanamientos y amenazas, de la que especialmente las mujeres que viven en las comunidades han sido víctimas. Solidarizamos especialmente con las madres de estos jóvenes que han luchado por sus derechos.


El trasfondo es la demanda histórica del pueblo mapuche por la recuperación de sus tierras que le fueron expropiadas primero por el estado chileno en la mal llamada “Pacificación de la Araucanía” que no fue más que la expropiación de las tierras a las comunidades y la nefasta radicación. La dictadura de Pinochet no hizo más que profundizar este proceso mediante la política de propiedad individual contra las tierras comunitarias, impulsando el avance de las forestales, política que fue sostenido en estos años de gobierno concertacionista, manteniendo la represión, la leyes represivas con la aberrante “Ley Antiterrorista”; con presos políticos mapuche en las cárceles de la región.


Desde Pan y Rosas expresamos nuestro apoyo a la lucha del pueblo mapuche por la recuperación de la tierra y denunciamos la política de la Concertación y la derecha que busca reprimir y ahogar la lucha de los sectores oprimidos.


Exigimos que se esclarezcan los hechos y castigo al asesino de Jaime Mendoza Collío¡¡

Basta de represión¡¡¡

3º Sesión del Taller de Género y Clase

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 12 - 2009

La Lucha de las mujeres en la historia

Miércoles 12 de Agosto
18:30 horas

Sala C 33,
Casa Central Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez

General Jofré 462 esquina Carmen (altura metro Santa Lucía Sur)

CAMPAÑA NACIONAL HASTA QUE CAIGA EL GOLPE

 

¡Todos contra el golpe en Honduras!


¡Es necesaria la más amplia movilización internacional para derrotar a los golpistas en Honduras!

 

En el marco de la movilización nacional del Frente Nacional de Resistencia Contra el Golpe de Estado y el día de acción global en apoyo a la resistencia hondureña, las organizaciones abajo firmantes convocamos y nos concentramos el Martes 11 de agosto a las 18:00 frente a la Embajada de Honduras (Zürich 255, Las Condes), en apoyo a la resistencia de los trabajadores y el pueblo hondureño, en repudio y contra el golpe de estado, y contra la complicidad del imperialismo norteamericano.

 

Hay que hacer sentir en las calles, cientos de voces, de todos aquellos y aquellas que se opongan al golpismo de las FF.AA, de la iglesia, y los empresarios, como también al rol que viene jugando el imperialismo norteamericano, que detrás de su cinismo está su complicidad con el golpe, legitimando a los golpistas al  impulsar negociaciones que acceden a sus demandas y al no tomar ninguna medida en su contra.

 

Llamamos a todas las organizaciones políticas de izquierda, sindicales, estudiantiles, de mujeres y de derechos humanos, que pongan todas sus fuerzas en impulsar la movilización masiva contra el golpe.

 

Clase Contra Clase
Las Armas de la Crítica
Pan y Rosas – Teresa Flores

Suplemento Pan y Rosas N°6

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 8 - 2009

Te presentamos nuestro suplemento N°6.

Lee las notas una a una o pincha la imagen para descargar el suplemento en formato PDF.

Cronología Comentada del Movimiento de Mujeres en Chile

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

1810 Protagonismo social de mujeres que luchan por la Independencia: Javiera Carrera, Paula Jaraquemada, Luisa Recabarren, Rosario Rosales.
1812 José Miguel Carrera dicta decreto el 21 de agosto sobre la necesidad de fundar escuelas para mujeres.
1835 - 50 La escritora Carmen Arriagada tiene amores con el pintor Rugendas a través de “Cartas de una mujer apasionada”, rompiendo con los convencionalismos de la época.
1845 La Iglesia Católica acusa de delincuente a Carmen Blest por haberse atrevido a casarse con un protestante.
1859 Rosario Ortiz, apodada “La Monche”, nacida en Concepción, una de las primeras periodistas integró con Ursula Binimelis la redacción del periódico “El amigo del Pueblo”, de avanzada liberal, órgano de las Revoluciones de 1851 y 1859 en las cuales participó Rosario Ortiz, con fusil en mano, alcanzando el grado de capitana.
1876 Mujeres votan por Vicuña Mackenna en las elecciones presidenciales, especialmente en La Serena y San Felipe. Ante los reclamos de los Conservadores, el ministro Ignacio Zenteno sostuvo que las mujeres podían votar porque la Constitución de 1833 y la ley electoral de 1874 sólo decían que votaban los chilenos, sin distinción de sexo.
1884 Una Reforma Constitucional estableció taxativamente que sólo podían votar los hombres. De todos modos, este paso de la mujer chilena, en momentos en que recién apuntaba el movimiento sufragista femenino europeo, constituye el primer antecedente mundial de ejercicio ciudadano de la mujer por su derecho al voto.
1877 Ministro Miguel Luis Amunátegui dicta decreto que permite a las mujeres obtener títulos profesionales. Motivada por esta resolución jurídica, Pinochet Le-Brun escribe “Breves consideraciones acerca de la mujer” (Septiembre 1891). En 1877 ingresaba a la Escuela de Medicina de la Universidad Eloísa Díaz, quien en 1883 se recibía de Doctora.
1887 Primera Sociedad Mutualista Femenina (Valparaíso) con el nombre de Sociedad de Obreras 0 1, presidida por Micaela Cáceres, con 150 socios. -Lucrecia Undurraga dirige un periódico “destinado a despertar la conciencia de la mujer”. 1888 Sociedad Emancipación de la Mujer (Santiago)
1890 Se reciben nuevas profesionales: Ernestina Pérez de doctora, Matilde Troup de abogada.
Paulina Starr de dentista, Glafira Vargas de farmacéutica y Rosario Madariaga de agrónoma.
1891 Sociedad Unión y Fraternidad de obreras.
1893 Mujeres logran ingresar al Instituto Pedagógico Ciencia y Progreso de la Mujer (Valparaíso)
1894 Se funda la Sociedad Internacional Protectora de Señoras (Iquique) y la Sociedad de Obreras
Sudamericanas de Iquique.
1895 Se crea el Primer Liceo Femenino N0 1. A fines del siglo XIX había 1.717 niñas en la
Enseñanza Secundaria, 669 en Escuelas Normales y 394 en Carreras Técnicas. - 58.204 trabajaban como lavanderas, 13.325 empleadas domésticas, 24.000 en el comercio y129.150 costureras.

1900 Sociedad Progreso Social de Señoras
1901 Sociedad de Emancipación de la Mujer (Iquique)
1903 Se crea la Federación Cosmopolita de Obreras en Resistencia
1904 Clotilde Ibaceta, delegada sindical de Valparaíso, elegida en el Primer Congreso Nacional de
las Mancomunales, que eran organizaciones de carácter territorial, que agrupaban a los gremios
por provincia.
1905 Periódico feminista “Alborada”, dirigido por Carmela Jeria. En esta temprana fase del
Movimiento de Mujeres se empieza a producir una embrionaria conciencia de clase combinada con una conciencia aún más embrionaria de género, sobre todo en las mujeres afiliadas a las Mancomunales y a las Sociedades en Resistencia.

1906 Unión en Resistencia de Tejedoras. -Sociedad en Resistencia de Sombrereras -Sociedad Estrella Chilena de Señoras -Sociedad de Protección Mutua de la Mujer -Asociación de Costureras “Protección, Ahorro y Defensa”. -Sociedad El Triunfo Ilustrado Femenino 1907 Sociedad en Resistencia de Operadas de la Casa Matus. -Carmela Jeria habla en el acto del j0 de Mayo y es despedida del trabajo.
1908 Periódico “La Palanca” de mujeres asalariadas.
1910 María Espíndola Núñez. delenada Chilena a la Primera Federación Interamericana de Mujeres. Se informa que las mujeres de Nueva Zelandia han obtenido en 1906 el derecho a Voto, que 400.000 sufragistas inglesas han desfilado en Londres en 1908, que las uruguayas conquistaron en 1907 el divorcio y que las brasileñas han creado un Partido Femenino.
1913 Ley de la Silla obliga a los patrones a poner asientos para los y las empleadas que permanecían todo el día de pie.
-Belén de Sárraga inicia sus conferencias en Santiago. Luego es invitada por Recabarren para dar charlas a la zona del salitre. Su influencia fue decisiva para elevar la conciencia de género en las mujeres asalariadas. Ese mismo año se formaron Centros Femeninos “Belén de Sárraga” en Iquique, Antofagasta y Negreiros, dirigidos por Teresa Flores, María Castro, Luisa de Zavala, Juana de Guzmán, Adela de Lafferte, Ilia Gaete. La joven Rebeca Barnes fue expulsada del Liceo de Niñas de Iquique por adherir al Centro Feminista “Belén de Sárraga”. Influenciadas por Belén, fundan la Liga de Mujeres Librepensadoras de Valparaíso.
1914 Nace periódico “El Despertar de la Mujer Obrera”.
1915 Surgen nuevos “Centros Feministas Belén de Sáraga” en el Norte Grande. Teresa Flores escribía en “El Despertar de los Trabajadores”: “en Antofagasta se ha organizado un Centro de Mujeres Librepensadoras. Invito a mis amigas y compañeras de ideas a organizar otro aquí en Iquique”.-Se funda en Santiago el Club Social de Señoras y el Círculo de Lectura.
1916 Conferencia de Luis Emilio Recabarren en Punta Arenas titulada “La Mujer y la Educación”,
como muy pocos hombres de su época, Recabarren comprendió la significación histórica del movimiento feminista. Reconocía que la mujer es más oprimida que el hombre trabajador, “ha sido y es aún considerada y tratada como un ser inferior.., tiene que aspirar a ser en la sociedad un miembro investido de iguales derechos que el hombre”.
1917 Se crea el Consejo Federal Femenino adherido a la FOCH (Federación Obrera de Chile) primera central sindical.
1918 Se funda el Centro Psíquico Femenino. Club de Señoras de Talca y Concepción, donde daba conferencias Martina Barros de Orrego, autora de un importante artículo sobre el voto femenino.
-Huelga de “las cocinas apagadas” en el salitre. Los hombres en huelga cuando llegaban a almorzar se encontraban que sus compañeras se habían ido al sindicato y ellos tenían que seguirlas.
1919 Activa participación de las organizaciones femeninas en la Asamblea Obrera de la Alimentación contra el alza del costo de la vida y la municipalización de las panaderías. La Asamblea Obrera de la Alimentación fue un Frente Amplio donde se unieron por primera vez en Chile los Sindicatos, las organizaciones de mujeres de empleados/as, estudiantes de la FECH, pobladores de los conventillos y trabajadores de la cultura. Agrupados todos los movimientos sociales se pudo convocar a concentraciones que superaron las 100.000 personas, donde se hicieron presente el Consejo Federal Femenino de la FOCH y el Consejo Nacional de Mujeres.
1919 Consejo Nacional de Mujeres, orientado por Amanda Labarca.

1920 Gran Federación Femenina prosigue las actividades del Consejo Femenino de la FOCH. Obreras costureras crean el primer sindicato de Trabajadoras de la Aguja, presidido por Micaela Cáceres.
1921 Federación “Unión Obrera Femenina”, apoyada por la IWW, central sindical mundial de inspiración anarquista. El movimiento de mujeres tuvo un aliado permanente en el anarquismo que, al mismo tiempo que respaldaba al feminismo, se preocupaba por consolidar la conciencia de clase tanto de hombre como de mujeres.
1922 Partido Cívico Femenino, orientado por Graciela Mandujano, Ester La Rivera y Eloísa Rojas. Recibieron influencia y experiencia de los Partidos Femeninos de Brasil (1910), Argentina (1919).Editó la Revista Acción Femenina con un tirale de 10.000 ejemplares, que informaba sobre los avances del movimiento de emancipación de la mujer, como la conquista del derecho a voto de las inglesas en 1918, de las alemanas en 1919, de las norteamericanas en 1920.
-Comité Pro-Derechos de la Mujer, respaldado por la FOCH.
-Círculo Femenino de Acción Social (Valparaíso)

-Celinda Aguirre, chilena, una de las organizadoras del Congreso Panamericano de Mujeres, donde se informa de una “huelga de vientres” de la francesa Nelly Roussel en 1920 y de que en Francia había 200.000 mujeres sindicalizadas. Asimismo, que las cubanas han conquistado en 1917 el derecho al divorcio y la colombiana María Cano había sido elegida vicepresidenta de una Central Sindical.
1923 Teresa Flores es elegida para el Consejo Ejecutivo de la FOCH, constituyéndose en la primera mujer dirigente nacional de una Central Sindical Chilena.
1924 Se crea la Unión de Empleados con participación apreciable de mujeres.
1924 Partido Demócrata Femenino
1925 En la Asamblea de Obreros e Intelectuales, el Movimiento Cívico Femenino plantea, por intermedio de Bertina Pérez, Isabel Díaz y Berta Recabarren, el derecho al voto femenino.
-Decreto Maza que otorgó a las madres la patria potestad de sus hijos en caso de muerte o inhabilidad del padre, la libre administración de sus bienes y el derecho a ser testigo. En esta década comienzan a ser reconocidas las esculturas de Rebeca Matte, las pinturas de las hermanas Mira y los libros de Iris (Inés Echeverría de Larrain), Shade (Mariana Cox), Sara Hubner, Lily Iñiguez, Amalia Errázuriz y Teresa Prats. Los escritos de Teresa Wilms serán conocidos posteriormente.
1925 Se acepta jurídicamente la nulidad del matrimonio por declarar falso domicilio.
1926 Asociación de Mujeres Universitarias, impulsada por Ernestina Pérez, Irma Salas y Elena
Hott.
1927 Hasta este año habían logrado graduarse 49 doctoras, 476 farmacéuticas, 115 dentistas, 18 abogadas y 644 profesoras.
1928 Unión Femenina de Chile (Valparaíso), donde se destacaron Graciela y Elisa Lacoste, Mary Carr Briceño, Elena Picart y Aurora Argomedo.
1930 Trabajaban como asalariadas 269.619 mujeres.
1931 Liga Femenina de Acción Cívica (Iquique) -Se conquista el derecho a voto de la mujer a nivel municipal.
1933 Comité Nacional Pro-Derecho a la Mujer, presidido por Felisa Vergara.
1934 Agrupación Nacional de mujeres de Chile.
-Amanda Labarca publica “¿Adónde va la Mujer?
-Huelga de Campesinas que exigen pago vaca ordeñada, apoyadas por la liga de Campesinas Pobres.
1935 Se funda el 11 de mayo el MEMCH (Movimiento por Emancipación de la Mujer Chilena, paso decisivo en al formación de la conciencia de género. A través de su periódico “La Mujer Nueva” se criticó la discriminación de la mujer en e] trabajo, promoviendo que las empleadas domésticas ingresaran a sus filas para contribuir a su organización sindical. Presentaron un proyecto de ley sobre desayuno escolar gratuito, criticando la explotación de los menores de edad. En I 936, el MEMCH planteó la “emancipación de la maternidad obligada”, pidiendo “el reconocimiento del aborto a fin de que pueda ser practicado científicamente”.
El MEMCH llegó a contar con más de 2.000 afiliadas, entre las que se destacaban Elena Caffarena, Graciela Mandul ano, Olga Poblete, María Figueroa, María Ramírez, Eulogia Román. En sus dos primeros Congresos, 1937 y 1940, redobló su campaña por el derecho a voto, diciendo: “¿,Qué preparación se le exigió al hombre? Saber leer y escribir, tener 21 años e inscribirse en los registros electorales, son exigencias muy sencillas de cumplir”. En ese tiempo -decía Elena Caffarena- hablar “de emancipación de la mujer parecía obsceno. Se suponía que nos íbamos a dedicar al libertinaje”. 1936 Ema Gómez. dirigente obrera textil, participó en una Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
-En las elecciones municipales salen elegidas Elena Dolí, Adela Edwards y Natalia Rubio.
-Se crea Acción Unida de Mujeres.
1938 María Aguirre, candidata a regidora, apoyada por el MEMCH.
1941 Elena Caffarena y Flor Heredia presentan proyecto de ley a favor del voto femenino.
-Graciela Schnake, primera alcaldesa de Santiago.
-Ocupación femenina: 3 3,4% en Industria, 6,5% en Agricultura y 2,3% en pesca.
1943 Consejo Femenino de Defensa Civil.
-Se logra la separación total de bienes en el matrimonio.
1944 Se crea el FECHIF (Federación Chilena de Instituciones Femeninas), presidida por Ana Figueroa, María Marchant y Amanda Labarca que publica “Feminismo Contemporáneo”
-Primer Congreso Nacional de Mujeres. Se informa que las ecuatorianas han conquistado el derecho a voto en 1924, las brasileñas y uruguayas en 1932. Gabriela Mistral decía en esta época: la mujer “ha forzado ya todas las puertas de hierro que eran las profesiones… es creadora en la novela, bellamente audaz en las artes plásticas (…) y lo que irrita es que se le pague la mitad de su salario y al margen del sufragio”.

1946 En la masacre de Plaza Bulnes, muere Ramona Parra.
-Adriana Olguin, primera mujer ministro. Amanda Labarca, primera mujer Embajadora.
1947 Comité Unido pro-voto femenino.
-Julieta Campusano elegida regidora.
-Mujeres de Pilpilco organizan en la zona del carbón un Comité de Unión de Mujeres.
1949 Enero: Se conquista la ley que otorga el derecho a voto a la mujer.
-Miles de mujeres participan en “la huelga nacional de la chaucha” contra el alza de la locomoción.
1952 Unión Chilena de Mujeres.
-María Teresa del Canto nombrada Ministra de Educación.
1953 María de la Cruz elegida senadora con la más alta votación del país: 107.587 votos de un total de 200.802 en su circunscripción.
-Ley de Asignación Familiar, con obligación de ser pagada a la mujer y sólo cobrarle por ella.
1953 Mujeres asalariadas: 545.918.
-Se estableció por ley que el marido no puede enajenar bienes raíces sin el consentimiento de la mujer. Esta ley aprobó la legitimidad de las hijas después de ser declarado nulo el matrimonio.
1955 Miles de mujeres participan en huelga con ocupación de 160 fábricas del cuero y calzado y en la Huelga General del 7 de julio.
1957 Elegidas dirigentas nacionales en el Congreso Nacional de la CUT Livia Videla, Mireya Baltra y Graciela Trujillo.
-El gremio donde trabajaban más mujeres era el textil.
1958 Inés Enríquez, primera mujer diputada, presenta un proyecto de ley sobre divorcio.
1960 Número de asalariadas: 534.301, es decir el 22% de la población denominada activa. Disminuyó la ocupación femenina en la industria y aumentó en servicios.
1962 Felicitas Klinipel publica “La mujer chilena: el aporte femenino al progreso de Chile (1910-
1960).
-Se aprueba la ley de jubilación de la mujer a los 55 años.
-Más de 1.000 mujeres salen a la calle con pañuelos en la boca como protesta por la “Ley Mordaza”, contra la prensa.
1965 Fidelma Allende, elegida dirigenta nacional de la CUT.
1965-69 Se organizan centenares de Centros de Madres (CEMA) en las poblaciones, que adquirieron personalidad jurídica por la Ley de Promoción Popular.

1966 Ocupación de terrenos en Santa Adriana. Herminia Concha es elegida dirigente de los habitantes de esa población.
-700 delegadas participan en el Tercer Congreso de Mujeres.
En esta década del 60 se generalizan los anticonceptivos. Desde 1964 se empezaron a aplicar programas nacionales intensivos de Planificación Familiar, píldoras y dispositivos intrauterinos. 1970 Ley sobre guarderías infantiles.
1970-73 Comienza una nueva fase con la victoria de Salvador Allende, que estimule la participación de la mujer en varias áreas: a) en las empresas ejerciendo participación en el control de la producción y la administración de empresas, b) en las Juntas de Abastecimientos y Precios (JAP); e) en la demanda de viviendas y policlínicos para las poblaciones; d) en los comandos comunales y su relación con los cordones industriales.
-Las relaciones hombre-mujer fueron más transparentes, especialmente entre los jóvenes.
-Allende se propuso crear el Ministerio de la Mujer, pensando inclusive en Carmen Gloria Aguayo, pero no alcanzó a concretarlo.
-Los Comedores Populares tendían a aliviar la pesada carga de las mujeres en el hogar. Otras medidas fueron: el medio litro de leche para mujeres embarazadas y lactantes; aumento del fuero maternal y obligación de las empresas, con más de 20 mujeres, a tener salas-cuna y jardines infantiles.
El protagonismo social de la mujer bajo la Unidad Popular, de dimensiones masivas como nunca hubo en la historia de Chile, fue profundizando una conciencia política de clase a un nivel superior al de la conciencia de género, debido a la ausencia de poderosas organizaciones feministas.
1971 Allende propone crear un Nuevo Estatuto de la Familia que contemplaba: a) Derecho de la Mujer a celebrar contratos, enajenar e hipotecar sus bienes, sin autorización del marido; b)cuidado y mantención de los hijos con responsabilidad de ambos padres; e) Filiación única terminando con la diferencia entre hijos legítimos e ilegítimos; d) efectos jurídicos a la unión estable a la pareja no casada; e) Tribunales de Familia integrados por un sicólogo, asistente social y un abogado para facilitar el divorcio, luego de un tiempo prudencial de separación, sin obligarlos a rendir testimonios humillantes.
-Reparto gratuito de leche durante el embarazo.
-Primer Centro de Atención Postnatal para campesinos.
-467.000 nuevas plazas de trabajo destinadas sólo para mujeres.
-Inauguración de 73 nuevos Jardines Infantiles y refacción de 400 más.
-Aumento de 45 a 90 días el permiso post-natal.
-“Brigadas de Salud”, integradas por dueñas de casa.
-Inauguración del amplio espacio denominado “Torre de la Mujer”, en el edificio de la
UNCTAD, luego llamado Diego Portales.

1971 Allende crea la Secretaría Nacional de ]a Mujer, organismo integrante del gobierno.
-Se estimula la sindicalización masiva de las empleadas domésticas, fijando horario de 8 horas de trabajo y permiso para estudiar en los colegios cercanos al trabajo.
-Cuando Fidel Castro visita Chile en noviembre, hubo enfrentamientos entre mujeres de alta y mediana burguesía con trabajadoras y pobladoras que impidieron que las primeras llegaran a la casa de Gobierno, primando los intereses políticos de clase por encima de los de género.
1972 Las mujeres de la Comuna de Barrancas de Santiago crean un Centro Piloto para tratar colectivamente los problemas de salud, vivienda, educación y transporte.-Toma de las fábricas Hirmas, Textil Progreso, Sumar-Algodón y otras textiles, con mayoría de mujeres obreras.
-Destacado papel de la Senadora María Elena Carrera.
-Ante Paro Patronal, mujeres de las poblaciones J. M. Caro y Santa Rosa con San Joaquín rompen los candados de los locales comerciales UNICOOP para evitar el desabastecimiento.
-Trabajadoras de SOPROLE se toman la empresa para asegurar distribución de la leche. Aumentaron la producción en 70.000 litros mediante trabajo voluntario.
-Octubre 23: Agrupadas en un Frente Patriótico, las mujeres de sectores populares se pronuncian contra el Paro Patronal.
-Seminario Latinoamericano de la Mujer (septiembre) llama a las mujeres del continente a solidarizar con el proceso chileno.
-Allende envía al Parlamento un Proyecto de Ley sobre Servicio Social Obligatorio, remunerado, por tres meses para que los Centros de Madres elevaran sus conocimientos.
-“Programa de Comidas Preparadas”, que ponía a disposición de las mujeres asalariadas del áreas social más de 150.000 raciones de comida para que las comprasen y pudieran llevarlas a sus hogares.
1973 Asamblea de Mujeres campesinas de 4 provincias se reúnen en el Bio-Bio en agosto para impulsar los Centros de Reforma Agraria (CERA).-La diputada Laura Allende es agredida por los filo-fascistas cuando se movilizaba en su citroneta.
-Las uniones comunales de Centros de Madres llegaron a agrupar cerca de un millón de mujeres.
I 973 Sept. 11: Golpe Militar. Miles de muertos, heridos y encarcelados, entre ellas numerosas mujeres que sufren las más horrendas torturas. Numerosas mujeres se ven obligadas a salir al exilio. Las compañeras de los presos mantienen sus hogares y soportan con estoicismo las visitas a los campos de concentración.
-Represión generalizada a las organizaciones de mujeres y a los Centros de Madres de las poblaciones. Se pierden derechos conquistados en décadas de lucha. Deterioro en la atención de hospitales y policlínicos.
-La mujer se hace cargo de mantener su familia en innumerables casos de maridos cesantes.
1974 Se crea ISIS a nivel Internacional, principal centro de información femenina.
1977 Mujeres hacen huelga de hambre de 10 días frente a la sede de la CEPAL exigiendo
respuesta sobre los desaparecidos, además de otras huelgas de hambre en iglesias en 1977 y 1978.
1978 Se realiza en Santiago el Encuentro Nacional de Mujeres, convocado por la Coordinadora Nacional Sindical, con 298 delegadas, que exigen se reponga el fuero material, las salas cunas, jardines infantiles, casinos en las empresas, jubilación a los 55 años, pago íntegro de salario durante el pre y post natal, recuperación de los niveles de atención médica y servicios de salud conquistados hasta septiembre de 1973.
-Con ocasión del Día de la Mujer, se hizo en el Teatro Caupolicán un Acto Público, uno de los primeros bajo la dictadura. Destacada participación de la mujer en los organismos de Derechos Humanos.
1980 Se publica “El Trabajo de la Mujer” de Julieta Kirkwood, Irma Arriagada, Rosa Bravo e Isabel Cruzat. -Más del 40% de las familias de sectores populares tenían como jefa de hogar a la mujer. El 80% de los que trabajaban en el POJH eran mujeres.
En esta década se desarrolla sectorialmente la conciencia de género combinada con una conciencia política antidictatorial. Manipulada anteriormente por los partidos, la mujer va conquistando en la lucha su derecho a decidir autónomamente. Bajo la dictadura se fueron gestando grupos de mujeres que relacionaban sus aspiraciones específicas con las movilizaciones del pueblo chileno por terminar con la dictadura militar.
1979 Colectivo de Mujeres de Lo Hermida.
1980 Surge el CODEM
1981 Nace el MOMUPO (Movimiento de Mujeres Pobladoras) de carácter territorial, llegó a agrupar vanas comunas.
-Asisten delegadas chilenas del interior del país y del exilio al Primer Congreso Latinoamericano de Mujeres (Bogotá), donde se informan de los avances de la mujer en otros países, especialmente en Cuba y Nicaragua, México, Perú, Colombia, Venezuela, Brasil y Argentina.
1982 Julieta Kirkwood publica “Ser Política en Chile. Las feministas y los partidos”, consolidándose como una de las principales teóricas del movimiento feminista chileno. -Aumentan las Ollas Comunes.
1983 Delegadas chilenas del interior y del exilio participan en el Segundo Congreso Latinoamericano de Mujeres realizado en Lima. Se informa de los avances teóricos y de las actividades de las mujeres chilenas en el exilio en contacto estrecho con el movimiento feminista de Europa.
1992 Se crea el grupo “Mujer - Pueblo”: feminismo popular.
-Es elegida Magdalena Alid, primera presidente de una Federación de Estudiantes (FEUSACH).
-Surgen nuevos grupos: EAS, FEMINARIAS, las Cómplices, el Femenismo Lésbico, el Movimiento Femenista Autónomo, Colectivo Cable a Tierra, Feministas de Valparaíso y Concepción.
-Nace la revista “Con-spirando”, ecofeminismo.
-Más del 35% de la fuerza de trabajo asalariada estaba constituida por mujeres.
-Según encuesta, el 21,4% de las hogares tenía a la mujer como jefa de hogar.
El feminismo logra incorporar al debate nacional temas como la violencia doméstica, violaciones, acoso sexual, sexismo, divorcio y aborto.
1993 Aparece el primer número de “Puntada con Hilo”, dirigida por Victoria Aldunate y Beatriz Bataszew.
-Se crea la Escuela de Formación Sindical para Mujeres, orientada por Zabrina Pérez y Luis Vitale.
-Se organizan las trabajadoras sexuales en el centro “Angelina Lima”, orientado por Teresa Lastra, entre otras.
-Encuentro de Mujeres de la Región Metropolitana.
1994 Proyecto de Ley de Subsidio Maternal e igualdad jurídica de hijos llamados naturales o “ilegftimos”.

-Foro Nacional Feminista en Coronel. Crítica de Margarita Pisano, una de las teóricas más importantes del feminismo, a las ONG’s de mujeres y a las feministas institucionalizadas en cargos de gobierno (Marea Alta N0 28)
-Movimiento por los Derechos de la Mujer (MODEMU).
-Se crea el Movimiento Feminista Autónomo, que combina la lucha por reivindicaciones de género con la lucha política contra el sistema de dominación patriarcal y la opresión social. 1994 El 34,4% de la fuerza de trabajo estaba constituida por mujeres. -Había 120.000 temporeras del agro, sin derecho a negociación colectiva, con jornadas de más de 12 horas, expuestas a los pesticidas y en pésimas condiciones de alimentación y vivienda en los lugares de trabajo rural. Promedio anual de abortos: I 60.000
1995 Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing (China).

Aportes Para Una Teoria De La Opresion Y Protagonismo De La Mujer

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

En este capítulo nos proponemos reflexionar acerca de la necesidad de una teoría de la historia de la mujer latinoamericana, de sus formas de opresión y protagonismo, en consonancia con las especificidades de nuestra Formación Social con el fin de contribuir a la lucha de la mujer por su emancipación y, por ende, al establecimiento de relaciones igualitarias entre los seres humanos. Conscientes de nuestra limitación masculina para abordar una problemática tan trascendente, asumimos esta tarea teórica porque estamos convencidos de que la humanidad alcanzará su plena libertad autogestionaria en la medida en que se termine no sólo con la explotación económica de unos sobre otros, sino que al mismo tiempo se establezca una auténtica igualdad —que no es lo mismo que identidad— entre hombres y mujeres, aboliendo cualquier forma de dominación patriarcal y de clase. La cuestión es sumamente compleja porque no existe, a nuestro juicio, una historia universal de la opresión y emergencia de la mujer, sino solamente una historia euro y etnocéntrica de ella. La historia de las mujeres latinoamericanas, asiáticas y africanas ha sido enfocada desde la óptica europea. Y no sólo su historia, amo la teoría para lograr su emancipación, lo cual no sería grave siempre que no se copiara el modelo europeo. “Ni calco ni copia”, decía Mariátegui: creación heroica, dar vida con nuestra propia realidad y lenguaje a una teoría igualitaria entre mujeres y hombres. Las investigaciones europeas —subestimando las especificidades históricas, étnicas y de clase de las mujeres latinoamericanas, asiáticas y africanas— plantean desde su óptica eurocéntrica generalizaciones sobre la historia mundial de la opresión femenina, como si su trayectoria en el llamado “tercer mundo” hubiera sido la misma que en Europa y en Estados Unidos. Estamos persuadidos de que sólo las investigaciones en profundidad de cada continente, país y región, hechas por los propios estudiosos de la zona, permitirán avanzar progresivamente en la elaboración de una historia de la opresión y del protagonismo de la mujer. Por consiguiente, el aporte latinoamericano, asiático y africano es decisivo para generar, junto a las europeas y norteamericanas, una teoría de la historia mundial de la mujer.
El asunto es de tanta significación que el estudio a fondo de esta mitad ignorada de la humanidad arrojará, sin duda, nuevas luces sobre la historia global, haciendo más proliferantes los contenidos de cada Formación Social. Obviamente, no puede hacerse una historia de la mujer sin un análisis de la Formación Social, pero no alcanzaremos a desentrañar la genuina historia de las formaciones sociales si se sigue desconociendo la otra cara de la Luna. Es hora de admitir que la historia universal que conocemos es una historia en la que se ha ocultado el protagonismo de la mujer. Los aportes que se hagan para poner de relevancia su papel contribuirán a la elaboración de una teoría universal de la historia, que hasta ahora también ha sido euro-céntrica. Así como no habrá una teoría de la historia universal mientras no se integren los aportes de los estudiosos de América Latina, Asia y Africa, tampoco habrá teoría de la historia mundial de la mujer hasta que las investigadoras del denominado “tercer mundo” —conscientes de las especificidades de sus continentes— discutan con las europeas y norteamericanas los fundamentos globales y particulares de las dominaciones de clase y de sexo. Una historia de la opresión y luchas de la mujer latinoamericana debe partir del hecho objetivo de que en nuestro suelo la evolución de las sociedades siguió un camino diferente aleuropeo. En nuestra América no se dio la familia esclavista ni feudal porque lisa y llanamente nunca hubo un modo de producción esclavista y feudal. Se pasó del modo de producción comunal de las culturas agroalfareras y del posterior modo de producción comunal-tributario de las formaciones sociales inca y azteca a un período de transición abierto por vía exógena con la conquista ibérica que culminó en el siglo XIX en un embrionario capitalismo primario exportador. La historia de la opresión y protagonismo de la mujer en América Latina no es reductible al esquema europeo porque no vivimos la secuencia comunidad “primitiva”- esclavismo-feudalismo-capitalismo sino que, de acuerdo con el proceso multiineal de la historia, pasamos a la sociedad mercantilista mundial sin atravesar las fases del esclavi8mo y el feudalismo , aunque hubo relaciones precapitaliatas de producción, que no son siempre necesariamente feudales, al decir de Engels.
Inclusive, durante la Colonia y gran parte de la República no se dio de manera uniforme el tipo de familia nuclear europea, porque nuestra matriz societaria indígena y negra, que supervivió a pesar del etnocidio de los colonialistas, siguió permeando la vida cotidiana y la relación familiar. Sólo en el siglo XX, con la generalización de las relaciones capitali stas de producción, se configura un tipo de familia similar al europeo, aunque con las especificidades de un subcontinente caracterizado por el desarrollo desigual, articulado, combinado y específicodiferenciado, habitado por multiétnias aborígenes y negras que le dan una impronta particular.


Algunas consideraciones epistemológicas
El estudio de esta historia específica de la mujer indo-afro-latina debe hacerse con un criterio de totalidad, comprendiendo que desde la Colonia fuimos integrados compulsivamente a la Formación Social capitalista mundial, tanto en el área de la economía como en el de la ideología patriarcal. Bajo el prisma de la totalidad, hay que estudiar la estructura de clases y las particularidades étnicas y regionales dentro de la Formación Social de cada país. La relación etnia-clase adquiere entonces en nuestra América una importancia de primer orden para poder entender a la mujer indígena y negra y las formas de explotación de todas las mujeres asalariadas y no asalariadas. Se impone también la profundización acerca del papel jugado por las clases dominantes y el Estado, que imponen la ideología predominante y las formas institucionales régimen de dominación patriarcal. En síntesis, sexo-claseetnia-colonialismo constituyen categorías claves para la elaboración de una teoría específica de la opresión y emergencia de la mujer en nuestra América, teoría que siempre estará abierta y en permanente enriquecimiento. El método para interpretar esta realidad histórica de la cual forma parte la mujer no puede ser una mezcla de estructural-funcionalismo con psicologismo y neopositivismo. Es necesario curarse en salud evitando caer en algún tipo de análisis reduccionista, ya sea económico, de clase o biológico. Los enfoques reduccionistas, parciales y unilaterales, conducen a parcelar el conocimiento de la realidad. Hay que estudiar con un criterio de totalidad a la mujer, inserta en la Formación Social mundial, continental y de cada país, y dentro de él, cada región, con sus clases, su economía, su Estado, ideología, cultura, vida cotidiana, etma y entorno ecológico. A nuestro juicio, el materialismo histórico sigue constituyendo la base teórica y metodológica para analizar las diversas formas de opresión de la mujer, como asimismo de sus luchas por la emancipación y conquista de una sociedad igualitaria, libertaria y autogestionaria. Numerosas investigadoras feministas han criticado con razón las falencias de los teóricos del marxismo respecto de las explicaciones sobre el origen y desarrollo de la opresión de un sexo sobre otro. Pero no se trata de tirar el agua sucia de la bañera con niño y todo, a menos que se diga francamente que se 0pta por otra teoría de la historia y otra concepción estratégica para reemplazar este sistema por otra sociedad. Si se sigue convencido de que el materialismo histórico no es un dogma sino una teoría —no circular, sino en espiral— capaz de interpretar y transformar el mundo, hay que seguir utilizándolo y complementándolo con el aporte de las diferentes disciplinas para profundizar en el estudio de la mujer, con lo cual estamos enriqueciendo dicha teoría, cubriendo sus vacíos y enmendando sus errores, sobre todo en relación con el tratamiento de la problemática femenina. En. tal sentido, los marxistas deben partir del reconocimiento de que los creadores del materialismo histórico y sus principales continuadores no alcanzaron a elaborar una teoría sistemática respecto de la opresión de la mujer. Admitir que al enfatizar en la propiedad privada y el surgimiento del Estado como las causas de la opresión de la mujer se soslayó la importancia que en su génesis tuvo la división del trabajo por sexo. Reconocer que se prestó más atención a la producción de bienes que a la reproducción de la especie y la reproducción diaria de la fuerza de trabajo al servicio de la desigualdad social. En El capital —dice Fréd~rique Vinteull— “no se abordan casi nunca las condiciones de reproducción. La explicación está en la naturaleza del sistema mismo, que produce la separación más radical de la historia entre el universo de la producción y el de la reproducción, y permite realizar un análisis separado. De esta forma, Marx sólo se encuentra con las mujeres cuando se incorporan a la manufactura y no aborda la condición de las mujeres en su globalidad”.1

Reproducción y producción
El control de la sexualidad surge entonces como factor clave de la subordinación femenina, porque se ejerce directamente sobre una de las capacidades que sólo la mujer puede cumplir: la de procreación. La especificidad de la mujer —poder dar vida— fue uno de los principales fenómenos de la naturaleza que el hombre aspiró a controlar desde el momento en que se dio cuenta del proceso de la procreación. La institucionalización del patriarcado dio aparente legitimidad a dicho control. El patriarcado es más que una expresión del régimen de dominación en la familia:es una institución para controlar la reproducción de la vida y de la fuerza de trabajo; afianza la supremacía y el poder de un género sobre otro, condicionando el comportamiento sexual y social de la mujer. Esta realidad histórica obliga a profundizar en los fenómenos de reproducción- producción-circulación-distribución-realización y apropiación del producto como partes interrelacionadas del proceso de acumulación. No basta, pues, estudiar solamente la producción, porque en ella no se agota el modo de producción, sino también la reproducción de la vida y la fuerza de trabajo, fenómenos considerados como “naturales” y descuidados por la Economía Política, tanto clásica como marxista.
La mujer es objetivamente mediadora entre la naturaleza y la cultura, en el sentido más profundo de este concepto; mediadora entre la vida y la sociedad, por su condición de reproductora. En última instancia, la reproducción, que en términos demográficos determina las leyes de población, es la precondición para que puedan darse las formas productivas y las relaciones que les son inherentes a ella, por cuanto condiciona la disponibilidad de fuerza de trabajo, que es la única que engendra valor. Lidia Falcón comete, a nuestro juicio, un error al afirmar que la reproducción forma parte del trabajo productivo y que “las leyes de la reproducción son las determinantes de las leyes de producción”, sin advertir que éstas son generadas básicamente por las fuerzas productivas y las relaciones de producción; empero tiene razón al decir que “la reproducción humana” es uno de los temas claves que “debe plantearse la teoría feminista”.2La relación entre reproducción de la vida-fuerza de trabajo y producción no es dicotómica sino, como dice Claudia von Werlhof “complementaria desde el punto de vista de la acumulación de capital, que como precondición necesita la reproducción de la fuerza de trabajo, y también complementaria desde el punto de vista de los trabajadores asalariados, que como seres humanos desean reproducir su vida”.3
Sin embargo, plantear, como lo hace Shulamith Firestone, que el origen de la opresión de la mujer está en su condición de reproductora de la especie es deslizarse por la pendiente del biologicísmo. Las tareas de procreación, derivadas de la condición biológica de la mujer, no constituyen una causa “per se” de su opresión, sino la utilización social e ideológica que ha hecho de ella la clase dominante, asentada en el patriarcado, previa enajenación de su sexualidad. La reproducción de la vida, fenómeno natural, ha devenido en hecho social. Condicionado naturalmente, cada sexo ha adquirido una connotación social, sobre la cual se ideologizan los roles de cada uno. La ideologización del papel ‘natural” del sexo femenino surgió fundamentalmente para ahondar la división sexual del trabajo y justificar la apropiación del producto por la sociedad patriarcal. “El problema central no es la maternidad en sí —sostiene
Verena Stolcke— sino el significado que ésta adquiere en la sociedad de clases”.4 Quienes sostienen que la reproducción es la causa principal e inmanente de la subordinación de la mujer, anteponiendo lo biológico a lo socio-cultural, han llegado a plantear la eliminación de la maternidad y su reemplazo por la generación de la vida “in vitro”.5 Nadie tiene derecho a eliminar de manera elitista y por decreto una capacidad natural, como es la maternidad —única diferencia biológica que existe entre el hombre y la mujer—. El problema es cómo luchar en un nuevo tipo de sociedad igualitaria para que este hecho natural deje de ser utilizado por cualquier supervivencia patriarcal. Las mujeres sabrán entonces asumir la maternidad sin perder su condición de personas integrales, transforma ndo lo natural en un hecho social sin menoscabo de su participación igualitaria. Lo biológico será, en esa bo9iedad alternativa, un hecho asumido socialmente por ambos sexos y resuelto en el terreno de la igualdad social. Sin caer en ningún tipo de biologicismo inmanente, habría que, estudiar si corresponde hablar de una primera naturalezade la mujer y una “segunda naturaleza”, como producto de un condicionainiento cultural del régimen patriarcal y de clase.
Al poner en primer plano a la mujer en su condición de hembra —c.mo mera reproductora de la especie— algunas investigadoras han priorizado el sexo sobre el género femenino. Es cierto que la condición biológica de sexo ha sido utilizada socialmente por el sistema patriarca] de dominación, pero la opresión y explotación de la mujer va más allá de su condición de hembra de la especie, a menos que se caiga en una forma de sexismo. “No se puede limitar el sistema sexual al problema de la reproducción”, dice Judith Astelarra.6
Los factores socio-culturales, implantados por el patriarcado, han asignado determinados papeles a los sexos, convirtiendo las tareas pretendidamente femeninas en “naturales” e imponiendo la organización jerárquica de la sociedad en favor de las actividades del género masculino. Es sabido, pero no explicitado, que el hombre hizo en épocas remotas —en las culturas agroalfareras— tareas que hoy se consideran “naturalmente femeninas”, y las sigue realizandoen algunas sociedades aborígenes contemporáneas.7
Respecto de la diferenciación entre sexo y género, Cristine Delphy señala: “Pensamos que el género —las posiciones sociales respectivas de las mujeres y de los hombres— no está construido sobre la categoría (aparentemente) natural del sexo, sino que por el contrario el sexo se ha convertido en un hecho pertinente, y por lo tanto en una categoría de la percepción, a partir de la creación de la categoría del género, es decir de la división de la humanidad en dos grupos antagónicos, uno de los cuales oprime al otro: los hombres y las mujeres (…). Es la opresión la que crea el género; la jerarquía de la división del trabajo es anterior, desde el punto de vista lógico, a la división técnica del trabajo y crea esta última, esto es, crea los roles sexuales, lo que Usmamos género (…) la dominación masculina es un hecho político; esta relación se caracteriza por la jerarquización y ésta es la que explica el contenido de cada rol y no a la inversa. El concepto clave es el de opresión”.8
El patriarcado le ha asignado al género femenino ciertas funciones en la división del trabajo, determinadas más por factores socioculturales e ideológicos relacionados con el poder que por el nivel de capacitación en el trabajo. Por lo tanto —dice Alison MacEwen Scott— “no se puede considerar la segregación por sexo como efecto de las fuerzas de mercado, concebidas como mecanismos impersonales, sino como un reflejo de una estructura ya penetrada por valores y normas culturales con respecto al género (…) en una versión de la teoría neo-clásica de mercados de trabajo, se considera que c iertos aspectos del empleo femenino se deben a las aptitudes ‘naturales’ de la mujer, tales como la destreza manual, la paciencia, etc. Estas aptitudes ‘naturales’ también resistirían a las fuerzas del mercado e impedirían una desagregación ocupacional. Sin embargo, el concepto no es natural sino ideológico, porque es producto de la socialización más que de la genética y porque sólo tiene una aplicación parcial. Por ejemplo, la destreza manual de las mujeres es apropiada para el empleo de ensamblaje liviano, pero no para la cirugía o la electricidad”9


El trabajo doméstico y asalariado
Una de las primeras desigualdades sociales entre los seres humanos se produjo con el advenimiento de la división del trabajo por sexo. Este comienzo de la opresión femenina, anterior a la propiedad privada y al surgimiento del Estado, no fue el resultado directo de la condición de la mujer como reproductora de la vida, sino de un prolongado proceso social que empezó como un simple reparto de tareas para transformarse después en una clara división del trabajo en las sociedades agroalfareras y, especialmente, en las formaciones sociales inca y azteca. Este fenómeno se acentuó a medida que la producción se separaba del consumo, y se autonomizaba en búsqueda de mercados. Posteriorxnente, el quiebre de la producción para la subsistencia impulsó al hombre, bajo el capitalismo, a venderse como fuerza de trabajo, quedando de ese modo separado de su producto.
La mujer —que había sido excluida mucho antes de la producción social— sufrió otra contradicción específica derivada de la estructura familiar, como dice Verena Stolke: “En tanto que la opresión de clase y la división social del trabajo tiene un origen en el acceso desigual a los medios de producción, es la reproducción social, o sea la perpetuación de las relaciones y la dominación de clase —mediadas directamente por las instituciones del matrimonio, la familia y la herencia— lo que requiere (y en consecuencia determina) tanto la dedicación primordial de la mujer al trabajo doméstico como la subvaioración de su funciones. En la sociedad de clases, en otras palabras, la división sexual del trabajo —la ‘domesticación’ de la mujer— es en definitiva producto del control del hombre sobre la sexualidad y la capacidad reproductora de la mujer debido al interés en perpetuar el acceso desigual a loe medios de producción.”10
La apropiación del trabajo femenino se fue consolidando en América Latina durante la Colonia y la República. En este proceso específico de acumulación no debe confundirse trabajo doméstico con reproducción simple y menos con reproducción ampliada de capital. De todos modos, existe una contribución doble de la mujer al proceso de acumulación como asalariada y como dadora indirecta de valor a través del trabajo no retribuido del hogar, que no es obviamente una relación social de producción capitalista, pero que se da dentro del sistema y sirve para reforzarlo. La reproducción de subsistencia, realizada en las pequeñas explotaciones campesinas y artesanales, es efectuada tanto por hombres como por mujeres. Pero el trabajo de ésta no es pagado pues se lo considera tarea doméstica, como por ejemplo ordeñar, hacer quesos, sembrar, cultivar huertas, etc. Este trabajo no remunerado permite que los campesinos vendan mis productos a bajo precio al mercado. El sistema capitalista se beneficia con este mecanismo de precios de los productos de consumo popular porque permite que los trabajadores puedan adquirirlos para reriovarse como fuerza de trabajo. De modo que la explotación de tipo familiar campesina y urbano artesanal —que obviamente no se basa en una relación social de producción capitalista— sirve para reforzar el proceso de acumulación burguesa.
Numerosos autores han considerado que estas explotaciones de tipo familiar son una supervivencia arcaica de modos de producción precapitalistas y que el avance del capitalismo moderno las irá eliminando. En rigor, el capitalismo necesita este tipo de producción familiar campesina y artesanal que produce para el mercado interno y sirve para la reproducción del sistema global. Ya lo había señalado Rosa Luxemburgo: el capitalismo necesita del ambiente “no capitalista para la acumulación”, de zonas precapitalistas colonialles y semicoloniales para reforzar su proceso de acumulación originaria y permanente de capital. La mayoría de estas explotaciones de tipo familiar se rigen por las leyes de la reproducción simple. Su integración al sistema no permite afirmar que la reproducción simple de subsistencia apunte al proceso de reproducción ampliada de capital. Claudia von Werlhof anota: “Parece que todas las sociedades de clase hasta la fecha han acumulado mediante relaciones de producción contradictorias, para lo cual se obtenía mediante la fuerza de base necesaria y precondicional de la acumulación (reproducción simple) esencialmente de las mujeres, y la acumulación ‘real’ (reproducción ampliada), eso es, el suministro visible del plusproducto para la clase do minante, esencialmente de los hombres”.11 La economía de nuestros países latinoamericanos, controlada por el capital monopólico internacional, sirve para acrecentar un proceso de acumulación de carácter mundial, porque el sistema capitalista funciona como una totalidad, como una unidad contradictoria entre los países opresores y oprimidos, donde no hay una escisión entre la econom’la de las naciones altamente industrializadas y las semicoloniales dependientes, ya que el proceso productivo ha cobrado un carácter mundial. La mujer latinoamericana ha sido integrada a este proceso de acumulación entregando plusvalía en las empresas trananacionales y en las nacionales asociada al capital extranjero, y produciendo a bajo precio artículos de consumo popular en los campos y talleres artesanales. Constituye, asimismo, el principal ejército industrial de reserva de mano de obra que permite al capitalismo bajar permanentemente el salario real. La mujer no s lo reproduce la fuerza de trabajo que engrosa el ejército industrial de reserva, sino que también es parte potencial y real del mismo.
El proceso de acumulación del capital molIopólicQ internacional no puede ser explicado de manera cabal, si no se toma en consideración la explotación femenina. La problemática de la mujer adquiere entonces dimensiones macroscópicas. No se ilmita a cuestiones de oPresión individual o de sociología de la familia, sino que la explotación femenina trasc iende al conjunto de la Formación Social por su contribución decisiva al proceso de acumulación capitalista mundial. En cuanto al trabajo doméstico, que también transfiere valor al sistema, es importante hacer precisiones sobre su especificidad en América Latina desde las sociedades precolombinas hasta la actualidad. Ante todo, no habría que confundir las labores de la mujer en las comunidades agroalfareras—e inclusive en los ayllus y calpullis de los imperios inca y azteca— con el trabajo doméstico implantado en la Colonia y la República de los siglos XIX y XX. Quienes postulan el discutible concepto de “modo de producción doméstico” para todas las sociedades confunden modo de producción comunal con trabajo doméstico. En la sociedad de clases, impuesta de manera exógena en nuestra América por españoles y portugueses, el trabajo doméstico desempeñó nuevas funciones, al punto de que ninguna Formación Social clasista podría haberse desarrollado de ese modo sin la apropiación o complemento del trabajo doméstico realizado en la unidad familiar por la mujer. Existe, por consiguiente, una interrelación entre la estructura de clases y el núcleo familiar. Isabel Largula y John Dumaulin sostienen que ambas, aunque íntimamente ligadas, “son distintas, y los cambios en la estructura pública, donde surge y se desarrolla el antagonumo de clases, afectan profundamente a la segunda y menos dkiímica de ellas; el papel de la molécula familiar no es promover las grandes transformaciones sociales, amo amortiguarlas, frenarlas incluso, dando estabilidad al sistena clasista basado en la propiedad privada”.12 El trabajo doméstico se relaciona con la reproducción de la vida y de la fuerza de trabajo, aunque en nuestra América no siempre fue así, especialmente en las culturas aborígenes precolombinas. También se refiere a la crianza de los hijos, las tareas de cocina, lavado, planchado y elaboración de algunos valores de uso. La reproducción de la fuerza de trabajo — antes de que ésta se convierta en mercancía— es trabajo pretérito o ackiulado. En el caso de la reposición d~xia de la fuerza de trabajo es contribución permaente.La reproducción de la fuerza de trabajo no es mercancía en si misma; alcanza supotencialidad cuando el niño convertido en adulto se realiza en el mercado laboral. Por eso, el trabajo doméstico tiene proyección social; no es meramente privado, aunque ésa sea suapariencia. Es, por tanto, una necesidad del sistema de dominación, ávido de reproducción y reposición diaria de la fuerza de trabajo. No es un simple complemento de la reproducción ampliada del capitalismo, sino la condición sine q ua non de un sistema que st beneficia deltrabajo no remunerado de la mujer en el hogar. Entra, por ende, en la esfera de las actividades funcionales al sistema.La mujer no tiene ningún poder real sobre las riquezas o valores que genera en el trabajo doméstico, el cual es lisa y llanamente expropiado por el régimen clasista. Se enajena en su trabajo, aunque su alienación es distinta a la del obrero. El trabajo doméstico constituye una unidad económica familiar para el autoconsumo, pero sería un error confundirlo con la economía de subsistencia. Se diferencia de otras producciones de tipo familiar, como la campesina y la artesanal urbana, porque no produce valores de cambio. Su producción es para el autoconsumo, pero no es autosuficiente, puesto que necesita adquirir insumos para generar valores de uso. A veces se olvida que los bienes de consumo que se venden no están listos para servir, sino que son productos intermedios o insumos que debe elaborar el ama de casa. El consumo de estos valores es tangible, pero paradójicamente el trabajo doméstico tiene la apariencia de invisible.

Para Wally Seccombe, la relación del trabajo doméstico con el sistema capitalista está mediada por la mercancía fuerza de trabajo, a partir de su reproducción, confundiendo procreación de hijos con el momento en que éstos venden su fuerza de trabajo. A nuestro juicio, el trabajo doméstico efectiviza su relación con el mercado laboral a través de la reposición diaria de la fuerza de trabajo, ya sea del esposo o de las hijas/os. Dicha autora sostiene, asimismo, que el trabajo doméstico es trabajo abstracto que crea valor, pero de un carácter privado, fuera del ejercicio de la ley del valor.13 A nuestro modo de entender, Seccombe confunde la ley del valor-trabajo con el valor, al igual que Harrison cuando afirma por otros motivos, que el trabajo doméstico no crea valor porque no produce mercancías. En artículos posteriores, Seccombe sostiene que el trabajo doméstico crea valor porque produce la mercancía fuerza de trabajo.
La teoría del valor-trabajo sirve para explicar la apropiación de la plusvalía, pero es insuficiente para dar cuenta de la forma en que es expropiado el trabajo dela mujer en el hogar. A nuestro juicio, no cabe aplicar la teoría de la plusvalía al trabajo doméstico, ya que en éste no se dan las reglas del juego capitalista: trabajo necesario y trabajo excedente. No hay extracción de la plusvalía en el hogar por parte del hombre respecto del trabajo de la mujer. Si así fuera, el obrero, el negro o el indígena contemporáneos estarían acumulando, a través de la apropiación del trabajo de la mujer, un capital que nadie podría demostrar en qué es reinvertido. No hay apropiación de plusvalía por parte del marido. Pero la ama de casa realiza un trabajo. Y todo trabajo produce valor.
Ya Marx demostró en El capital que hasta el solitario Robinson Crusoe producía valor —o determinaciones del valor— en una isla perdida del Océano Pacífico. El valor es único e inescindible, aunque se manifieste como valor de uso o valor de cambio. No es que ~e1 valor se divida o desdoble en valor de uso y valor de cambio, como han dicho lectores superficiales de la obra capital de Marx. El valor es indivisible. Lo que ocurre es que el producto del trabajo puede ser utilizado como valor de uso o valor de cambio. Si la mujer que trabaja en el hogar produce un valor, independientemente de alguna forma de trabajo asalariado, cabe preguntarse entonces cómo se manifiesta ese valor. La clave para estudiar este problema teórico se encuentra, a nuestro modo de entender, en el concepto de “determinaciones del valor” que Marx no trata sistemáticamente, pero que señala claramente en algunas líneas del tomo 1, volumen II, Pp. 79, 80, 85 y 87 de EL Capital 14: en Pp. 922 y 923 (carta a Kugelman del 11 de julio de 1868); en el mismo volumen PP. 968 a 970, 973, 975 y 978; en “Glosas marginales al Tratado de Economía Política de Adolfo Wagner”, apéndice del tomo , Pp. 88 y 89 (nota 35) y en el tomo III, volumen II, p. 985.
En las ‘Glosas” mencionadas, Marx apunta: “Donde mejor se revela toda la superficial idad de Rodbertus es en su contraposición de un concepto ‘lógico’ y otro ‘histórico’. El sólo enfoca el ‘valor’ (el económico, por oposición al valor de uso de la mercancía) en su forma de manifestarse, es decir, como valor de cambio, y como éste sólo se presenta allí donde’una parte por lo menos de los productos del trabajo, de los objetos útiles, funci nan ya como ‘mercancias y esto no ocurre desde el primer momento, sino sólo a partir de una cierta fase social de desarrollo, es deoir, al llegar a un determinado grado de desarrollo histórico, nos encontramos con que el valor de cambio es un concepto histórico. Si Rodbertus hubiese seguido analizando el valor de cambio de las mercancías habría encontrado el ‘valor’ detrás de esta forma de manifestarse. Y si hubiese seguido investigando el valor, habría visto que aquí el objeto, el ‘valor de uso’, aparece como mera materialización del trabajo humano, como inversión de la misma fuerza humana de trabajo, por donde este contenido se representa como el carácter material de la cosa, como carácter que le corresponde materialmente a ella misma, aunque esta materialidad no aparezca en su forma natural (en la de la mercancía, que es precisamente por lo que hace falta una forma especial de valor). Habría descubierto, pues, que el ‘valor’ de la mercancía no hace más que expresar en una forma históricamente progresiva lo que ya existía en todas las formas históricas de sociedad, aunque bajo otra forma, a saber: el carácter social del trabajo, en cuanto aplica ción de la fuerza social de trabajo”.15 Aunque Marx no se refiere al trabajo de la mujer, señala que en la ‘producción de valores de uso, como ocurre con ciertas tareas domésticas, existe una “materiahzación del trabajo humano”. Está claro —para quien quiera verlo— que el valor que produce la mujer en el hogar se transfiere indirectamente, y en última instancia, al régimen de dominación de clase sin que éste tenga que desembolsar un centavo por la reproducción de la vida y la reposición diaria de la fuerza de trabajo.
La discusión acerca de si el trabajo doméstico es productivo o improductivo nos parece irrelevante por cuanto ninguna de estas dos categorías tiene relación directa con el trabajo doméstico, sino solamente con el régimen del salariado. Los llamados trabajos productivos e improductivos no derivan de sus características materiales sino de una determinada forma de explotación, signada por las relaciones de producción y, por consiguiente, relacionada con la extracción de plusvalía. La apropiación-expropiación de las labores domésticas de la mujer en el hogar va más allá de la enajenación en el trabajo. Alcanza su mayor significación en la inhibición de la identidad integral de la persona mujer, puesto que ella pasa a ser alguien que “no hace nada”, cuando en rigor su trabajo es fu¡ícíonaJ al sistema patriarcal y de clase. En el trabajo doméstico —considerado función inherente, inmanente y “natural” de la mujer y no como categoría económica— intervienen factores extraeconómicos, especialmente la presión ideológica del régimen de patriarcado y más sofisticadamente el amor a la familia, que es una institución cultural. Este sentimiento es elevado a una forma de ideología encubridora de la explotación económica de la mujer que trabaja, sin ser remunerada, por amor al esposo y a los hijos, como si fuera la razón suprema de su existencia. La mujer compensa este trabajo doméstico con algunas gratificaciones que le brinda el patriarcado “gatopardista” contemporáneo: cierta seguridad personal, espacio territorial propio, “control” de los hijos, dominio de áreas en que ha dejado de interesarse el hombre y obtención de pequeñas granjerías, como salidas fuera del hogar, vestidos, etc. En el cumplimiento de tales
funciones, la mujer se siente indispensable e insustituible, a través de una ideología que permanentemente refuerza el régimen patriarcal y de clase.
A nuestro juicio, las tareas del hogar continuarán en cualquier régimen social donde permanezca la institución familia. No podrán ser eliminadas mientras no se elimine la relación patriarcal en la unidad familiar, uno de los últimos bastiones del concepto de propiedad privada.
Aunque el trabajo domestico se pague, como se hace actualmente en Suecia, no por ello desaparece el régimen patriarcal de opresión. El trabajo doméstico puede inclusive ser socializado a través del patriarcado de izquierda, como ocurre en la mayoría de los países en transición al socialismo. Así, se hace más claro que nunca que la tarea estratégica para alcanzar la igualdad entre los seres humanos es la eliminación del patriarcado. Cuando éste desaparezca, de todos modos habrá que realizar tareas que indudablemente tienen un carácter doméstico, por cuanto están relacionadas con el diario vivir de las personas, pero que no tienen por qué engendrar opresión de unos seres humanos sobre otros. Se ha sobredimensionado la función del trabajo doméstico con el fin de darle categoría de modo de producción para llegar a la conclusión de que las mujeres constituyen una clase social. El trabajo doméstico no es un modo de producción sino una forma de producir o reproducir la fuerza de trabajo. Este tipo de trabajo no beneficia directamente a ningún patrón apropiador expropiador inmediato del plusproducto sino que éste se transfiere de un modo indirecto al sistema global de dominación, aunque proporciona privilegios y ventajas al proyecto de vida masculino. De todos modos, no es una relación social de producción, aunque como hemos dicho es una forma de explotación. No es la primera vez en la historia que ciertas formas de producir no dan lugar a clases sociales. No siempre producir ha significado tener un patrón, ni siempre los que producen han sido parte de clases sociales, como ocurrió en las culturas agro-alfareras. Por lo demás, las labores domésticas tampoco pueden ser consideradas trabajo cuentapropista, porque no da lugar a un intercambio de mercancías, ni el que lo realiza vende su trabajo en el mercado. Sin embargo, se parece bastante a una mezcla de servidumbre con trabajo por cuenta propia, aunque la mujer no es una mercancía como lo fueron el esclavo o el siervo. Centrar la lucha por la emancipación de la mujer en el trabajo doméstico con el fin de demostrar que ellas constituyen una clase social es deslizarse por la pendiente del reduccionismo. La explotación económica de la mujer en el hogar no agota la explicación de las variadas y trascendentes formas de opresión, expresadas en la represión de la sexualidad, en la enajenación que va más allá del trabajo, en la ausencia o dificultad para encontrar un proyecto propio y autónomo de vida, independiente del esposo y de los hijos, en la cuasi obligatoriedad de vivir una maternidad compulsiva y angustiante, en la anulación de sus derechos humanos y en la negación de los espacios relacionados con el mundo de las ideas y del pensamiento abstracto, que como es sabido es lo más concreto. En suma, la opresión de la mujer rebasa el marco del llamado trabajo doméstico, enajenando las posibilidades del ser humano mujer.
La familia nuclear contemporánea es la célula básica de la sociedad civil, cada día más regimentada por un Estado que expresa y difunde masivamente la ideología de la clase dominante. No es nuestra intención reiterar aquí el debate en torno a los papeles del Estado y de la sociedad civil. Lo que queremos remarcar es que la familia constituye la principal correa de transmisión de la ideología de la clase dominante en el seno de la sociedad civil. No por casualidad las iglesias —y, en particular, la católica, que es mayoritaria en América Latina— han enfatizado acerca del papel de la familia como resguardo esencial del sistema patriarcal y de clases. Igual campaña instrumenta el Estado en una esfera más amplia, a través de los medios de comunicación de masas y de todo el poder que ha concentrado como expresión o síntesis de la dominación de una clase sobre otra. El Estado como “capitalista colectivo ideal” o como “personificación ideal del capitalismo nacional global”, al decir de Engels, organiza la competencia entre las diversas fracciones de la clase dominante. No sólo las cohesiona sino que también integra a las clases explotadas a través de la ideología burguesa, como han señalado Lukács y Gramsci. No todas las funciones del Estado son meramente “superestructurales”, puesto que también se encarga de estimular las condiciones generales de producción que no pueden asumir,.cada uno de los capitalistas privados: medios de transportes y comunicaciones, sistema monetario, regulación del mercado nacional, orden jurídico y reproducción de la fuerza de trabajo a través de los planes de salubridad, vivienda y educación.

Es cierto que el Estado es “la síntesis organizada de las relaciones de producción”, controladas por la clase dominante, pero este control no es mecánico sino que existen ciertas mediaciones; y son precisamente las instituciones y los aparatos ideológicos estatales los encargados de canalizarías. Cometen un error aquellos tratadistas del Estado que consideran a éste como un mero reflejo de la estructura económica. La relación estructura-superestructura, de la cual se ha hecho mucho abuso “teórico”, constituye un binomio dialéctico de esa totalidad que es la Formación Social. Sólo así puede entenderse el papel del Estado como agente fundamental de la reproducción social. En tal sentido, su función es relevante en la transmisión masiva de la ideología relacionada con los papeles “naturales” que deben jugar’tanto el género femenino como el masculino. Cuando el Estado no logra imponer un aparente consenso sobre estos “roles” recurre a la violencia y a la represión sistemática, como lo prueban los casos de Madres de Plaza de Mayo, movimientos feministas, resistencia de las mujeres a las dictaduras militares y cualquier manifestación transgresora e insurgente de la mujer. No se puede entender la consolidación del patriarcado si no se estudia el papel del Estado, sabiendo que sus funciones no fueron las mismas bajo los incas y la Colonia que durante la República. No obstante, siempre sirvió para darle continuidad al régimen de patriarcado. La existencia del Estado llamado nacional permitió a la clase dominante criolla imponer leyes que codificaron la opresión femenina y una política educacional destinada a retroalimentar la ideología de la dominación de un sexo sobre otro. La mayoría de los Estados latinoamericanos dicen adherir a la ideología del laissez-faire, laissez passer, pero en los hechos ejercen intervencionismo tanto en la economía como en la legislaci6n sobre la mujer, reglamentando la vida cotidiana y privada de las ciudadanas/nos. A través de las leyes y del derecho consuetudinario legitima el comportamiento “machista”. Bajo la presión de la lucha femenina puede llegar a conceder ciertas reformas e incluso propiciarías con el fin de resguardar la última y primera trinchera de la dominación. En tal sentido es ilustrativo recordar que la derecha política latinoamericana critica a menudo el intervencionismo del Estado en la economía, pero lo aplaude cuando reglamenta el control de la natalidad, los salarios de la mujer, la perdurabilidad del matrimonio, los privilegios jurídicos y políticos de los hombres, la discriminación en la penalización del adulterio, la forma en que las mujeres son humilladas en casos de violencia y violación —sean de parte de desconocidos o del propio esposo—, en el terrorismo ideológico que desata contra los derechos de la mujer a hacer libre uso de su cuerpo en las penas y persecución contra el derecho de la mujer al aborto. La familia ha sido y es utilizada en lo económico e ideológico por la Iglesia, el Estado y sus instituciones, incluido el Ejército, como célula clave de la reproducción social en el más amplio sentido de la palabra, alienando a la mujer en el papel de trasmisora de los valores de la clase dominante. “La continuidad de la subordinación femenina —dice Beatriz Schmuckler— se preservó nombrando a la mujer como la primera responsable de la cohesión familiar y ocultando el carácter retrógrado de dicho rol para el desarrollo de sus capacidades creativas (…) la mujer desarrolló formas de control del grupo familiar, tanto del marido como de los hijos, usando como herramienta su propia emocionalidad (…) la creciente idealización del rol familiar de la mujer mistificó la dominación patriarcal al crear en la mujer placer y expectativa de continuidad de placer en su subordinación”16 No siempre la mujer desempeñó este papel en América Latina. Los colonizadores españoles y portugueses procuraron por todos los medios desestructurar la gens aborigen, estructurando mediante el mestizaje un nuevo tipo de familia que se consolidó durante los siglos XIX y gran parte del XX. Luego entró en crisis, especialmente en los últimos 50 años. Para superarla ha sido necesario reestructurar otro tipo de familia en la cual haya un mayor consenso, b sa~o en el amor. En este proceso de continuidad y discontinuidad, tendiente a asegurar la reproducción social y las formas de dominación de la mujer, se ha ido formando la familia contemporánea, que una vez más intenta ser salvada con el divorcio. El divorcio es sin duda un paso adelante en relación a los derechos humanos por cuanto nadie puede obligar a una persona a vivir con otra que no ama. Pero no puede soslayarse el hecho de que ha sido promovido para preservar, en última instancia, a la familia como institución o célula madre en la que se asienta el sistema de dominación. La prueba es que los que se divorcian generalmente vuelven a casarse para constituir una nuera fanúlia, de lo que se deduce que el divorcio no atenta contra el régimen patriarcal sino que, por el contrario, puede afianzarlo en su momento de mayor crisis. La familia contemporánea está basada en un tipo de matrimonio más consensual, convirtiendo lo afectivo, el amor, en mediador de la explotación económica. Al respecto, Beatriz Schmuckler manifiesta: “El control patriarcal sobre el trabajo de la mujer no se desarrolla puramente en el plano económico. La mistificación del patriarcado durante el desarrollo capitalista se basa en definir el trabajo de la mujer como no trabajo, como acción de amor. El mecanismo de control patriarcal sobre el trabajo de la mujer descansa precisamente en simbolizar el trabajo de la mujer como perteneciente a la esfera afectiva”.17 Esta dialéctica de la opresión en el matrimonio actual es abordada también por Rossana Rossanda: La mujer es explotada en la familia a través del trabajo doméstico, pero a cambio recibe dosis más o menos elevadas de poder en el campo interpersonal de la familia y de la pareja. Las mujeres son expertas en estos (a veces muy profundos) poderes, basados en la idea del amor, de afecto, de seducción. El valor institucional de todo esto es igual a cero, pero su valor social, su valor en la vida, es enorme”.18 Cabe aclarar que estas compensaciones femeninas son obtenidas fundamentalmente por las mujeres de los sectores sociales más acomodados. Las mujeres de los hogares más pobres, dedicadas exclusivamente al trabajo doméstico, tienen un margen más limitado de gratificación individual, debiendo dedicar casi todo el día a la crianza de una prole numerosa en condiciones infrahumanas , donde ni siquiera pueden disponer de un lavarropa, refrigerador y otros enseres que podrían aliviar las tareas del hogar. Si bien es cierto que el término del patriarcado se logrará cuando se extinga la familia, hay que ser cuidadoso en el planteo del problema durante esta fase de transición, ya que en los sectores obreros, campesinos e inclusive capas medias asalariadas la familia juega un papel económico de supervivencia a través de la intensificación del trabajo doméstico de la mujer, que permite una mejor utilización del escaso salario. A mayor trabajo doméstico, es decir, más producción de valores de uso, mayores posibilidades de aprovechamiento del salario. En los hogares más pobres se acentúa la solidaridad entre los miembros de la familia para poder sobrevivir; solidaridad intra e ínter parejas que, unida a la ideología de la clase dominante, refuerza el papel de la familia y la hace aparecer como más necesaria que nunca a medida que crece el polo de la miseria. En esta sociedad competitiva e individualista, el núcleo familiar aparece como el único refugio en el que las personas pueden escapar a la hostilidad de la calle y del trabajo; un espacio donde se puede conversar sin tener que estar defendiéndose a cada instante, y expresar variadas formas de espontaneidad. La familia -dice Susan Brogger— supervive “no necesariamente porque es el mejor modo de vivir, sino porque es el más conocido, el menor de los males que la gente puede imaginar”.19
En la familia se ha desarrollado una subcultura femenina constituida por ciertos comportamientos y papeles sociales. Esta subcultura presenta matices distintos de acuerdo con el medio social y de clase de la mujer, aunque depende siempre de la ideología de la sociedad global. Esta subcultura no surge obviamente de la naturaleza de la mujer, sino que es producto de largos procesos sociales, como decía Giulia Adinolfi poco antes de morir: “La discriminación contra la mujer y la posición subalterna que ha tenido en la historia han ido creando lo que podríamos llamar una subcultura femenina que, en cuanto realidad histórica, tiene importantes diversificaciones en el espacio y en el tiempo, pero que mantiene algunos rasgos constantes ligados a la condición estructuralmente subalterna, a la posición social de las mujeres”.20 Este submundo femenino, adornado de mitos, de horóscopos, cartas a los “correos sentimentales” de los dianos, consultas a las adivinas, ensoñación amorosa estimulada por las telenovelas, etc., tiende a encubrir mediante la fuga de la realidad el tedio de lo cotidiano. La represión de la sexualidad femenina se remonta a los orígenes del régimen patriarcal. La monogamia y la ideología de la fidelidad y castidad surgieron para asegurar la paternidad, reprimiendo con ello la genuina sexualidad femenina. Esta es una larga historia que bajo el capitalismo alcanza su apogeo, impidiendo la libre expresión del erotismo femenino. Lo realmente “femenino” paso a ser la sexualidad pasiva, al servicio del goce y del poder masculino para los fines de la reproducción. Las mujeres no sólo son reprimidas sino que, a su vez, se autorreprimen, temiendo manifestar su propia sexualidad. Durante las últimas dos décadas los medios de comunicación de masas han publicitado la llamada “revolución sexual”, que nada tiene que ver con la verdadera emancipación de la mujer. Marta Lamas polemiza contra esa falsa liberación: “Las mujeres no aspiramos a imitar los errores de los hombres en materia sexual, no queremos considerar las experiencias sexuales como conquistas y como valoración del ego. No nos interesa utilizar a otra persona para nuestros fines, considerarlo objeto sexual, ni agredirlo o devaluaría mediante el sexo(…). La revolución sexual de la que tanto se habla se reduce a una creciente ola de pornografía y de violencia sexual, más que a un verdadero entendimiento y el ejerciciode nuestras posibilidades sexuales(…). La moral sigue siendo sexista y la educación, aun la liberal, sigue manteniendo los mismos mito”.21 La llamada “revolución sexual” constituye un intento más de canalizar la rebelión feminista; manipulada por los hombres de la clase dominante, tiene como finalidad convertir a las mujeres en objetos sexuales más accesibles. Pero, contradictoriamente, ha permitido a muchas mujeres un redescubrimiento de su sexualidad y a un usa más libre de su cuerpo.

Las mujeres seguramente encontrarán los métodos más adecuados para conquistar y desarrollar su propia identidad sexual La lucha por los derechos igualitarios en el plano de lo sexual será más ardorosa que el combate por ciertas reivindicaciones económicas y jurídicas. El cambio de las relaciones de producción y el término de la propiedad privada bajo el socialismo permiten la obtención de importantes reivindicaciones para la mujer, pero no garantizan la modificación de la conducta posesiva del hombre en el acto sexual. La emancipación de la mujer en éste, como en otros aspectos vitales, será obra de ellas mismas. El derecho de la mujer a hacer libre uso de su cuerpo no se refiere solamente a la concepción y la contracepción, sino también a expresar plenamente sus variadas formas de sexualidad, rompiendo con los mecanismos de autorrepresión que la inhiben. Mientras tanto, la mujer seguirá reproduciendo los papeles que le asigna la sociedad patriarcal. Al decir de Julieta Kirkwood: «La clasificación de las mujeres según jueguen un ‘rol pasivos o un ‘rol activo’ es una falsa diferenciación. Lo definido como pasivo, lo femenino, es en verdad un agente tremendamente activo de reproducción de lo establecido y del inmovilismo político social”.22
En tal sentido, es cada vez más manifiesta la acción de los aparatos ideológicos del Estado, transmisores masivos de la ideología patriarcal y de clase. Ellos son los encargados de desprestigiar al feminismo, a través de los medios de comunicación de masas, presentándolo como un movimiento antihombre para neutralizar, a través de una forma de terrorismo ideológico, la conciencia del resto de las mujeres. Al mismo tiempo, la institucionalidad estatal, la Iglesia y los partidos tratan de mediatizar las genuinas aspiraciones feministas mediante la creación de talleres de mujeres, donde en última instancia se reproducen los “roles”asignados por la sociedad. Se aparenta destacar el protagonismo de la mujer con el fin de limar las aristas filudas del movimiento feminista y mediatizar los problemas de clase y de patriarcado.

Estructura de clases y patriarcado

Aunque son dos problemas distintos, metodológicamente conviene tratarlos juntos porque forman parte de la misma Formación Social contemporánea. Las especificidades que adoptó esta relación en los imperios azteca e incaico y durante la Colonia y la República han sido estudiadas en capítulos anteriores. Ahora, nos permitiremos abordar esta temática en el mundo latinoamericano del presente. La delimitación entre patriarcado y estructura de clases es correcta para dejar claramente establecida la existencia de dos tipos de lucha: antipatriarcal y anticapitalimta~ Más aun, reemplazado el sistema capitalista por otro en transición al socialismo, continúa el combate feminista contra cualquier vestigio de patriarcado de izquierda. Sin embargo, para un analisis global de la Formación Social no es recomendable hacer esta cesura, porque se corre el riesgo de unilateralizar el estudio, tanto en lo que se refiere a la estructura de clases como en relación con el papel aparentemente autónomo de las formas de explotación patriarcal. Si la lucha de la mujer por su emancipación debe darse en dos frentes al mismo tiempo en el mundo capitalista (contra la dominación de clase y el patriarcado), debemos por lo tanto procurar hacer un estudio totalizador, tratando de analizar la estrecha interrelación que esté entre la estructura de clases y el patriarcado contemporáneo. El patriarcado constituye un régimen de dominación que aparentemente se fue autonomizando respecto del modo de producción, aunque siempre fue y es funcional a él. Estableció una dinarnica propia en la relación de poder de la pareja, independientemente de que el hombre fuera también explotado por otros hombres. La implantación del patriarcado es uno de los fenómenos sociales más trascendentes de la historia universal, a tal punto que ha sobrevivido a todos los modos de producción y sociedades de clases y se resiste a desaparecer en la fase de transición al socialismo. Para luchar contra el patriarcado no es necesario hacer ideología acerca de que las mujeres constituyen una clase social. Creemos haber demostrado la magnitud de este error teórico, al señalar que las labores del hogar no constituyen una relación social de producción. De lo contrario habría una pertenencia a dos clases sociales en el caso de las mujeres asalariadas o las dueñas de empresas, propietarias de los medios de producción, además del hecho de que la mujer burguesa o pequeñoburguesa se apropiaría de la plusvalía entregada por la empleada doméstica, que efectúa labores del hogar por un salario. Todo esto muestra la fragilidad de la teoría de que las mujeres constituyen una clase social, como lo sostiene Christine Delphy: “En tanto que grupo efectivamente sometido a esa relación de producción (el trabajo doméstico) las mujeres constituyen una clase, y en tanto que categoría de seres humanos destinados por nacimiento a entrar a formar parte de esta clase, constituyen una casta”.23 Por otro camino, Shulamith Firestone llega a la conclusión de que esa supuesta relación de producción deriva de la relación entre ambos sexos y que la lucha de clases es un aspecto de la lucha de sexos, deduciendo que lo básico es la lucha contra el patriarcado y no contra el régimen de dominación de clase. A nuestro modo de entender, ambas luchas forman parte del mismo sistema de dominación. Aunque el combate contra el patriarcado y el capitalismo debe darse de manera conjunta, cada una de estas luchas tiene una dinámica propia, y a veces contradictoria, ya que la mujer burguesa y pequeñoburguesa puede llegar a luchar contra las formas patriarcales de dominación, pero en última instancia defiende con uñas y dientes sus privilegios de clase cuando el poder de la burguesía está siendo cuestionado por los combates de otras mujeres, como sucedió en Chile bajo el go. bierno de Salvador Allende. Por el contrario, se da el caso de mujeres que luchan junto a los hombres por el derrocamiento del Estado burgués, pero en el ámbito de lo privado enfrentan la opresión de su compañero, que también defiende con uñas y dientes los privilegios que le otorga el régimen del patriarcado. La mujer, al igual que el hombre, nace en una sociedad de clases. Pertenece desde su nacimiento no a una supuesta casta sino a una clase o sector de clase. Se desarrolla desde la niñez en medio de esa clase a la cual pertenece su familia. En su adultez se incorpora al llamado trabajo productivo, reafirmando en general el sector de clase en el cual se ha criado, salvo casos excepcionales de movilidad social. Aunque es obvio que pasa a formar parte de esa clase a partir del momento en que se incorpora al trabajo productivo, queremos subrayar el hecho de que antes ha pertenecido al ámbito de una clase y que no debe subestimarse el medio familiar de clase en que ha crecido, porque ese medio condicionará en gran parte su vida futura, sus posibilidades de trabajo, su subcultura, sus costumbres e incluso sus posibilidades de contraer matrimonio o de convivencia con alguien de la misma clase a la cual pertenece. Habría que estudiar más a fondo si la situación de clase de la mujer en un trabajo productivo es vivida realmente como fundamental o si esa situación es mediatizada por las formas de opresión del patriarcado en el ámbito de la familia; en fin, en que medida la subordinación al hombre, que representa en lo privado el sistema de dominación patriarcal, mediatiza la condición de clase de la mujer que también trabaja en el área productiva. Sin embargo, aquí no se agota el problema, puesto que la mujer de cualquier clase social sufre una discriminación desde el momento de su nacimiento por el hecho de ser mujer. Empero, esto no faculta para sostener que las mujeres constituyen una casta. Las castas surgieron en la historia a raíz de desigualdades sociales preexistentes, como ocurrió en la sociedad hindú de varios milenios antes de nuestra era que llevó al poder a los brahmanes. Se nacía en una casta y se moría en ella. Este concepto, que se ha tratado forzadamente de aplicar a la sociedad colonial latinoamericana, no resiste el menor análisis, ante la inequívoca existencia de clases sociales antagónicas durante la Colonia, aunque en la apariencia pudiera expresarse un comportamiento embrionario de casta. Ubicar a las mujeres en la categoría de casta es un intento sobremanera forzado de hacer ideología al servicio de una política contingente que choca con los porfiados hechos: el enfrentamiento de las mujeres burguesas con las mujeres obreras, campesinas y de capas medias asalariadas. Ea caer, asimismo, en la metodología estructuralista, que defme a los grupos sociales sólo por el lugar que ocupan en la producción, soslayando el problema central: su comportamiento en el conflicto social. Las clases se definen en y por la lucha de clases. El problema se hace más complejo al constatar que la definición de clase no se agota con aquella caracterización sólo relacionada con el lugar que el trabajador ocupa en la producción, ya que falta un elemento fundamental para lograr el cambio del sistema: la conciencia. Si bien es cierto que puede hablarse de una conciencia primaria o sindical de clase, en la lucha contra el patrón, de una conciencia política de clase cuando los trabajadores visualizan con claridad al enemigo expresado en los partidos burgueses y el Estado, de una conciencia política revolucionaria de clase en e1 momento en que los explotados se dan cuenta de la necesidad de derrocar el sistema que los oprime, cabe preguntarse si también se da alguna forma de conciencia en las mujeres que comprenden a cabalidad el régimen de dominación patriarcal. Nuestra respuesta es sí, aunque sería necesario establecer los niveles de dicha conciencia feminista y su articulación con la lucha de clases. En tal sentido y superando las reminiscencias neokantianas de las discutibles categorías de la “clase en sí” y “para sí”, podría detectarse una conciencia feminista primaria cuando la mujer alcanza a percibir el significado social de su opresión en el hogar. Un nivel superior sería la conciencia política feminista emergente a partir del instante en que las mujeres acometen la lucha contra las leyes discriminatorias del patriarcado.
Finalmente, estaríamos en presencia de la conciencia feminista revolucionaria cuando la mujer emprende la lucha frontal para derribar conjuntamente al sistema patriarcal y de clase. Por eso, el feminismo llevado hasta las últimas consecuencias es fundamentalmente revolucionario, cuestionador y transgresor permanente del capitalismo y del patriarcado. Constreñido a la conciencia feminista primaria y, por consiguiente, a la sola lucha reivindicativista puede lograr importantes reformas, pero no elimina lo sustancial del patriarcado y, por ende, del capitalismo, que son eslabones de la misma cadena opresora.
El feminismo es revolucionario no sólo porque apunta a la destrucción del patriarcado sino porque también postula una sociedad alternativa al capitalismo, con un proyecto de vida cotidiana distinto, contrario al autoritarismo y al sistema de relaciones jerárquicas entre los seres humanos. El feminismo está generando una contracultura o contrapoder al plantear también una democracia social en términos no solamente políticos. Amplía el horizonte del concepto de opresores y oprimidos al advertir que dentro de los oprimidos también hay opresores: los hombres de cualquier clase social e inclusive de cualquier minoría étnica. Desacraliza lo femenino y lo feminista al postular no sólo reivindicaciones específicas de la mujer sino también la transformación global del sistema, haciendo más vasto el concepto de liberación social. El feminismo puede ser más radical que otros movimientos y partidos tradicionales porque va más allá de la lucha contra el capitalismo al bregar también por la liquidación de cualquier forma de patriarcado incluso durante el período de transición al socialismo. Plantea una sociedad alternativa distinta a la del “socialismo” entre comillas, real, sin comillas. Visualiza una utopía, imaginativa y creadora pero factible, que es de hecho motor de cambio y de esperanza de quienes realmente aspiran a una nueva sociedad y a un modo de vida distinto, igualitario y libertario; utopía realizable porque se ha puesto en marcha un sujeto social que expresa los intereses de la mitad de la población. Lo privado comienza a hacerse público, poniendo en evidencia la miseria de la vida cotidiana. La incorporación del mundo de lo privado al llamado gran mundo de lo público ha permitido que la mujer se incorpore al combate social desde su propio ángulo y con sus propias demandas específicas. Porque, como dice Julieta Kirkwood, hasta ahora “la desconsideración del mundo privado, en un proceso de cambio, ha precipitado —y sacralizado— a las mujeres a una ideología y a una práctica conservadora”.24
La cuestión central sigue siendo el problema del poder, tanto en lo que se refiere al Estado burgués como al patriarcado, Y ésta es justamente la pata por donde todavía cojea la lucha de la mujer por su emancipación. Lo dice Julieta Kirkwood: “En el problema del poder y en su práctica las mujeres somos las grandes ausentes. El discurso del poder sólo es válido en la esfera patriarcal [por eso] tachamos de malo todo lo que significa poder, le asignamos una esencia ética y no queremos volver a hablar del asunto”.25 Sin embargo, en los últimos años sectores del movimiento feminista comienzan a discutir una estrategia de poder, tanto vertical como horizontal.
Si bien es cierto que Foucault ha develado con su discutible método fenomenológico algunos aspectos del micro poder26, queda por elaborarse una estrategia general de poder que ataque tanto as relaciones de poder en la pareja como en las relaciones de poder en el trabajo, en los partidos y en todos los aspectos de la vida cotidiana donde se exprese el patriarcado.
El problema central es cómo cambiar la estructura de poder a todos los niveles después de la caída del capitalismo, generando una nueva concepción del mismo en la fase de transición al socialismo para terminar definitivamente con él en la sociedad sin clases y sin dominación de un sexo sobre otro. Entonces, sólo entonces, cuando desaparezca el patriarcado, el Estado y las clases sociales, quizá desaparezca el movimiento feminista.
Para recorrer este largo camino se hace imprescindible una teoría propia, latinoamericana, de la emancipación de la mujer en consonancia con las especificidades de nuestro subcontinente indo-afro-latino. El protagonismo social y cu]tura] de la mujer latinoamericana, especialmente la indígena y negra, ha sido diferente al europeo y, en consecuencia, su praxis liberadora también será distinta.

NOTAS
1 FRÉDERIQUE VRNTEULL: “Marxismo y feminismo”, en revista INPRECOR, Montevideo, nov.-dic. 1986, p. 35.
2 LIDIA FALCÓN; articulo en la revista Poder y Libertad, Barcelona, 1978, pág. 47.
3 CLAUDIA VON WERLHOF: “Referente a las consecuencias de considerar el problema de la mujer en la Crítica de la
Economía Política”, Universitat Bielefeld, Fakultat fur Soziologie, 1978, p. 8.

4 VERENA STOLCKE: “Los trabajos y las mujeres”, en M. León: op. cit., t. ni, p. 24.
5 SHULAMITH FIRESTONE: La dialéctica del sexo, Kairós, Madrid,
1976.
6 JUDITH ASTELARRA: “Feminismo y marxismo”, ISIS, Boletín Informativo N0 5, Roma, abril, 1981, p. 100.
7 MARÍA JESÚS IZQUIERDO: El sistema sexo-género y la mujer como sujeto de transformación social, LaSal, Barcelona, 1985,
p. 57.
8 CRISTINEDELPHY: op. cit.,pp. 118 y 119.
9 ALISON MAC EWEN SCOTT: “Desarrollo dependiente y segregación ocupacional por sexo” en revista Desarrollo y Sociedad,
CEDE, Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, Bogota, enero 1984, N0 13, p. 104.
10 VERENASTOLKE: op. cit.,p. 15.
11 CLAUDIA VON WERLHOF: “Referente a las consecuencias. . .“, op. cit., p. 7.
12 ISABEL LARGUÍA Y JOHN DUMAULIN: “Aspectos de la condición laboral de la mujer”, en revista Mujer, N0 25, Lima,
1979.
13 WALIY SECCOMBE: “El trabajo doméstico en el modo de producción capitalista” en El ama de casa bojo el capitalismo,
Anagrama, Barcelona, 1975.
14 C. MARX: El capital, trad. W. Roces, Fondo de Cultura Econ6mica, México, 1946.
15 IBID., t. I,vol. II, p. 978.
16 BEATRIZ SCHMUCKLER: “Familia y dominación patriarcal en el capitalismo”, en M. LEÓN: Sociedad, subordinación y
feminismo, ACEP, Bogota, 1982, t. ni, PP. 61 y 62.
17 IBID., p. 60.
18 ROSSANA ROSSANDA: “Nuevo enfoque para un dilema”, en diario La Razón, Buenos Aires, 9 de agosto de 1985.

El Movimiento Feminista Latinoamericano Del Siglo XX

Posted by Pan y Rosas On Agosto - 4 - 2009

Las organizaciones feministas de 1as primeras décadas del presente siglo


Durante las tres primeras décadas del siglo XX las mujeres latinoamericanas lograron crear organizaciones autónomas de carácter social y político. Si bien es cierto que la autonomía del movimiento feminista de aquella época no tenía el mismo carácter que el de las actuales organizaciones de mujeres, no deben minimizarse los esfuerzos de aquellas mujeres por darse una estructura organizativa autónoma.
En la mayoría de los casos, el movimiento autónomo de mujeres tuvo como finalidad inmediata reafirmar el papel de la mujer en la sociedad, al luchar por sus derechos cívicos y culturales. La implementación de ese objetivo adquirió diversas modalidades en cada país latinoamericano. A principios de la década de 1920 se fundó en Cuba el Club Femenino para conquistar los derechos igualitarios de la mujer; en 1928 se creó la Unión Laborista de Mujeres para resistir a la dictadura de Machado y luego la Alianza Sufragista. En Ecuador una de las primeras organizaciones de mujeres, el grupo “Rosa Luxemburgo”, tuvo un carácter más proletario al estar integrado por trabajadores agrícolas y participar activamente en la primera huelga general de Guayaquil (1922); en 1920 se organizó el

Frente Femenino Anticlerical y la Alianza Femenina,
dirigida por Nela Martínez
En Venezuela, las mujeres combatieron a la dictadura de Gómez a través de la Agrupación Cultural Femenina (1934); una vez muerto el tirano, esta organización junto a la Asociación Venezolana de Mujeres convocaron al Primer Congreso de Mujeres que planteó profundas reformas al Código Civil. En Puerto Rico se fundó en la década de 1920 la Asociación Feminista Popular, presidida por Franca de Armiño, líder tabaquera de la Federación Libre de Trabajadores.
En Perú, María Jesús Alvarado creó en 1915 el grupo “Evolución Femenina”, y en Bolivia fue fundada en 1927 la Federación Obrera Femenina de La Paz. En la Argentina las mujeres anarquistas y socialistas promovieron las primeras organizaciones
de mujeres: la Unión Gremial Femenina, integrada básicamente por proletarias; el Centro Socialista Femenino y el Consejo Nacional de Mujeres. Un paso superior de organización más autónoma fue la Unión Feminista Nacional (1918), cuyos objetivos eran la emancipación civil y política de la mujer, la elevación de su nivel cultural y el derecho a percibir igual salario que el hombre por el mismo trabajo. Luego, se creó la Liga de los Derechos de la Mujer, presidida en 1922 por Julieta
Lanteri Renshaw, quien decía en una de sus cartas: “arden fogatas de emancipación femenina, venciendo rancios prejuicios y dejando de implorar sus derechos. Estos no se mendigan, se conquistan”1
En Chile, Amanda Labarca fundó el Consejo Nacional de Mujeres en 1919, cuatro años después que el Círculo de Lectura. Al año siguiente surgió el Club de Señoras, integrado por mujeres de la alta y mediana burguesía, encabezada por Delia Matte Izquierdo. Por su parte, las mujeres de origen obrero formaban en la pampa salitrera los “Centros Belén de Sárraga”. El
movimiento adquirió características más feministas con la fundación del MEMCH (Movimiento de Emancipación de la Mujer Chilena) en 1936, bajo la orientación de Elena Caffarena.2 A través de su periódico La Mujer Nueva se criticó la discriminación de la mujer en el trabajo y la educación, logrando que la mujer pudiera postularse a cargos públicos. Invitaron a las empleadas domésticas a ingresar a sus filas para contribuir a la organización sindical. Promovieron un proyecto de ley de
desayuno escolar gratuito, criticando la explotación de los menores de edad. El MEMCH alcanzó a realizar dos Congresos Nacionales: en 1937 y 1940. En Uruguay, María Abella de Ramírez crea en 1911 el primer grupo feminista: la “Sección Uruguaya” de la Federación Femenina Panamericana. Varios años antes las mujeres anarquistas habían formado Sociedades de Resistencia de lavanderas, planchadoras y costureras, destacadas por María Collazo en el periódico La Batalla. En 1916, por iniciativa de una de las más importantes feministas, Paulina Luisi, se funda el Consejo Nacional de Mujeres, “integrado por varias asociaciones federadas que enviaban sus delegadas y funcionaban en base a comisiones especializadas en distintos temas. Finalmente en 1919 se creó la Alianza Uruguaya por el Sufragio Femenino, derivada de una comisión del Consejo Nacional de Mujeres”3, que publicaba la revista Acción Femenina.
Paulina Luisi se dio cuenta de que era fundamental combinar los postulados feministas con las reivindicaciones económicas y sociales de las trabajadoras, creando en 1923 la Alianza Uruguaya de Mujeres. En una nota dirigida a éstas, especialmente a las planchadoras que laboraban en talleres, manifestaba: “La Alianza Uruguaya de Mujeres espera de la cooperación de todos los elementos para poder desarrollar con eficacia el vasto programa que tantas iniciativas de mejoras sociales encierra, y en especial solicita el concurso de todas aquellas mujeres que al afrontar valerosamente la vida por medio del trabajo honesto que dignifica y enaltece están más en contacto con la necesidad de esas mejoras”.4 Como puede apreciarse, ya en la década de 1920 estaba planteada para el movimiento feminista la necesidad de ligarse estrechamente a las mujeres de la clase
trabajadora con el fin de romper el aislamiento y evitar cualquier desviación elitista. Precisamente, uno de los países donde el feminismo surge ligado a las luchas populares es México. El contexto de la revolución (1911-1920) fue decisivo para la realización del Primer Congreso Feminista, realizado en Mérida en 1917, donde miles de mujeres indígenas, campesinas, obreras y de capas medias resolvieron: “En todos los centros de cultura de carácter obligatorio o espontáneo se hará conocer a la mujer la potencia y la variedad de sus facultades y la aplicación de las mismas a ocupaciones hasta ahora desempeñadas por el hombre (…) Fomentar los espectáculos de tendencias socialistas y que impulsen a la mujer hacia los ideales del libre pensamiento. Instituir conferencias periódicas en las escuelas, cuya finalidad sea ahuyentar de los cerebros infantiles el temor de un Dios vengativo e iracundo que da penas eternas (…) Que se eduque a la mujer intelectualmente para que puedan el hombre y la mujer complementarse en cualquiera dificultad y el hombre encuentre siempre en la mujer un ser igual a él. Que la joven al casarse sepa a lo que va y cuáles son sus deberes y obligaciones; que no tenga jamás otro confesor que su conciencia(…). No habiendo diferencia alguna entre su estado intelectual y el del hombre, la mujer es tan capaz como éste de ser un elemento dirigente de la sociedad’ 5 Pronto surgieron Ligas de orientación feminista, exigiendo dotación de parcelas e implementos de labranza para las mujeres, igualdad de salarios y ampliación de la educación popular. Se abordaron temas considerados tabúes en aquella época, como el aborto y la prostitución, el amor libre y el divorcio. Las campesinas cuestionaron el Código Agrario, que establecía prioridad para los hombres en la dotación de tierras sobre la mujer en las mismas condiciones, es decir jefe de familia.
Otra relevante experiencia de las mujeres mexicanas fue el Frente Unico Pro Derechos de la Mujer, cuyo momento de auge se dio entre 1935 y 1938. Este movimiento, que había comenzado con la movilización para la Asamblea Constituyente de la República Femenina, llegó a aglutinar más de 50.000 afiliadas, motivadas tanto por reivindicaciones específicas de la mujer como por planteamientos sociales y políticos, entre los cuales estaba el no pago de la deuda externa. Al decir de una de sus dirigentas, Adelina Zendejas, la mayor virtud de este Frente fue tomar los problemas de la mujer “desde los más simples hasta los más altos (…)se movilizaba no sólo a las mujeres que estaban en las listas, que eran militantes, que cotizaban, sino a todas las de la región(…). Cuando a una lo que le interesaba era el agua o la tierra, pues juntaba a todas las campesinas, y éstas venían en masa; conseguíamos eso, aunque fuera chiquito, y entonces las simpatizantes se iban a su lugar de origen a trabajar”.6 El Frente Unico Pro Derechos de la Mujer no alcanzó a ser una organización plenamente autónoma por el control ejercido desde el inicio por los partidos. No obstante, sirvió para que muchas mujeres hicieran una importante experiencia, desarrollándose en su seno una tendencia auténticamente feminista que provenía de la “República Femenina”. Una de sus críticas a la dirección del Frente decía: “es ingenuo en unos casos, y canalla en otros, hacer circular el concepto de que la liberaci6n de la mujer vendrá como consecuencia de la liberación del trabajador o que la liberación de la mujer pueda realizarse hasta después del triunfo de las clases trabajadoras sobre la capitalista, ya que los antagonismos entre la vida de la mujer y del hombre en relación con la vida biológicamente diferente no se terminan con el triunfo de dicha clase, y es también falso asentar que la clase trabajadora misma llegue a triunfar permaneciendo sin resolver el problema de la mujer en su aspecto específico”.7 La conclusión lógica de este planteamiento fue estructurar organizaciones autónomas de mujeres para “formular primeramente su programa de principios e incorporarlos al de la clase trabajadora reforzando las demandas de ésta, en intercambio obtener el apoyo para las demandas especificas de la mujer y utilizar el aparato político cuando ella lo necesite en relación a su causa”.8 Sin embargo, las militantes de la tendencia “República Femenina” sólo lograron algunos avances en las comunidades de Michoacán y Zacatecas en torno a guarderías, cooperativas de consumo y créditos para campesinas, siendo saboteadas por la mayoría de los partidos políticos del Frente. Del seno de las organizaciones sociales y culturales de mujeres surgieron los primeros partidos feministas. En este caso, la autonomía del movimiento feminista se expresó en el plano políticoorganizativo. Uno de ellos fue el Partido Femenino Republicano, fundado en el Brasil en 1910, dirigido por la profesora Leolinda de Figueiredo Daltro, que proclamaba “la emancipación de las mujeres brasileñas”, defendiendo específicamente “que los cargos públicos estuviesen abiertos para todos los brasileños, independientemente del sexo”9 otro, el Partido Feminista Nacional, creado en la Argentina en 1919, cuyas acciones en pro del voto femenino hemos analizado en páginas anteriores. María Abella de Ramírez dijo entonces: “propongo la constitución de un partido feminista para luchar por la modificación de leyes que postergan a la mujer”.10 De inmediato se postuló a Julieta Lanteri como candidata a diputada nacional. En Chile se fundó en 1919 el Partido Cívico Femenino, a iniciativa de Esther La Rivera, Berta Recabarren, Graciela Mandujano y Graciela Lacoste. Rápidamente se extendió a Quilpué, Concepción y otras regiones del país. Al igual que otras organizaciones feministas latinoamericanas, tuvo un nutrido intercambio con sus hermanas del mundo. “Sus estatutos fueron elaborados después de un interesante intercambio epistolar con todos los movimientos feministas de habla hispana de la época, los que, en singular espíritu de internacionalismo feminista, facilitan la tarea a sus hermanas chilenas. Así, se reciben estatutos del Consejo de Mujeres Feministas de Montevideo (1916-1919); estatutos del Consejo Supremo Feminista de Mujeres Españolas y ejemplares de la revista Redención, además de los estatutos de la Liga Española para el Progreso de la Mujer, primera entidad feminista creada en España. De la Argentina se reciben los aportes de la Liga de Derechos de la Mujer y de la Secretaría General del Partido Feminista Nacional. Con todos estos aportes en 1922 se plasman los estatutos del Partido Cívico Femenino, que en síntesis propone: conseguir reformas legales para que la mujer pueda tener los derechos que por tanto tiempo se le han negado (voto y derechos civiles) (…) autonomía e independencia de toda agrupación política o religiosa; abolición de todas las disposiciones legales y constitucionales que colocan a la mujer en una inferioridad indigna”.11 Este partido editó durante más de diez años la revista Acción Femenina, llegando al inusitado tiraje de 10.000 ejemplares, donde entre otras cosas se propone “el voto municipal, a modo de ensayo-aprendizaje para el voto total. Debido a ello, el Partido se lanza en campaña y movilización pro voto municipal, en el entendido de que la administración comunal edilicia se halla más cerca del ámbito femenino (la economía del hogar) que del masculino, que lo desvía a politiquería”.
Esta publicación también critica el dogma de que la única escuela de la mujer es el matrimonio, “inercia que ha deformado su cerebro”. Se pregona la coeducación en los colegios y se denuncia la enseñanza dada a las mujeres pobres por las damas de caridad. Acción Femenina combate los prejuicios en relación al trabajo femenino, presentando estadísticas del número creciente de mujeres en las fábricas, comercios, campos y otras empresas. El Partido Cívico Femenino da “conferencias en centros obreros femeninos sobre higiene, conocimientos de cultura cívica y, en especial, sobre el inicuo sistema de explotación del trabajo de la mujer proletaria”.12 Un cuarto de siglo después, en 1946, María de la Cruz, bajo la influencia de Eva Perón, funda el Partido Femenino, que va a jugar un papel decisivo en el triunfo del candidato populista Carlos Ibáñez del Campo. María de la Cruz se convirtió entonces en una de las primeras mujeres chilenas en llegar al cargo de Senadora, con la más alta votación en su circunscripción electoral de Santiago. Fue violentamente atacada tanto por los hombres y mujeres
de derecha como de izquierda, que piden su desafuero parlamentario. “La acusación [presentada por tres mujeres] denuncia compromisos ideológicos con el justicialismo y comportamiento no honorable de la senadora en relación con una importación ilícita de relojes: es el momento de parar en el Honorable Senado la intromisión del Partido Femenino y a esta mujer de feminismo insolente. María de la Cruz es desaforada por la mayoría de sus miembros permanentes, desestimándose una recomendación en contra interpuesta por la Comisión parlamentaria investigadora(…). La caída de María de la Cruz como senadora significó la deserción de la gran mayoría de las mujeres, tanto miembros del partido como independientes, quienes, sin comprender ni asumir que éstas eran contingencias propias de toda organización política, llegaron a aceptar que ‘no estaban preparadas’ para la política(…). La verdad es que las feministas del PFCH se vieron atrapadas por la misma rigidez de sus principios. Esto no tanto por el hecho de la condena pública, sino por el abandono de la lucha y del campo político que hicieron las mismas mujeres, puesto que, luego del incidente, no volvió a constituirse partido alguno de mujeres hasta el día de hoy en nuestro país. Nunca más — salvo los atisbos del feminismo actual— las mujeres quisieron asumir el derecho y la voluntad de hacer política autónoma. De allí en adelante pasaron a integrar y sacralizar, como única manera justa, verdadera, de hacer política, la realizada desde los departamentos femeninos de los partidos.”13
Estos intentos de estructurar partidos feministas se dieron en otros países, como el Uruguay en 1937 con el Partido Democrático Femenino, pero pronto entraron en crisis. El carácter autónomo de éstas y otras organizaciones sociales y culturales femeninas de las primeras décadas del presente siglo se fue perdiendo a medida que el movimiento perdió dinamismo en sus luchas, conformándose con pequeñas conquistas, haciéndose reivindicativista y, sobre todo, subordinándose a los partidos de centro y de izquierda. El sectarismo de estos partidos y la habilidad de la burguesía y de la Iglesia para canalizar el emergente movimiento feminista fueron decisivos en el proceso de mediatización de la autonomía de las organizaciones de mujeres.


El renacer del feminismo (1970-80)

Después de casi tres décadas de estancamiento, e inclusive de retroceso en algunos países, el movimiento feminista latinoamericano irrumpió con fuerza a principios de los años setenta. Cabría entonces preguntarse por qué se produjo ese notorio descenso del feminismo entre 1940. y 1970, aunque no así de la participación siempre activa de la mujer en las luchas sociales y políticas. Una de las causas parece haber sido el relativo conformismo que suscitó la obtención de algunas conquistas largamente anheladas, como el derecho al voto y otras reformas del Código Civil relacionadas con la familia.
Sin embargo, esta explicación no es suficiente, por cuanto el feminismo de las tres primeras décadas del presente siglo no fue meramente reivindicativista. Julieta Kirkwood intenta dar una respuesta para el caso chileno: “Varias veces nos hemos preguntado por qué esa enorme preocupación de las mujeres intelectuales y políticas de la época de los inicios y ascenso del feminismo por la problemática específica de la mujer es abandonada por las siguientes generaciones de mujeres políticas progresistas(…). Que las mujeres de la derecha no lo asumieran era ser consecuente con su ideología del Orden(…). Nos parecía extraordinario que no se hubiese retomado el tema pese al enorme acceso relativo en las últimas décadas de algunas mujeres a la educación, a la cultura e incluso a la vida política partidaria (…) No es que no existiera preocupación alguna sobre la condición de la mujer. Se la estudia, moderadamente, pero desde una perspectiva en que el verdadero protagonista de ese análisis no es precisamente la mujer en sí, sino que se la toma como otro elemento—posible o no— de ser incorporado en un proceso de liberación global, ya en marcha, ya elaborado, al cual la mujer había de sumarse posteriormente, y cuya forma de inserción dependería fundamentalmente de su adscripción o pertenencia a clases sociales y a la eventualidad de poseer una adecuada conciencia de clase(…). Se coloca así a la doctrina fuera del alcance de las llamadas ‘contradicciones secundarias’, entre las cuales el problema de la emancipación de la mujer guardará aplicado silencio, y las mujeres, sus virtuales sostenedoras, entregarán su laborioso afán a la gran causa social(…). Esta secundariedad en la definición y categorización del problema femenino ha tenido efectos posteriores: en primer lugar el silencio que nos inquietaba. Las mujeres más conscientes política y socialmente —en términos de liberación y lucha de clases— no se perciben a si mismas, primero, como mujeres, sujetos de reivindicación propia, sino como ciudadanas —aunque aceptando peculiaridades jurídicas que desmienten la igualdad— y como miembros de una clase social determinada. Esta imagen política configura toda una conducta de apoyo a la lucha que llevan los ciudadanos neutros —los hombres— a través de sus vanguardias —los partidos políticos— definiendo ellos todo el quehacer político e intelectual de las mujeres (…) pocas mujeres, harán de la mujer el objeto de su inquietud o preocupación política e intelectual; y cuando lo hacen, poquísimas, casi ninguna, se identifica con ese objeto de análisis que son las mujeres: esas ‘otras mujeres’, las no incorporadas, las domésticas, las que no participan(…). Sólo se aceptaba (por las mujeres políticas) la condición sometida de las mujeres pobres en tanto pobres y en tanto sometida junto a la familia al sistema capitalista. La lucha entonces que se reconoce es solamente la lucha de clases(…). En un momento en que el protagonista principal es la liberación, el tema de la integración a una sociedad en desarrollo pasa a ser prioritario. Este rasgo aparece en todos los estudios de la mujer del período: incorporación a la vida urbana, cívica, a las profesiones, como estudiante. El problema real, desde una perspectiva feminista, es que estos estudios, al no asumir la contradicción entre la liberación global y la femenina, proponen una forma de integración social de la mujer que implica una aceptación de la desigualdad. Es, en otros términos, una integración subordinada a la nueva sociedad, legitimada por la propia acción y el conocimiento de las mujeres”. 14
Esta explicación sobre el estancamiento del movimiento feminista ocurrido entre 1940 y 1970 podría ser complementado por el creciente papel que juega el Estado en la educación y otras áreas de la sociedad civil, además de la expansión de los medios de comunicación de masas que transmiten la ideología patriarcal de la clase dominante. Asimismo, es necesario considerar en las tres décadas mencionadas el ascenso de las organizaciones sindicales y de barrios que logran canalizar a las obreras y empleadas de vanguardia. Las militantes de los movimientos sociales y políticos tuvieron, pues, mas espacios para realizarse como seres humanos en pos de la abolición del capitalismo, pero al mismo tiempo se achicaron sus fronteras propias para la creación de grupos autónomos de mujeres. Una vez más nos permitimos insistir en la distinción entre movimiento feminista y protagonismo social de la mujer. Mientras el feminismo se estanca durante las décadas del 40 al 70, la participación de las mujeres en lo social y político aumenta significativamente, como nunca antes había sucedido de manera tan masiva en la historia de América Latina. Este fenómeno —que tiene su substratum en la incorporación de la mujer al trabajo llamado productivo— constituirá la base esencial para el despegue del feminismo en la década del 70. Las ideas, el programa y los métodos de lucha del movimiento feminista latinoamericano de los dos últimos decenios fueren notoriamente influenciados por las europeas y norteamericanas. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, de un tiempo de práctica social, el feminismo
latinoamericano empezó, desde 1980 aproximadamente, a adquirir una fisonomía propia y diferenciada, más apegada a la especificidad de nuestra América indo-afro-latina. Podría, entonces, hacerse una periodización del movimiento feminista contemporáneo de América Latina:

a) De 1970 a 1980: fase de gestación de grupos que, siguiendo el ejemplo de las compañeras europeas y norteamericanas, teorizan y configuran un programa estratégico de emancipación de la mujer, que combinan con acciones por el derecho al aborto y al divorcio, por el reconocimiento de los hijos llamados Ilegítimos, por la patria potestad, la denuncia pública de la violación, los golpes y el maltrato machista, por el libre uso del cuerpo y contra la discriminación a la homosexualidad y al lesbianismo, por un mayor conocimiento de la sexualidad femenina y una relación sin prejuicios con i cuerpo tendiente a mejorar su autoimagen.15 Se cuestiona el autoritarismo tanto del Estado como de los partidos y la educación. Comienza un rescate del pasado de luchas de la mujer con el fin de reconocerse en su propia historia, de “apropiarse” a través de la memoria histórica de las diversas modalidades de la opresión, probando que el feminismo tiene un basamento que viene desde el fondo de la historia. Al igual que otros movimientos sociales —como el del proletariado que a principios del siglo XIX destruía las máquinas (luddistas), algunas feministas de los años 70 cayeron en una variante de “infantilismo” al emprender una campaña antihombre, que, fue hábilmente utilizada por la burguesía y los partidos para desprestigiar al feminismo, inclusive ante las propias mujeres, muchas de las cuales respaldaron demandas concretas, como el aborto y el divorcio, levantadas por los grupos feministas, pero criticaron la orientación antihombre por entender que reemplazaba la lucha de clases por la lucha entre sexos.
Este “infantilismo”, propio de todo movimiento que insurge con la fuerza de la verdad y la justicia, aisló en parte a los grupos autónomos, especialmente a los de carácter “intimista”, aunque los reafirmó en su identidad y su programa estratégico por un nuevo tipo de sociedad alternativa. Al mismo tiempo, se fue generando una nueva forma de discutir y de hacer política, transformando en público lo privado y socializando el conocimiento de manera más generosa que en los partidos y organizaciones sociales dirigidos por hombres, cada vez más competitivos por el micro y el macro poder. En el nivel de organización se estructuraron grupos autónomos de mujeres que pronto chocaron con las militantes de partidos, quienes de manera antidemocrática se negaron a aceptar el derecho de las demás a la autonomía.
b) De 1980 en adelante, fase caracterizada por una mayor comprensión de los grupos feministas autónomos hacia los sectores de mujeres más explotadas y oprimidas: obreras, campesinas, pobladoras o habitantes de los barrios. Hay un cambio de táctica, al entender que los planteamientos tajantes del feminismo chocaban con los prejuicios sociales y sexuales de la propia
mujer latinoamericana. Se empieza a analizar la relación etnia-clase-sexo-colonialismo foráneo e interno y a comprender la diferencia entre movimiento feminista y protagonismo de mujeres de vanguardia en las luchas sociales, profundizando el diálogo y el accionar conjunto por problemas comunes con mujeres que no han accedido aún a la conciencia feminista. Se comienza a superar el abismo entre lucha antipatriarcal y combate antiimperialista y anticapitalista, planteando la necesidad de una sociedad alternativa al capitalismo y, al mismo tiempo, crítica del llamado “socialismo real” o burocrático, donde superviven formas de machismo y patriarcado. Aunque esta corriente feminista revolucionaria no es mayoría, refleja hasta qué punto el feminismo latinoamericano ha acentuado su proceso de politización.
El régimen de dominación ejercido sobre la mujer —que es discriminada y marginada como cualquier otra minoría, aunque sea mayoría en el conjunto de la población— le permite comprender el hondo significado de la opresión de los indígenas y negros, buscando la alianza con estas minorías y con otros sectores explotados. Las mujeres han dicho claramente que respaldan la lucha de estos sectores, pero también reclaman su apoyo. Grupos de mujeres están a favor de alianzas con el proletariado, pero sobre la base de que éste respalde sus demandas específicas. Así, el feminismo latinoamericano ha iniciado un proceso embrionario de ligazón con otros movimientos sociales, como el ecologista, sindical, barrial y cultural. En tal sentido, se están haciendo experiencias importantes en México con la creación de organizaciones autónomas de mujeres en los sindicatos, barrios populares y en el campo; partiendo del nivel de conciencia real de las mujeres explotadas y oprimidas, se adecua el programa de reivindicaciones a las necesidades más urgentes que plantean esas mujeres, sin dejar de lado la difusión de los objetivos estratégicos de liberación. Inclusive, se ha generalizado la consigna “maternidad voluntaria” en lugar del derecho al aborto, con el fin táctico de no hacer corto circuito. El feminismo peruano también ha implementado trabajos con las mujeres de los sectores populares, especialmente de las llamadas barriadas. En una publicación de Acción para la Liberación de la Mujer Peruana (ALIMUPER), Ana María Portugal plantea que “el trabajo femenino socialista debe estar orientado a reclamar como algo prioritario mejores condiciones de vida para las hermanas más oprimidas. Exigir viviendas adecuadas, medicinas, seguridad laboral, derecho a la educación, creación de guarderías, comedores y lavanderías comunales, igual salario por igual trabajo, derecho de licencia por maternidad para empleadas domésticas como puntos centrales de un programa de acción, es hacer política feminista revolucionaria, aunque estos puntos sean únicamente propuestas reformistas dentro del marco de una sociedad capitalista avanzada. Sin embargo, tales reivindicaciones se convierten en propuestas revolucionarias en la medida que es indispensable modernizar la sociedad para elevar, también, el nivel de las demandas y sobre todo porque canalizan la ira de las mujeres en una protesta contra el sistema y contra sus instituciones. Mientras que el aborto y los anticonceptivos son considerados reformistas en los programas del feminismo anglosajón, aquí son reivindicaciones revolucionanas, pues habrán de socavar, entre otras cosas, la ideología puritana y antisexual de un sistema que envía a los adolescentes varones a iniciarse con prostitutas, en cuanto que sus novias deben practicarse operaciones para restaurar la virginidad antes de la boda”.16
En Colombia, Ecuador, la Argentina, Uruguay y el Brasil, las organizaciones feministas realizan , asimismo , actividades en los barrios, en el campo y en los sindicatos, llegando en la mayoría de esos países a efectuar periódicamente Encuentros de la Mujer Trabajadora. En Chile, bajo la tiranía de Pinochet, los grupos feministas han sabido combinar la lucha antidictatorial con las reivindicaciones específicas de la mujer, levantando la consigna “Democracia en el país y en la casa, ahora”, aprobada por más de 5000 mujeres en un acto realizado a fines de 1984 en el Teatro Caupolicán de Santiago.
Al mismo tiempo se ha reabierto el diálogo con las militantes de partido, algunas de las cuales también han madurado, integrándose a los grupos feministas en una forma de doble militancia, que sigue siendo conflictiva pero asumida con responsabilidad. Sin embargo, todavía existe un vasto segmento de mujeres militantes de partido que quieren seguir manipulando a los grupos autónomos con el fin de sacar resoluciones forzadas que lleven agua al molino partidario. Esta contradicción entre militantes de las organizaciones autónomas de mujere y militantes de los partidos será superada en el combate común, si estas últimas acceden a la comprensión de que por encima de sus partidos están los intereses históricos de liberación de la mujer. La posición crítica de las feministas a las estructuras partidarias se ha expresado en variadas experiencias, como por ejemplo la del grupo “Persona”, creado en 1978 en Venezuela: “planteábamos —recuerda Marisol Fuentes— la autonomía respecto de los partidos y los hombres. La línea se discutía cada día, nos oponíamos a las estructuras partidistas. Eramos bien anarquistas, nuestro lema era ‘unir fuerzas para cambiar la vida’. Había que crear otro tipo de organización que funcionara, no queríamos un Comité Central que discute y da la línea a los de abajo, había que sustituirlo con otro tipo de organización, pero no se dio; aparentemente se necesitaba de un liderazgo para que funcionara”.17
Esta deficiencia también fue reconocida por sectores del feminismo mexicano: “La actitud maniquea —anota la revista FEM— de rechazo a las formas organizativas políticas tradicionales por considerarlas ‘masculinas’ ha llevado a un desgaste de fuerzas. La falta de estructura explícita (en los grupos feministas) ha permitido que se maneje el poder de manera personalista”.18 En Colombia y Ecuador los grupos feministas están en un importante proceso de maduración en las relaciones con las militantes de partido, sin perder su autonomía. En Chile al fragor de la lucha de la resistencia contra la dictadura de Pinochet se ha establecido una especial relación entre las feministas y las militantes de partido, al decir de Julieta Kirkwood: “Trabajan unidas en acciones, elaboran y apoyan propuestas y experimentan la unidad política de propósitos democráticos. Se movilizan también unidas en gran número en actos propios y en las protestas nacionales. Tal vez por eso mismo el enfrentamiento ideológico, cuando surge, aparece cargado de recelos, de estereotipos. La discordancia se hace sólida, vértice que abre y separa a lado y lado movimientos, bloques, filas cerradas. Se percibe una clausura del debate y del entendimiento (…) Ambas, feministas y políticas, parecieran estar de acuerdo y coincidir en un propósito: lograr el reconocimiento de la posibilidad histórico-civilizatoria de la emancipación de la mujer. En lo que no pareciera haber acuerdo, ni pleno ni absoluto, es en los fines, objetivos, métodos, teoría, praxis y prioridades que asume y asumirá la emancipación global de la sociedad(…). La una se refiere a la necesidad de un hacer política desde las mujeres y a partir de sus propias carencias y alienaciones. La otra, la tradicional, sería simplemente la suma y la insereia5n masificada de las mujeres en una propuesta política anterior al planteo de sus necesidades, en el supuesto de que éstas serán incorporadas en el futuro(…). Uno, resumido en la frase ‘No hay feminismo sin democracia’ y otro en el aserto ‘No hay democracia sin feminismo’ 19 La mayoría de los grupos feministas aún no han esclarecido su estrategia de poder. Han avanzado en el tratamiento de las relaciones de poder intra-pareja y a nivel de la vida cotidiana; pero queda mucho por discutir acerca de la estrategia del poder político.

El debate se estanca a veces por el rechazo de numerosas feministas al concepto de poder trasmitido por la sociedad patriarcal. Con el fin de no hacer corto circuito en el diálogo, sectores de mujeres prefieren comenzar por la definición del poder a nivel micro y macro, para luego debatir el tipo de poder que se desearía ejercer en una sociedad distinta en un pie de igualdad con los hombres. Otras dicen llanamente que “no les interesa el poder”, en una actitud conformista que no hace otra cosa que reforzar el mantenimiento del régimen de dominación patriarcal que dicen combatir. Al respecto, Julieta Kirkwood anota: “En el problema del poder y en su práctica, las mujeres somos las grandes ausentes. El discurso del poder sólo es válido en la esfera Patriarcal y se expresa con una rápida derivación del poder público —poder político—, poder del Estado y, en su dimensión social, poder de grupos, de clases, de sectores. Son los caminos permitidos. Para la esfera privada [las mujeres] se habla del ‘otro poder’, el poder de la casa, del afecto. ‘Son los más importantes’, se nos asegura. Y allí estamos: con serias dificultades para asumirlo cuando nos precipitamos en la esfera pública. Si algo anda mal entre nosotros es que alguien se está tomando el poder. Lo tachamos de malo, le asignamos una esencia ética negativa y no queremos volver a hablar del asunto. Pero ¿qué es el poder?, ¿cómo romper los cerrojos y avanzar en este nudo? En primer lugar, el poder no es, el poder se ejerce. Y se ejerce en actos, en verbo. No es una esencia.
Nadie puede tomar el poder y guardarlo en una cajita fuerte. Conservar el poder no es tenerlo a cubierto, ni preservarlo de elementos extraños, es ejercerlo continuamente; es transformarlo en actos repetidos o simultáneos de hacer y de hacer que otros hagan o piensen. Tomarse el poder es tomarse la acción —la idea y el acto—, acto frecuentemente afincado en fuerza y violencia. Tal vez de ahí nuestro rechazo y distancia. Como resultado de años y años de cultura patriarcal, en la mujer se ha obstruido totalmente el deseo de poder. No lo desea para sí, se autoexcluye de la posibilidad de tomarlo; ni discute siquiera. Lo considera algo que está fuera”.20 La falta de una estrategia de poder ha conducido a unos grupos autónomos de mujeres a la mera lucha reivindicativa y a otros a minimizar la importancia de ciertas reformas para la movilización femenina, soslayando la íntima relación entre reforma y revolución planteada por Rosa Luxemburgo hace más de medio siglo. Esta debilidad ha sido hábilmente aprovechada por la socialdemocracia y otros partidos del centro-burgués. Conscientes del potencial revolucionario del feminismo, tratan de limar sus aristas mediante reformas puntuales y parciales e integrando a ciertas mujeres a los organismos estatales, como asimismo a través del financiamiento de pequeños talleres artesanales. La Internacional Socialista es la tendencia política que más se ha preocupado de convocar a mujeres de distintos países de América Latina, diseñando una línea de acción para cada país, ya sea bajo regímenes dictatoriales o de “democracia representativa”, con el fin de vehiculizar hacia un camino reformista el contenido revolucionario y cuestionador del feminismo. Al mismo tiempo, el Estado y la clase dominante tratan de canalizar a vastos sectores femeninos en actividades que “naturalmente” son propias de la mujer. Algunas empresas han llegado a financiar talleres de artesanía y reuniones permanentes de psicoterapia de grupos, que en apariencia favorecen a la mujer pero que en el fondo sirven para retroalimentar el sistema patriarcal y burgués. A su vez, los medios de comunicación de masas hacen audiciones de radio y TV dedicadas a la mujer con el fin de trasmitir la ideología de la clase dominante de manera más sofisticada que antaño para mediatizar el movimiento feminista. Sin embargo, esta masificación del tema femenino conduce contradictoriamente a que millones de mujeres tomen conciencia de sus fuerzas y de las posibilidades de cambio del régimen. Por su parte, los “marxistas” fosilizados y la mayoría de los partidos de izquierda no se han atrevido a dar una respuesta integral a las luchas de la mujer, aunque existen promisorios avances en Cuba y Nicaragua. Basta mirarlos programas y la praxis diaria de dichos partidos para ver que su “comprensión” del problema no va más allá de formular tímidas reformas.21 Ni qué decir si uno se adentra en la vida interior de esos partidos, donde en las células o núcleos se reproduce la misma forma de dominación machista, autoritaria y represiva que en la sociedad global: los hombres dirigen y teorizan, mientras las mujeres sirven café y hacen de secretarias u organizadoras de fiestas para recolectar fondos. Estos partidos tratan de minimizar las luchas de la mujer manifestando que el movimiento feminista es diversionista y ¡cuando no! pequeñoburgués, por cuanto sus reivindicaciones específicas tenderían a desviar el proceso de la lucha de clases, como si el combate de las mujeres estuviese desligado del conflicto social. Prometen a las mujeres que su liberación comenzará con el socialismo; dicen luchar contra el sistema, pero parecen ignorar que el régimen de dominación se afirma también en la ideología de la opresión femenina. Se niegan a reconocer que los pioneros del marxismo no alcanzaron a formular una teoría sistemática de la explotación y opresión de la mujer. La mayoría de los militantes de izquierda sigue creyendo que la incorporación masiva de la mujer al trabajo es suficiente para lograr la igualdad entre los sexos, cuando la realidad ha probado que esto no es así. Más aun, la revolución socialista es la condición sine qua non para lograr avances significativos en el proceso de emancipación de la mujer, pero no lo garantiza definitivamente. El curso de las revoluciones socialistas ha evidenciado que hay una retroalimentación del papel de la familia nuclear y aún subsisten ciertas formas de machismo y opresión de la mujer, pues los hombres se resisten a perder sus privilegios. Este patriarcado de izquierda ha podido mantenerse porque, entre otras cosas, cuando se hizo la revolución en Europa Oriental, en el este asiático, en Cuba y en Nicaragua no existían movimientos feministas fuertes capaces de imponer desde el comienzo un programa igualitario para ambos sexos, barriendo así, desde la partida de la transición al socialismo, con las bases del patriarcado.
Es muy probable que las mujeres jueguen un papel clave en el diseño de una nueva sociedad poscapitalista, con una mayor creatividad y con un sentido más libertario y fraterno, menos competitivo y más autogestionario, dándole un contenido pleno a la relación entre democracia y socialismo. También estamos convencidos de que la participación activa de las militantes será decisiva en la estructuración de una nueva concepción de partido y en la generación del poder, retomando en un plano superior de la política la experiencia que están realizando en sus grupos autónomos. Queremos terminar esta parte poniendo de relieve el sentir latinoamericanista que va adquiriendo el feminismo. Apoderándose del pasado unitario de las luchas de nuestra América, las mujeres se están proyectando hacia el futuro a través de Congresos latinoamericanos. Al primero, realizado en Bogotá en 1981, le sucedió el segundo en Lima (1983) y el tercero en Bertioga (Sáo Paulo, 1985). Centenares de mujeres organizaron talleres de discusión sobre los temas más candentes de la lucha feminista, sin soslayar ninguno, en un ambiente de tolerancia a las ideas. La unidad en la diversidad ha presidido estos Congresos Latinoamericanos de Mujeres, único movimiento social que ha llevado adelante congresos a este nivel continental de manera permanente. Ni siquiera los sindicatos y partidos de izquierda han sido capaces de reunirse regularmente para coordinar la lucha contra los explotadores de adentro y de afuera. Los grupos feministas tienen apreciaciones diversas sobre el balance de estos tres congresos. Nosotros nos permitimos reproducir la opinión de Julieta Kirkwood respecto de los dos primeros congresos latinoamericanos: “En Bogotá percibo un sentido descubridor. Es la posibilidad de una primera vez, una primera apertura al mundo desde el feminismo latinoamericano. Es narrar la utopía revivida para nosotras y para las demás(…). En Bogotá sucedió que un gran número de mujeres parió una idea, la echó al mundo, y ya la criatura no nos pertenece. Podríamos haber craneado, pensado si la dirección, pero no podíamos fijar ni determinar mi trayectoria(…). Bogotá es el primer planteo —en grado de Continente— cuestionador y radical de las instituciones patriarcales. Es la primera revelación de aquellas que pública y socialmente se rebelan; primera apertura de conciencia en comunidad donde no importan los porqués ni los cómos. Es por ello, un primer momento(…). Bogotá marca el tiempo de la recuperación del espacio para las mujeres. De un espacio muy especial: lo internacional(…). Bogotá marca el momento de un desordenado asalto al orden; el tiempo de trabajo se hace canto y fiesta, la razón es desacralizada y puesta en su lugar(…). Bogotá plantea la recuperación de los orígenes: es un embate a la historia(…). Después Lima. El momento de la estructuración luego de la pregunta. El momento de las respuestas y por la tanto el momento de los nudos(…). Hay en Lima exigencias de respuesta y planteo de nuevas preguntas complejizadas. Se exige una teoría, una política feminista, estrategias. Exasperación de saberlo todo, exasperación de que no se nos responda todo(…). En el II Encuentro, este nudo presenta dos aspectos. Por una parte, están las organizaciones, su labor, su trabajo. Ellas asumieron el ejercicio del poder hacer, que fue en verdad una actividad exigente y compleja(…). Pero otra cosa es asumir el hacer como poder compartido. Saber y aceptar que sabemos; que este saber no puede ser ejercido si no lo es con la responsabilidad plena del sujeto que sabe que siempre se le pasará la cuenta por su acción. Pero se está poco habituada al poder si se es mujer (…) un encuentro feminista, aunque no se lo haya expresado o manifestado previamente, es en sí, casi objetivamente un espacio político de las mujeres.”22 En el III Congreso Latinoamericano de Mujeres de América Latina y del Caribe, celebrado en Brasil del 31 de julio al 4 de agosto de 1985, al cual asistieron 840 delegadas, se planteo con firmeza la lucha antiimperialista combinada con el combate antipatriarcal: “la miseria ronda por nuestras casas y aumenta la explotación comercial de nuestro cuerpo con el crecimiento- de la prostitución. Imponen planes desarrollistas paternalistas manipulando nuestras mentes, imponiendo controles demográficos… Levantemos nuestras voces contra las medidas del Fondo Monetario
Internacional, diciendo no paguemos la deuda externa porque las mujeres no la pedimos ni la gozamos. La padecemos. Apoyamos las luchas de las mujeres de Cuba y Nicaragua”.23 Teresa Lastra —presente en ese encuentro— nos ha entregado por escrito su apreciación del significado de este evento: “lo que encontramos como más sobresaliente fue la posibilidad de aceptar, en un marco democrático, la diversidad propia del movimiento. Los espacios de discusiónreflexión estaban dados, no por una resolución previa sino que más bien obedecieron a lo que allí las mujeres veíamos como necesario. Los temas como sexualidad, afectos, trabajo, violencia, ocuparon la atención de muchas mujeres, que rotaban permanentemente de un lugar a otro, sin la preocupación de sentirse retrasadas en el tema o que estaban ‘fuera de foco’. Otro momento interesante se produjo cuando hubo que elaborar una declaración presentada por las delegadas de Nicaragua sobre la intervención yanqui y la deuda externa. Fue el momento de confrontación de las dos grandes franjas del movimiento. las feministas apartidarias y las partidarias. ¿Con qué lenguaje redactar esa declaración? Luego de un debate se optó por agregar a la definición capitalista, imperialista, el término patriarcal(…). Para aquellas que quisieron expresarse a través del cuerpo hubo mucha teatralización, juegos corporales, etc. El recrearse, brindarse placer, cómo y qué hacer en las horas libres, fue otro aspecto de fuerte concentración. ‘No está claro —decían algunas— qué significa tiempo libre, ya que la domesticación de nuestras actividades nos impide el disfrute sin culpa.’ En ese ‘mundo de mujeres’ que creamos en esos cuatro días pocas podrán decir que no se expresaron. Fueron muy emotivas las películas sobre la discriminación racial, el encuentro de las chilenas exiliadas con las de ‘adentro’, la realidad del pueblo inca, los testimonios de las ampesinas del Perú, la fraternidad de las brasileñas del nordeste y de la ciudad, el recuerdo de las desapariciones en la Argentina, la solidaridad con las mujeres cubanas a quienes el gobierno brasileño no les otorgó visa. La despedida no fue el final, justamente porque al quinto día decenas de mujeres en una gran ronda, en la plaza principal de San Pablo, cantaron y gritaron consignas a favor de nuestra liberación y la de los pueblos latinoamericanos. Dos cosas teníamos en nuestras cabezas, corazones y retinas: estamos creciendo como mujeres, como movimiento, de manera unitaria, respetando la diversidad y contentas por la convocatoria al IV Encuentro Feminista a realizarse en 1987 en México””


NOTAS
1 JULIETA KIRKWOOD: Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, FLACSO,
Santiago, 1986, p. 85.
2 ELENA CAFFARENA: Un capítulo en la historia del feminismo, MEMCH, Santiago, 1952, p.
112.
3 SILVIA RODRÍGUEZ V. Y GRACIELA SAPRIZA: op. cit., p. 41.
4 IBID., p. 42. Véase también PAULINA LUISI: Condiciones del trabajo femenino. El Open
Door Internacional, Montevideo, 1936.
5 JESÚS SILVA HERZOG: Breve historia de la Revolución Mexicana, FCE, México, 1972, t. II,
p. 281.
6 ESPERANZA TUÑÓN PABLOS: “El auge organizativo de las mujeres durante el
cardenismo (1935-1936)”, en revista Brecha, México, otoño 1986, Nº 1, p. 54.
7 CONCHA MICHEL: Dos antagonismos fundamentales, Editorial de la Izquierda de la Cámara
de Diputados, México, 1948, p. 46.
8 IBID., p. 46.
9 Periódico TRIBUNA FEMININA, Río de Janeiro, 25 de noviembre de 1916.
10 MIRTA HENAULT: Alicia Moreau. .., op. cit., p. 24.
11 JULIETA KIRKWOOD: Ser política. . ., op. cit., p. 110.
12 IBID, p.111.
13 IBID., pp. 153 y 154.
14 JULIETA KIRKWOOD: Ser política…, op. cit., pp. 159 a 165.
15 GIOVANNA MÉROLA: En defensa del aborto en Venezuela, Ateneo de Caracas, 1979.
16 ANA MARÍA PORTUGAL: Hacia una comprensión del feminismo en el Perú, Nº 1,
ALIMUPER, Lima, 1978.
17 PAZ LUZZI: op. cit, Apéndice, pp. 176 y 177.
18 Revista FEM, México, octubre-diciembre 1977.
19 JULIETA KIRKWOOD: Ser política. . ,, op. cit., pp. 196 y 197.
20 IBID., pp. 202 y 203.
2I LUIS VITALE: “El marxismo ante dos desafíos: feminismo y crisis ecológica”, revista
Nueva Sociedad, N0 66, Caracas, mayo-junio 1983, p. 92.
22 JULIETA KIRKWOOD: Ser política.. ., op. cit., pp. 214 a 217
.
23 Resoluciones del III Congreso de Mujeres de América Latina y del Caribe, Sao Paulo,
1985.